Noche en el Golfo Pérsico
Por no hablar de que, una vez que metió la pierna, los nudillos de Winston, que sostenían los pantalones, rozaron casi desde su tobillo hasta llegar a la cintura. Aquella sensación parecía guiar el flujo de toda la sangre de su cuerpo.
En ese momento, lo que más deseaba Hunter era desmayarse de inmediato.
Incapaz de mantener el equilibrio, justo cuando estaba a punto de caer hacia un lado, Winston extendió la mano y lo agarró de la muñeca.
Con fuerza y firmeza.
Una vez puestos los pantalones, los dedos de Winston sujetaron el dobladillo de la camisa y, rozando el cuerpo de Hunter, la metieron por dentro de la pretina.
Incluso a través de la tela, podía sentir la temperatura de los dedos y las palmas de Winston. Como si fuera una ilusión, quemaban terriblemente.
Hunter pensó que seguramente se debía a que él mismo estaba ardiendo.
Los dedos de Winston llegaron al centro de su cintura y le abrocharon el botón.
—Listo.
Esa voz, ligeramente fría, hizo que Hunter despertara de su ensoñación.
Dios sabía que ahora mismo no tenía ninguna gana de ir a comer ningún banquete de mariscos; solo quería sujetar a ese sujeto por los hombros y hacer con él lo que le diera la gana.
Tenía unas ganas locas de salir corriendo al baño, porque sabía que con solo cerrar los ojos y pensar en el rostro de Winston, podría liberarse.
Marcus seguía insistiendo sin dar tregua, así que Winston le arrebató el celular directamente de las manos.
—Hola, señor Marcus. Soy Winston.
El otro lado de la línea se quedó en silencio durante tres largos segundos.
—Ah… Winston… ¿Estás con Hunter?
—Así es. Se abrochó mal un botón hace un momento, por lo que hizo un pequeño berrinche. Pero no tiene nada que ver con usted. Volveremos a Nueva York a tiempo, pierda cuidado. ¿Hay algo más que necesite que le transmita?
La voz de Winston sonaba tranquila, pero poseía un efecto imponente.
Marcus, que había estado parloteando sin cesar, se calló de repente.
—Oh… no, nada más… Que disfruten sus vacaciones…
—Adiós.
Winston colgó la llamada y le devolvió el celular a Hunter.
—Vamos, el submarino nos está esperando. —Caminó hacia la puerta.
Hunter se apresuró a seguirlo.
Era la primera vez que viajaba en un submarino. Se sentó frente a la ventana, con la frente apoyada contra el cristal, observando atentamente los fragmentos de coral en el fondo del mar.
De vez en cuando pasaban algunos peces, y su mirada los seguía de cerca.
Winston lo acompañaba en silencio a su lado.
Al llegar al restaurante submarino, Hunter dejó escapar un suspiro de decepción.
—¿Te gustan los submarinos? —preguntó Winston.
—Tampoco es que me encanten, solo me pareció interesante.
Cuando era pequeño, su padre estaba demasiado ocupado; Hunter ni siquiera había ido a un acuario.
—Comprar un submarino tal vez sea una buena opción. —Metió las manos en los bolsillos y habló con tono casual.
—¿Para qué comprar un submarino?
Pensó que aquel sujeto de verdad tenía demasiado dinero y no sabía en qué gastarlo.
—Hunter, si tuvieras un submarino, ¿para qué lo usarías? —replicó Winston.
—¿Yo? —Lo pensó un momento y luego se inclinó hacia él con actitud ambigua—. Si tuviera un submarino, te encerraría dentro para que no pudieras ir a ningún lado. ¡Sería como tener un Winston de mascota!
Observó detenidamente los ojos del otro, tratando de descifrar sus emociones.
Sin embargo, Winston se limitó a mirarlo; su mirada parecía fundirse con el vasto océano al otro lado del cristal.
—Si fuera yo, en mi submarino solo pondría una cama y llenaría la cava de sake japonés. Luego me pasaría el día y la noche revolcándome en la cama con mi amante. Bajo las profundidades del mar, mi amor no podría escapar a ningún lado. —La voz sonaba fría, pero a los oídos de Hunter llegó cargada de una ardiente locura.
—Lo… lo de la cama lo entiendo, pero ¿para qué guardar sake japonés? ¿No debería ser un Lafite del ochenta y dos o algo así?
—Supongo que, hasta ahora, el sake es lo que mejor resultado ha dado.
—¿Por qué siento que te estás burlando de mí? No me digas que todavía me guardas rencor por haberte mordido la última vez que me emborraché.
—Para nada. —Alzó la barbilla, indicándole que saliera del submarino.
Aquel restaurante submarino le parecía un verdadero milagro a Hunter.
Sobre sus cabezas se extendían las aguas del Golfo Pérsico, con todo tipo de criaturas marinas nadando perezosamente por encima de ellos.
No dejaba de mirar hacia arriba.
—¡Winston, mira, una tortuga marina!
—Mmm. —El hombre frente a él apoyó la barbilla en la mano sin la menor intención de levantar la vista; se limitó a contemplar el rostro emocionado de Hunter.
No retuvo ningún recuerdo sobre el sabor de la comida del restaurante.
Solo sabía que Winston estaba sentado frente a él.
La forma en que sostenía los cubiertos, cómo bajaba la mirada con una leve sonrisa, o cómo alzaba los ojos de vez en cuando para responderle; no quería perderse de nada.
Winston levantó la vista y preguntó.
—¡Sí estoy comiendo! —Bajó la cabeza y se metió a la boca un langostino a las finas hierbas.
Al terminar la cena, ambos tomaron de nuevo el submarino de regreso al hotel.
Hunter seguía mirando atentamente por la ventana, solo que en realidad no observaba la vida marina, sino el reflejo de Winston en el cristal.
Como si fuera una ilusión, el reflejo parecía no apartar la mirada de él.
Aquella sensación lo llenó de calidez e hizo que su corazón latiera con fuerza.
Para cuando regresaron a la habitación, ya eran las diez de la noche.
Como no había pegado ojo en toda la noche anterior, fue asaltado por el cansancio.
Se desparramó en el sofá, mirando el techo con los ojos entrecerrados; solo necesitaba contar hasta diez para quedarse dormido.
El asiento junto a él se hundió ligeramente. Supo de inmediato que Winston se había sentado a su lado.
Su mente, que hasta entonces divagaba, se despejó un poco. Mantuvo los ojos cerrados, concentrándose en su presencia.
Extendió la mano y le alborotó el cabello con suavidad.
—No te duermas aquí. Iré a prepararte la bañera para que tomes un baño; luego vete a dormir a la cama. —La voz era muy suave, como si estuviera consolando a alguien.
—Mmm… mmm… —asintió.
Pronto se escuchó el sonido del agua corriendo. Hunter giró el rostro para mirar a través de la puerta entreabierta del baño; desde allí podía ver a Winston sentado de perfil en el borde de la bañera, estirando el brazo para ajustar la temperatura del agua.
Tosió mentalmente.
De pronto, le entraron unas ganas locas de empujar a aquel hombre al agua, verlo sumergirse y luego observar cómo se incorporaba lanzándole una mirada furiosa… aunque lograr que Winston se enfadara era casi imposible.
Luego, entraría con aires de grandeza, escuchando cómo el agua se desbordaba por los bordes, para sentarse sobre ese hombre imponente, someterlo y hacer con él lo que se le antojara.
Cuando el sonido del agua cesó, Winston se puso en pie y regresó a su lado. Apoyó la palma de la mano en la mejilla de Hunter y le dio unas palmaditas suaves.
—Ve.
—Oh… —Abrió los ojos de mala gana. Primero intentó aflojarse la pajarita, pero al ver que no cedía, se le ocurrió algo de repente. Tiró del puño de la camisa de Winston con pereza e inclinó la cabeza para decirle—: ¿Me ayudas?
Winston, que en ese momento estaba leyendo un mensaje en su celular, levantó la mirada para observarlo. Pasaron varios segundos sin que moviera un solo músculo.
La decepción se apoderó de Hunter.
Justo cuando estaba a punto de desatarse la pajarita por su cuenta, Winston dejó el celular, se giró hacia él e inclinó el cuerpo. Sus dedos se engancharon en el borde del lazo y lo aflojaron.
Al mirar sus ojos y notar cómo su cabello se movía ligeramente con cada gesto, volvió a sentir el impulso de besarlo.
Winston le quitó la pajarita y aprovechó para desabrocharle el primer botón de la camisa.
Sus dedos rozaron la nuez de Adán de Hunter; este tragó saliva por instinto, y al subir y bajar su garganta, su piel volvió a rozar los dedos del otro.
Winston apartó la mano.
—Listo.
Decepcionado una vez más, Hunter se removió un poco y continuó con su tono perezoso:
—Ya que estás, desabróchamelos todos…
Sin embargo, Winston volvió a tomar el celular para seguir leyendo sus mensajes, ignorándolo por completo.
—Desabróchatelos tú mismo.
Por alguna razón, la voz le sonó un poco fría. ¿Acaso se había molestado porque le pidió ayuda?
Ah… qué más da.
Se levantó lentamente y, al echar un vistazo a la concentración con la que Winston respondía sus mensajes, de pronto le asaltó una idea traviesa.
Mientras caminaba hacia el baño, fue quitándose la ropa dejándola caer al suelo sin ninguna intención de recogerla.
La chaqueta del traje, la camisa, los pantalones…
Entró al baño, arrojó la ropa interior al suelo de cualquier manera, levantó una pierna y se sumergió en la cálida bañera.
Sabía que Winston no toleraba el desorden bajo ninguna circunstancia. Aquel sujeto seguramente frunciría el ceño mientras recogía toda la ropa esparcida por el suelo para dejarla bien ordenada.
Pensar en eso le producía una gran alegría.
El agua caliente resultaba tan reconfortante que, sumado a su somnolencia, no tardó en quedarse profundamente dormido.
Entre sueños, le pareció escuchar a alguien golpeando la puerta del baño.
—¿Hunter? ¿Te quedaste dormido? El agua se va a enfriar, sal de ahí pronto.
Era la voz de Winston.
Al incorporarse, se dio cuenta de que el agua, en efecto, se estaba enfriando.
—¡De acuerdo! ¡Ya salgo!
Estaba a punto de levantarse cuando de pronto recordó algo.
—Oye… Winston… ¡se me olvidó meter la ropa! ¿Podrías traérmela, por favor?
Esa había sido la recomendación insistente de Owen: al entrar al baño, por ningún motivo debía llevar consigo ropa limpia ni pasar el cerrojo de la puerta.
Aunque… seguramente a Winston no le interesaba en absoluto su cuerpo, ¿verdad?
—Está bien.
Unos minutos más tarde, Winston entró sosteniendo la ropa y la dejó sobre la repisa. Salió sin siquiera dirigirle la mirada ni mediar palabra.
Hunter soltó un suspiro.
Ya lo veía venir… ¡El truquito de Owen no servía para nada!
Si fuera una belleza como Audrey Wilson, tendría sentido echar un vistazo, pero siendo ambos hombres robustos, ¿qué atractivo podía haber en eso?
Se apoyó en el borde de la bañera para incorporarse y dar un paso hacia fuera, pero resbaló inesperadamente perdiendo el equilibrio por completo. ¡Estaba a punto de darse de bruces contra el suelo en la postura más dolorosa y retorcida imaginable!
Sin embargo, sus reflejos eran bastante rápidos. Se aferró al borde de la bañera con una mano y apoyó la otra en el suelo; una de sus piernas quedó enganchada en la tina, mientras la otra se estiraba tratando inútilmente de encontrar apoyo en las baldosas resbaladizas.
Sabía que en ese instante debía de verse ridículo y cómico, pero para colmo de males, Winston escuchó el alboroto y abrió la puerta del baño de un gran empujón.
—¡Hunter! ¿Qué te…?
Winston pareció quedarse atónito al verlo en aquella posición.
—Tú… ¡ven rápido a ayudarme! ¡Levántame!
Intentaba hacer fuerza con desesperación, pero sin importar cuánto estirara o tensara la pierna, esta no dejaba de patinar sobre el charco de agua del suelo.
Winston por fin reaccionó. A pesar de lo espacioso que era el baño, pareció bastarle dar dos o tres zancadas para llegar a su lado. Lo sujetó por la cintura con una mano y con la otra lo rodeó para sostenerlo en brazos.
Sintió cómo su espalda chocaba contra el pecho de Winston mientras este lo levantaba y lo sentaba sobre el borde de la bañera. Al levantar la vista, la mirada se topó de lleno con el pequeño Hunter.
Dándose cuenta de la situación, se cubrió de inmediato. Winston le dedicó apenas una ojeada antes de enderezarse.
—Si yo fuera tú, no me taparía la parte de enfrente. —Tomó una toalla y se la echó por encima.
—¿Eh? —Alzó el rostro para mirarlo.
—Me taparía la parte de atrás. Cuando estás completamente desnudo, tienes una espalda preciosa. Dan ganas de clavarle los dientes… y arrancarla a mordiscos.
Winston curvó los labios en una sonrisa y salió del baño.
Su camisa, casi empapada, se ceñía perfectamente a su torso y cintura.
Para Hunter, esa imagen poseía un atractivo letal.
—¡Qué es eso de arrancar a mordiscos! ¡No te copies mis líneas!
Una profunda sensación de frustración se apoderó de él.
Sentía que, en lugar de haber seducido a Winston, había terminado siendo él quien cayera bajo su intenso magnetismo.
Ese imbécil de Owen se mostraba tan seguro de sí mismo… ¡Al final resultó que todos sus trucos eran completamente inútiles con alguien como Winston!
Preparó la bañera para Winston, se puso la pijama y regresó a la habitación.
Winston también parecía exhausto. Estaba recostado hacia atrás en el sofá, como si fuera un rey solitario.
Se sentó a su lado sin decir una palabra para despertarlo.
Al parecer sintiendo su proximidad, Winston abrió los ojos.
Esos ojos siempre habían sido lo que más le gustaba.
Ahora que los tenía tan cerca, lo único que deseaba era quedarse contemplándolos para siempre.
Y Winston tampoco dio señales de querer apartar la vista, hasta que, transcurridos dos o tres segundos, usó de pronto un dedo para empujar la barbilla de Hunter y apartarle el rostro.
—¿Acaso quieres comerme?
—Pues sí. ¿Me vas a dejar comerte? —respondió él con una sonrisa.
Owen le había advertido que, si quería provocar a Winston, debía perder toda la vergüenza; cuanto más descarado fuera con sus palabras y acciones, mejor.
A pesar de que todo lo que le había enseñado había resultado ser un rotundo fracaso hasta ahora, al recordar cómo aquel sujeto le había tomado el pelo antes, pensó que al menos ser un desvergonzado no estaba de más.
¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que cortara su amistad? Si llegaba a enfadarse, bastaría con soltar una carcajada y decir que era solo una broma.
—¿Crees que podrías tragarte todo lo que soy? —le retrucó Winston. Luego se levantó y se dirigió hacia el baño.
—¿Por qué no iba a poder? —Alzó la barbilla, siguiéndolo con inconformidad.
—La tengo muy grande.
Después de soltar esa frase sin la más mínima expresión en su rostro, cerró la puerta del baño.
Cuando por fin comprendió a qué se refería, las orejas volvieron a teñirse de un rojo intenso.
¿En qué ronda de provocaciones iban ya? ¡Si se trataba de medir quién era más descarado, definitivamente no era rival para él!
Se dejó caer boca abajo en la cama y comenzó a enviarle mensajes a Owen para quejarse de forma frenética.
Owen: [¿De verdad nada de eso ha servido?]
Hunter: [¡No ha servido para una mierda!]
Owen: [Mide el tiempo. Calcula cuánto tarda Winston en el baño y luego me avisas.]
Hunter: [¿Y de qué demonios sirve medir eso?]
Owen: [Te lo diré cuando me des los resultados del cálculo.]
Miró la hora en su celular y se puso a jugar Candy Crush mientras esperaba a que el otro saliera.
Superó tres niveles del juego y aún no había señales de Winston. Al revisar la hora nuevamente se dio cuenta de que… ¡Dios santo, llevaba casi cuarenta minutos remojándose!
Empezando a preocuparse, saltó de la cama, se acercó a la puerta del baño y tocó un par de veces.
—¡Oye… Winston! ¿Estás bien? ¡No vayas a decirme que te desmayaste en la bañera!
—Mmm… Estoy bien, vete a dormir tú primero.
Por algún motivo, creyó ser capaz de imaginar la expresión que debía tener en aquel instante. Probablemente estaba recostado contra la bañera con la barbilla muy en alto, como si estuviera conteniéndose por algo, al borde del estallido.
En un principio, se le cruzó por la mente que, si Winston también hubiera olvidado meter ropa limpia, él mismo podría haber entrado a echar un vistazo.
Pero recapacitó de inmediato: ¡Qué tontería! Él jamás dejaría sus cosas tiradas por ahí.
Decepcionado, volvió a tirarse sobre la cama y se topó con otro mensaje de Owen:
Owen: [¿Ya salió Winston?]
Hunter: [No, ya van más de cuarenta minutos.]
Owen: [Oh, buen trabajo.]
Hunter: [¿A qué te refieres con buen trabajo?]
Owen: [Mantén el ritmo, sigue esforzándote.]
Blanqueó los ojos mirando hacia el techo.
No le quedó de otra que aferrarse al celular y seguir pasando niveles. Cuando escuchó abrirse la puerta del baño, giró la cabeza al instante y vio cómo se acercaba vestido con una bata de baño mientras se secaba el cabello con una toalla.
Su cabello lucía inusualmente alborotado. La pantalla del celular indicó game over, pero él seguía sin poder apartar la vista.
—¿Por qué te quedaste tanto tiempo ahí adentro? ¡Ya estaba pensando en echar la puerta abajo para sacarte en brazos antes de que te ahogaras!
—Me estaba dando un masaje.
—¿Un masaje?
—La bañera viene con función de hidromasaje —explicó con total serenidad.
—¿Qué? ¿Y por qué no me lo dijiste?
—Creí que habías visto los botones.
—… —Abrió la boca, sintiendo que acababa de desperdiciar la oportunidad de su vida.
Tras secarse el cabello, Winston apartó las cobijas. Al flexionar la rodilla, su pierna quedó completamente al descubierto por debajo de la bata. Hunter, que lo observaba por el rabillo del ojo, tragó saliva de forma instintiva.
Como de costumbre, tomó un libro, se apoyó contra la cabecera y comenzó a hojearlo.
Al ser consciente de que ahora compartía la misma cama y las mismas mantas con Winston, comenzó a ponerse nervioso.
¡Tenía que aprovechar cualquier oportunidad para establecer contacto físico! Después de todo, ¿había algo más íntimo que compartir cobijas?
A propósito, cambió a otro juego del celular llamado Bombardear el Fin del Mundo, el cual usaba el giroscopio del móvil para simular el pilotaje de un avión.
Con ambas manos aferradas al aparato, comenzó a torcer el cuerpo de un lado a otro, fingiendo estar inmerso en su partida. Mientras tanto, bajo las sábanas, dobló ambas piernas con lentitud y, en el clímax de la misión virtual, las dejó caer de golpe en dirección a Winston, apoyándolas directamente sobre sus piernas.
La pierna de Winston pareció sufrir un ligero sobresalto. Acto seguido, este levantó su propia extremidad y empujó la de Hunter para devolverla a su sitio.
—Me estás aplastando. Hazte un poco para allá.
Manteniendo la vista baja, continuó pasando las páginas de su libro sin siquiera dignarse a mirarlo.
Sintió una leve opresión en el pecho.
Ah… ah… ¿Por qué lo rechazaba de forma tan despiadada?
¡Por lo menos debía haberlo dejado un par de segundos más!
Molesto, tiró el celular y lo miró.
—Me mataron.
—¿Y puedes hablar conmigo estando muerto? —Pasó a la siguiente página sin ninguna prisa.
—¡Me mataron en el juego! ¡Porque me chocaste hace un momento!
—¿No fuiste tú quien chocó conmigo? —Por fin apartó el libro y giró el rostro para mirarlo.
Su cabello, aún sin peinar, caía de forma desordenada sobre sus mejillas y orejas. Desde ese ángulo, la vista le resultaba extremadamente sexy.
En un principio, su plan era seguir montando una escena sin razón aparente con tal de que el otro dejara de prestarle atención al maldito libro, pero se dio cuenta de que no le salían las palabras.
—¿Qué estás jugando? —preguntó.
—¡Bombardear el Fin del Mundo! —Con solo mencionar el juego, el entusiasmo regresó al instante—. ¡Es para celulares! ¡Se siente como conducir un Fórmula 1 en el teléfono! ¡Hasta puedes conectarte y pelear en línea!
—Ah. —Bajó la cabeza y reanudó su lectura.
En ese instante, comprendió a la perfección a qué se refería Audrey Wilson cuando decía que viajar con Winston generaba silencios largos y muy incómodos.
Soltando un suspiro, se dio la vuelta para envolverse entre las sábanas y enviarle otro mensaje a Owen:
Hunter: [Lo rocé por accidente y ya se molestó.]
Owen: [¿Con qué lo rozaste? ¿Con tu pequeño Hunter?]
Hunter: [¡Por supuesto que no! ¡Con mi pierna!]
Owen: [Supongo que tenía miedo de sentir ganas de doblarte las piernas, y por eso no dejó que lo siguieras tocando.]
Se quedó de piedra. Tardó varios segundos en descifrar a qué se refería, y cuando lo hizo, sintió tanta indignación que faltó poco para que arrojara el celular contra la pared.
—Hunter. —Winston bajó el libro y giró el rostro para mirarlo.
—¿Qué?
—Estos últimos días, ¿con quién te has estado enviando tantos mensajes?
Ante aquella pregunta repentina, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de él.
—Con nadie. ¡Solo estoy molestando un rato a los demás chicos de la escudería!
—¿De verdad? Cuando estuvimos en Sapporo no me percaté de que te gustara tanto escribir mensajes.
—¡Eso fue porque… porque siempre estabas leyendo! ¡Y ni siquiera me prestabas atención!
Soltó la primera excusa que se le vino a la mente.
—Suena a que la culpa es mía, en efecto. —Sacó su celular—. El nombre del juego que mencionaste hace un rato era Bombardear el Fin del Mundo, ¿no?
—¡Sí!
—Lo descargaré para jugar contigo.
Los ojos se le iluminaron.
—¿Sabes jugar videojuegos?
—Si pierdes, tendrás que responderme una pregunta —declaró.
—¡Trato hecho!
¡Al fin y al cabo, solo era una pregunta!
Poco después, se arrepintió amargamente.
Desde la primera ronda, fue completamente aniquilado por Winston hasta el amargo final.
Empezó a dudar profundamente de todos los años que había dedicado a su vida de gamer.
—¿Juegas esto muy seguido? —Arrojó el móvil al colchón, invadido por la repentina sospecha de que le había tendido una trampa.
—Casi nunca juego videojuegos. —Lo miró fijamente a los ojos—. Ahora, responde a mi pregunta: ¿estás saliendo con alguien?
En ese instante, se quedó congelado.
Esa pregunta rebasaba por completo cualquiera de sus expectativas.
—Está bien, cambiaré la pregunta. ¿Con quién te estás mandando mensajes exactamente?
A pesar de que Winston estaba casi recostado sobre la almohada mirándolo desde abajo, Hunter sintió como si algo le hubiera atravesado el cuerpo.
—¿Acaso no te lo dije ya? Con los de la escudería…
—Entonces, ¿me dejas revisar tu celular? —Le tendió la mano.
—¿Me… me vas a revisar el celular? —Su expresión era de pura incredulidad.
—Te gané. Te hice una pregunta y necesito comprobar si lo que me estás diciendo es verdad o mentira, ¿no crees?
Tragó saliva. Estuvo a punto de decir que era una invasión a su privacidad, pero él no apartaba la vista. Esa intensa mirada parecía haberlo descifrado hace mucho tiempo.
Esa era la primera vez que le exigía algo por el estilo.
Se detuvo a reflexionar; de todos modos, ya había borrado el historial de su conversación con Owen, dejando únicamente el último mensaje: [Supongo que tenía miedo de sentir ganas de doblarte las piernas, y por eso no dejó que lo siguieras tocando].
Si llegaba a cuestionarlo al respecto, se limitaría a decirle que ese idiota solo estaba escribiendo disparates para burlarse de él.
Le entregó el teléfono. Winston lo tomó, pero su mirada siguió clavada en sus ojos.
—Dime, ¿tienes una relación con alguien? Si es así, no leeré tus mensajes. —Su rostro carecía de expresión alguna; ni siquiera dejaba entrever esa ligera sonrisa que solía poner cuando quería fastidiarlo.
¿Acaso estaba enojado?
De repente, dejó de estar seguro.
Si le respondía que en efecto estaba saliendo con alguien, no revisaría sus mensajes y no descubriría que se había estado escribiendo con Owen. ¡Pero no quería que creyera bajo ningún concepto que le gustaba otra persona!
Cálmate, Hunter.
¿Qué importaba si descubría lo de los mensajes con Owen?
¿Acaso no se había propuesto a sí mismo romper sus propios límites?
Al recordar aquellas palabras que Winston le había dirigido en el pasado —cosas como “Voy a seducirte”—, ¡tenía que atreverse a ser aún más desvergonzado!
—¡Si fuera a salir con alguien, saldría contigo!
Inclinó el torso hacia él y le hizo un gesto con el dedo, indicándole que le devolviera el celular.
—¿Qué acabas de decir? ¿Saldrías conmigo? —Apoyó la barbilla en una mano, tamborileando los dedos sobre la pantalla del teléfono como si estuviera dando golpes directamente en su corazón.
—¡Pues claro! Eres culto, educado y además, un piloto de élite. Planificas bien las cosas; estar contigo significa no tener que usar el cerebro para nada. ¡Y lo más importante de todo es que no escatimas en gastos! Puedes alquilar un hotel de aguas termales completo para nosotros solos, invitarme la cena más cara y encima, dedicas todo tu valioso tiempo en mí…
Se dio cuenta de que sus palabras sonaban cada vez más a una declaración de amor.
¿Y si esto le caía mal a Winston y terminaba por alejarse de él?
Por primera vez en su vida, lamentó no ser capaz de mantener la boca cerrada.
—Siempre han sido los demás los que planifican todo por mí. Solo cuando estoy contigo me tomo la molestia de planear las cosas.
—Tú mismo lo dijiste: es porque no soy alguien en quien se pueda confiar.
—Alquilar todo un hotel de aguas termales o invitarte la cena más cara no es nada. Aún puedo darte mucho más.
Semejante respuesta superó por completo todas sus expectativas.
Hora del huevo salado:
Winston: Hoy, durante toda la noche, Hunter ha estado muy peculiar.
Hunter: ¿Peculiar en qué sentido?
Winston: Como si hubiera activado la función de ir heroicamente hacia su muerte.
Hunter: ¿Qué heroísmo ni qué muerte?
Winston: Ganas de que te folle hasta matarte.