Yuan Yang recalentó la comida que había preparado, salteó una porción de verduras y le llevó el servicio a Gu Qingpei hasta la cabecera de la cama.

Acercó un vaso de agua tibia a los labios de Gu Qingpei.

—Enjuágate la boca.

—Mejor me levanto a lavarme los dientes —respondió Gu Qingpei.

—No te levantes, todavía tienes fiebre.

Gu Qingpei se sintió un poco avergonzado.

—Pero igual tengo que ir al baño.

Yuan Yang arqueó una ceja.

—¿Te urge? —Se inclinó, apoyando ambas manos a los lados del cuerpo de Gu Qingpei hasta que sus narices se rozaron—. Veo que te cuesta mucho moverte, ¿quieres que te ayude a orinar?

Gu Qingpei le dio un leve golpe en la frente con la suya, luego sacudió su pesada cabeza, lo empujó y bajó de la cama.

—Quítate.

Haber pasado un día y una noche enteros sin ir al baño lo tenía realmente al límite. Por desgracia, en cuanto se puso de pie, Gu Qingpei sintió que el mundo entero daba vueltas a su alrededor; el espacio mismo pareció distorsionarse ante sus ojos. Hacía muchísimo tiempo que no padecía una fiebre tan severa.

Yuan Yang sostuvo de inmediato el cuerpo tambaleante de Gu Qingpei.

—¿Qué tal? No puedes ni mantenerte en pie, ¿verdad? —Lo tomó por la cintura, lo llevó hasta el cuarto de baño y, de un tirón, le bajó los pantalones del pijama.

Gu Qingpei, entre avergonzado y furioso, protestó:

—Ya basta, yo puedo solo.

Que un hombre adulto necesitara ayuda para ir al baño como si fuera un niño incapaz de valerse por sí mismo era sumamente humillante.

Yuan Yang soltó una risa burlona, le dio dos nalgadas fuertes y lo sentó en el inodoro.

—¿Para qué te haces el fuerte conmigo? Cada rincón de tu cuerpo, por dentro y por fuera, ya lo he visto, tocado y lamido.

Gu Qingpei lo empujó.

—Deja de tomar esto como un maldito juego erótico. No hables tonterías y lárgate ya.

Yuan Yang contempló sus mejillas encendidas; no sabía si era por la fiebre o por la vergüenza, pero de cualquier forma, lucía extremadamente bien. No pudo evitar mirarlo un par de veces más antes de salir del baño y cerrar la puerta.

En el tiempo que le tomó ir al balcón a fumarse un cigarrillo, regresó a la habitación y, para su sorpresa, escuchó el sonido del agua corriendo en el baño.

—Idiota. —Yuan Yang apagó el cigarrillo y abrió la puerta del baño de golpe—. ¿Eres estúpido? ¿Por qué te estás bañando si la fiebre aún no ha bajado?

Gu Qingpei se apoyaba con ambas manos contra la pared de azulejos, con la cabeza baja bajo la regadera, permitiendo que el agua tibia le empapara todo el cuerpo. Al escuchar el ruido, giró el rostro en medio del espeso vapor del baño. El cabello húmedo se le adhería a las mejillas, su tez mostraba un tono pálido teñido de rosa y su mirada denotaba confusión y desamparo, como si fuera una pequeña bestia descarriada que miraba a Yuan Yang con fijeza.

En ese instante, el corazón de Yuan Yang recibió un vuelco violento.

En un segundo pareció comprender por qué le gustaba tanto Gu Qingpei. Le gustaba la imponente estampa de Gu Qingpei cuando batallaba con total serenidad en el mundo de los negocios; le gustaba la elocuencia de su sabiduría y astucia madura al hablar; le gustaba cómo mantenía siempre una sonrisa segura frente a los demás. Sin embargo, lo que más le fascinaba era la faceta de Gu Qingpei que difería por completo del “Presidente Gu”: por ejemplo, su aspecto provocativo, honesto y transparente en la cama, o… esa profunda vulnerabilidad que nadie más podía ver, la cual solo él tenía la oportunidad de tocar y que rara vez salía a la luz.

El reverso de ese Director Gu invencible y rebosante de confianza era un hombre común que también experimentaba emociones, cometía errores, sentía frustración y poseía debilidades. Esa profunda contradicción era precisamente lo que más cautivaba a Yuan Yang, y lo que despertaba en él un deseo incontenible de protegerlo.

Había sido Gu Qingpei quien lo obligó a madurar, impulsándolo a volverse cada vez más fuerte para que aquel hombre pudiera resguardarse bajo sus alas.

Gu Qingpei dijo sin fuerzas:

—Cierra la puerta, hace frío.

A Yuan Yang no le importó que el agua lo salpicara; se acercó, cerró la llave de la regadera y envolvió a Gu Qingpei por completo con una toalla grande.

—Es obvio que tengas frío. ¿Acaso no tienes sentido común? No puedes bañarte cuando tienes fiebre, es fácil que te resfríes.

—Tenía el cuerpo pegajoso —masculló Gu Qingpei frunciendo el ceño. La sensación pastosa en su piel era en verdad insoportable. Por temor a que se enfriara, ni siquiera habían encendido el aire acondicionado en la habitación. En ese momento, Pekín se encontraba en la transición del final del verano al inicio del otoño, por lo que el clima seguía siendo caluroso, haciéndolo sufrir enormemente.

—Te aguantas —repuso Yuan Yang con fastidio mientras le secaba el cuerpo—. Que te enfermes no es el problema, lo malo es que me arrastras a tener que cuidarte. Si no mejoras en tres o cinco días, ¿significa que no podré hacer nada más?

Gu Qingpei replicó en voz baja:

—¿Acaso te rogué que me cuidaras? Puedes irte ahora mismo.

—Maldita sea mi suerte. Te llamé justo cuando estabas a punto de morir por la fiebre. Bien dicen que “un solo día como esposos deja cien días de gratitud”; habiendo dormido contigo tanto tiempo, no iba a dejar que la calentura te volviera idiota.

Gu Qingpei rezongó:

—Entonces deja de decir estupideces.

A Yuan Yang le dolió la mandíbula de la rabia; no pudo contenerse, bajó la cabeza y le propinó un mordisco directo en el cuello.

—¡Vuelves a morder! ¿Acaso eres un perro? —exclamó Gu Qingpei furioso. Al mirarse en el espejo hace un momento, se había llevado un buen susto: desde el pecho hasta la base de los muslos, su cuerpo estaba plagado de incontables marcas moradas y rojas. Eran producto de mordiscos o de succiones, todas causadas por ese bastardo de Yuan Yang. No lograba comprender qué clase de fetiche era ese; cada vez que hacían el amor, en especial cuando Yuan Yang estaba de mal humor, le fascinaba morderlo por todas partes de manera salvaje. Aunque no le dolía, el aspecto resultaba un tanto aterrador; a sus propios ojos, parecía una víctima de maltrato.

—De por sí nací en el año del perro. ¿Sabes por qué me gusta dejarte estas marcas? —Yuan Yang trazó un círculo con el dedo alrededor del pezón de Gu Qingpei, dándole un leve tirón burlón a esa pequeña protuberancia marrón.

El cuerpo de Gu Qingpei tembló sutilmente y resopló:

—Lo sé. Es el mismo principio que usa un perro al elegir un lugar para orinar.

Yuan Yang tampoco se molestó. Le apretó la barbilla a Gu Qingpei, obligándolo a mirar su reflejo en el espejo.

Gu Qingpei contempló el espejo, observándose a sí mismo completamente desnudo en los brazos de Yuan Yang. Al mismo tiempo, vio a Yuan Yang con el pecho pegado a su espalda y la barbilla apoyada en su hombro, mirándolo con los ojos entrecerrados. Distinguió el sutil movimiento de los delgados labios de Yuan Yang al hablar:

—Estas marcas, las más tenues tardarán tres días en borrarse, y las más profundas no desaparecerán en una semana. Quiero que cada vez que las veas recuerdes quién te las hizo, y que recuerdes cómo, cada vez que te muerdo, te excitas tanto que te contraes con más fuerza allá abajo.

Las oscuras y profundas pupilas de Yuan Yang se cruzaron con las de Gu Qingpei a través del espejo; ese aire ligeramente perverso evocaba al de un vampiro en mitad de la noche, provocando que el corazón de Gu Qingpei latiera a un ritmo desenfrenado.

Yuan Yang olfateó la limpia piel de Gu Qingpei, y el deseo en su interior se intensificó notablemente.

Sin embargo, en ese preciso instante, Gu Qingpei soltó un tremendo estornudo que arruinó por completo la atmósfera, sacándolos a ambos de aquel extraño trance.

Yuan Yang lo secó con rapidez, le secó el cabello con la secadora, lo envolvió en la bata de baño y lo cargó firmemente de regreso a la habitación para meterlo bajo las cobijas.

Gu Qingpei sorbió por la nariz, comenzando finalmente a preocuparse un poco.

—¿De verdad va a empeorar? —Le angustiaba su empresa; todavía tenía demasiados asuntos pendientes por resolver, este no era momento para enfermarse.

Yuan Yang sacó el termómetro y lo sacudió.

—Lo más seguro es que sí.

Gu Qingpei permaneció acostado con los ojos cerrados un momento.

—Dame algo de comer. —Luego añadió—: No necesito que me des en la boca.

Yuan Yang bufó.

—¿Quién demonios querría darte de comer? —Empujó el tazón hacia el lado de Gu Qingpei—. Come rápido, no hagas que tenga que calentártelo de nuevo.

Gu Qingpei lo miró de reojo y, de repente, esbozó una ligera sonrisa.

—En los momentos críticos, resultas ser un poco útil después de todo.

Yuan Yang frunció el ceño.

—¿No que presumías de tener una lengua de plata? Puedes estafar a cualquiera sin que se te mueva un pelo, ¿por qué cuando se trata de mí nunca tienes una sola palabra amable?

Gu Qingpei se quedaba un tanto perplejo y, de inmediato, guardó silencio.

Las palabras de Yuan Yang lo llevaron a evocar todo lo acontecido entre ellos desde que se conocieron. Yuan Yang tenía razón: los dos chocaban ferozmente casi en cada ocasión, jamás entablaban una conversación en buenos términos; prácticamente todas las veces terminaban distanciados y de mal humor.

¿Por qué era así?

Él siempre se había distinguido por ser sumamente diplomático, confiando plenamente en sus habilidades interpersonales. Para alguien como él, que casi nunca cometía un desliz al tratar con la gente, ¿por qué únicamente al enfrentarse a Yuan Yang perdía por completo la compostura, llegando a enfurecerse al grado de perder los estribos?

¿Acaso este lazo tormentoso era su destino con Yuan Yang?

Al notar su silencio, Yuan Yang también experimentó una opresión en el pecho. Pensaba en lo mismo que Gu Qingpei, e igualmente carecía de una salida o solución.

Gu Qingpei lo había abandonado hacía dos años. En el sendero para recuperar a este hombre, cada paso había sido una dolorosa batalla; no sabía si lo que hacía era correcto, solo tenía claro que no podía retroceder. En cuanto se descuidara un poco, Gu Qingpei aprovecharía la oportunidad para huir aún más lejos.

Tras terminar la comida, Gu Qingpei volvió a recostarse en la cama.

En ese instante sonó el timbre. Yuan Yang salió de sus pensamientos.

—Debe ser el médico.

El doctor entró, le aplicó otra inyección a Gu Qingpei y le indicó que descansara adecuadamente.

Una vez que el médico se retiró, Gu Qingpei le dijo a Yuan Yang:

—Dame mi computadora, quiero revisar mi correo electrónico.

Yuan Yang le lanzó una mirada de reojo.

—No.

—O el teléfono.

—Quédate acostado de una vez.

—Tengo un asunto urgente.

—Tu único asunto ahora es descansar.

Gu Qingpei suspiró.

—De verdad tengo cosas que hacer, no puedo simplemente desaparecer y dejar de responder llamadas. No arruines mis negocios.

Yuan Yang tomó el celular del buró.

—Dame un beso y te lo entrego.

Gu Qingpei no sabía si reír o llorar.

—¿Puedes comportarte como alguien normal?

—¿Quieres el teléfono o no? —Yuan Yang arqueó una ceja, sin el menor rastro de estar bromeando.

Gu Qingpei no deseaba perder el tiempo con él, así que alzó la barbilla.

—Acércate.

Yuan Yang se inclinó. Gu Qingpei le rodeó el cuello con los brazos y, justo cuando Yuan Yang supuso que se limitaría a darle un roce superficial en la mejilla, Gu Qingpei presionó con fuerza sus labios contra los suyos en un beso profundo.

Yuan Yang abrió los ojos de par en par por la sorpresa.

Los cuatro labios permanecieron unidos por dos o tres segundos antes de que Gu Qingpei lo soltara, tomando el celular con un movimiento ágil.

Yuan Yang mantuvo la postura inclinada, contemplando a Gu Qingpei fijamente.

La atención de Gu Qingpei, en cambio, ya se concentraba en la pantalla, con un semblante totalmente imperturbable.

Yuan Yang guardó silencio durante dos segundos; de pronto, apresó la mano de Gu Qingpei y la estampó contra el colchón. Al capturar un destello de desconcierto en los ojos de Gu Qingpei, Yuan Yang no dudó un instante: agachó la cabeza y selló los labios del otro con brusquedad.

Gu Qingpei se quedó inmóvil, observando a Yuan Yang con la mirada desorbitada.

Yuan Yang saboreó con minuciosidad la suavidad de los labios de Gu Qingpei y el fresco aliento de su boca. Su ágil lengua forzó el paso a través de la dentadura de Gu Qingpei, adentrándose sin restricciones para enredarse y jugar a su antojo con la lengua ajena, que intentaba inútilmente esquivarlo.

Una atmósfera ardiente y equívoca los envolvió como una densa neblina; el beso cobró una intensidad feroz, mientras las respiraciones agitadas resonaban en los oídos del otro. Al mismo tiempo que el vértigo lo invadía, Gu Qingpei experimentó un reconfortante alivio, como si todo su cuerpo flotara en agua tibia. Yuan Yang, por su parte, llegó a dudar de si Gu Qingpei lo había contagiado, pues sentía que su propia piel ardía cada vez más.

Un simple beso evocó una infinidad de recuerdos en la mente de ambos.

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