Digno de ser mi discípulo
Wu Ruo entrecerró los ojos; tal como esperaba, había ocurrido.
En su vida pasada también sucedió lo mismo. Los humanos, al visitar el territorio de la raza demoníaca, contrajeron un resfriado propio de los demonios. Esto provocó que la Capital Imperial y los poblados aledaños se infectaran con aquel veneno febril. Para la raza demoníaca no era más que un simple estornudo, pero para los humanos la situación era drásticamente distinta.
La constitución humana era intrínsecamente más frágil que la demoníaca. Contagiarse equivalía a contraer una peste letal: las víctimas caían en un letargo profundo y sus cuerpos ardían a temperaturas aterradoras, aunque en los demás aspectos parecían completamente normales. Dado que el Festival de las Cuatro Razas se había establecido hace más de una década y nunca antes se había desatado una crisis similar, la raza humana carecía de cualquier tipo de prevención contra esta anomalía.
—Visto así, es muy probable que quienes colapsaron se hayan infectado con la fiebre demoníaca. —Numu ensombreció el rostro.
Apenas pronunció estas palabras, más de diez personas se desplomaron de forma abrupta, una tras otra.
Los presentes palidecieron y se apresuraron a trasladar a los caídos hacia las camas. Los cuerpos de los inconscientes comenzaron a irradiar un calor sofocante, uno tras otro, quemando al tacto de una manera espeluznante.
—Vayan de inmediato, tomen la hierba para bestias, preparen una decocción y repártanla entre todos —ordenó Wu Ruo con urgencia.
—Entendido. —Frente a la gravedad de la situación, nadie osó titubear.
—¿Hierba para bestias? —Numu clavó una mirada severa en Wu Ruo—. Xiao Ruo, dime la verdad. ¿Sabías desde el principio que se desataría esta fiebre y por eso preparaste semejante cantidad de hierba para bestias?
—Así es —admitió Wu Ruo, abandonando cualquier intento de ocultarlo—. Sin embargo, no tenía la certeza absoluta de que esto fuera a ocurrir, por eso guardé silencio.
En su vida pasada, la peste del veneno febril había sido devastadora. En tan solo tres días, más de la mitad de la población en la Capital Imperial y sus alrededores sucumbió ante la infección. Siete días después, las muertes comenzaron a encadenarse una tras otra. Fue solo cuando alguien descubrió que la hierba para bestias podía curar el veneno febril que se logró erradicar aquella monumental epidemia.
Como en aquel entonces él se encontraba en la ciudad de Gaoling, bastante alejada de la Capital Imperial, nunca conoció los detalles específicos. Ningún habitante de Gaoling se había infectado, pero aun así todos consumieron la decocción preventiva.
—Entonces debo escribirle a mi clan de inmediato para advertirles. —Numu se puso en pie.
—Maestro, no se precipite —intervino Wu Ruo—. El clan chamánico se encuentra a una distancia considerable; no será tan fácil que la infección llegue hasta ellos. Si envía a alguien con un mensaje, corre el riesgo de introducir el veneno febril directamente en su territorio.
Sus palabras tenían mucho sentido, por lo que Numu desechó la idea. Además, el clan chamánico siempre había estado excepcionalmente bien informado y poseía abundantes reservas de hierba para bestias, así que no había motivo real para temer por su seguridad.
Media hora después, todos los residentes de la Mansión Hei habían bebido la medicina a base de hierba para bestias. Los afligidos recuperaron la consciencia poco después de ingerirla, y sus síntomas se redujeron a los de un resfriado común. Mientras se mantuvieran abrigados y descansaran, no habría mayores complicaciones.
Al observar la mejoría en sus compañeros, Numu dejó escapar un profundo suspiro de alivio.
—Jamás imaginé que la hierba para bestias pudiera neutralizar el veneno febril proveniente de la raza demoníaca. Es algo verdaderamente inaudito.
—Eso se debe a que nunca antes nos habíamos enfrentado a una situación semejante; por ende, nadie prestó atención a las propiedades ocultas de esta hierba —murmuró Wu Ruo, girando un tallo entre sus dedos, sumido en sus pensamientos.
Numu no interrumpió su silencio. En su fuero interno, sospechaba que toda la hierba para bestias del Imperio Tianxing ya había sido acaparada y almacenada en la Mansión Hei por su discípulo. El destino mismo del imperio estaba a punto de caer en las manos de aquel joven, y le intrigaba sobremanera cuál sería su próximo movimiento.
Wu Ruo detuvo el movimiento de sus manos y se levantó.
—Maestro, tengo un asunto pendiente. Debo ausentarme un momento.
—De acuerdo. —Una vez que el joven se marchó, Numu sacudió la cabeza—. Mi discípulo está lejos de ser alguien ordinario.
Acto seguido, soltó una carcajada vibrante.
—Digno de ser mi discípulo.
Wu Ruo regresó a la sala de alquimia, preparó diez paquetes con la hierba para bestias y ordenó a los guardias de la mansión que se los entregaran a Wu Xuanran y a los demás en la Mansión Wu.
—Recuerden esto bien: esperen a ver a Wu Chenzi bajando de su carruaje antes de entregar la medicina a los sirvientes de la mansión.
—Entendido. —El guardia tomó los diez bultos medicinales, montó a caballo y aguardó en las cercanías de la entrada principal por la que Wu Chenzi solía transitar. En cuanto vio al erudito regresar del palacio y descender de su carruaje, espoleó a su montura hasta las puertas de la Mansión Wu y entregó los paquetes a los centinelas—. Nuestro amo es la consorte de la Mansión Hei, y también un descendiente de la familia Wu de la ciudad de Gaoling. Recientemente, ha surgido un veneno febril en la Capital Imperial que induce letargos profundos y quemazón en todo el cuerpo. Al enterarse de que esta hierba previene y purga dicho veneno, nuestro amo nos ordenó entregar estos diez paquetes a los miembros de la rama de Gaoling para que preparen una decocción.
Al escuchar que el envío iba dirigido a la familia Wu de Gaoling, los centinelas no se atrevieron a menospreciarlo. Después de todo, esa rama poseía un edicto imperial que obligaba a la Mansión Wu de la Capital a tratarlos con suma deferencia.
Wu Chenzi, recién apeado de su carruaje, alzó una ceja al percibir que el mensajero pertenecía a la guardia de la Mansión Hei. Esperó a que el hombre se retirara antes de aproximarse a la entrada.
—¿Qué es esto? —inquirió.
El guardia de la familia Wu se apresuró a repetir meticulosamente el mensaje que acababa de recibir.
—¿Veneno febril? —Wu Chenzi frunció el ceño. Era la primera vez que escuchaba semejante término—. Abran eso, veamos de qué hierba se trata.
—Sí, señor. —El guardia deshizo los nudos de uno de los paquetes. En su interior, no hallaron más que simple hierba para bestias, del tipo que podía adquirirse a puñados por unas cuantas monedas de cobre.
Wu Chenzi soltó un bufido desdeñoso.
—¿Crees que esa recua de codiciosos de la ciudad de Gaoling va a aceptar estas hierbas baratas? Y encima, forraje para bestias demoníacas. Despreciarán semejante obsequio sin dudarlo.
Le había bastado muy poco tiempo para desentrañar la verdadera naturaleza de esa calaña.
Desde que aquella gente se instaló en la Mansión Wu, le habían costado innumerables taeles de plata y una montaña de ingredientes medicinales exóticos, todo sin el menor rastro de mejoría. Sus estados físicos seguían tan deplorables como el primer día. Y si eso no fuera suficiente, se pasaban los días urdiendo artimañas para extraerle sus preciados materiales botánicos y atesorarlos en secreto. Eran de una bajeza repulsiva. Si se presentaba la ocasión, tendría que darles una lección para meterlos en cintura.
—Gran Preceptor, ¿qué hacemos con las hierbas? —preguntó el guardia.
Wu Chenzi barrió con la mirada los envoltorios restantes.
—Abre los demás, revisa el contenido.
—Sí, señor. —El guardia procedió a destapar el resto de los bultos. Todos contenían idéntica ración de hierba para bestias.
Al recordar el ineludible peso del edicto imperial, Wu Chenzi se limitó a ordenar que reempaquetaran todo y lo entregaran en el patio donde residía Wu Xuanran, para luego marcharse sin añadir más.
Acatando las instrucciones, el guardia ató las bolsas nuevamente y las transportó al recinto de aquellos parientes.
Al escuchar que la medicina era un obsequio de Wu Ruo, Wu Xuanran y su séquito asumieron de inmediato que se trataba de algún material inestimable. Exigieron a gritos que abrieran los paquetes, solo para toparse con vulgares hierbas para bestias demoníacas, de las que crecían en cualquier cuneta. Enfurecido, Wu Xuanran estrelló el contenido contra el suelo.
—¡Ese bastardo malnacido de Wu Ruo! ¡Se atreve a humillarnos enviándonos forraje de bestias demoníacas!
—Ese maldito perro. Desde que se casó y consiguió a alguien que le cubra las espaldas, ya no le guarda el menor respeto a sus tíos —vociferó Wu Qianli, consumido por la ira.
—Si mis propios tíos se hubieran embolsado mi dote nupcial, yo tampoco los tendría en ninguna estima —replicó con sarcasmo alguien perteneciente al Patio Norte.
—¡Hablan como si el Patio Norte no se hubiera llenado los bolsillos con la dote de Wu Ruo! —estalló Wu Qiantong—. ¡Bah! No vengan a dárselas de inmaculados y rectos.
—¡Ya basta! —Wu Bufang, que se había mantenido en silencio, golpeó la mesa con furia—. Se pasan los días ladrándose los unos a los otros, ¿es que nunca se cansan? Si usaran la mitad de esa energía en buscar una cura para sus propios cuerpos, no estaríamos en este abismo. ¡Mírense! Unos sin brazos, otros ciegos. Aparte de causar escándalos inútiles, ¿para qué sirven? El día que los expulsen de la familia Wu a patadas, quiero ver cómo sobreviven.
Llevaba semanas hastiado del clamor incesante de aquella jauría. Cada mañana, el simple pensamiento de tener que visitarlos en la mansión le provocaba una jaqueca insoportable. De no ser porque aquellos patéticos remanentes llevaban su misma sangre, los habría abandonado a su suerte hacía mucho tiempo.
Un silencio sepulcral se adueñó de los presentes.
—Patriarca, ¿qué hacemos con los paquetes? —preguntó un sirviente con suma cautela, sosteniendo los envoltorios destrozados.
Wu Bufang dirigió una mirada fugaz hacia los bultos. Él también percibía la evidente intención de Wu Ruo de pisotear su orgullo. Abrió la boca, dispuesto a ordenar que echaran aquellas hierbas a la basura, cuando una voz cortó el ambiente.
—Entréguemelas a mí.
Wu Bufang giró la cabeza y descubrió que el emisor no era otro que Wu Bai, el hijo menor de Wu Qiantong. Durante la invasión de los diez mil fantasmas, el campo espiritual del chico había resultado severamente dañado. Sin embargo, tras refugiarse en la Capital Imperial, su actitud hacia el tratamiento había sido impecable. Acataba al pie de la letra las prescripciones de los curanderos y conservaba un temple sereno. Gracias a ello, se encontraba ya casi plenamente recuperado; un marcado contraste con los demás idiotas que, en su desesperación por sanar más rápido, se atiborraban de ingredientes exóticos a escondidas, logrando únicamente intoxicarse y empeorar su condición.
—Dáselas —ordenó Wu Bufang.
Wu Bai recibió los fardos intactos, se agachó para recoger meticulosamente las hierbas que Wu Xuanran había esparcido por el suelo, las reempaquetó y se las llevó de regreso a su alcoba.
—¿Para qué quieres guardar ese forraje de bestias demoníacas? —preguntó Wu Xiao, siguiéndolo al interior de la habitación.
—Tenerlas aquí no estorba. Quién sabe, tal vez llegue el día en que resulten verdaderamente útiles. —Desde la división de la familia, el carácter de Wu Bai se había vuelto notablemente más cauto y sosegado.
Wu Xiao frunció los labios en un mohín, pero al final guardó silencio.
Esa misma tarde, los colapsos masivos comenzaron a multiplicar sus víctimas en plena calle, desatando el pánico absoluto entre los plebeyos. En menos de media hora, las clínicas y boticas se abarrotaron hasta el límite de su capacidad, desbordadas por hordas de infectados y familiares desesperados. Los enfermos yacían incluso en las aceras, apilados a las puertas de los dispensarios.
Los médicos, perplejos, eran incapaces de aislar la causa del mal. Más allá del letargo y la fiebre abrasadora, el pulso de los pacientes se mantenía estable y no presentaban síntomas de ninguna enfermedad conocida. Estaban maniatados; agotaron todos sus métodos sin lograr despertar a las víctimas ni aplacar el fuego en su sangre. Peor aún, el veneno febril era virtualmente imposible de prevenir. Como una plaga invisible, se esparció a una velocidad vertiginosa por cada rincón de la Capital Imperial, contagiando de humano a humano. Ni siquiera las concubinas y los príncipes imperiales dentro del palacio lograron escapar a la infección.
En solo dos días, más de la mitad de la población de la Capital Imperial y los distritos vecinos había caído presa del veneno febril. Enfurecido ante la crisis, el Emperador emitió un decreto urgente exigiendo a sus ministros que contuvieran la epidemia a cualquier costo. Aquella catástrofe representaba una oportunidad dorada para que los príncipes imperiales demostraran su valía. Por este motivo, Wu Chenzi se devanaba los sesos, consumido por la frustración de no hallar una cura. Si lograban sofocar la plaga, el Segundo Príncipe se ganaría la veneración incondicional de los ciudadanos y la admiración absoluta del Emperador y la corte. Sería un paso definitivo hacia su ascensión al trono.
Regresando apresuradamente del palacio imperial hacia la Mansión Wu, Wu Chenzi se disponía a convocar a los ancianos y estrategas del clan para debatir la crisis, cuando atisbó a Wu Bufang, a su esposa y a un grupo de ancianos corriendo a paso acelerado hacia el patio habitado por la facción de Wu Xuanran.
Su instinto inicial fue ignorar a esos parásitos, pero un recuerdo lo asaltó como un relámpago: dos días atrás, Wu Ruo había enviado hierbas medicinales a través de un guardia. Y aquel guardia había pronunciado claramente que la hierba para bestias servía, precisamente, para purgar el veneno febril.
Al asimilar la revelación, la sangre hirvió de euforia en las venas de Wu Chenzi. Cambió de rumbo de inmediato y siguió los pasos de Wu Bufang hasta adentrarse en el recinto.
Apenas cruzó el umbral del patio, Wu Bufang clamó con el rostro desencajado por la agitación.
—¡Xiao Bai! ¡¿Dónde está Xiao Bai?!
Wu Bai salió a toda prisa de su alcoba.
—Bisabuelo, estoy aquí. ¿Qué se le ofrece?
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