Pisa suavemente, Hunter
Casi todos los que pasaban no podían evitar mirar en su dirección.
Hunter suspiró. Algunas personas eran simplemente así; incluso en silencio, brillaban con luz propia.
El teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio que era un mensaje de texto de Winston:
[Te espero debajo del London Eye.]
Con una sonrisa en los labios, de pronto le entraron ganas de hacer una travesura. No respondió al mensaje, sino que se quedó parado en el mismo lugar mirándolo, preguntándose cuánto tiempo tardaría en darse cuenta de que ya estaba ahí.
Cuando Winston levantó la cabeza, varias chicas se alejaron mientras lo miraban y se cubrían la boca.
Hunter pensó que lo vería, pero no esperaba que el tipo se diera la vuelta.
De repente se le ocurrió algo; sacó su celular, se arrodilló sobre una pierna y le tomó una foto a Winston con la rueda de la fortuna de fondo.
Probablemente al escuchar el clic de la cámara, Winston por fin giró la cabeza.
—¿Llegaste tarde o me estás tomando fotos a escondidas a propósito?
Winston caminó lentamente hacia él. Hunter, que seguía en cuclillas en el mismo lugar, le tendió el celular.
—Si te molesta, simplemente bórrala.
—Consérvala.
Winston giró un poco el rostro, indicando que debían ir a hacer la fila.
En ese momento, Hunter se sintió un poco avergonzado.
Era obvio que Winston no hablaba mucho. Iban a estar en la cabina durante treinta minutos y, aparte de admirar el paisaje, Hunter no estaba seguro de tener suficientes temas de conversación con él.
Lo que era peor, los turistas que venían aquí eran familias o parejas. Que dos hombres adultos se subieran a la rueda de la fortuna era un poco extraño.
Al pensar en eso, se arrepintió aún más de haber dicho que quería subirse al London Eye. ¡Hubiera bastado con comer juntos o ver alguna ópera!
Un momento… ¿comer y ver una ópera también sonaba raro?
Menos mal que en cada cabina cabían más de veinte personas. Había turistas con niños que parloteaban ruidosamente, lo que disipó un poco la incomodidad.
Winston se sentó a su lado, mientras que Hunter miraba por la ventana hacia el río Támesis.
—Es bastante bonito. —Hunter asintió.
Pero en realidad, por muy hermoso que fuera el paisaje, si lo miraba durante más de diez segundos, le entraban ganas de dormir.
—Alguien me dijo que lloraste después de llevar el monoplaza de vuelta al terminar la carrera.
La voz de Winston sonó muy cerca. Debido a las voces emocionadas de los niños en la cabina, tuvo que inclinarse hacia él para que pudiera escucharlo con claridad.
—No lloré, solo sudé mucho.
¡¿Qué bastardo había andado abriendo la boca?!
¡Definitivamente iba a darle una paliza!
—En realidad, es normal que los resultados fluctúen en las carreras de Fórmula 1.
—¿Me estás consolando? —preguntó Hunter de mala gana.
—No necesitas mi consuelo.
—¿Por qué?
¿Acaso no escuchó que había estado llorando?
—Si no me hubieras conocido, estarías muy satisfecho y orgulloso de haber conseguido este resultado desde la adversidad. Ahora que puedes aspirar a mucho más, ¿por qué habría de consolarte?
Hunter lo miró. En ese instante, aquella profunda sensación de arrepentimiento que sintió al terminar la carrera volvió a inundarlo de repente. Le escocían los ojos y tuvo que apartar el rostro a toda prisa.
—No pensé que fueras tan narcisista —dijo, mirando por la ventana hacia el Támesis.
—¿Acaso no eres tú el que me hace ser tan narcisista?
—… Pensé que me estaba acercando cada vez más a ti, pero derrotaste al Gran Tiburón Blanco Charles, mientras que yo caí del sexto al noveno lugar. Parece que cada vez estamos más lejos.
—Sin embargo, espero que en la pista, cuanto más te esfuerces por perseguirme, más te alejes de mí.
—¡¿Por qué?! —Hunter giró la cabeza un poco enojado, y recién entonces se dio cuenta de que Winston no había dejado de mirarlo.
—Porque quiero ser perseguido por ti para siempre. —La voz de Winston era muy suave, como si estuviera a punto de romperse con solo tocarla.
Hunter descubrió que le asustaba mucho cuando ese hombre hablaba con ese tono, como si antes siquiera de empezar a competir… él ya hubiera sufrido una derrota aplastante.
Respiró hondo para sus adentros y apartó la mirada.
Sin darse cuenta, la rueda de la fortuna llegó a su punto más alto; el agua del río y el cielo se entrelazaban, difuminando sus límites.
Todo era minúsculo, pero el mundo se sentía infinitamente vasto.
—Oye, Winston… Tú y yo hemos llegado a la cima, ¿no deberías decir algo memorable para que me quede impresionado en un momento tan conmemorativo? —preguntó Hunter, medio en broma.
—Entonces, ¿qué quieres escuchar?
—¿No te graduaste de Eton? ¿Qué tal algo con un toque aristocrático? —Hunter mostró una enorme sonrisa.
Winston no abrió la boca, y él tampoco se sintió decepcionado.
Después de todo, que ese tipo lo hubiera acompañado a subirse a la rueda de la fortuna ya era un milagro.
Cuando la cabina comenzó a descender, una voz ligeramente fría se abrió paso entre las conversaciones de los turistas y llegó a sus oídos.
—Si tuviera los paños bordados del cielo, tejidos con la luz del oro y la plata, los paños celestes, grises y oscuros, que alternan la noche, el crepúsculo y el día. Extendería esos paños bajo tus pies.
La voz de Winston sonaba muy cerca, y a la vez, muy lejos.
Hunter se giró con asombro.
Estaba recitando un poema, solo porque había bromeado pidiéndole que demostrara un poco de actitud aristocrática.
Siempre creyó que, si alguien realmente le recitara poesía, le parecería pretencioso y ridículo, pero resultó que quien lo hacía era Winston.
Tenía una expresión tan impasible, sin intención de complacer a nadie; lo hizo simplemente porque Hunter se lo pidió.
En su voz, el río Támesis y el cielo parecían haberse convertido genuinamente en un manto de brocado que le pertenecía en exclusiva.
—Pero no tengo nada más que mis sueños… así que extiendo mis sueños bajo tus pies.
Winston se inclinó ligeramente hacia él. Hunter quiso desviar la mirada, pero hasta donde alcanzaban a ver esos ojos era territorio de Winston; sin importar cuánto intentara huir, ya estaba atrapado en él.
Había demasiadas cosas allí que no podía comprender.
Eran demasiado profundas, demasiado vastas… y también demasiado lejanas.
—Pisa suavemente, Hunter. Porque mis sueños descansan bajo tus pies.
Sonó como un suspiro lleno de infinito apego.
Por primera vez, experimentó aquella extraña sensación: caminaba por el reino que existía en los ojos de Van Winston, y cada uno de sus pasos era mirado hacia arriba y sostenido con cuidado por el otro, hasta llevarlo a lo más profundo.
Cuando un niño hizo un ruido, lo sacó abruptamente de sus pensamientos.
—Oye… ¿qué fue eso? ¿Quién lo escribió?
—¿Importa qué es? De todos modos, aunque te diga quién lo escribió, no sabrías quién es —respondió Winston con voz neutra.
—Si no quieres decirlo, no lo digas. —Soltó un resoplido de insatisfacción.
Entonces se dio cuenta de que dos universitarias sentadas frente a ellos se tapaban la boca, riéndose a escondidas mientras los miraban.
Hunter le entregó su celular a una de las chicas.
—Oye, ¿podrías tomarnos una foto a mi amigo y a mí?
—¡Por supuesto!
Hizo la señal de la paz con los dedos y le dio un codazo a Winston, que estaba a su lado.
—Ni se te ocurra poner cara de que el London Eye está a punto de derrumbarse.
En otras palabras, le pedía que al menos sonriera por cortesía.
Justo cuando la chica estaba a punto de presionar el obturador, sintió que un brazo le rodeaba los hombros. Miró instintivamente al hombre a su lado y descubrió que, para su sorpresa, realmente estaba sonriendo.
El clic de la cámara sonó y recién entonces reaccionó.
Winston ya había bajado la mano; se inclinó ligeramente hacia adelante, dijo un “gracias” y recuperó el celular.
Miró la foto y se la devolvió a Hunter.
—Deberías estar satisfecho.
Él bajó la vista y descubrió que la imagen capturada mostraba a Winston abrazándolo con un brazo, sonriendo levemente a la cámara, mientras él mismo miraba el perfil del piloto.
¡Maldita sea, era demasiado afectuosa! Quien no lo supiera pensaría que estaba locamente enamorado de ese tipo, que la mayoría del tiempo era más frío que el hielo, buscando la paz y la eternidad.
Hasta se le puso la piel de gallina.
—¡Voy a borrarla y tomar otra! ¡Cualquiera que la vea pensará que tengo algo contigo!
—Si quieres tomar otra, tómala tú solo —dijo Winston con frialdad.
El dedo de Hunter se posó sobre el botón de “Eliminar”, dudó durante tres segundos y, al final, lo dejó pasar…
Aunque su propia expresión era tan cursi que daba escalofríos, ¿acaso no era posible que fuera el único en poseer una foto con la sonrisa de Winston?
¡Seguro que podría venderla por un buen precio a la prensa!
—Si te atreves a planear vender mi foto, te arrancaré al pequeño Hunter.
¡Mierda! ¿Cómo sabía lo que estaba pensando?
Hunter abrió los ojos de par en par.
—Parece que de verdad planeabas venderla. —Winston hizo un amago de arquear una ceja.
—¡¿Cómo crees?! ¡Solo me sorprendía que tuvieras ese tipo de pensamientos!
—Porque ya has hecho ese tipo de cosas antes.
—¿Antes? No te referirás otra vez a una vida pasada, ¿verdad?
—Mhm.
—Bueno, seguro que fui un idiota en mi vida pasada.
Cuando la rueda de la fortuna completó una vuelta entera, regresaron a tierra y ambos salieron junto con los demás turistas.
—Entonces, ¿seguiremos yendo a la Torre de Londres o no? —preguntó Hunter con una sonrisa.
—Si visitamos todo ahora, ¿adónde vas a querer ir durante el Gran Premio del próximo año?
Esta frase, por alguna razón inexplicable, mejoró el estado de ánimo de Hunter.
Significaba que Winston creía que él seguiría en la Fórmula 1 el próximo año y que lo acompañaría a donde quisiera ir.
Los dos caminaron así por las calles de Londres, cruzándose de vez en cuando con algunos puntos de interés.
Winston fue quien eligió el restaurante para el almuerzo.
Hunter pensó que, siendo un tipo de tan alto nivel, seguro iría a un restaurante lujoso y de alta categoría, pero para su sorpresa, solo lo llevó a un pequeño local de la esquina.
Desde los asientos junto a la ventana, se podía ver una hilera de tiendas antiguas y las agujas de una iglesia gótica elevándose hacia el cielo.
Hunter miró por la ventana mientras se apoyaba la barbilla en la mano.
—¿Elegiste este lugar por la vista?
—Porque los cortes de carne de aquí son los mejores que he probado —respondió Winston.
—¿Eh? Pensé que preferías los restaurantes con estrellas Michelin.
Estaban deliciosos, sí, pero tenían demasiadas reglas y carecían de ese sentido de libertad casual.
—Además, me gusta verte sentado en un lugar luminoso.
Si cualquier otro hombre hubiera dicho palabras como esas, habrían sonado algo pretenciosas y graciosas, pero al igual que recitar un poema de forma casual, al salir de los labios de Winston, se sentían como la cosa más natural del mundo.
Hora del huevo salado:
Hunter: Oye, si de verdad vendiera tu foto, ¿realmente me arrancarías al pequeño Hunter?
Winston: En nuestra vida pasada también lo hiciste, ¿y acaso no sigue colgando en su lugar sin un rasguño?
Hunter: Me diste un susto de muerte…
Winston: Además, me gusta bastante jugar con él.
Hunter: …
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