Me lamiste

Llegaron al aeropuerto y subieron al avión.

Durante todo el camino, Winston fue el centro de atención.

Aunque aquel hombre llevaba una chaqueta discreta y mantenía una expresión severa, aún lograba atraer las miradas de los pasajeros a su alrededor.

—Oye, ¡si dejaras las carreras de autos, podrías ser estrella de cine o modelo! —Mientras hacían fila para subir al avión, Hunter le dio un codazo a Winston, quien estaba detrás.

—¿Qué pasa?

—No dejan de mirarte. Esa chica finge tomarse una selfi, pero en realidad te está tomando fotos a ti. —Hunter se felicitó a sí mismo por su agudeza.

—¿De verdad? No me di cuenta. Si te molesta, hay una solución.

—¿Cuál?

—Date la vuelta y bésame, así dejarán de hacerse ilusiones.

Hunter quiso voltear para ver qué expresión tenía Winston al decir eso, pero este le sostuvo el rostro con una mano, obligándolo a mirar solo al frente.

Sintió que algo le rozaba la nuca y notó que las chicas, que no habían dejado de mirarlos, de repente mostraron expresiones de pura sorpresa; algunas incluso sacaron sus teléfonos para tomarles fotos.

—… ¿Qué hiciste? —preguntó Hunter confundido, intentando girar la cabeza, pero Winston le rozó la oreja con un dedo.

—Nada. Concéntrate en la fila.

—¡Imposible! ¡Seguro hiciste algo! ¡Hasta la forma en que me miran cambió!

—Entonces pregúntales a ellas si hice algo.

—Espérate y verás.

Hunter pensó: ¿En serio crees que no me atreveré a preguntar?

Una vez dentro de la cabina, Hunter se detuvo junto a una de las chicas, bajó la cabeza y le preguntó con mucha cortesía:

—¿Podrías decirme de qué te reías tanto mientras me mirabas?

¡Ojalá entendiera inglés!

Ella lo miró a los ojos y, un par de segundos después, se cubrió la boca y volvió a reír.

—De verdad eres muy tierno —respondió en inglés.

Hunter se sintió decepcionado. ¿Acaso no deberían describirlo como “guapo” o algo por el estilo? ¡Qué era eso de “tierno”!

—¿Podrías decirme qué hizo mi amigo a mis espaldas cuando estábamos en la fila? —Hunter se esforzó por mostrar su sonrisa más “tierna”.

La chica mostró una expresión de lástima.

—¡Ah, solo es tu amigo!

Hunter comprendió algo. Llegó a su asiento y le dio un pequeño golpe con la punta del pie a Winston, quien leía una revista del avión con total serenidad.

—Oye, ¿por qué me besaste la nuca?

—¿Mmm? —Winston levantó la mirada—. Si quisiera besarte, no lo haría en la nuca.

—¿Ah?

Hunter pensó que este tipo le había jugado otra broma pesada al besarlo a propósito frente a esas chicas, pero ¿resultaba que no fue así?

—Solo te rocé con la nariz, no esperaba que se emocionaran tanto. —Winston tenía una expresión de “no es para tanto”.

—Lo hiciste a propósito. —Hunter se sentó resoplando de indignación.

—¿Acaso creíste que fue sin querer? —preguntó Winston.

Hunter se quedó sin palabras.

—De verdad se siente como si dos buenos amigos tuvieran una cita. —Hunter suspiró, llevándose las manos a la cabeza.

—No estamos en una cita, ¿acaso vamos a entrenar? —Una leve sonrisa asomó en los labios de Winston.

Hunter esbozó una gran sonrisa, siguiéndole el juego.

—Así que de verdad es una cita. Entonces, ¿me vas a regalar un anillo de diamantes?

Winston apartó la vista de la revista y la fijó en él.

—Si de verdad lo quieres, después de que termine la carrera en el GP de Abu Dabi, iré a Dubái a encargarte uno a medida.

—Oye… no lo dirás en serio, ¿verdad? —Hunter sabía que a veces ese tipo transformaba las bromas en realidad a propósito, dejándolo a uno sin escapatoria.

Winston enlazó sus dedos con los de Hunter, como si estuviera midiendo la circunferencia de su dedo anular.

—Hablo muy en serio. ¿Quieres que te bese el dedo? —Había un rastro de perversidad en la sonrisa de Winston.

—No hace falta…

Definitivamente, su nivel aún no se comparaba con el de Winston.

Hunter se bajó el antifaz, ladeó la cabeza y se cruzó de brazos, murmurando hoscamente:

—Ya no te sigo el juego, voy a dormir un rato.

—Mjm.

Después de que el avión despegó y se adentró en las nubes, la respiración de Hunter se volvió constante.

Los pasajeros, que al principio estaban tensos por los cinturones de seguridad, también comenzaron a relajarse.

Winston se apoyó en el respaldo, giró el rostro para mirar a Hunter y, acercándose lentamente, le depositó un beso en la comisura de los labios.

Un asistente de vuelo, que se acercaba empujando el carrito de bebidas, presenció la escena y esbozó una sonrisa tímida.

Winston se llevó el dedo índice a los labios, indicándole que no dijera nada. El asistente asintió con una sonrisa y siguió de largo.

Tras el aterrizaje, al escuchar el aviso por los altavoces, Hunter se quitó el antifaz a regañadientes y se estiró.

—¡Ya aterrizamos! ¿Dónde queda el hotel de aguas termales que reservaste?

—En las termas de Noboribetsu. Alquilé un auto, iremos conduciendo en un momento. —Winston se colgó la bolsa de viaje al hombro.

Hunter entrecerró los ojos y sonrió.

Estar con Winston era fantástico.

Él planificaba y preparaba todo, y la probabilidad de que algo saliera mal era bajísima.

—Quienes no te conocen seguro piensan que viajar contigo es agobiante, que debe ser un suplicio tener que obedecerte en todo. Pero, a decir verdad, ¡estar contigo es muy relajante y te quita preocupaciones de encima!

—Eso es gracias a ti.

—¿A mí?

—¿Acaso podría esperar que tú te encargaras de revisar la ruta y contactar al hotel?

—… Supongo que tienes razón. ¡Los perezosos también tienen su propia suerte!

—En resumen, eres alguien en quien no se puede confiar. Y no sé de qué te enorgulleces.

Hunter se quedó mudo, sintiendo cómo su orgullo sufría otro ligero golpe.

Sin embargo, era la primera vez que viajaba a solas con Winston, y encima lo hacían después de haberse reconciliado tras su “incidente de ruptura”. En el fondo, Hunter estaba rebosante de alegría.

—¡Guau…! ¿Alquilaste un Mustang? ¡Yo conduzco!

Winston extendió la mano y le empujó el rostro hacia un lado.

—¿Acaso conoces el camino? ¿A dónde vas a conducir?

—¡Solo tienes que indicarme por dónde ir! —Hunter se adelantó y se metió de un salto en el asiento del conductor.

Winston arrojó el equipaje al asiento trasero con elegancia y se sentó en el asiento del copiloto.

Hunter encendió la radio. No entendió ni una sola palabra y la única canción en japonés tenía a una vocalista con una voz tan empalagosa que resultaba abrumadora.

Por eso mismo, cada vez que Winston hablaba, su voz fría y suave parecía congelar de nuevo aquel helado derretido y empalagoso, resultando inexplicablemente agradable a los oídos.

—Oye… ¿no crees que nos parecemos a los protagonistas de “Asesinato a toda velocidad”? —preguntó Hunter entre risas.

—Concéntrate en conducir.

—Oye, ¿te gusta que sean amables o rudos? —Hunter recitó la línea de la película, pero a diferencia de cuando Winston la dijo aquella vez, su voz sonaba alegre, conteniendo la risa.

Winston seguía apoyando la barbilla en la mano, pero una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.

—¿Prefieres látigos o esposas? —La sonrisa de Hunter se hizo aún más evidente.

Winston estiró la otra mano y le dio un suave empujón en la cabeza.

—No molestes.

—Te voy a encerrar en mi cabaña de madera. —Hunter se animó todavía más.

—El que saldría perdiendo serías tú —respondió Winston.

—Oye, no le cambies los diálogos a la película, ¿sí? —se quejó Hunter.

—Entonces empecemos de nuevo.

El tono imperturbable de Winston irritó un poco a Hunter.

—¿Te gusta que sean amables o rudos? —Hunter ladeó el rostro con una sonrisa traviesa.

—Rudos —respondió Winston.

—¡Guau, ¿en serio?! ¡Pensé que eras alguien muy paciente! Eso de ser rudo… no parece tu estilo. —Hunter estaba genuinamente sorprendido.

—A la hora de seducir, soy muy amable. Pero cuando la presa ya está en mi boca, no muestro nada de piedad.

Hunter tragó saliva y le echó un vistazo al perfil de Winston.

Muy en el fondo de su ser, algo comenzó a agitarse.

—Qué bien… muy al estilo Winston… Entonces, ¿qué prefieres, látigos o esposas?

—Esposas. Basta con que mantengan al otro obediente. En lugar de usar un látigo para causarle dolor, existen métodos mucho mejores para hacerlo llorar.

—¿Qué métodos?

De repente, Hunter sintió que estaba descubriendo poco a poco a un Winston que nadie más conocía.

—Hacerlo hasta que llore.

Los hombros de Hunter se tensaron. De pronto sintió un poco de lástima por la persona en la que Winston pusiera sus ojos.

—Entonces… supongo que la cabaña no será necesaria…

Aunque a veces Winston tenía un carácter terrible, en el fondo era un hombre extremadamente atractivo. Las mujeres caerían rendidas a sus pies por voluntad propia; no tendría que encerrar a nadie en ninguna parte.

—¿Acaso las cabañas no son para ir de vacaciones cuando el amor es mutuo? Si a mí me rechazaran, encerraría a esa persona directamente en mi estacionamiento subterráneo. Tengo cinco autos; podría hacerlo hasta el cansancio en cada uno de ellos.

Hunter tragó saliva. De repente tuvo la impresión de estar sentado junto a un lunático.

Claro que este tipo casi nunca jugaba de acuerdo a las reglas.

Efectivamente, al girar la cabeza, notó que estaba sonriendo con malicia.

—Solo te estás burlando de mí.

—¿Por qué me burlaría de alguien más?

Una vez más, Hunter se quedó sin palabras.

En ese momento, apareció ante ellos un castillo sacado de un cuento de hadas, rodeado por un inmenso jardín.

Era un deleite para la vista.

—Nosotros… ¿no íbamos al hotel de aguas termales en Noboribetsu? —Hunter miró a Winston con desconfianza.

—Es mejor meterse a las termas por la noche. Esta es la fábrica de chocolates Shiroi Koibito, vamos a dar un vistazo.

—… Una fábrica de chocolates… parece un lugar para niños. —Hunter murmuró en voz baja y, al levantar la vista, se topó con la leve sonrisa de Winston.

—¡Ah! Me trajiste aquí para tratarme como a un niño, ¿verdad?

—¿No te gusta? —preguntó Winston en respuesta.

—Si estuvieras en una cita con una mujer, seguro a ella le encantaría. —Hunter se frotó la nariz—. Dos hombres viniendo a visitar una fábrica de chocolates… le quita todo el ambiente de cuento de hadas.

Hunter siguió a Winston al interior para hacer el recorrido.

Aunque al principio no tenía grandes expectativas, debía admitir que, inexplicablemente, el lugar lo puso de muy buen humor.

Las distintas formas de los chocolates y postres, además de los juguetes de cuerda, lograron sacarle una sonrisa sincera.

—Si tuviera una hija, definitivamente la traería aquí —dijo riendo.

—Claro —respondió Winston con un tono apagado.

—¡Oye, no lo digas como si tú fueras a darme una hija! —Hunter lo empujó divertido.

—¿Quieres probar el helado de aquí?

—Sí.

Al llegar al mostrador de los helados, Hunter miró a su alrededor y se dio cuenta de que todos los presentes eran padres con sus hijos o parejas de enamorados.

Winston le tendió un cono de helado.

—¿No quieres uno? —preguntó Hunter.

—No me gustan los dulces.

“…” “La verdad es que a mí tampoco me gustan”.

Hunter le dio un pequeño bocado a la punta del helado y sus ojos se iluminaron.

—¿Mmm? Está bastante rico, no empalaga para nada.

—Probablemente porque está fresco y tiene el nivel justo de dulzor.

—¿Seguro que no quieres comprar uno para probarlo? —preguntó Hunter con la boca llena, tras darle otra lamida.

—No hace falta comprar otro, dudo que me pueda terminar uno entero.

—Oh.

Hunter ladeó un poco la cabeza y, justo cuando iba a comer más helado, Winston se inclinó desde el frente, giró el rostro y mordió el otro lado del cono.

Casualmente, Hunter había sacado la punta de la lengua y sintió que algo cálido y suave lo lamía con delicadeza.

Al darse cuenta de lo que era, retrocedió sobresaltado.

—¡Oye! ¡Me lamiste! ¡Si querías probar debiste avisar! ¡No lo hagas tan de repente!

Winston aún tenía helado en el labio superior, así que simplemente lo lamió con la lengua.

Fue como si algo acariciara el corazón de Hunter; inconscientemente, no podía dejar de repetir esa imagen en su mente una y otra vez.

—No te lamí. —La mirada que Winston le dirigió gritaba: “Estás imaginando cosas”.

—¿En serio? —Hunter dudaba un poco. Estaba seguro de que esa cosa suave y resbaladiza era la lengua de Winston.

—De acuerdo. Incluso si te hubiera lamido, ¿quieres lamerme de vuelta? —lo desafió Winston.

—… Pues claro que no…

—Termínate el helado. Volveremos al auto para seguir hacia Noboribetsu.

—¡Entendido!

Regresaron al vehículo y, esta vez, fue Winston quien se puso al volante.

Hunter miró hacia atrás, observando cómo la fábrica de chocolates se alejaba en la distancia, y suspiró.

—De pronto entiendo por qué a las chicas les encantan los cuentos de hadas.

—¿Por qué?

—¿Porque son como un narcótico para la mente?

—Los cuentos de hadas solo sirven para engañar a la gente.

Antes de que cayera la noche, por fin llegaron al hotel de aguas termales que Winston había reservado.

El lugar tenía un estilo japonés sumamente tradicional. El sonido de sus pisadas sobre el suelo de madera hizo que Hunter sintiera que había viajado en el tiempo hacia otro mundo.

Hunter estaba ansioso por meterse a las termas, pero Winston lo detuvo.

—Primero empezaremos por las de adentro. Báñate con el agua termal desde los pies hasta la cabeza para que te acostumbres al agua y a la temperatura. Después de lavarte bien, puedes entrar.

—¡Ah, de acuerdo!

Hunter se quitó la ropa y miró a Winston, que no estaba muy lejos.

La imagen de ese tipo sacándose la camiseta por encima de la cabeza parecía sacada de una película; las líneas de su cintura le daban a Hunter unas ganas inmensas de agarrarlo.

Pero si realmente se atrevía a hacerlo, lo más seguro era que le rompieran la nariz.

Envuelto en una toalla, Hunter imitó a Winston: sacó agua termal de un recipiente con un cuenco y se la vertió por el cuerpo.

Mientras se enjuagaba, no podía apartar la vista de los músculos de Winston.

Tanto la forma de sus hombros y cuello como la de su abdomen eran hermosas. Tenía una fuerza contenida que no resultaba exagerada; era una belleza sumamente proporcionada.

Hunter incluso empezó a imaginarse cómo se tensarían todos esos músculos cuando Winston estuviera sentado en su monoplaza, girando el volante de carreras.

—¿Qué tanto miras? —preguntó Winston, alzando la barbilla.

—¡A ti! Antes, cuando estuvimos en Austria, salías del baño envuelto en una bata diciendo que no podía verte. ¿Y ahora qué? Puedo mirarte todo lo que quiera…

Antes de que Hunter pudiera terminar la frase, Winston le vació un cuenco de agua directamente en la cabeza.

—¡Oye!

Hunter dio un paso atrás, pero el agua ya le escurría desde el cabello por todo el cuerpo, haciéndolo toser.

Con la tos, la toalla que llevaba alrededor de la cintura cayó al suelo.

Intentó atraparla rápidamente, pero falló.

—¿También te bañas envuelto en una toalla? —le preguntó Winston, dándose la vuelta.

Hunter se inclinó justo en ese momento para recogerla.

Sin saber si era solo su imaginación, de pronto sintió que la espalda le ardía.

Al enderezarse, vio a Winston parado justo enfrente, observándolo.

No había mucha expresión en su rostro y sus ojos lucían severos a través del cálido vapor del agua, como si estuviera reprimiendo algo. Sin embargo, a Hunter esa frialdad le pareció a punto de ebullición.

—¡Tienen cero respeto por la privacidad aquí! ¡Las duchas ni siquiera tienen separadores! —Hunter se enrolló la toalla de inmediato, aprovechando para quejarse.

—Todas las termas en Japón son así. Además, aparte de mí, nadie más va a mirarte —comentó Winston con frialdad.

—… ¿Insinúas que tú sí me vas a mirar? —Hunter esbozó una amplia sonrisa—. ¡Lástima que no tengo tanto para exhibir como tú!

—Al parecer, no te conoces lo suficiente.

Winston ya se había quitado la toalla y se había sentado en el taburete, dándole la espalda.

—¿Qué dijiste?

—Recuerda lavarte bien, no vayas a ensuciar el agua termal.

—¿Te doy asco o qué? —replicó Hunter, indignado.

—¿Quieres que te ayude a bañarte?

—¡No hace falta!

Hunter también se sentó dándole la espalda a Winston.

—Qué extraño, ¿por qué no hay nadie más aparte de nosotros dos?

—Porque alquilé el hotel completo —dijo Winston con total tranquilidad.

Lo dijo con un tono tan sencillo como si hubiera comprado un café extra.

—Qué derrochador eres.

A pesar de sus palabras, en su interior, Hunter se sintió mucho más alegre.

—¿Tienes tanta confianza en tu cuerpo que te gusta que una multitud te mire?

—¡Claro que no!

—¿O creíste que estas termas eran mixtas y por eso estás tan decepcionado?

Directo a la yugular. Esa sensación de que el otro lo conociera tan a fondo le molestaba bastante.

—¡Tú serás el decepcionado!

Tras enjuagarse un par de veces más, Winston fue el primero en entrar a la terma interior; se sentó en el agua con los ojos cerrados, descansando la mente.

Hunter se acercó, dejó su toalla en el borde de la piscina y se metió junto a él.

—¿Cuándo iremos a las de afuera?

Hunter se imaginaba apoyado en el borde de la piscina al aire libre, mirando las estrellas y respirando el tenue aroma a cerezos; pero si Winston prefería empezar en el interior, seguro tenía sus razones.

—En cinco minutos.

Hunter observó el perfil de Winston y su barbilla erguida. Tenía la nuca apoyada sobre la toalla en una postura que parecía vulnerable, de entrega absoluta, pero que al mismo tiempo irradiaba una elegancia intocable y abrumadora.

Afuera, la fuente de bambú, el shishi-odoshi, se llenó de agua y cayó, golpeando la piedra con un sonido que sobresaltó el corazón de Hunter en medio de aquella noche tan silenciosa.

Giró la cabeza de golpe.

En ese momento, Winston se puso de pie. El agua resbaló por su cuerpo de regreso a la piscina, produciendo un murmullo que atrajo la mirada de Hunter.

Winston estiró el brazo y usó la toalla para bloquear la línea de visión de Hunter, pero aun así, este alcanzó a verle de la cintura para abajo.

No era como si nunca hubiera visto a otros amigos desnudos al ir a nadar, pero tenía que admitir que el físico de Winston era el mejor que había visto en su vida.

Al salir de la piscina, Winston se inclinó y le dio un suave golpecito en la cabeza.

—¿No vas a salir? ¿Quieres desmayarte ahí dentro para que tenga que sacarte en brazos? —La voz de Winston resonó junto a su oído.

—¡Ya voy! ¡Además, dudo que puedas cargarme! —Al girar la cabeza, la mejilla de Hunter rozó la punta de la nariz del otro.

¡¿Por qué este tipo estaba tan cerca de él?!

—¿Que no puedo cargarte? —Las comisuras de los labios de Winston se elevaron.

—¡Soy muy pesado!

—¿Acaso crees que la vez que perdiste el conocimiento te saqué arrastrándote?

—… ¿Tú me sacaste en brazos? —Hunter se quedó atónito.

Winston no respondió; se enderezó y caminó hacia el exterior.

Hunter agarró su toalla, se la enrolló a toda prisa y lo siguió de cerca.

—¿Cómo me cargaste? No me habrás llevado al estilo princesa, ¿verdad?

¡De ser así, moriría de vergüenza!

Winston no tenía ninguna intención de discutir el asunto. Caminó directo al borde de la piscina exterior, se desató la toalla de la cintura, entró al agua y se sentó sin prisa entre las espesas nubes de vapor.

—¡Oye! ¡Respóndeme! —Hunter tiró la toalla en cualquier lado y se metió al agua termal.

—Haces demasiado ruido —dijo Winston, manteniendo los ojos cerrados.

Hunter se sintió un poco deprimido.

—Yo siempre he sido así. Antes no te parecía que hiciera ruido. —Dicho esto, guardó silencio.

Casi medio minuto después, Winston habló con lentitud:

—No te cargué así. Eso requeriría demasiado esfuerzo.

¡Menos mal! De lo contrario, si alguien de la escudería se hubiera enterado, se habrían burlado de él por el resto de su vida.

Hunter soltó un suspiro de alivio e imitó a Winston. Cerró los ojos y se dedicó a disfrutar de la relajante sensación de sus poros abriéndose.

—¿Por qué te quedaste callado? —preguntó Winston.

—¿No dijiste que hacía demasiado ruido?

—Con tanto silencio, voy a creer que te desmayaste por el calor.

—¡Tú serás el que se desmaye!

Si había ruido estaba mal, si había silencio también. ¿Qué demonios quería?

—Si te desmayas, te sacaré en brazos estilo princesa. Ah… qué lástima que hoy no haya más huéspedes en el hotel. —A pesar de que tenía los ojos cerrados, Hunter estaba seguro de que se estaba riendo.

La mejor forma de lidiar con eso era ignorarlo.

Hunter giró el rostro y soltó un leve bufido.

—Y luego haría un par de cosas para asegurarme de que no pudieras competir en el GP de Abu Dabi.

—¿Qué cosas?

—Puedes desmayarte ahora mismo; cuando despiertes, lo sabrás.

—…

Hunter se dio cuenta de que era imposible comunicarse con Winston.

Sin embargo, hacía mucho tiempo que no experimentaba tanta tranquilidad.

Todo estaba sumido en un profundo silencio, interrumpido únicamente por el canto de los insectos y el rítmico repicar de la fuente de bambú.

El ensordecedor rugido de los motores de la Fórmula 1 y los gritos eufóricos del público parecían pertenecer a otro mundo.

Y con ello, la mente de Hunter también encontró la calma.

De pronto, se sintió inmensamente agradecido con Winston. Aquella sensación de estar lejos del bullicio lo hacía sentir renovado, como si lo hubieran moldeado de nuevo.

Un pequeño bote navegó a favor de la corriente hasta llegar frente a ellos. En el borde de la piscina se encontraba un joven con un quimono que, con los ojos muy abiertos y brillantes, le sonrió a Hunter e imitó el gesto de beber.

Hunter le devolvió la sonrisa.

En el pequeño bote había copas y una jarrita de sake. Las copas eran de un tono verde azulado, sin decoraciones recargadas; lucían sumamente elegantes en su simplicidad.

Pero al recordar lo que había pasado la última vez que tomó sake, Hunter no se atrevió ni a tocarlas.

En cambio, Winston abrió los ojos levemente, levantó la mano y tomó una copa.

Sus dedos ya de por sí eran atractivos, y con el movimiento de su muñeca al llevarse la copa a los labios, con la mirada baja, su figura desprendía una suavidad envuelta en una sensualidad contenida. Especialmente al ver cómo subía y bajaba su nuez de Adán al tragar; por alguna razón incomprensible, Hunter sintió que las orejas le ardían.

Hora del Huevo Salado:

Hunter: ¿Me besaste la nuca o no?

Winston: No.

Hunter: Y hace un rato, cuando estaba acostado boca abajo jugando con el teléfono, ¿me besaste la…?

Winston: ¿La qué?

Hunter: La parte debajo… de mi cintura…

Winston: ¿Qué hay debajo de tu cintura?

Hunter: ¡Maldita sea!

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