En serio eres muy fácil de convencer

La voz de Winston sonó cerca de su oído, cálida y húmeda, y los inquietos pensamientos de Hunter se suavizaron y aplacaron con ella.

—Mira… así eres… parece que siempre puedes tolerar todos mis lados absurdos. Por eso me atreví a gritar sin escrúpulos que quería romper nuestra amistad… En ese momento, seguro quería presumir.

—¿Presumir qué? —Winston giró el rostro para que sus frentes se tocaran suavemente.

—Si alguien más te dijera que quiere dejar de ser tu amigo, seguramente te darías la vuelta con frialdad y te irías.

—Ni siquiera tengo muchos amigos. Casi no hay nadie que pueda decirme que quiere “romper nuestra amistad” —dijo Winston. Aunque su voz era tan tranquila que relajaba los nervios, conllevaba un toque de impotencia.

—Por eso, yo gritaba que quería dejar de ser tu amigo, pero tú no me ignorabas. ¿Acaso no te hace sentir que importas?

—Ya lo capto, estás siendo caprichoso.

—¡Tú también eres un caprichoso! Haces tantas cosas excesivas… haces tantas bromas pasadas de tono, y encima presionaste mi cara contra… ese lugar. ¡Si fuera cualquier otra persona, ya se habría enfurecido contigo!

—Aún guardas rencor por eso. —Winston palmeó suavemente la espalda de Hunter.

—¡Pero ya te perdoné! ¡Sin importar qué cosas hicieras para avergonzarme, siempre busqué una excusa para perdonarte!

—Oh, qué grandioso eres.

La sonrisa en la voz de Winston ya era muy evidente.

—Sin embargo, cuando estás borracho, la verdad es que eres muy peligroso. ¿Qué habría pasado si la persona que te llevó a la habitación no hubiera sido yo, sino otra persona?

Al escuchar la pregunta de Winston, Hunter sintió un escalofrío repentino.

Cielos, no se atrevía a imaginar la escena de sí mismo inmovilizando al contador del equipo o al señor Narita… ¡Preferiría estar muerto!

—Es cierto… la verdad es muy peligroso…

Lo peligroso no era él, sino los demás.

Hunter levantó la cabeza y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Entonces, ¿ya podemos detener este juego mutuo de “romper nuestra amistad”?

Winston se inclinó un poco hacia adelante, pero sin acercarse demasiado a Hunter. Con solo esa pregunta, los ojos de Hunter volvieron a escocer.

Estiró los brazos y abrazó con fuerza los hombros de Winston.

—Lo siento… lo siento mucho…

Pensé que me dejarías como lo hicieron mis padres… con más facilidad que un simple “divorcio”.

Winston le palmeó el hombro con una mano y deslizó la otra en el bolsillo de los pantalones de vestir de Hunter para sacar la tarjeta de la habitación. Mientras lo sostenía por la espalda, empujó la puerta y lo hizo entrar.

Cuando Hunter, avergonzado, soltó los hombros de Winston, este giró el rostro, como si quisiera ver con claridad su expresión.

Los nudillos de Winston rozaron la mejilla de Hunter, secando los rastros de lágrimas.

—Hunter, dijiste que sin importar lo que hiciera, buscarías una excusa para perdonarme. ¿Es eso cierto?

—Por supuesto.

—Incluso si un día descubres que mi propósito al acompañarte de esta manera es completamente diferente al que imaginas, también buscarás una excusa para perdonarme, ¿verdad?

Winston bajó la mirada y observó a Hunter con gran seriedad.

—¿Qué otro propósito podrías tener? No soy tan rico como tú, no soy tan guapo, ni siquiera mi clasificación de puntos en la Fórmula 1 es más alta que la tuya… ¿No me digas que quieres mis riñones? —preguntó Hunter con impotencia.

La mano de Winston se deslizó con suavidad desde la espalda de Hunter hasta su cintura.

—Tus riñones debes cuidarlos muy bien, definitivamente son muy importantes. —Sonrió levemente.

—¿Qué te pasa? ¿De verdad quieres mis riñones?

—Si tus riñones no están bien, ¿cómo podrías aguantar todo un Gran Premio de F1?

—¡Gracias por preocuparte, mis riñones están en perfecto estado!

Hunter se tocó la punta de la nariz y echó a reír.

Aún prefería charlar con Winston en ese tipo de ambiente.

—Hunter, entonces de ahora en adelante, ninguno de los dos volverá a hablar de “romper nuestra amistad”. Pase lo que pase, no podemos darnos la espalda.

La frente de Winston descansaba contra la de Hunter; su voz sonaba completamente en serio.

Hunter cerró los ojos y respondió:

—De acuerdo.

—A menos que estés a mi lado, no permitirás volver a emborracharte.

—De acuerdo.

¡Estando a tu lado, me atrevo menos a emborracharme!

—Felicidades, Hunter.

—¿Por qué?

—Le ganaste al renombrado Penny y acorralaste al gran tiburón blanco, Charles.

—Pero aún no me he enfrentado contigo en la pista.

—Entonces, los próximos quince años serán un enfrentamiento entre tú y yo.

Las palabras de Winston hicieron que Hunter sintiera una calidez instantánea.

—¿Y después de esos quince años?

—Disfrutaremos de la vida juntos.

—¡Genial! ¡Entonces iremos a Pattaya, en Tailandia!

—¿A qué iríamos allí?

—¡Escuché que ahí puedes alquilar una esposa! Son dulces como el agua e incluso te dan hijos…

—Ni lo pienses. —La voz de Winston parecía tener un aire acondicionado integrado, y Hunter sintió un escalofrío repentino.

—¿Por qué? —Hunter abrió mucho los ojos.

Él era muy guapo; quizás su salario no era tan alto entre los pilotos de carreras, ¡pero los bonos de este año seguramente estarían bastante bien, era imposible que no pudiera alquilar una esposa en Pattaya!

Winston no respondió a esa pregunta, sino que hizo otra:

—¿Marcus te dio tiempo para descansar después de la carrera?

—Puedo volar a Abu Dabi pasado mañana. Tengo dos días de descanso para recuperarme. Shen Chuan y los demás irán a Abu Dabi primero.

—Entonces vayamos juntos a Hokkaido.

—¿A las aguas termales? —A Hunter se le iluminaron los ojos.

Aún no había tenido la oportunidad de experimentar las termas en Japón.

—Sí.

—¡Genial! ¿También podremos esquiar?

—Dudo que la escudería permita esquiar. Además, no es temporada de esquí, y para colmo, ¿acaso sabes hacerlo?

—Tú debes saber, ¿verdad? ¡Enséñame! ¡Podríamos ir a esquiar a Suiza!

—¿Por qué crees que sé hacerlo?

—Simplemente siento que sabes hacer de todo. —Hunter se tocó la nariz.

—Llámalo a Marcus. Si no te lo permite, tendrás que conformarte con dormir en el hotel.

Hunter llamó de inmediato al celular de Marcus, y tal como esperaba, este empezó a parlotear sin fin. Que no debía ir a esquiar porque era peligroso; que tuviera cuidado de no resbalar en las aguas termales; que no comiera alimentos crudos para no arruinarse el estómago; y lo más importante, que debía volar a Abu Dabi a tiempo.

Hunter solo asentía diciendo “ajá”, mientras se quejaba desesperadamente en su mente: ¡¿Cuándo va a terminar de hablar?!

¡Además, ni siquiera era temporada de esquí!

¿Por qué Marcus carecía tanto de sentido común como él?

—¡Listo! ¡No perdamos el tiempo! ¡Vámonos ya! —Hunter corrió hacia el sofá y comenzó a recoger la ropa que había dejado tirada hecha un desastre.

Winston, sin embargo, seguía sentado en el borde de la cama, mirando su espalda.

—¿Qué pasa? ¿O de repente recordaste que tienes otra cosa que hacer? —preguntó Hunter al girarse tras no recibir respuesta.

—¿Alguien te ha dicho que eres muy fácil de convencer? —habló Winston.

Aunque su rostro no mostraba ninguna expresión evidente, llevaba un asomo de sonrisa superficial que, de manera inexplicable, enganchó el corazón de Hunter.

—Yo… yo no soy un niño, ¡qué quieres decir con “fácil de convencer”! —replicó Hunter, molesto.

—Basta con llevarte a una fiesta o acompañarte a jugar para que olvides todo lo que te entristece.

De pronto, Hunter no supo qué responder. ¿Acaso no guardar rencor también era un error?

¿Acaso debían hundirse sin remedio en el abismo de romper su amistad?

Murmuraba Hunter en su interior.

—¿Cualquiera podría engañarte y llevarte consigo? —La voz de Winston reflejaba cierta impotencia; rara vez Hunter lo escuchaba hablar con ese tono.

—¡Cómo crees! ¡No soy un niño de tres años!

—¿Qué hay de la fiesta de conejitas de Donald?

—¿Ah?

¿No se había cancelado la fiesta de conejitas?

—Lawrence Owen te dijo que te llevaría a divertirte y ¿simplemente le creíste?

—Ese tipo no es buena persona, ya lo sé. Y no fui el único al que engañó… ¿No cayó Charles también?

—¿Y Vivian Nikki?

—¡Maldita sea! ¡Ese infeliz pasó tres meses aprendiendo a imitar a una mujer! ¿Cuántos podrían haberlo reconocido?

Al mencionar eso, Hunter se sintió agraviado.

—Escuché que de todos los presentes, fuiste el único que no se dio cuenta —dijo Winston.

En ese instante, Hunter sintió que su inteligencia había sido ultrajada.

—¡Eso fue porque el idiota de Owen no me explicó bien de qué trataba eso de “La bella y la bestia”! ¡A qué hombre normal se le ocurriría pensar que entre tantas bellezas pasando frente a él habría hombres!

—¿Acaso pensaste que todas esas mujeres eran hermosas? —Winston alzó ligeramente una ceja.

—…Al menos no vi a ninguna fea.

Murmuró Hunter en voz baja.

—La mitad de ellas eran hombres.

—…¿Ah? —Hunter sintió un impacto tan grande que sus valores estuvieron a punto de fracturarse.

—Y todos eran activos.

—¿Activos? —preguntó Hunter con cara de tonto.

—Para esos hombres, era un simple juego de caza, de disfrazarse de presa para devorar al tigre. Si Vivian Nikki lograba engañarte, él se acostaría contigo, no tú con él. ¿Lo entiendes? —Winston giró apenas el rostro.

Hunter se quedó con la boca entreabierta, un nuevo mundo que nunca había querido conocer acababa de abrirle las puertas.

—Tú… ¿cómo lo sabes? —inquirió Hunter, asaltado de pronto por esa pregunta crucial.

—¿Tú qué crees? —replicó Winston.

—…¿Te lo dijo Lawrence Owen? —Hunter lo pensó un momento y volvió a preguntar—: Entonces, ¿a Owen le gustan los hombres o las mujeres?

¡Se moría de ganas por cotillear un poco!

—Si le gustaran los hombres, Charles jamás habría tenido la oportunidad de casarse, divorciarse y volver a casarse.

—¿Qué tiene que ver Charles en esto?

—No tiene nada que ver. La ropa que trajiste es muy fina y en Sapporo la temperatura ronda los diez grados; vamos a comprar una chaqueta.

—¡Oh! ¡De acuerdo!

Si no, bajarse del avión, resfriarse o enfermarse afectaría su rendimiento en el Gran Premio de Abu Dabi.

Aunque Hunter consideraba que, con su estado físico, era casi imposible resfriarse.

Ambos terminaron de empacar su equipaje y, al salir del hotel, se toparon de frente con Maddie.

Mientras Hunter realizaba el proceso de salida, Winston se apoyaba a un lado hablando por teléfono. Parecía estar hablando en japonés, porque Hunter no entendía ni una sola palabra.

—¿No habías dicho que habías cortado tu amistad con Winston? —preguntó Maddie.

—¡Ya nos reconciliamos! —Hunter levantó el brazo y lo apoyó en el hombro del otro.

Maddie soltó un bufido.

—Qué edad tienes para seguir jugando al jueguito de romper la amistad.

—…

Hunter tenía muchas ganas de decir que no era un juego, que estuvieron a punto de dejar de ser amigos en serio… pero Winston estaba a su lado y le daba un poco de miedo que se enojara.

—Deberías estar agradecido de que no rompimos nuestra amistad, ¡o de lo contrario, tendrías que tener cuidado de no ser empujado fuera de la pista en el Gran Premio de Abu Dabi! —Hunter soltó una sonrisa que pedía a gritos una bofetada.

—Tú… —Maddie palideció de la furia. Le lanzó una mirada a Winston y se dio la vuelta para marcharse.

—Pero hablando de eso, Winston… esa vez que Maddie se salió de la pista, ¿no fuiste tú el que, a propósito, hizo ya sabes qué? —Hunter le dio un codazo a Winston.

El otro mantenía la cabeza gacha, escribiendo un mensaje de texto.

Insatisfecho, Hunter volvió a darle otro codazo.

—Oye, ¿te lanzaste a propósito contra Maddie?

—Por supuesto. ¿No fue lo suficientemente obvio? —Winston giró el rostro para mirarlo de reojo y luego siguió enviando su mensaje.

Hunter se quedó helado… ¿Acaso su entendimiento sobre Winston estaba equivocado? ¡Pensaba que era un hombre magnánimo y tolerante!

De repente, recordó la evaluación que Owen había hecho de él: “Ojo por ojo, diente por diente”…

Tal vez esa valoración era bastante objetiva y justa.

—Bueno, este… ¿podrías dejar de ir a por él la próxima vez?

—¿Por qué?

—¡Es mi compañero de escudería! Si lo sacas de la pista, ¡nuestro equipo pierde la oportunidad de sumar puntos!

—¿Acaso te diste la mano e hiciste las paces con él?

—Así es.

Hunter se tocó la nariz… no se habían dado la mano, pero supuestamente sí habían hecho las paces.

—¿Entonces por qué hace un momento no parecía ser así?

—…Tenemos una manera especial de llevarnos.

—Está bien. La próxima vez que te golpee, no vengas a quejarte de que te dejó otro ojo de panda.

—¡No lo haré! ¡Si se trata de pelear, no es seguro que Maddie sea rival para mí!

—Oh.

Ese “oh” estaba cargado de un profundo desinterés y desaprobación.

El orgullo de Hunter recibió un daño de diez mil puntos.

Tras finalizar los trámites de salida, Hunter y Winston regresaron en coche al centro de Tokio y se dirigieron a una exclusiva sección de ropa masculina de lujo.

Como a Hunter nunca le importaba su forma de vestir, Winston le arrojó directamente una gabardina a la cara.

—Ve a cambiarte.

Hunter estaba a punto de quejarse de que le hubiera dado en la cara, pero ante el leve movimiento de barbilla de Winston, se resignó y entró en el probador.

Al ponérsela, se miró al espejo y no pudo ocultar su sorpresa:

—¡Vaya, resulta que sí soy muy guapo!

—Sal para que te vea, no te quedes ahí presumiendo a solas —sonó la voz de Winston.

Hunter torció los labios. ¡Ese tipo sí que sabía arruinar el momento!

Salió del probador y, justo cuando el dependiente iba a acercarse, Winston ya había extendido la mano para arreglarle el cuello de la chaqueta.

—¿El cuello de la chaqueta te apretaba la nuca y no te diste cuenta de lo incómodo que era?

Los dedos de Winston se deslizaron entre el cuello de la prenda y su piel. Sus nudillos rozaron la carne, lo que le provocó a Hunter la sensación de estar siendo acariciado.

—Está bien…

—Entonces llevaremos esta. —Winston se inclinó hacia Hunter y, bajando la voz, añadió—: ¿Y calzoncillos? ¿Llevas suficientes?

Hunter notó la media sonrisa en los labios de Winston y, de repente, recordó la vez que se encontraron en el supermercado y él pagó su cuenta.

—¡Qué te importa! —Hunter se mostró bastante disgustado.

—Iremos a comprar.

Dicho esto, Winston fue directo a la caja a pagar.

—¡Puedo comprarlos yo mismo! —Hunter lo siguió con pasos rápidos.

Winston se giró con una sonrisa y respondió:

—Disfruto la sensación de comprar el papel de regalo para mis propios obsequios.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir?

Winston no le contestó.

Hunter había creído que era una broma cuando dijo que lo llevaría a comprar calzoncillos, pero resultó ser verdad.

Llegaron a la sección de ropa interior masculina y lo que más desconcertó a Hunter fue descubrir por qué las vendedoras de esa sección eran todas mujeres.

Además, para Hunter, la ropa interior era algo a lo que nunca le había prestado demasiada atención. Cuando la empleada empezó a explicarle los diferentes estilos y materiales de cada calzoncillo, uno por uno, sintió que su rostro ardía tanto que parecía a punto de estallar.

La vendedora, incluso, se tomó muy en serio la tarea de explicarle en un inglés poco fluido el soporte y la comodidad que cada modelo ofrecía a su amiguito.

Avergonzado, miró en dirección a Winston y se dio cuenta de que este lo observaba con una expresión que simulaba una sonrisa a medias.

Sin embargo, a los ojos de los demás, Winston sin duda lucía un rostro gélido como un témpano de hielo; esa sonrisa era algo que solo Hunter podía descifrar.

—¿Lo hiciste a propósito, verdad? —le preguntó en un susurro.

—Simplemente considero que deberías mejorar un poco tu calidad de vida —respondió Winston.

—Señor, ¿ya ha tomado una decisión? —preguntó la empleada.

Hunter solo quería escapar de allí lo antes posible, así que señaló uno al azar.

Pero Winston le sujetó la mano y le dijo unas palabras en japonés a la vendedora. Ella de inmediato se cubrió la boca con una risilla y se dio la vuelta para preparar el pedido de Hunter.

—Oye, ¿qué le dijiste? —preguntó Hunter con suspicacia.

—Adivina.

La dependienta le entregó la bolsa a Winston.

Él intentó pagar nuevamente por Hunter, pero esta vez, no lo permitió.

—¡Mis calzoncillos los pagaré yo mismo!

—¿Tú mismo? —Winston giró el rostro para mirarlo.

—¿Qué pasa? ¡Es muy extraño que me regales ropa interior!

—Parece que tú nunca me has regalado nada. Ni siquiera me has invitado a una taza de café.

—…Creo que es cierto… —Hunter inclinó la cabeza, pensativo.

Para cuando reaccionó, Winston ya había pasado la tarjeta de crédito.

—¡Oye! ¡Ya te había dicho que los iba a comprar yo!

Winston le dirigió una mirada, y Hunter se paralizó; ¿le pareció que se había enfadado?

Dos segundos después, Winston tomó los mismos calzoncillos, pero en otra talla, los colocó sobre el mostrador y le hizo un gesto con la barbilla a Hunter.

—Págalos tú.

—… —Bajo la opresiva mirada de Winston, Hunter pasó su tarjeta y pagó la cuenta.

A su lado, la empleada seguía riendo por lo bajo, cubriéndose la boca con las manos.

Hunter salió de allí con las bolsas en la mano.

—Sigo pensando que es raro. Pasaste tu tarjeta para pagarme la ropa interior, y luego yo pasé mi tarjeta para pagarte tu ropa interior. Los dos nos intercambiamos calzoncillos como regalos… ¿Qué se supone que significa esto?

—Entonces, cambiemos la perspectiva. Tú pasaste tu tarjeta para pagar tu ropa interior, y yo pasé la mía para pagar mi ropa interior.

—…Con esa explicación me siento un poco más tranquilo. —Hunter ladeó la cabeza, continuando con sus pensamientos, y luego agregó—: ¿Qué le dijiste a la vendedora para que se riera de esa manera?

—¿De verdad quieres saberlo? —Winston alzó la mano para detener un taxi, y Hunter entró tras él.

—Obvio. ¿Qué le dijiste exactamente?

—Le dije que soy tu novio. —La voz de Winston sonó indiferente, pero la comisura de sus labios se elevó visiblemente.

Cuando Hunter reaccionó, sintió que el corazón le daba un vuelco tremendo. Sin saber muy bien qué intentaba ocultar, le dio un fuerte puñetazo al otro.

—¡Lo hiciste a propósito!

—Así es, lo hice a propósito. —La mirada de Winston descendió, deteniéndose justo entre las rodillas de Hunter—. Si te atreves, no te los pongas.

Hunter se arrepintió una vez más de no haber encendido la grabadora del celular para registrar lo que Winston acababa de decir.

—¡Algún día, el mundo entero conocerá tu verdadera cara! —gruñó Hunter, rechinando los dientes.

—Entonces esperaré con ansias a que llegue ese día.

Respondió Winston con una leve sonrisa, apoyando la barbilla en la mano.

Sin saber por qué, Hunter sintió que Winston estaba muy feliz en ese momento.

Y, además, no ocultaba su felicidad en absoluto.

Lo más importante era que, cuando él era feliz, Hunter también sentía esa felicidad. Siempre y cuando pudiera seguir leyendo esa sonrisa en el fondo de los ojos de Winston, estaba dispuesto a ser eternamente el blanco de sus bromas.

—Oye…

—¿Mmm?

—¡En el futuro, mi ropa interior la compraré yo mismo!

—Me parece bien. Solo recuerda elegir unos que ofrezcan buen soporte, transpirabilidad y elasticidad —respondió Winston.

—Entendido.

¡Simplemente quería decir que no fuera al supermercado a comprarlos!

—En realidad, ninguna prenda ofrece mejor soporte que esto.

Winston extendió la mano y la agitó frente al rostro de Hunter; aquellos dedos largos y fuertes despertaron en él un sentimiento de admiración.

—¿A qué te refieres?

La mano de Winston descendió velozmente hacia el espacio entre las rodillas de Hunter. Al entender de súbito sus intenciones, este lo atrapó de inmediato por la muñeca.

—¡Oye! ¡Qué diablos haces! ¡Casi me matas del susto!

—Tampoco te lo voy a arrancar, ¿a qué le tienes miedo?

Al no ver ni un asomo de cambio en la expresión del otro, Hunter terminó pareciendo el extraño en la situación.

Hunter colocó la mano de Winston de vuelta sobre su rodilla.

—¿Me dirás qué clase de estímulo te ha trastornado?

—Aparte de ti, ¿quién más podría provocarme?

Hunter descubrió que, increíblemente, no supo qué responder a eso.

Giró el rostro y miró por la ventanilla.

Aquella clase de jugueteos parecía sacada de su época en la secundaria. En ese entonces, después de haber visto una “película de acción” con su amigo Blue en su habitación, en la cual el protagonista masculino estaba tan bien dotado que ambos adolescentes se quedaron con la mirada perdida, comenzaron a empujarse en broma.

Por usar demasiada fuerza, terminó pellizcando a Blue tan fuerte que lo dejó en el suelo, encogido de dolor.

En ese momento, Blue casi estalló en lágrimas, gritando que si algo le pasaba al pequeño Blue, obligaría al pequeño Hunter a acompañarlo a la tumba.

Al oír el alboroto, la madre de Hunter incluso subió corriendo para ver qué estaba sucediendo.

Los dos jóvenes no podían contar la verdad. Hunter dijo que Blue se había golpeado con la esquina de la mesa, mientras que Blue alegaba que Hunter lo había pateado. La madre los miró con suspicacia y, al final, Blue cedió, admitiendo que en realidad sí se había golpeado con la mesa.

Al pensar en eso, una sonrisa afloró también en los labios de Hunter.

—¿En qué estás pensando? —se escuchó la voz de Winston.

En ese instante, Hunter no pudo evitar formular una hipótesis: si hace un momento no lo hubiera detenido, ¿realmente lo habría agarrado?

¿Cómo lo habrían sostenido sus dedos? ¿Con qué fuerza? ¿Y a qué temperatura?

Innumerables fantasías provocaron que la sangre se le concentrara en el bajo vientre; al darse cuenta de que estaba a punto de tener una reacción, expulsó de inmediato todas esas cavilaciones de su cabeza.

—No es asunto tuyo. —Hunter torció los labios.

La suave risa de Winston llegó a sus oídos; era una risa contenida, cargada de tolerancia y madurez.

Frente a él, era como si hubiera vuelto a convertirse en un niño.


Hora del huevo salado:


Hunter: ¡Te lo advierto, no soy nada fácil de convencer!
Winston: Claro, no eres fácil de convencer.
Hunter: ¡Lo dices sin interés! ¡Tienes que tomarte este asunto en serio!
Winston: ¿Seguro que quieres que te responda en serio?
Hunter: ¡Obvio!
Winston: Si fueras fácil de convencer, hace mucho que te habría follado hasta la muerte.
Hunter: …

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