Él es mío
Hunter apoyó la barbilla en la mano mientras miraba por la ventana y soltó una carcajada.
—Si también le hablaras así a los medios, incluso con esa cara de témpano de hielo, hace tres años no habrían escrito que eras arrogante, altanero o cosas por el estilo.
—No me importa lo que escriban.
—Lo sé. Antes, cuando veía que atacaban a alguien, me regodeaba de su desgracia, pero ahora ya no puedo…
—¿Qué sucede?
—Si alguien habla mal de ti, me temo que no podré resistir las ganas de matarlo a golpes.
Porque… pareces ser mi único amigo.
—¿Esa es la verdadera razón por la que lloraste al terminar la carrera, verdad? —dijo Winston.
—¿Ah? —Hunter se quedó pasmado.
—Porque temías no ser lo suficientemente extraordinario y que eso me hiciera ser blanco de críticas.
Hunter frunció el ceño; en ese momento odió a este hombre, siempre usaba ese tono lleno de naturalidad para exponer los sentimientos ajenos.
—¿Y no es así? Eres un piloto capaz de competir contra el Gran Tiburón Blanco Charles y contra Owen, de Red Bull, por el campeonato mundial de puntos. Tú y yo somos como de dos mundos distintos. —Hunter se encogió de hombros.
—Siempre he querido acercarme a ti, aunque no sabía de qué manera lograrlo en el menor tiempo posible. Si sientes que estamos tan distantes, no sé qué hacer al respecto.
Hunter bajó la cabeza y se cubrió los ojos con una mano.
—Cielos… no me hables así.
—¿Entonces cómo debería hablarte?
—De acuerdo, lo siento, Winston. Siempre hemos estado en la misma pista, lo estamos ahora y lo estaremos en el futuro.
Hunter levantó la mirada para observar al otro.
De repente, no pudo evitar preguntarse si en el futuro habría alguien como Winston, que le dijera palabras como esas con tanta seriedad, haciéndole sentir que era la persona más especial del mundo.
El almuerzo consistió en un filete de ternera asado a la perfección; Hunter tenía muy buen apetito. En contraste, Winston, frente a él, comía sin prisa pero sin pausa, presionando el lomo del cuchillo con los dedos para cortar la carne en un movimiento meticuloso que a la vez conllevaba un rastro de determinación.
—¿Qué miras? —preguntó Winston con los ojos bajos.
¿Acaso este sujeto también tenía ojos en la nuca? ¡Cómo sabía que lo estaba mirando!
—Esto… estoy aprendiendo de tus elegantes modales de etiqueta occidental para mejorar mi propio refinamiento —dijo Hunter con una sonrisa, entornando los ojos.
—Pero no quiero que aprendas a ser como yo. Espero que siempre expreses lo que sientas en tu corazón. —Winston bajó el cuchillo y levantó la mirada.
—¿Que exprese lo que quiera? —Hunter torció un poco la comisura de los labios—. Entonces, Winston… ¿podrías no cambiar tampoco? Espero que muchos años después aún podamos charlar de esta manera y que sigas siendo el amigo más importante a mi lado.
Por favor, no seas como mi madre, que por un supuesto “nuevo comienzo” me dio la espalda.
Tampoco seas como mi padre, que por su supuesto fracaso solo era capaz de beber, volviéndose ciego a mi presencia.
—Hunter, me es imposible ser tu amigo para siempre.
En cuanto la voz de Winston se apagó, Hunter apretó el cuchillo en su mano por inercia.
Como era de esperarse; tú y yo somos individuos independientes, y sin importar qué tan buenos amigos seamos, no hay fiesta en el mundo que no llegue a su fin.
—Pero estaré a tu lado para siempre. Incluso si me temes, te aburro, o luchas por alejarte de mí, así será.
Aunque la voz de Winston era muy suave, Hunter tuvo la ilusión de haber sido acorralado.
—¿Cómo podría temerte o aburrirme de ti? Bueno, a veces sí que me resultas fastidioso… En cuanto apareces, me quedo sin chicas con las que ligar; ellas solo tienen ojos para ti.
Winston no respondió.
Hunter reflexionó un momento y agregó:
—Espera, si no puedes ser mi amigo para siempre, ¿cómo estarás a mi lado eternamente? ¿Como enemigos de por vida? ¿Acaso nos amaremos y destruiremos en la pista como tú y Charles, de la escudería Mercedes?
—Piénsalo tú mismo, ¿qué seré para ti?
—Aunque me quiebre la cabeza pensando, jamás se me ocurriría… —Hunter frunció el ceño e inclinó la cabeza a un lado—. Me he dado cuenta de que tú y yo solemos tener lógicas muy distintas. Aunque, por supuesto… eso también es interesante.
—No soy un hombre de mucha paciencia, Hunter. Cuando sobrepases mis límites, dejaré de ser tan caballero como ahora.
Aunque sonaba claramente como una amenaza hacia su persona, los dedos de Hunter, que antes apretaban el cuchillo, se relajaron poco a poco.
—¿De qué manera no serás un caballero conmigo? ¿Será peor que la paliza que me dio Maddie? —preguntó Hunter con una sonrisa, acercando el rostro a Winston.
Mientras no te des la vuelta y te marches como todas las personas que consideré importantes, no me importa si eres un caballero o no.
Winston también se inclinó lentamente hacia él y, mirándolo a los ojos, respondió:
—¿Quieres ponerlo a prueba ahora mismo?
—¡Claro, adelante!
Antes de que Hunter lograra echarse a reír, vio a Winston ladear el rostro; apoyó una mano en la mesa y acercó cada vez más sus ojos entornados. Hunter casi pudo sentir la calidez de los labios del otro; en aquel instante, todos sus sentidos se agudizaron sin precedentes.
Probablemente, esa fue la reacción más rápida que Hunter había tenido en toda su vida.
Retrocedió de golpe, pegando la espalda al respaldo de la silla, y miró al otro con los ojos muy abiertos.
—Idiota. —Winston alzó la barbilla y continuó cortando su filete.
Hunter ladeó la cabeza… ¿Acaso este tipo lo había vuelto a engañar?
¿Qué significaba ese “idiota” de hace un momento?
¿Era el desdén del Rey?
—No creerás que la próxima vez que me tomes el pelo de esta forma te apuñalaré con el cuchillo de la carne, ¿verdad?
Hunter sintió la necesidad de dejarle las cosas claras. Antes solo usaba un humor frío en sus palabras… Ah, no, era acoso; pero ahora había cruzado la raya.
—Adelante, apuñálame. —Winston ya había terminado su filete y comenzaba a degustar su postre de forma metódica.
—¡No solo te apuñalaré, también meteré la lengua en la herida para que tragues mi saliva!
¿Acaso los supuestos “caballeros aristocráticos” carecían de límites cuando perdían la compostura?
—Si tienes agallas para meterla, me aseguraré de que no puedas sacarla.
Hunter estuvo a punto de escupir el té negro; tosió con violencia, sintiendo que probablemente se convertiría en el primer piloto de carreras en ahogarse con un té.
—No puedes ganarme, así que no lo intentes —dijo Winston, tendiéndole una servilleta.
Así es, así es… ¡Enfrentarse a ti solo es lastimarse a sí mismo!
Tras terminar el almuerzo, Hunter se limpió la boca.
—Quiero ir a un supermercado. Uno pequeño está bien.
—¿Qué quieres comprar?
—Je, je. Condones. —Hunter le confesó en voz baja.
¡Cosas muy buenas estaban a punto de sucederle!
—¿Vas a perder el control como la última vez? —Winston solo le dirigió una mirada fugaz.
—¡Es una fiesta de conejitas! No te hagas el desentendido, ¡es el sueño de todo hombre! —Hunter le guiñó un ojo y lo señaló—. Incluso si aparentas ser muy frío por fuera, sé que al escucharlo sentiste un picor en el corazón, ¿a que sí?
—Así es —respondió Winston.
Hunter sonrió de forma aún más resplandeciente:
—¡Claro que sí! ¡No hace falta ser tan reservado con estas cosas delante de un hermano!
—Solo si fueras tú el que se pusiera las orejas de conejo —dijo Winston, empleando un tono de completa naturalidad.
—…Ya no quiero ser tu amigo.
—Ya te había advertido que, desde un principio, yo tampoco quería ser tu amigo.
Hunter puso los ojos en blanco con fastidio; se dio cuenta de que para comunicarse con Winston no bastaba con ignorar su aura imponente; era aún más importante poseer la habilidad suprema de resucitar con la vida al máximo tras morir de ira.
—¿Entonces vas a ir o no?
Pensó que la imagen de Winston rodeado de conejitas sería más que perfecta; quería ver si seguiría poniendo esa cara de abstinencia y desapego terrenal.
—¿Cuándo es?
—Esta noche…
—¿Quién te invitó?
—Donald…
—¿Donald, de la escudería Sauber?
—Sí…
—¿Y fue él quien te llevó al bar la última vez?
—Sí, ¿qué tiene de malo?
—¿Desde cuándo eres tan cercano a él?
—¡Oye, a qué te refieres con que soy tan cercano a él! No hay rencor entre nosotros, y además, me gusta que ese tipo sea honesto. Dice lo que piensa y no es para nada hipócrita…
Un momento… Sintió que el ritmo de interrogatorio de Winston era demasiado rápido; tenía que responder sin siquiera tiempo para pensarlo.
—Si es esta noche, no podré ir. La escudería tendrá una reunión a las ocho, y mañana por la mañana volaré a Austria.
—Oh… Yo vuelo para allá pasado mañana.
Pensándolo bien, era mejor que Winston no fuera, de lo contrario se convertiría en el centro de atención de las conejitas.
—Te acompañaré a comprar los condones. Asegúrate de usarlos.
—¿Te preocupas por mí?
—Me preocupa la mujer en la que te fijes. Será mejor que para estas fechas, el año que viene, sigas siendo piloto en lugar de estar ocupado preparando leche de fórmula.
Dicho esto, Winston levantó la mano para pedir la cuenta.
Hunter se rascó la nuca; ¡era la primera vez que alguien lo acompañaba a comprar condones!
Llegaron a una tienda de conveniencia en la calle. Esas pequeñas cajas cuadradas estaban apiladas pulcramente cerca de la caja registradora, llenando a Hunter de tentación y cierta emoción.
Winston entró primero. Hunter lo siguió con las manos en los bolsillos, agachó la mirada, tomó un par de cajas al azar y se dispuso a pagar.
—Esos con textura de puntos no te sientan bien —intervino Winston.
—¿Ah? —Hunter levantó la caja y la observó; luego preguntó en voz baja—: ¿Acaso este tipo no es bueno? He oído que se siente mejor que los normales…
—Usar eso solo hará que tu pareja piense que eres incompetente. Que necesitas apoyarte en ayudas externas para intensificar las sensaciones, en vez de depender de tu propio tamaño o técnica.
Aunque Hunter no era un experto experimentado en esa área, tampoco era su primera vez comprando condones. En sus días de escuela secundaria, cuando pasaba por la tienda de conveniencia por las mañanas, también solía comprar para sus compañeros de clase, y en ese entonces a todos les encantaban los acanalados o los punteados.
Las palabras de Winston revolucionaron su manera de pensar. Se preguntó si aquellos hermanos que habían usado ese tipo de preservativos en el pasado habrían tenido una epifanía al escuchar esto: ¿acaso sus novias se habrían estado burlando de ellos a sus espaldas?
—Entonces… ¿los aromáticos?
¿No les gustaba a todas las mujeres usar perfumes? También preferían geles de ducha fragantes, así que, ¿quizás les gustarían los aromáticos?
—Causan alergias con facilidad.
Una simple oración borró de inmediato las ideas de Hunter; para nada quería que su pequeño Hunter estuviese incómodo o le picara el día de mañana.
—¿Y qué compro entonces? —preguntó Hunter, algo frustrado.
—El más sencillo de todos; los ultrafinos servirán.
—Oh… —Hunter tomó un puñado con decepción y lo dejó sobre el mostrador.
El tipo ultrafino no parecía tener ninguna gracia en absoluto… Era realmente muy al estilo Winston.
Hunter se quedó mirando a Winston y dijo con los ojos entornados:
—¡Y yo que pensaba que de verdad eras alguien casto, no me imaginaba que lo habrías investigado tan a fondo! ¡Se ve que posees mucha experiencia! ¿Dónde sueles tener tus revolcones? Los medios de comunicación están tan pendientes de ti y sin embargo, ¿nadie ha logrado captar ni una sola foto?
—Yo no uso estas cosas. —La expresión en el rostro de Winston ni siquiera se inmutó.
—¿No las usas? —Hunter le dio un leve empujón, divertido—. ¿Y no temes que para esta fecha el próximo año también estés preparando leche de fórmula?
—Eyaculo dentro.
Winston le tendió su tarjeta de crédito a la cajera.
Hunter parpadeó. Hermano mío, ¡qué dominante eres!
Al volver al hotel, dentro del ascensor, Hunter no olvidó confirmarlo una vez más con Winston:
—¿En serio no vienes a la fiesta de conejitas conmigo?
—No es necesario.
—Oye, ¿no crees que aparte de coquetearme de vez en cuando con tus palabras, vives tu vida como si fueras un monje abstemio? ¿Estás seguro de que no quieres venir a liberarte un poco conmigo y probar una vida de excesos? —Hunter entrecerró los ojos a propósito y se lamió la comisura de los labios.
La mirada de Winston se oscureció y le devolvió la pregunta con frialdad:
—Parece que siempre te ha gustado probar cosas nuevas.
—Obvio, ¿nunca lo has escuchado? Hacer las cosas que nunca has hecho se llama crecimiento; hacer aquello que no estás dispuesto a hacer se llama cambio, y hacer lo que no te atreves a hacer se llama superación. —Hunter asintió con seriedad.
—Solo sé esto: hacer lo que nunca has hecho se llama intentar; hacer lo que no estás dispuesto a hacer se llama comprometerse, y hacer aquello que no te atreves se llama locura.
Hunter abrió la boca; se había quedado sin palabras.
Las puertas del ascensor se abrieron y Winston salió primero. Hunter no perdió la oportunidad de recordárselo:
—¡Oye, si te arrepientes, ya sabes dónde buscarme!
Winston solo agitó la mano de espaldas a él.
El tiempo que siguió transcurrió tan despacio que cada minuto y cada segundo le parecieron años.
Hunter jugueteaba con su cabello en el baño. Recordó cómo Winston le había arreglado el flequillo en la cena benéfica y empezó a rebuscar gomina por todas partes. Debía arreglarse para lucir un poco más maduro si quería ganarse el favor de las conejitas.
De lo contrario, con la presencia de un hombre maduro como Donald, un novatillo como él se quedaría sin nada de mercado.
Sin embargo, por desgracia, nunca había llevado un producto así en su equipaje.
—Oye, Luke, ¿tienes gomina?
—No, jamás la uso.
—Maddie, ¿tienes gomina?
—¡Tú y yo no somos cercanos! —Maddie le colgó el teléfono con ferocidad.
—¿Ah? ¿Todavía está enfadado? ¡Si hace poco habíamos conversado tranquilamente!
Hunter llamó a todos los miembros de su escudería, pero lamentablemente nadie llevaba gomina.
De repente, Hunter pensó en Winston; ¿tal vez ese tipo guardaba gomina para las entrevistas postcarrera o los eventos de los patrocinadores?
—Oye, Winston, ¿trajiste gomina? ¡Cera para el cabello o algo parecido también me sirve!
—No. No necesitas ese tipo de cosas.
—¿Ah?
¿Tú qué vas a saber para qué quiero la gomina?
—Al besar, percibir el olor a gomina en tu cabello arruinará el ambiente para la otra persona.
La voz de Winston era tan fría como siempre, pero poseía una sensualidad distinta a la de Donald.
Donald ostentaba la pasión extrovertida de un hombre latinoamericano, mientras que Winston era sumamente reservado, y cuanto más reservado se mostraba, más incitaba a desentrañar todos sus secretos.
—Oh…
—Quien te bese, sin duda deseará entrelazar los dedos en tu cabello. Si fuera yo, solo querría sentir tu cabello y no la gomina.
—Oh…
Sus palabras tenían mucha lógica, ¿pero acaso era necesario usarse a sí mismo como ejemplo?
—¿Necesitas algo más?
—No… eso es todo.
—Entonces iré a empacar mi equipaje.
—De acuerdo, nos vemos en Austria.
—Mm.
Tras colgar el teléfono, Hunter volvió a entusiasmarse; tan pronto saltaba a rodar sobre la cama como se paseaba de un lado a otro en la habitación.
¡Conejitas! ¡Conejitas!
¡Su corazón se desbocaba de solo pensarlo!
¡Era Donald el que de verdad sabía cómo divertirse! ¿Debía andar con él de ahora en adelante?
No obstante, un poco después entró una llamada de Donald.
—¡Oye, Hunter! Lamento decirte que nuestra fiesta de conejitas se can… ¡se canceló!
—¿Ah? ¿Por qué?
Fue como si un balde de agua helada cayera desde el cielo, ¡empapándolo de frío hasta los huesos!
—Este… resulta que… que… Mi compañero de escudería y yo comimos algo en mal estado y nos sentimos indispuestos… No estamos en condiciones, ¿lo dejamos para otro día?
—¿Comieron algo en mal estado? ¿Acaso no comen los alimentos preparados por el nutricionista? ¿Qué rayos se metieron a la boca?
¡Mi fiesta de conejitas! ¡El sueño de mi vida!
—Bueno, supongo que no pudimos controlar nuestro apetito. ¡La próxima vez! ¡La próxima vez te prometo que te llevaré a divertirte de verdad!
Hunter ladeó la cabeza y entrecerró los ojos:
—Oye, Donald, ¿por qué siento que hay algo raro en tu tono de voz? Parece como si me ocultaras algo. ¿Acaso ya no quieres llevarme contigo porque no pertenezco a tu escudería?
—¡Claro que no! ¡No digas tonterías! Mi tono está raro… ¡porque estoy enfermo!
—¿Tampoco me desprecias por mis resultados desde el inicio de la temporada y consideras que carezco de tu estatus?
—¿Cómo crees? ¡Hasta me gustaría rogarte que no me persigas en la pista de Red Bull en Austria!
—¿De verdad?
—¡En serio! ¡En serio! ¡Más verdadero que un diamante!
—Entonces, cuando por fin hagan su fiesta me avisarás, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Por supuesto que sí! ¡Ja, ja, ja!
—¿No quieres que te vaya a ver?
—¿Verme? ¡Ni se te ocurra venir! ¡Estoy sentado en el retrete! ¿Acaso piensas conversar conmigo en el baño?
—Bueno, descansa mucho. En el GP de Austria procuraré clasificar un poco mejor; trataré de quedar por delante de ti y así no tendrás que preocuparte de que te persiga.
—¡Maldición! ¡No te creas tanto, chiquillo! ¡Definitivamente te daré una lección!
—¡Dame tu lección cuando ya no tengas que estar en cuclillas en el baño!
Tras colgar el teléfono, Hunter se dejó caer en la cama con abatimiento y clavó la vista en los condones ultrafinos que había comprado.
Qué lástima… Se quedó sin la oportunidad de usarlos.
Al mismo tiempo, tras bajar su teléfono móvil, Donald le dedicó una sonrisa incómoda al hombre severo y glacial sentado frente a él.
—Con esto… debería ser suficiente, ¿verdad?
—Es suficiente. Recuerda tu promesa.
Habiendo dicho eso, el sujeto se levantó impasible y abandonó la habitación.
Donald miró a su compañero de escudería, y ambos tragaron saliva al unísono.
—No podemos contarle esto a nadie, ¿verdad? —preguntó su compañero.
—Por supuesto que no…
—¿Entonces deberíamos advertirle a Hunter, de la escudería Marcus?
—¡Claro que no! ¿Eres idiota? —exclamó Donald.
—Pero si no decimos nada… me temo que pasará por cosas terribles en el futuro…
—¡Mejor él que nosotros!
—Bueno… en eso tienes razón…
Los dos asintieron, decididos a guardar silencio.
Todo esto había comenzado diez minutos atrás.
Cuando Donald y su compañero preparaban con entusiasmo unas cervezas y toda clase de juguetes divertidos, el timbre de la puerta sonó de improviso.
—¿Llegaron tan temprano? —El compañero miró a Donald.
—¿No habíamos acordado que sería por la noche? Iré a revisar. Ojalá no sea el entrenador; si nos descubre, nos soltará otro sermón.
Al asomarse por la mirilla, Donald descubrió, para su sorpresa, a Winston de pie frente a la puerta; tenía las manos en los bolsillos y mostraba una expresión de completa indiferencia.
—¡Es Van Winston!
—¿Y a qué ha venido? ¿Acaso eres amigo de Winston?
—¡Quién va a ser amigo de ese sujeto!
Aunque lleno de sospechas, Donald no tuvo más remedio que abrir la puerta.
En cuanto cruzó miradas con Winston, le tomó menos de una fracción de segundo empezar a sentir pánico en su interior.
—¿Eh? ¿Winston? ¿Sucede algo? ¿O acaso te equivocaste de habitación?
La puerta apenas estaba entreabierta, pero Winston la sujetó del borde con la mano y la empujó para abrirla de par en par. Donald trastabilló hacia atrás, casi perdiendo el equilibrio.
—Oye… no puedes entrar así como si nada…
Donald estaba más que confundido, pero fue capaz de percibir el aura glacial que irradiaba el cuerpo de Winston.
Su intruso lanzó un vistazo a las cervezas en la mesa y a las orejas de conejo esparcidas en la cama; acto seguido, inquirió con desapego:
—¿Están preparando una fiesta?
—Ah… así es… ¿te gustaría unirte? —invitó ingenuamente el compañero de Donald.
Donald se apresuró a darle un codazo a su colega.
—Este… Winston, ¿a qué has venido?
Winston se apoyó en la mesa con los brazos cruzados, ladeó el rostro y su mirada atravesó la mejilla de Donald como el filo de una cuchilla.
—Hunter no tiene muchos amigos, así que aprecio que lo mantengas acompañado y evites que se sienta solo durante su tiempo libre entre carreras.
—…¿Supongo que debería agradecer tu cumplido?
—La última vez, en Montreal, fuiste tú quien lo llevó al bar, ¿verdad?
—Así es. Él también tenía muchas ganas de ir, ¿algún problema con eso?
—No. Pero hay algo que espero que recuerdes bien.
Winston caminó a un paso sosegado hasta colocarse delante de Donald, y de súbito lo agarró del cuello de la camisa, tirando bruscamente de él.
Al enfrentarse a ese par de ojos cubiertos de escarcha, un temor inexplicable se apoderó de su ser.
—Él es mío.
Donald lo miró con estupefacción, sintiéndose tan sobrecogido por la fuerza en los ojos de aquel individuo, que fue incapaz de decir una palabra durante largo rato.
Su compañero, aún parado en su sitio original, también se había quedado totalmente petrificado.
—Aparte de mí, nadie puede tocarlo, sin importar si es hombre o mujer.
Los ojos de Donald temblaron de pavor.
—…¿Qué… qué acabas de decir?
¡Estaba seguro de que había escuchado mal!
Winston ladeó el rostro; en el instante en que su mirada cambió de ángulo, Donald sintió como si le acabaran de rebanar la mejilla de un tajo.
—Tampoco permitiré que se acueste con nadie.
Aquella oración fue como si toda una montaña se hubiese derrumbado en la cabeza de Donald.
A pesar del tremendo e inaudito impacto, Donald se esforzó con todas sus fuerzas hasta conseguir recuperar un ínfimo rastro de cordura.
Hora del huevo salado:
Hunter: Por cierto… ¡últimamente Donald se comporta de una manera muy extraña!
Winston: ¿Qué sucede?
Hunter: Siempre se está preocupando por mi cintura… ¡y mi cintura está en perfectas condiciones!
Winston: Si tu cintura está en perfectas condiciones, entonces me quedo tranquilo.
Hunter: ¿Y la tuya está bien?
Winston: Puedes venir a probarla; es tan buena que te hará llorar.
Hunter: …
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