La apuesta

Ambos estaban acostados en la cama. Winston permanecía muy callado. Hunter, recostado de lado, dudaba si debía abrazarlo o no. Hoy Winston le había contado un pasado que nadie más conocía, lo que hizo que sintiera el fuerte deseo de acercarse más a él. ¡Pero dos hombres adultos abrazados para dormir era demasiado cursi!

—¿En qué piensas? —preguntó Winston. Su voz resonó en la noche silenciosa como un vaso de agua pura, provocando que Hunter sintiera de pronto la garganta seca.

—En nada…

Apenas iba a darse la vuelta cuando Winston, de repente, se puso de lado y lo abrazó.

—Duerme.

Hunter se sintió incómodo. Estaba a punto de moverse, pero el brazo de Winston lo estrechó contra sí con más fuerza.

En un descuido, chocó contra la punta de la nariz de Winston.

—Ay…

Estaba a punto de levantar un poco la cabeza cuando sintió que sus labios rozaban algo cálido y suave.

Su corazón se encogió de golpe. Toda la sangre le bajó a los pies y se quedó completamente rígido.

Ya valió… ya valió…

Fumar un cigarro juntos o usar el mismo tenedor era una cosa, ¡pero besarlo era otra muy distinta!

Lloraba a mares en su interior. Temía que Winston terminara rompiéndole el cuello.

Esperó casi medio minuto, pero la persona que lo abrazaba no se movió en lo absoluto.

Sin atreverse a respirar, abrió los ojos ligeramente. Era la primera vez que estaba tan cerca de Winston; por accidente, volvió a rozar su nariz.

—¿Por qué no te duermes todavía?

La voz de Winston sonó muy suave. Su respiración apacible acarició la comisura de los labios de Hunter, tan cerca que temió volver a rozar la boca del otro por accidente.

—Yo… ya me voy a dormir…

¡Estando así cara a cara contigo, es imposible pegar el ojo!

Soportó la tensión por casi tres minutos hasta que, finalmente, decidió levantar con cuidado la mano de Winston para darse la vuelta y darle la espalda.

Ah… el aire era tan fresco y, lo más importante, ya no tenía que preocuparse de rozar algo que no debía.

Sin embargo, el abrazo se apegó de nuevo por detrás. La espalda de Hunter quedó presionada contra el pecho del otro piloto, y el sonido de aquella respiración le produjo una inexplicable tranquilidad.

Durmió muy bien.

Sin saber a qué hora, sintió movimiento a su lado. Frunció el ceño y, al abrir los ojos, descubrió que ya había amanecido.

Estiró el brazo hacia la mesa de noche, agarró su teléfono y vio que ya casi eran las siete y media. Calculó que, en unos diez minutos, vendrían a despertarlo para el entrenamiento de adaptación.

Al girar la cabeza, vio a Winston quitándose la manta, a punto de levantarse. Tenía el cabello un poco revuelto, lo que le daba un aire perezoso y despreocupado. Sostenía el celular en una mano mientras con la otra se peinaba los mechones hacia atrás, dejando su frente al descubierto.

La luz matutina que entraba por la ventana caía justo sobre la punta de su nariz. Sus párpados caídos parecían una espada afilada que descansaba en silencio dentro de su vaina. Lucía tan puro y, a la vez, tan sexy que despertaba envidia.

—Ya me regreso.

Los mechones cayeron de entre los dedos de Winston. Estiró la mano y revolvió el cabello de Hunter.

—Oye, me molesta que hagas eso.

—¿Qué te molesta? —preguntó Winston. Finalmente bajó el celular y lo miró.

—Siento que me tratas como a un niño.

—Es que eres menor que yo.

Los dedos de Winston se apartaron del cabello y le dieron un ligero toque en la punta de la nariz.

—Ah, si me hubiera levantado más temprano, ¿podría haberte invitado a desayunar? Fue tu cumpleaños y parece que no te di ningún regalo…

Hunter sentía que había salido ganando; con solo entregarle un pastel todo aplastado, había logrado escuchar las confidencias de Winston.

Winston se apoyó en la cama con una sola mano y se acercó a él, tan próximo que Hunter creyó que sus pestañas estaban a punto de rozarlo. Las comisuras de sus labios se curvaron lentamente hacia arriba.

—En ese caso, podrías regalarte a mí.

La respiración se le atascó en la garganta a Hunter. Giró un poco el rostro, sintiendo que en verdad estaba a punto de besarlo.

Al ver esa chispa de burla en sus ojos, comprendió de inmediato que este sujeto solo lo estaba molestando otra vez.

Sumando sus pasadas declaraciones sobre “voy a conquistarte”, Hunter entendió de repente que lo tenía medido desde hacía tiempo. Solo así podía permitirse hacer esas bromas sin filtro a cada momento.

Pero ahora todo era distinto. Recordaba con total claridad cada una de las palabras que le había dicho la noche anterior.

Si el corazón de Winston era un mundo que nadie podía pisar, Hunter estaba seguro de haber entrado. Es más, tal vez hasta tenía el privilegio de ser caprichoso y hacer lo que le diera la gana allí.

Siendo así, pasara lo que pasara, tenía que ganar esta ronda. No podía permitir que siguiera portándose tan arrogante.

Él, Evan Hunter, tal vez no tenía ninguna virtud especial, pero a la hora de hacerse daño mutuamente, ¡nadie podía superarlo!

Levantó un poco la barbilla y se acercó de golpe a Winston. Apoyó la mano justo al lado de la suya, mostrando una pequeña expresión de triunfo.

—De acuerdo, te regalo mi persona. ¡Tómame entonces!

¡Ya no te tengo miedo, a ver cómo respondes a esto!

—Pues gracias, lo acepto entonces.

Con cada movimiento de sus labios, el cálido aliento de Winston chocaba constantemente contra él, para luego desvanecerse en el aire.

—¡Acéptame entonces! ¿Cómo planeas hacerlo? ¿Vas a empaquetarme y llevarme a Ferrari?

¡Estaría encantado!

¡Y sería mucho mejor si de paso me regalasen diecisiete o dieciocho superdeportivos Ferrari!

Pero Winston inclinó el rostro. Su nariz rozó la aleta nasal de Hunter, acercándose tanto que casi podía sentir el calor de su boca.

Con esa sensación de tener el corazón estrujado y la sangre cayendo como atraída por la gravedad, retrocedió por instinto.

Pero Winston se acercaba cada vez más, bajando la mirada. Hunter contuvo el aliento y, apoyando el torso, se deslizó hacia atrás poco a poco.

Cuando Winston volvió a avanzar, el joven resistió el impulso de girar el rostro al notar que las comisuras del otro se elevaban cada vez más en una sonrisa.

Retrocedió un poco más, sin darse cuenta de que ya había llegado al borde de la cama. Su mano se apoyó en el vacío y cayó pesadamente hacia atrás.

Winston abrió los ojos de golpe. Como un guepardo en plena caza, se sostuvo del colchón con una mano, atrapó la muñeca de Hunter con la otra y tiró de él con fuerza hacia adelante.

Creyendo que se golpearía la nuca contra el suelo, Hunter terminó chocando contra el pecho ajeno. Un abrazo cálido y poderoso.

—Él le dio un par de palmaditas suaves en la espalda antes de hablarle al oído—. ¿Fue divertido?

Su corazón en vilo volvió a asentarse en su pecho. Exhaló un suspiro.

—No fue divertido. Volví a perder.

—Entonces, ¿quieres jugar de nuevo la próxima vez?

—Ya no. Temo que si llego a besarte de verdad, me asesines —dijo con fastidio.

Winston dejó escapar una risa suave, lo apartó y se bajó de la cama. Tomó la chaqueta del sofá, se la puso con un movimiento elegante y se arregló el cabello.

—Me voy. Juega tú solo.

¡Tenía que lucirse así de genial!

Al observar la espalda de Winston alejándose, Hunter giró el rostro y sonrió.

Ese lado suyo era algo que solo él podía ver.

Un sentido de superioridad estalló en su pecho.

Para la carrera de este fin de semana en el Red Bull Ring, los pilotos de la escudería Marcus eran Hunter y Maddie.

Antes de la sesión de prácticas, Maddie seguía dándole esa misma actitud indiferente e insufrible.

Esto hizo que Hunter pasara tres segundos pensando si, de alguna forma, lo había ofendido.

Tres segundos después, se encogió de hombros.

Qué más daba, siempre habría alguien destinado a ser el villano de su vida.

Se encontró con Donald en el baño. De inmediato, le pasó el brazo por los hombros con gran entusiasmo.

—¡Oye, hermano!

Al escuchar su voz, Donald se estremeció de pies a cabeza; por poco y se le cortan las ganas de orinar.

—Digo, Hunter, ¿podrías dejar de aparecerte siempre de forma tan espeluznante? ¡Ya estoy viejo para estos sustos! —Donald se subió la cremallera de inmediato y apartó la mano que descansaba sobre sus hombros.

—¿Qué te pasa? —Hunter lo miró con los ojos entrecerrados, pues sentía que actuaba de forma extraña.

—Yo… ¿qué me va a pasar a mí?

A Donald se le pusieron los pelos de punta bajo su mirada inquisitiva. Cada vez que retrocedía, Hunter avanzaba. Llegaron hasta el fondo del baño, donde el joven repentinamente extendió un brazo y apoyó la mano en la pared, justo al lado de su oreja.

—¿Q-qué… qué quieres hacer? —Donald, con la espalda contra la pared, lo miró bastante nervioso.

—¿Qué crees que quiero hacer? Ya que me perdí de la fiesta de conejitas, tú tendrás que servir de compensación.

Hunter recordó cómo, un par de mañanas atrás, su nivel había sido muy inferior al de Winston, tanto que casi lo habían empujado fuera de la cama. Sintió la urgente necesidad de subir de nivel, y qué mejor oportunidad que usar a Donald para practicar.

La mirada de su víctima tembló. De repente, empezó a tartamudear.

—Tú… tú… te lo advierto, ya estoy viejo. No tengo buen sabor.

—¿Cómo crees? Me pareces un hombre muy maduro y encantador. A simple vista te ves con mucha textura, seguro eres delicioso.

Giró el rostro, recordando el ángulo exacto con el que Winston se le había acercado esa mañana, y acortó la distancia poco a poco.

La única diferencia era que Winston había cerrado los ojos, mientras que él los mantenía bien abiertos, decidido a captar con claridad la expresión de pánico del veterano.

Donald volteó la cabeza de inmediato para evitar la cara del muchacho. Cerró los ojos con fuerza, haciendo una mueca como si lo estuvieran torturando.

—¡No soy nada delicioso! ¡Ve a buscar a Winston! ¡Ve con él! ¡Definitivamente es un filete Angus de primera calidad!

La expresión de Hunter pasó de una sonrisa maliciosa a una mueca de fastidio.

—¿Para qué lo voy a buscar a él? ¡Estoy jugando contigo ahora!

¡Igual no puedo competir contra él, solo sirvo de juguete en sus manos!

Además, por muy de primera calidad que sea, ¡no soy capaz de darle ni un solo mordisco!

—¡Entonces qué demonios quieres! —Donald empujó sus hombros y aprovechó la oportunidad para escapar.

—Nada, nada. ¡Solo recuerda invitarme si hay alguna fiesta después de esta carrera!

—¡Invitarte mis narices! —Donald le lanzó una mirada de total desagrado.

—¡No te vayas! ¡Más vale que un anciano no se orine mientras conduce! ¡Por lo que vi hace un rato, me parece que no terminaste de vaciar el tanque!

Hunter rio de forma despreciable. Al alzar la vista, se topó con un hombre de sonrisa leve que los miraba con las manos en los bolsillos. No sabía cuánto tiempo llevaba observándolos.

—¡Oye, Owen! —Donald sonrió, avergonzado.

Hunter, que había estado a punto de perseguirlo para seguir molestándolo, se detuvo en seco.

—¿Interrumpí algo? —preguntó Owen, dirigiendo su mirada hacia él.

—¡Qué buena interrupción! —Donald lo miró con inmensa gratitud.

—Puedes unirte a mí. ¡Acosaremos juntos a los ancianos! —Hunter apoyó alegremente el brazo sobre los hombros de Donald, disfrutando de su expresión reacia.

Owen bajó la mirada; la sonrisa en sus labios se hizo aún más evidente.

—Si Donald califica como anciano, ¿eso me convierte en una antigüedad?

Para Hunter, Owen, de la escudería Red Bull, era una verdadera leyenda, además de uno de los hombres más apuestos que la Fórmula 1 hubiera visto jamás.

De origen holandés, tenía cabello corto de color lino y unos ojos verdes que volvían locas a las fanáticas.

Incluso viéndolo de tan cerca, tenía que admitir que este sujeto era perfecto desde cualquier ángulo. Aunque él y “El Gran Tiburón Blanco” Charles eran considerados los pilotos veteranos del circuito, parecía que había tomado conservadores; cualquiera que no lo conociera pensaría que a sus treinta y seis años tenía casi la misma edad que Winston.

En cuanto a su técnica de conducción, si Hunter apenas estaba entrando a la universidad, Owen ya era un profesor emérito.

—A mí me encanta molestar ancianos junto a las antigüedades —dijo Hunter con una enorme sonrisa.

A pesar de que era un veterano al que debía guardarle un inmenso respeto, lograba transmitirle una enorme sensación de relajación.

—De acuerdo. Si en el Gran Premio logras superar a Donald, te invitaré a… acosar ancianos después de la carrera.

Owen entró riendo al baño.

Donald lo miró sorprendido, con una clara expresión de “¿Acaso tienes ganas de morir?”.

—¿Qué? Te aseguro que en este Gran Premio te rebasaré.

—¿De verdad crees que Owen es una buena persona? —Donald lo miró con absoluta consternación.

—Entonces… ¿es malo?

Se rascó la nuca. ¡No daba la impresión!

—No… en el fondo, es buena persona, por supuesto. Sabe disfrutar de la vida mucho mejor que yo; viste las camisas más caras, come los mejores cortes de carne, asiste a los clubes de striptease más exclusivos…

—¡Wow! ¿De verdad? —Hunter puso una expresión llena de expectativas.

Si ese era el caso, ¡no importaba contra quién perdiera, jamás podía perder ante Donald!

—Con él, tu vida sería un derroche de lujos y excesos. Y no te dejes engañar por esa sonrisa afable, porque él y Van Winston están cortados por la misma tijera.

—¿A qué te refieres?

—Owen sonríe por fuera, pero es frío por dentro. Parece amable con todos, pero pasarán años sin que sepas qué es lo que pasa por su cabeza. Winston, en cambio, tiene un rostro de hielo, y su corazón es igual de frío para aquellos que no considera dignos.

—Como sea, ¡si ambos son igual de fríos, me quedo con alguien como Owen! ¡Además, es muy agradable a la vista!

Hunter soltó una carcajada.

—¿Te parece que Owen es agradable a la vista? —Donald exhaló un suspiro—. Ni se te ocurra decirle eso frente a Winston.

—¿Por qué?

¿Acaso sentiría envidia de lo atractivo que era Owen?

—Hazme caso, te lo digo por tu propio bien. —Donald le dio un par de palmadas en el hombro y se marchó.

Tras la sesión de prácticas comenzó la clasificación.

La clasificación de esta etapa fue extraordinariamente feroz, y la pole position cambió de manos en múltiples ocasiones. Al principio Charles tomó la delantera, pero Owen lo superó en la Q2. Más tarde, Charles recuperó el puesto. Finalmente, en la Q3, Penny, de la escudería Renault, rebasó a Owen y se quedó con el tercer lugar de la parrilla.

Sin embargo, Winston, quien siempre fungía como el mayor rival de Charles y Owen, no logró meterse entre los primeros cinco en ningún momento y terminó largando desde la sexta posición.

El resultado final de Hunter fue el décimo puesto. La escudería estaba bastante satisfecha con ello.

Maddie, por su parte, clasificó duodécimo, luciendo una pésima expresión en el rostro durante todo el rato.

Hunter buscó un lugar apartado, se acuclilló y sacó el cigarro que tenía preparado de antemano. Dudaba si debía encenderlo o no.

¿Debería enviarle un mensaje a Winston para avisarle dónde estaba?

¿Por qué sentía una culpa tan inexplicable al no fumar con él?

Se llevó el cigarro a los labios, pero tardó bastante en sacar el encendedor.

En ese instante, alguien se acercó y se sentó a su lado. La persona se inclinó y lo encendió por él.

—¿Qué te preocupa? Llevo casi tres minutos mirándote por la espalda y no lo prendes —sonó la voz de Winston.

—Te estaba esperando. —Hunter, con el cigarro apretado en la boca, volteó a mirarlo con una inmensa sonrisa.

—¿En serio?

—Por cierto, parece que en esta clasificación no te fue tan bien como en los anteriores Grandes Premios.

—Pero puedo ganar —respondió Winston.

—Bueno, ¿el asunto es a quién? Esta vez, hasta el mismísimo Donald clasificó por delante de ti. —Hunter hizo una mueca de regodeo.

—¿Qué pasa si le gano a Charles y a Owen?

—Eso no es imposible… Ya los superaste antes para llevarte el primer lugar, ¿no?

—¿Y si les gano en tres carreras consecutivas y me llevo el campeonato de cada etapa? —preguntó Winston, con la barbilla apoyada en la mano.

El panorama de la Fórmula 1 era siempre tan impredecible que ni siquiera el líder en la tabla de clasificación podía asegurar tres campeonatos consecutivos. Sin embargo, la expresión en su rostro le transmitió a Hunter una confianza absoluta.

—¿Entonces qué quieres? —Hunter mordisqueó el filtro, apuntando el cigarro hacia arriba a propósito, dejando caer la ceniza.

—¿No eras muy bueno bailando hip-hop?

—Eh, ¿cómo lo sabes? ¿Quieres que te baile hip-hop?

—No hip-hop.

—¿Entonces qué?

Winston se inclinó hacia él, giró el rostro para evadir la brasa encendida y murmuró:

—Un striptease.

Hunter se atragantó con el humo de inmediato, tosiendo tan fuerte que casi se le salieron las lágrimas.

—¡Yo… yo no sé hacer eso!

—Oh, es una verdadera pena —respondió Winston.

—¡Qué va a ser una pena!

—Si logras meterte entre los cinco primeros en tres carreras consecutivas, podría bailarte yo a ti. —Winston sonrió. Claramente estaba volviendo a burlarse de él, pero Hunter sabía muy bien que, si ese hombre lo decía, lo cumplía.

—¡De repente siento que mi vida tiene un objetivo grandioso!

¿Winston bailando striptease? ¡Eso era demasiado impactante!

Aunque jamás lo había visto sin ropa, saltaba a la vista que su cuerpo debía ser espectacular.

—¿Puedo grabarlo? —preguntó con total seriedad.

Si una simple camiseta de ese tipo podía venderse por decenas de miles de dólares, ¡ni hablar de lo que valdría su video!

—Puedes. Pero si alguien más llega a verlo… —La mirada de Winston se heló de golpe y las comisuras de sus labios se elevaron, proyectando esa malicia de quien ya sabía qué pensaba y solo aguardaba la oportunidad para tenderle una trampa—. Te encerraré en mi garaje para que me bailes todos los días.

—…Mi determinación para alcanzar este grandioso objetivo acaba de ser rebajada —dijo con molestia.

—Vámonos. Falta poco para que empiece el Gran Premio.

—Oye, me parece que será extremadamente difícil acercarme a ti en la pista.

—¿Qué sucede? —Winston se dio la vuelta.

—Sin embargo, esta vez se siente un poco más cerca. Largo desde la décima posición y tú desde la sexta. Aunque calculo que en un par de vueltas te habrás alejado mucho de mí.

Hunter se encogió de hombros.

Winston caminó hacia él, se acercó súbitamente y chocó su frente contra la suya.

—Tonto —murmuró, y luego se alejó.

Lo vio partir, sintiendo una ligera melancolía.

¿Exactamente desde cuándo había dejado de ver únicamente la espalda de Winston?

Al regresar a la zona del equipo, tal como lo esperaba, Marcus le dio un buen sermón.

—¡Muchacho! ¡Fíjate en la hora! La carrera está a punto de empezar, ¿a dónde te largaste a vagar en lugar de asistir a la reunión con los demás?

—Estaba nervioso… —murmuró Hunter, bajando la cabeza—. Así que busqué un rincón tranquilo para fumarme un cigarro…

—No te hagas el pobre diablo… —Marcus miró la cabeza agachada del piloto y dejó escapar un suspiro de resignación—. Si de verdad supieras lo que es estar nervioso, nuestra escudería habría conquistado la Fórmula 1 hace mucho tiempo.

Hunter soltó un suspiro de pesar; Marcus lo había leído como un libro abierto.

Tras una serie de preparativos, estaba a punto de partir.

El técnico de instrumentación, Mark, hizo la revisión final. Al bajar la vista, notó que el joven sonreía con los labios apretados.

—¿Ocurrió algo que te tenga tan feliz? —preguntó con curiosidad.

—¿Crees que logre meterme entre los cinco primeros? —Levantó el rostro, con los ojos todavía brillando con inocencia infantil.

—…Déjame sacar cuentas…

Mark se puso a calcular con gran seriedad.

—Olvídalo, la Fórmula 1 nunca tiene nada asegurado. Sin embargo, en esta ocasión… de ahora en adelante, al menos durante tres carreras consecutivas, debo alcanzar el top cinco.

Con las manos en el volante de su monoplaza y rotando los hombros para calentar, su rostro desbordaba entusiasmo.

—¡Claro que vas a llegar a los cinco primeros! ¡Hasta podrías llevarte el campeonato! —exclamó Mark tras quedarse pasmado un instante.

—¡Jajaja, pensar en un campeonato ya es ser demasiado codicioso! —rió antes de marcharse.

—¿Qué te andaba diciendo ese mocoso? —Marcus dirigió su mirada hacia allí, lleno de curiosidad.

—Nada… solo tengo el presentimiento de que, esta vez, romperá su propio récord.

—¡Ya estoy lo bastante satisfecho con sus resultados actuales, con tal de que no cause problemas!

En medio de las altas expectativas del público, comenzó el Gran Premio.

Desde la vuelta inicial, la contienda entre los cinco primeros pilotos alcanzó un clímax de pura adrenalina.

Winston se mantuvo todo el tiempo pegado al monoplaza de Donald, lo que obligó a Enzo, de la escudería Lotus, a ir tras ellos, sin atreverse a intentar ningún adelantamiento precipitado.

Tras ir siguiéndolos por poco más de cuatro vueltas completas, Enzo perdió la paciencia e intentó rebasar a Winston, pero las excepcionales maniobras defensivas de este último lo arrinconaron al punto de la exasperación.

Con ese panorama, ¿acaso resultaron ciertas las palabras de Winston cuando prometió bloquear a Enzo por él?

Hora del huevo salado:

Hunter: ¡El gran objetivo de mi vida ha ascendido de una fiesta de conejitas a ver a Winston bailando striptease!

Winston: Mi propósito en la vida nunca ha cambiado.

Hunter: ¿Cuál es tu propósito en la vida?

Winston: Hacerte mío.

Hunter: …

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