Rafal recostó a Ye Jun por completo sobre la cama, besó sus labios y su cuello, y desvió la mirada hacia su pecho. En comparación con el suyo, era bastante delgado, pero de una blancura suave y hermosa. Tomó suavemente uno de los capullos rosados entre sus labios, alternando la lengua y los dientes para jugar con él, hasta que un gemido insoportable escapó de la boca del joven. Solo entonces pasó al otro, continuando con sus provocaciones.

Alternó entre ambos botones rosados, profanándolos en su boca hasta que se tornaron de un rojo hinchado y brillante, semejantes a dos frutos maduros.

Ye Jun jamás imaginó que su pecho fuera tan sensible. Ante el toqueteo constante de Rafal sobre aquellos dos puntos, fue incapaz de reprimir los dulces gemidos que escapaban de su garganta.

—No, ya no —jadeó.

Rafal los besó con detenimiento una vez más antes de liberar esa zona que ahora lucía un aspecto lastimero. Descendió besando su piel hasta llegar al ombligo de Ye Jun, trazó círculos alrededor de la cavidad e introdujo la lengua en aquel pequeño orificio.

El cuerpo entero de Ye Jun se derritió bajo aquellas caricias, perdiendo toda su fuerza. Sin darse cuenta, su entrepierna se había alzado, presionando firmemente contra el cuerpo de Rafal. El general bajó la mirada para observar; su membro era esbelto y recto, de un adorable tono rosado, y de la punta rezumaba una solitaria gota de líquido transparente.

Le pareció escuchar una risa grave y profunda retumbando en la garganta de Rafal, y antes de que pudiera reaccionar, fue envuelto por una cálida humedad.

—¡Ah! —exclamó Ye Jun, sobresaltado.

Rápidamente, extendió las manos para empujar la cabeza de Rafal; nunca se le cruzó por la mente que el Alfa haría algo semejante. Sin embargo, Rafal apartó sus brazos y los inmovilizó a los costados. Con una fuerte succión sobre la sonrosada punta, la cintura de Ye Jun perdió toda rigidez en un instante, despojándolo de cualquier fuerza para resistirse.

Rafal lamió con minucioso cuidado cada centímetro, de arriba a abajo. Ye Jun, quien carecía de experiencia en asuntos íntimos y rara vez se masturbaba, apretó los ojos con fuerza. Sus mejillas ardían en un intenso color carmesí y todos sus sentidos se concentraron en su bajo vientre, dejándolo completamente indefenso.

Con otra succión profunda de Rafal, Ye Jun dejó escapar un grito ahogado y se corrió al instante.

Cuando recuperó el aliento, se percató de que había descargado todo dentro de la boca de Rafal. Bajó la mirada a toda prisa, observándolo con evidente nerviosismo. Para su asombro, el general tragó lentamente su esencia, se lamió los labios y comentó:

—Sabe bien.

El rostro de Ye Jun se tiñó de rojo hasta las orejas. Rafal capturó sus labios, deslizando la lengua en el interior de su boca.

—¿Te gusta? —susurró el Alfa—. Es tu sabor.

Sin saber dónde esconderse, Ye Jun apretó los párpados, incapaz de sostenerle la mirada. Una sonrisa curvó la comisura de los labios de Rafal, quien continuó besándolo con infinita ternura.

Tras el clímax, su cuerpo languideció sin fuerzas y pronto colapsó contra el pecho de Rafal. Mientras lo besaba, el general acarició su espalda y su cintura. La piel en esa zona era extraordinariamente suave y sedosa, hasta el punto de parecer adherirse a su mano. Rafal trazó una y otra vez las cautivadoras curvas de su Omega, hasta que sus palmas se posaron sobre las dos redondeces que se alzaban en la parte posterior.

La complexión de Ye Jun era esbelta y delgada, pero sus glúteos eran excepcionalmente carnosos, tan abultados como dos panecillos humeantes. Las grandes manos de Rafal presionaron aquellas pálidas colinas, amasándolas a su antojo y moldeándolas en todo tipo de formas.

Para su infinita vergüenza, Ye Jun descubrió que su resquicio más oculto comenzaba a segregar fluidos lentamente bajo las fricciones de Rafal. Se retorció, intentando escapar del agarre de aquellas enormes manos, pero el general sostenía sus caderas con una firmeza inquebrantable, cortándole cualquier vía de escape.

Los jugos desbordaron cada vez más, deslizándose por la hendidura hasta manchar los dedos de Rafal. Fue entonces cuando el Alfa comprendió por qué Ye Jun se mostraba tan avergonzado y ansioso por alejarse.

Deslizó un dedo entre los apretados glúteos y confirmó que aquel lugar también se había convertido en un charco de humedad.

—Bebé, esto es muy normal, no te avergüences —murmuró Rafal contra el oído de Ye Jun—. Significa que tú también me deseas.

Ye Jun ni siquiera reunió el valor para lanzarle una mirada fulminante. Rafal depositó suaves besos sobre sus mejillas sonrojadas, mientras sus dedos se abrían paso por la hendidura, empujando hasta adentrarse en la tierna y acuosa entrada.

Era evidente que aquel rincón secreto jamás había sido invadido por un objeto extraño; de inmediato se contrajo, tratando de expulsar el dedo intruso. Sin embargo, en su intento, terminó aferrándose al dedo de Rafal con una fuerza asfixiante.

—Es muy entusiasta —ronroneó el general.

—Tonterías, claramente eres tú… —Ye Jun fulminó a Rafal con la mirada, pero las palabras murieron en su lengua. Podía sentir cómo su propio cuerpo se abría y cerraba en rítmicos espasmos, igual que una pequeña boca sedienta que anhelaba devorar el dedo invasor hasta lo más profundo.

Ye Jun estaba a punto de llorar. Sinceramente, no entendía por qué su organismo reaccionaba de semejante manera.

Al observar el rostro encendido de Ye Jun, el humor de Rafal mejoró aún más. Su Omega era completamente ajeno a lo mucho que su cuerpo lo ansiaba. Dejando de lado las burlas, Rafal se concentró en estimularlo; acarició la entrada con la yema del dedo y luego frotó centímetro a centímetro las apretadas paredes interiores. Una vez que el estrecho conducto se acostumbró a la invasión, introdujo un segundo dedo, alternando los movimientos para masajear tanto el interior como el exterior.

No introdujo el tercer dedo hasta que los músculos se relajaron por completo. Rafal fue sumamente gentil y meticuloso, dilatándolo poco a poco para que el cuerpo de Ye Jun se expandiera lo suficiente como para recibirlo. Aunque su propia erección le dolía de tanta dureza, reprimió el impulso salvaje de embestirlo sin miramientos, dedicándose con ternura a los juegos previos.

Aquella prolongada antesala finalmente logró que el cuerpo de Ye Jun se abriera en su totalidad. Para ese momento, tragaba y expulsaba sus tres dedos sin el menor esfuerzo; su Omega por fin estaba listo para recibirlo. Rafal retiró la mano y apoyó su imponente firmeza contra la entrada.

—Mírame —ordenó Rafal, con la voz rasposa.

Ye Jun clavó la mirada en los ojos del Alfa. Había sentido la colosal erección del otro desde hacía tiempo, pero Rafal se había enfocado en prepararlo con suavidad, ignorando por completo sus propias necesidades. Ye Jun también era un hombre; sabía lo agonizante que resultaba contener un deseo tan abrasador, y, sin embargo, Rafal había estado dispuesto a soportarlo por él.

—Ven, Rafal —susurró Ye Jun—. Soy tuyo.

Rafal besó la comisura de sus labios, mirándolo con intensidad.

—Te amo, Ye Jun. —Con un firme empuje, la colosal punta irrumpió en el interior de su cuerpo. A pesar de la exhaustiva preparación, el tamaño de Rafal era sencillamente abrumador, y Ye Jun no pudo evitar gritar. Dolía; dolía muchísimo.

—Bebé, ¿te duele? —preguntó Rafal, acongojado al ver el ceño fruncido de Ye Jun.

Soportando la agonía, Ye Jun negó con la cabeza.

—No duele. —Tiró del cuello de Rafal, silenciándolo con un beso—. Entra, te deseo.

Tan pronto como las palabras abandonaron su boca, Rafal se hundió hasta el fondo. Ye Jun se aferró con desesperación al cuello del general, sintiendo que estaba a punto de ser partido por la mitad. El dolor era atroz.

Rafal le devolvió el beso con aflicción, conteniendo su impulso al límite mientras esperaba a que su Omega se adaptara gradualmente a su anatomía. El intenso dolor no duró demasiado. El conducto de un Omega en su período de celo era excepcionalmente maleable y segregaba cantidades torrenciales de lubricante. Al ser la primera vez de Ye Jun, el dolor era inevitable, pero una vez que su cuerpo se ajustó, la incomodidad se desvaneció. Además, la biología del celo despertaba en el Omega un ansia irrefrenable de ser poseído. Pronto, Ye Jun sintió que un anhelo feroz emergía desde lo más hondo de su ser; incluso aquel rincón escondido comenzó a liberar un alud de fluidos. La entrada entera le picaba de una manera desesperante, rogando ser penetrada con ferocidad una vez más.

Incómodo, Ye Jun contorsionó las caderas, implorando en silencio que Rafal comenzara a moverse. El general, desde luego, notó que su Omega ya lo había asimilado por completo. Agarró la cintura de Ye Jun con ambas manos y retiró lentamente su inmensa hombría, saboreando cómo aquel interior se aferraba a él, reacio a dejarlo ir. Cuando salió por completo, se hundió de un solo golpe en las profundidades. Las estrechas paredes se enroscaron a su alrededor en un parpadeo, envolviéndolo con pura avidez. Volvió a retirarse con lentitud para, acto seguido, embestirlo con toda su fuerza.

Rafal contempló a su Omega: tenía los ojos cerrados con fuerza y los labios sonrosados entreabiertos. Su cuerpo desnudo estaba salpicado por las marcas rojizas que él mismo había dejado, y sus largas piernas se hallaban abiertas de par en par. Su miembro erecto apuntaba hacia arriba, pero lo que resultaba hipnótico era aquella pequeña boca de un rojo intenso entre sus muslos, estirada al máximo mientras devoraba su brutal grosor. Torrentes de fluidos salpicaban desde el punto exacto de la unión, empapando sus vientres fusionados y creando un enorme charco sobre las sábanas.

Las densas feromonas que emanaban del cabello, el sudor y los jugos dulces de su Omega actuaron como un poderoso afrodisíaco en su cerebro, impulsándolo a poseer aquel cuerpo maleable con una locura cada vez más salvaje.

Reclamar a su Omega en su totalidad, desde adentro hacia afuera, y teñirlo por completo con su propia esencia; ese era el único pensamiento que gobernaba la mente de Rafal en ese instante. Era como una bestia salvaje que utilizaba el método más primario para declarar su territorio.

Ye Jun perdió la noción del tiempo bajo la enloquecida invasión de Rafal. Sentía cómo su interior era allanado por la fuerza una y otra vez; cada embestida conquistaba profundidades inexploradas, casi como si el Alfa le estuviera golpeando la mismísima garganta. No tuvo más remedio que relajar cada músculo de su ser para permitir que aquella espantosa inmensidad lo perforara sin descanso.

Su retaguardia ya era un completo lodazal; cada avance y retroceso arrastraba consigo copiosas cantidades de flujos de deseo. Aquella pequeña entrada, sometida a un castigo implacable, parecía haber alcanzado el límite de su sed, apretando con saña el colosal miembro que la reclamaba.

Flácido y sin energías, Ye Jun yacía derretido sobre la cama. Sus ojos estaban nublados, y sus piernas, tras haber soportado el inclemente castigo durante tanto tiempo, habían perdido la capacidad de cerrarse, quedando abiertas de par en par. A medida que los impactos de Rafal se volvían más despiadados, sintió que un intenso placer comenzaba a acumularse en lo más profundo de su ser. Con cada brutal embestida, aquel éxtasis se magnificaba, apilándose hasta alcanzar alturas aterradoras.

—Rafal, ya no… —Ye Jun luchó por cerrar las piernas y zafarse de las ataduras del general.

Un éxtasis inédito trepó desde su coxis, ascendió por su columna vertebral y estalló directamente en su cerebro. Jadeó con avidez bajo las arremetidas titánicas de Rafal, gimiendo entrecortadamente. Sabía lo obscena que sonaba su propia voz, pero era del todo incapaz de controlar sus instintos; su cuerpo había sido anegado por completo por el placer.

—Ya no, por favor, ya no… —suplicó Ye Jun, al borde del llanto—. No lo soporto más, ten piedad, ten piedad.

Rafal hizo oídos sordos a las plegarias del Omega bajo él. Arremetió aún más profundo en aquel rincón que le derretía los huesos y le robaba el alma, sepultándose hasta la empuñadura una y otra vez para mantenerlos sellados y fundidos en uno solo.

Cuando aquella pequeña entrada, ya incapaz de cerrarse por la fricción, fue ensartada brutalmente una vez más, el grueso y musculoso órgano rozó la próstata de Ye Jun sin piedad, golpeando el abismo más remoto de su cuerpo. Fue entonces cuando Ye Jun rompió a gritar a todo pulmón.

—¡Ah…! —Lanzó un alarido desesperado, sacudiendo frenéticamente la cabeza sobre la almohada, y se corrió sin reservas.

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