Tu alma nació para encajar con la mía
—Jaja… —pensó Hunter—. ¡Menos mal que acabo de ordenar la habitación!
—En realidad, esta noche no podré hablar contigo a fondo, pero tengo mucha curiosidad y hay dos preguntas que quiero hacerte.
—Claro, pregunta. —Sentado frente a Audrey, Hunter se dio cuenta de que, aunque no era una entrevista formal, la conversación ya había comenzado, lo que lo puso un poco nervioso.
—La primera pregunta: durante tres Grandes Premios consecutivos, desde Canadá, pasando por Gran Bretaña, hasta la carrera de hoy en Austria, casi siempre has venido desde atrás para tomar la delantera. Probablemente aún no has visto las evaluaciones que otras escuderías han hecho sobre ti en las entrevistas de hoy. En especial Kurt, de la escudería Williams, quien bromeó diciendo que, si no hubieras pasado rozando su hombro, habría pensado que aún faltaba mucho para que terminara la carrera.
—¿Presioné a los otros pilotos? —preguntó Hunter, sorprendido.
—Y no solo un poco.
—¿Ya sabes que Vann Winston, de la escudería Ferrari, es mi amigo?
—Sí, y que te tiene en muy alta estima.
—Probablemente se deba a que Winston es demasiado extraordinario… No tengo mucha experiencia ni ese talento natural que hizo famosos a temprana edad al Gran Tiburón Blanco Charles o a Owen… así que solo me queda mantenerme tenso todo el tiempo, rebasando uno por uno, sin rendirme hasta cruzar la línea de meta. Si no tuviera la determinación de luchar a muerte, señorita Wilson, entonces no tendría nada —explicó Hunter con mucha seriedad.
Audrey miró a Hunter a los ojos y vio la persistencia y convicción de este joven piloto.
Tal vez tenía un lado infantil, pero quizá él mismo aún no se daba cuenta de cuál era su verdadero talento, uno que superaba incluso al de los pilotos de élite.
—La segunda pregunta. Tu trazada de hoy al rebasar a Ducceni al final en el circuito de Red Bull, tanto en la frenada como en el control de la dirección, nos recordó a la forma en que Winston rebasó a Owen este año en el circuito de Silverstone. ¿Acaso admiras tanto a Winston que deseas ser como él, y por eso lo estás estudiando?
—Con estudiar te refieres a imitar, ¿verdad? Sí, admiro mucho a Winston, incluso he analizado incontables veces sus videos de adelantamiento después de las carreras. Pero nunca he querido convertirme en él… Señorita Wilson, cada piloto tiene su propio patrón de pensamiento y una capacidad de reacción distinta; nadie puede abandonar su propio ser para transformarse en otra persona. Como dije antes, no tengo mucha experiencia en el mundo de la F1, así que además de lo que vivo en carne propia, aprendo de la experiencia ajena. Si tomé la misma decisión que Winston en ese adelantamiento, fue porque el ángulo de la curva y mi posición respecto a Ducceni eran muy similares a la situación que Winston enfrentó contra Owen, así que apliqué lo aprendido. Pero ese adelantamiento lo completó Evan Hunter, no Winston.
Audrey lo observó durante un largo rato y luego esbozó una sonrisa.
—Normalmente pareces un niño, pero en cuanto empiezas a hablar de carreras, te vuelves alguien muy maduro y profundo.
—Gracias. —Hunter se pellizcó la oreja, un tanto avergonzado.
—Entonces, en tu mente, ¿qué clase de existencia es Vann Winston? ¿Una meta a superar? Sabes bien que casi ningún medio logra sacarle a Winston lo que realmente piensa. Él te considera su amigo, así que tengo mucha curiosidad, ¿cómo es él desde tu punto de vista?
—Oh… ese sujeto es mucho más perverso de lo que ustedes se imaginan… —Hunter blanqueó los ojos hacia el techo.
—¿De verdad? ¿Por ejemplo?
Hunter lo pensó un momento y se dio cuenta de que no había forma de mencionar, frente a Audrey, las cosas que Winston le había hecho.
¡Era demasiado humillante y no le dejaba ni una gota de dignidad!
—Eso lo tendrás que descubrir poco a poco. —Hunter mostró una sonrisa traviesa—. Si te lo cuento, perdería la gracia. Pero… ¿sabías que Owen, de la escudería Red Bull, y Charles, de Mercedes, muy probablemente se retiren al final de esta o de la próxima temporada?
—Sí. Antes de la llegada de Winston, Owen y Charles dominaron la Fórmula 1 durante casi doce años… Y de hecho, Owen ha expresado a los medios su intención de retirarse.
—Una vez que se vayan, si no hay rivales sobresalientes, Winston se sentirá muy solo.
La mirada de Audrey vaciló un instante. En ese momento, vio algo muy profundo y tenaz en los ojos de Hunter.
—Debo convertirme en su rival; recorrer junto a él cada curva y cada recta.
—Creo… que ya sé por qué Winston te ha aceptado como su amigo.
—¿Ah? ¿Por qué?
—Porque en ti hay posibilidades infinitas.
Dicho esto, Audrey se puso de pie y le entregó su tarjeta de presentación a Hunter.
—El próximo Gran Premio es en Japón. Ya discutí con el señor Marcus hacerte una entrevista antes de la carrera, pero escuché que rechazaste todas porque prefieres concentrarte antes de salir a la pista. Si algún día estás listo, dímelo. Me gustaría tener una buena charla contigo. Todos los pilotos tienen pensamientos completamente distintos en diferentes etapas de su vida. Ya seas tú o Vann Winston. —Audrey se puso de puntillas y arregló suavemente el cuello de la camisa de Hunter—. Eres muy guapo, Hunter.
Tras decir eso, caminó hacia la puerta.
Al verla alejarse, Hunter aún no salía de su asombro.
¿Qué? ¿Acababa de llamarlo guapo?
¡Cielos, era la primera vez que una mujer le decía guapo!
¡Y lo más importante era que se trataba de Audrey Wilson! ¡La diosa de muchos pilotos de F1!
En el momento en que Audrey abrió la puerta, se quedó paralizada.
Afuera estaba de pie nada menos que Winston. Y, además, llevaba una bolsa deportiva al hombro.
—Winston… ¿qué haces aquí tan tarde?
—A dormir. —Winston ladeó ligeramente el rostro, y su mirada pasó por encima del hombro de Audrey para aterrizar directamente sobre Hunter—. ¿Qué hace ella en tu habitación a estas horas?
Hunter abrió la boca.
—Una entrevista, ¿de acuerdo?
Al sentir el aura glacial que emanaba de Winston, Audrey mantuvo una expresión serena.
—Tocamos algunos temas que le interesaron a Hunter y eso lo animó a hablar, así que nos demoramos un poco. Ya me voy… aunque, Winston, tengo entendido que la escudería Ferrari no se aloja de este lado, ¿verdad?
—Vine a buscarlo para dormir —respondió Winston.
Hunter se apresuró a acercarse, tiró de Winston hacia adentro y le susurró a Audrey en tono de disculpa:
—¡Esto es a lo que me refería antes con “perverso”! No le gusta el olor a pintura fresca de su habitación, así que vino a buscarme.
Audrey se echó a reír.
—Ciertamente, lidiar con Winston no es tarea fácil.
—Buenas noches, señorita Wilson.
—Buenas noches, Hunter.
Cuando la puerta se cerró, Audrey caminó hacia el ascensor, pero no pudo evitar mirar hacia atrás, en dirección a la habitación de Hunter.
Esta vez, su percepción de Winston había vuelto a cambiar. ¿Ese hombre frío y solitario realmente iba a buscar a un amigo para dormir juntos?
—¿Cuánto tiempo estuvieron hablando? —Winston dejó su bolsa deportiva en el sofá.
Hunter levantó la muñeca para mirar su reloj.
—Tampoco fue tanto, poco más de media hora.
—Pero ya son las nueve y media. Una mujer viniendo a tu habitación a las nueve de la noche, ¿sabes qué tipo de insinuación es esa? —Winston se dio la vuelta, cruzándose de brazos.
—¿Insinuación?
Dos segundos después, Hunter comprendió de golpe y dio un paso rápido hacia adelante.
—¿Quieres decir… quieres decir que…?
—¿Audrey Wilson es suficiente para dejarte tartamudeando? —La mirada de Winston se enfrió.
—No, solo es que de momento no encuentro las palabras adecuadas para expresarlo… ¡¿Acaso le gusto a Audrey Wilson?!
—Ella se interesa por todos los pilotos que muestran potencial.
Esa respuesta hizo que el corazón de Hunter se acelerara sin razón.
¿Significaba que, si Winston no hubiera aparecido, habría podido dejarse llevar y avanzar con la diosa?
¡Qué lástima! ¡Se sentía un poco frustrado!
—¿Te gusta Audrey Wilson?
—¿Acaso hay algún piloto de Fórmula 1 al que no le atraiga?
—A mí no me produce nada.
—…Ya me di cuenta.
Y así, durante el resto de la noche, Hunter se mantuvo en un estado de inexplicable emoción.
Winston entró a usar el baño primero. Al salir, encontró a Hunter con las piernas cruzadas, sentado en el sofá jugando Candy Crush, con una expresión en el rostro como si se hubiera ganado la lotería de cien millones de euros.
—Ya terminé, puedes pasar.
Hunter levantó la vista y vio que Winston se había peinado el cabello húmedo hacia atrás con los dedos. Llevaba puesta una bata de baño, dejando a la vista las atractivas líneas de su cuello y las tensas curvas de sus pantorrillas.
Hunter comprobó una vez más que ese tipo tenía unas piernas larguísimas.
—Qué decepción… —Hunter dejó el teléfono y lo miró recostando la cabeza hacia atrás.
—¿Porque no soy Audrey Wilson? —preguntó Winston con frialdad, sentándose al lado de Hunter.
—¡Oye! Me refiero a que deberías haber salido solo con una toalla enrollada en la cintura. ¡Así podría haber apreciado tus pectorales! —se quejó Hunter.
—¿Acaso has llegado en el top cinco en tres Grandes Premios consecutivos? ¿Por qué habría de mostrártelos? —replicó Winston.
—Qué tacaño… —Hunter se puso de pie, pero su teléfono se cayó al suelo.
Se agachó para recogerlo, y desde ese ángulo tenía la visión perfecta hacia debajo de la bata de Winston, quien se estaba secando el cabello. Sin embargo, apenas ladeó la cara, Winston cruzó las piernas y bloqueó toda la vista.
¡Y él que quería ver cómo era el “pequeño Winston”!
Otra decepción más.
Justo cuando Hunter levantó los ojos, se encontró con Winston mirándolo con las comisuras de los labios ligeramente elevadas.
—¿Qué parte de mí querías ver? —Su voz era más suave que de costumbre, rozando el corazón de Hunter como si fuera una pluma.
—Tengo lo mismo que tú… ¿Qué habría de interesante en verte? —dijo Hunter con desdén.
—¿De verdad?
La mirada de Winston pareció curvarse, enredándose de tal manera que a Hunter le dieron ganas de rascarse la cabeza por la ansiedad.
En ese preciso instante, Winston intercambió lentamente el cruce de sus piernas. Hunter vio cómo el borde de la bata se subía, revelando las líneas de sus piernas cada vez con más claridad, mientras que la zona oculta en la penumbra se llenaba de un aire de profundo misterio.
Pero cuando la tela volvió a caer, Hunter se quedó sin ver absolutamente nada.
Definitivamente, era un súper tacaño…
—Hunter, seguramente eras del tipo de estudiante que en secundaria disfrutaba comparando tamaños a escondidas con otros compañeros en el baño, ¿verdad?
—¡Qué te importa! —Hunter sabía que lo hacía a propósito—. ¡De todos modos, nunca he comparado el mío con el tuyo!
Este tipo no tiene ni un solo escándalo amoroso y tampoco le interesa Audrey Wilson. ¿Será posible que sea impotente?
Pensar en eso llenó a Hunter de una profunda satisfacción. Entró al baño tarareando una canción. Al abrir la llave y escuchar el sonido del agua, recordó la posibilidad de que le interesara a Audrey; sus sentidos se agudizaron, así que, bajo el chorro de la ducha, decidió darse un momento de desahogo a solas.
Quién iba a imaginar que, justo en el mejor momento, alguien llamaría a la puerta de golpe.
—Hunter, ¿cuánto tiempo más vas a tardar? —La voz de Winston le cayó encima como un balde de agua fría, cortándole la inspiración casi por completo.
—¿Qué quieres? ¿Necesitas usar el baño?
—El señor Marcus te está llamando.
—¡Pues lo llamaré en un rato!
¡Deja de hablarme! ¡Como si no supieras el tono de voz que tienes! ¡¿No vas a dejar que uno disfrute?!
El sonido de los pasos de Winston alejándose llegó desde el otro lado de la puerta, y Hunter pensó que por fin podría continuar.
Pero, apenas un par de movimientos después, la voz de Winston resonó otra vez.
—¿Acaso estás tocando a tu pequeño Hunter?
—¡Claro que no! —Una vena comenzó a palpitar en la frente de Hunter; tenía unas ganas tremendas de abrir y estrellarle la puerta en la cara a Winston.
—A la hora de ir a la cama, ¿besas a la otra persona primero o empiezas por quitarle la ropa? —La voz de Winston seguía sonando imperturbable, mezclándose sutilmente con el ruido del agua. Hunter contuvo la respiración, decidido a ignorarlo.
—¿Hunter? —Al no obtener respuesta, Winston murmuró su nombre suavemente, esta vez sonando mucho más nítido.
Un repentino sentimiento de culpa invadió a Hunter, pues, sin darse cuenta, empezó a imaginar qué expresión tendría Winston al otro lado de la puerta.
¿Estaría con los párpados bajos?
¿Tendría la frente apoyada contra la madera de la puerta?
—Supongo que la besaría primero.
—Yo también.
Hunter tomó aire y continuó con su “trabajo” inconcluso.
—Y cuando se besan, ¿lames sus labios primero o metes la lengua directamente? —volvió a preguntar Winston.
Justo cuando Hunter estaba desabrochándole la ropa a Audrey en su imaginación, sus pensamientos fueron arrastrados de nuevo por la voz del británico.
—Yo… supongo que le lamería los labios primero…
—¿La abrazarías para caer juntos, o te darías la vuelta y tirarías de ella para que caiga contigo?
Inconscientemente, Hunter imaginó en su mente la escena que Winston describía.
—Yo… yo, por supuesto, la abrazaría para caer juntos…
—Yo tiraría de la otra persona para hacerla caer conmigo, sintiéndola en mis brazos para luego, en el momento de mayor pasión, darme la vuelta y ponerme encima.
Todo comenzó a volverse confuso, como si de una alucinación se tratara.
En su mente vio a Winston sonriendo levemente mientras lo tomaba de la mano, retrocediendo paso a paso; y cuando las pantorrillas de Winston chocaron contra el colchón y este se dejó caer hacia atrás, lo arrastró a él consigo con un tirón implacable.
Presa del pánico, Hunter intentó apoyar la parte superior de su cuerpo, pero Winston presionó con firmeza su mano contra la parte baja de su espalda, obligándolo a desplomarse sobre él.
Winston levantó la cabeza y lo besó de imprevisto. La punta de su lengua vagó entre las fisuras de sus labios, forzando la entrada justo en el momento en que él intentaba escapar. A eso le siguió un beso voraz que sacudió su mundo; sus nervios se encendieron, dejándolo sin posibilidades de luchar. De pronto, el mundo giró, y ahora era él quien estaba sentado a horcajadas sobre Winston.
Todo se salió de control y, en ese mismo instante, Hunter encontró su liberación en un espasmo repentino.
—¿Hunter? ¿Te ocurre algo? —resonó la voz de Winston.
Hunter se quedó congelado.
¿Qué acababa de hacer?
Si estaba pensando en Audrey Wilson, ¿cómo terminó transformándose en Winston?
¡¿Cómo podía haber fantaseado así con Winston?!
La culpa lo asaltó de golpe; de pronto, sintió que era el idiota más grande del universo.
—¡No es nada! ¡Ya terminé de bañarme!
Hunter cerró el agua, se puso su pijama y salió del baño.
Winston estaba parado no muy lejos, con los brazos cruzados, observándolo de reojo.
—¿No habías dicho que lo correcto era salir enrollado solo en una toalla?
—A mí me gusta dormir en pijama. —Hunter no se atrevía a mirarlo.
—¿Eres un niño? —lo cuestionó.
—¡Sí! —Hunter no tenía energía para discutir; aún seguía perturbado por lo que acababa de proyectar su propia mente.
Se metió bajo las mantas y agarró el teléfono para seguir jugando Candy Crush. Necesitaba distraerse para salir de aquel estado de asombro.
Winston no dijo nada más; simplemente abrió su libro y se recostó contra la cabecera de la cama, hombro a hombro con Hunter.
Pasaron varios minutos antes de que Hunter hablara de repente:
—Lo siento.
—¿Lo sientes por qué? —Winston pasó lentamente a la siguiente página del libro.
—Será mejor que en el futuro dejes de hacerme ese tipo de bromas. Aunque es normal que los hombres hagan chistes subidos de tono cuando están juntos, los tuyos… me dejan sin saber qué hacer.
—¿Como cuáles?
—Como hoy, que me cargaste frente a tanta gente y me metiste en brazos al baño.
—Entonces, ¿prefieres que te cargue y te lleve al baño cuando no haya nadie cerca?
—…Ves, son exactamente estas bromas las que me frustran.
—Hunter, ¿acaso te aterra la idea de que algún día termines siendo demasiado íntimo conmigo?
—¿Eh?
—Por eso tomas todo lo que digo como una broma.
—¿De qué estás hablando? —Hunter sacudió la cabeza—. Nunca puedo seguirte el ritmo.
—Sientes que todas las personas que han sido más cercanas a ti, como tu madre y tu padre, terminarán abandonándote. Temes que yo haga lo mismo. Si nunca te entregas por completo a alguien, entonces no te sentirás decepcionado cuando se vaya, ¿es así? —La mirada de Winston no se apartó de las páginas del libro; articuló con suma calma aquella verdad que ni el propio Hunter había sido capaz de descifrar sobre sí mismo.
—No me dejarás, lo sé.
Solo que ya no serían tan unidos como lo eran ahora. Llegaría el día en que ambos se retirarían de la Fórmula 1; Winston tendría sus propios hábitos y rutinas, él tendría sus aficiones cuestionables y ambos vivirían sus vidas ordinarias por separado.
No se harían daño mutuamente como Zero y Hunter en la película Asesinato a Alta Velocidad, pero lentamente se irían olvidando el uno al otro.
—Pase lo que pase, nunca desapareceré de tu vida. Así que, por favor, acepta con naturalidad las palabras que te digo y las cosas que hago.
El corazón de Hunter se llenó de calidez, pero también se ahogó en una culpa aún mayor.
Winston, si supieras lo que estaba pensando bajo la ducha, ¿aún serías tan comprensivo? ¡Y lo peor de todo es que tú estás tan tranquilo y a mí ya se me fue la paz!
Hunter arrojó su teléfono a un lado, tiró de la manta y se acostó dándole la espalda a Winston.
—¡A dormir!
—¿Ya se te secó el cabello?
—¡Ya está seco!
La mano de Winston se estiró hacia él; sus dedos se hundieron entre los mechones de la nuca de Hunter y masajearon suavemente. Una vez que se aseguró de que el cabello del joven realmente estuviera seco, dejó el libro a un lado y apagó la lámpara de la mesita de noche.
Sin embargo, ahora que estaban acostados, Hunter ya no tenía sueño. Se escondió bajo las mantas y volvió a agarrar el teléfono para jugar Candy Crush.
En ese instante, le llegó un mensaje de texto de Marcus avisándole que Audrey Wilson había llenado su columna con palabras de elogio hacia él. Le recordó que no olvidara encargarle un ramo de flores para el día siguiente, ya que era el cumpleaños de la reportera.
—Oye… —Hunter dio un codazo hacia atrás, golpeando ligeramente a Winston.
—¿Mhm?
—Mañana es el cumpleaños de la señorita Wilson. El señor Marcus me sugirió que le enviara un ramo de flores… ¿Qué debería escribir en la tarjeta? —preguntó.
—Feliz cumpleaños.
—…Eso no tiene nada de especial. —Hunter lo pensó un poco más y añadió—: Al parecer le gustan mucho los poemas.
La última vez, mientras paseaba afuera del hotel, había recitado casualmente algunos versos de Si tuviera las telas bordadas del cielo, un poema que Winston le había leído en el pasado. Audrey pareció sorprendida y le agradó el detalle.
—A ella le gustan los poemas, ¿pero a ti te gusta ella? —inquirió Winston.
—Ah… Desde que era niño he soñado con una mujer como ella: hermosa, con buen cuerpo, inteligente y con ese aire sofisticado.
—¿Quieres conquistarla?
—Jajaja… ¿No lo dijiste tú mismo? Ella está interesada en todos los pilotos jóvenes con potencial. Tal vez logre captar su interés, pero no seré capaz de adueñarme de su corazón. Lo que yo realmente quiero… no es alguien que se suba a una montaña rusa conmigo, sino alguien que me acompañe a caminar tranquilamente por la playa para ver el atardecer, sin hacerme sentir que la vida es demasiado aburrida.
—Tú no eres el tipo de persona que caminaría en silencio por la playa viendo el atardecer.
—Qué pesado eres.
—Tú necesitas a alguien que, cuando el mundo entero crea que estás sonriendo sin que te importe nada, sepa ver que en realidad necesitas un abrazo.
La voz de Winston seguía sonando imperturbable y tan suave. Como si fuera perfectamente lógico que conociera hasta el rincón más oculto en la mente de Hunter.
—Compón un poema para mí, señor Winston, graduado de Eton. Después de todo, Audrey Wilson me admira, y espero que crea que aún conservo algo de encanto; así continuará hablando bien de mí en su columna —bromeó Hunter.
Sin embargo, pasó casi un minuto entero y Winston no pronunció una palabra.
Hunter pensó que mejor lo dejaba estar; con todo ese asunto de los poemas corría el riesgo de que Audrey terminara burlándose de él por ser demasiado “anticuado”.
—Hunter.
—¿Mhm? —A Hunter ya le pesaban los párpados, estaba a punto de quedarse dormido.
—Me encontré contigo. Y me grabé tu recuerdo. Esta ciudad nació para el romance; y tu alma, nació para encajar con la mía.
La voz de Winston tenía un tono grave y embriagador, capaz de lograr que el corazón ya sosegado de Hunter se alborotara de nuevo en un revuelo incontrolable.
—¿Lo has memorizado? —preguntó Winston en voz baja.
—¿Ah? —Hunter se quedó paralizado, incapaz de mover un músculo.
—¿No era eso lo que ibas a escribirle a Audrey Wilson?
—Oh…
En ese instante, se sintió profundamente decepcionado.
Y ni siquiera él mismo lograba entender el porqué.
Hora del huevo salado:
Hunter: ¿Cuántos poemas más guardas en la cabeza?
Winston: Te amo hasta la profundidad, la anchura y la altura que mi alma puede alcanzar…
Hunter: ¡Maldita sea! ¡Con que me lo digas con la boca es suficiente! ¡Deja de pincharme con eso!
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