No tengo orejas de conejo

Llevaba un traje entallado; aunque su figura parecía la de un adolescente, su masa muscular no era baja.

El contador simplemente se sentó frente a Hunter. Ninguno de los dos pronunció palabra, a la espera de que el personal del señor Narita regresara para ayudarlos a levantarse.

Unos minutos después, resonaron pasos en el pasillo.

La puerta de madera se abrió y una figura esbelta entró en la habitación.

—Hunter.

Aquel suave llamado hizo que Hunter, cuya mente ya vagaba por otro mundo, girara el rostro. Entrecerró los ojos y alzó la cabeza; su mirada desenfocada siguió al recién llegado hasta que este se detuvo frente a él y se arrodilló sobre una pierna.

Hunter estiró un dedo, pinchó la mejilla del otro y luego soltó una risita boba:

—Chica conejita… ¿cómo es que viniste? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Eres mi chica conejita? ¿Por qué te pareces a… a… Winston?

—Estás borracho. —Winston extendió la mano para sostener el rostro ladeado de Hunter. Este sonrió con picardía y, sin dudarlo, dejó caer todo su peso sobre la palma ajena.

El flequillo le caía sobre la frente, ocultando a medias sus ojos; aunque brillaban con intensidad, su mirada estaba completamente perdida.

Le pareció ver que la hermosa nuez de Adán del hombre se movía, así que volvió a estirar la mano. Sus dedos acariciaron el cuello del otro con inquietud, como si intentara confirmar algo.

El hombre alzó la barbilla, como ofreciendo el cuello, y permitió que los dedos de Hunter hicieran lo que quisieran.

—Winston… ¿cómo es que estás aquí?

Aunque su cerebro era incapaz de pensar, las palabras salían de su boca con sorprendente fluidez.

—¿No respondiste a mi mensaje pidiendo que viniera a acostarme contigo?

El pulgar de la mano con la que Winston sostenía la mejilla de Hunter acarició, casi de manera imperceptible, la comisura de sus labios.

—Mmm… —Hunter cerró los ojos, como si estuviera pensando muy seriamente en ello, pero unos diez segundos después, solo sonrió con malicia y devolvió la pregunta—: ¿Yo hice eso?

—Lo hiciste —respondió Winston.

—Jeje… jeje… —rio Hunter. La punta de su lengua se deslizó por sus labios y, justo en el momento en que los dedos de Winston estaban a punto de apartarse de la comisura, rozó suavemente la yema de su pulgar.

En ese instante, la mirada del hombre frente a él se oscureció por completo.

Hunter se encogió de hombros y sonrió aún más engreído. Sus labios modularon en silencio: “Ven aquí, nene”.

—No soy una chica conejita —dijo Winston con voz ligeramente ronca.

Hunter se tambaleó, estiró la mano y tiró de la oreja de Winston:

—Mira… aquí están las orejas de conejo…

En ese momento, los dos asistentes del señor Narita regresaron y se quedaron de piedra al ver a Winston.

—Ustedes encárguense de llevar de vuelta al señor Vince —indicó Winston.

Dicho esto, levantó en brazos a Hunter, que seguía sentado en su sitio. Con una mano le sostuvo las piernas y con la otra le sujetó la espalda; la postura recordaba a la de un padre cariñoso llevando a su hijo al parque.

Vince, aún sentado y aturdido, señaló en la dirección por donde Winston se había ido y balbuceó:

—Ese… ese es un monstruo… Yo ni siquiera podía sostenerlo… ¿Cómo es que levantó a Hunter de un solo movimiento…? ¡Rápido, vayan tras él!

Los dos asistentes no entendieron en absoluto lo que balbuceaba Vince.

Winston caminaba con pasos largos. Hunter, que iba prácticamente sentado sobre su brazo derecho, parecía no pesar nada.

El cuello de Hunter se balanceaba al ritmo de las zancadas de Winston. Bajó la cabeza, confundido, y observó la frente y el puente alto de la nariz del otro hombre.

—Hace un rato… juraría que estaba en una fiesta de conejitas… Marcus… Donald… Luke y Maddie… todos de fiesta… —Hunter estiró los brazos para rodear el cuello de Winston y apoyó suavemente la barbilla en su cabeza.

Winston ya había llegado frente al auto deportivo. No metió a Hunter dentro; en su lugar, alzó la vista para mirarlo.

—Si no hubiera sido una alucinación, no me habrías seducido hace un momento, ¿verdad? —preguntó Winston mirándolo a los ojos.

Hunter volvió a entrecerrar los ojos y, con tono muy serio, replicó:

—¡Error! No fue seducción… ¡fue… fue venganza!

—¿Vengarte de qué? —preguntó Winston en voz baja.

—¿Quién eres? —cuestionó Hunter entrecerrando los ojos—. Pareces de verdad… Winston…

Volvió a toquetearle la cabeza, buscando algo.

—Soy Winston. No tengo orejas de conejo.

—¡Oh, eres Winston! Entonces yo… entonces me voy a vengar de las cosas que me dijiste… y de las cosas que me hiciste… ¡Me hiciste un lío en la cabeza!

—¿Como cuáles?

—Como… como… —Hunter se esforzó por recordar, pero realmente no logró recordar nada.

Porque su cerebro no era capaz de pensar.

—Si no puedes recordarlo, déjalo. Pero más te vale vengarte de mí cientos de veces ahora.

Winston aún lo sostenía en brazos, manteniéndolo en alto sin que sus brazos temblaran un ápice. Su mirada dejaba ver que Hunter era su anhelo inalcanzable pero con el que siempre había soñado.

—¿Entonces me guardarás rencor? —preguntó Hunter ladeando la cabeza.

Los mechones de su frente volvieron a caer, como si estuvieran a punto de ahogarse en las luces de la ciudad.

—No. —La voz de Winston seguía siendo igual de suave, como si lo estuviera tentando a cometer un pecado oculto y atroz.

De repente, Hunter agachó la cabeza y sus labios rozaron la frente de Winston.

Pudo sentir cómo el abrazo del hombre que lo sostenía se tensaba repentinamente.

Lo había puesto nervioso.

Aquella sensación de logro hizo que Hunter se volviera aún más audaz.

Besó los ojos de Winston con una sonrisa y, maliciosamente, asomó la punta de la lengua para juguetear con sus pestañas. Winston contuvo la respiración y alzó el rostro, como si estuviera entregándose por completo a aquel arrogante joven.

—¿Qué es lo que más te gusta de mí? —preguntó Winston en un susurro.

—Tus ojos. —Hunter rio tontamente y continuó repartiendo pequeños besos sobre sus párpados.

—¿Por qué te gustan?

—Porque… son como glaciares azules… azules… ardiendo… —La cabeza de Hunter se balanceaba.

—Eso es diferente a lo que le dijiste a Niki. ¿Cuál descripción es la verdadera? ¿Cuál es la falsa? —volvió a preguntar Winston.

—¿Quién… quién es Niki? —cuestionó Hunter.

—De verdad sabes cómo complacerme. ¿Sabes que no me gusta que recuerdes a otros hombres, así que finges a propósito tener la cabeza vacía?

—Mmm… mmm…

La euforia de la borrachera parecía estar llegando a su fin; Hunter dejó caer la cabeza, a punto de irse hacia atrás.

Winston le dio una pequeña sacudida hacia arriba, empeñado en hacerlo reaccionar, aunque fuera por un breve instante.

—Mmm… —Hunter abrió los ojos, fastidiado, y lo miró.

—Bésame, Hunter. Bésame y creeré que cada palabra que dices es verdad. Entonces te dejaré dormir en paz.

Hunter frunció el ceño. Frotó su mejilla contra la de Winston durante un buen rato, sin saber dónde besarlo. De repente, Winston ladeó el rostro y envolvió sus labios con un beso; su lengua se abrió paso en la boca de Hunter sin aceptar un no por respuesta, succionando sin ningún tipo de moderación.

La inmensa fuerza hizo que la cabeza de Hunter se echara hacia atrás. Winston lo sentó de golpe sobre el capó del Ferrari y le sujetó la nuca. Como un viajero al borde de la muerte por deshidratación que por fin encuentra una fuente de agua, le arrebató toda la humedad de sus labios y lengua.

El aura dominante provocó que Hunter intentara empujar al hombre instintivamente.

Como si aquello lo hubiera enfurecido, el beso se volvió más agresivo, cual preludio de una guerra cruel. La fuerza con la que lo exploraba dejó a Hunter sin posibilidad de resistencia, y su mente comenzó a ceder.

Winston abandonó sus labios; le agarró el cuello y besó su barbilla, como si quisiera devorarlo.

A lo lejos se escucharon voces; alguien se acercaba para recoger su auto.

Winston retrocedió y exhaló pesadamente.

Hunter por fin logró cerrar los ojos, como deseaba, y cayó hacia delante. Apoyó la frente contra el pecho de Winston y dejó escapar una respiración pausada.

Winston apretó los puños a los costados; parecía que, si hacía el menor movimiento, no podría evitar arruinar por completo a ese idiota que confiaba en él y dormía tan plácidamente.

No fue hasta que Hunter comenzó a deslizarse hacia abajo, a punto de caerse del capó, que Winston extendió los brazos para sostenerlo.

Lo levantó, lo sentó en el asiento del copiloto y le abrochó el cinturón de seguridad.

Tenía la cabeza ladeada y los ojos cerrados; estaba totalmente indefenso, como si cualquiera pudiera poseerlo con extrema facilidad.

Winston volvió a besarlo. Lamió la comisura de sus labios, dejó pequeños besos en los bordes y, al final, incapaz de contenerse, volvió a introducir la lengua para hacer estragos en su interior una vez más.

Hunter emitió un suave quejido.

Winston apoyó la frente contra la suya y preguntó con una voz que parecía filtrarse entre sus dientes:

—¿Puedo hacerte mío?

Pero Hunter solo volteó la cara para buscar un ángulo más cómodo y seguir durmiendo.

Winston curvó los labios y agachó la cabeza soltando una ligera risa.

El Ferrari negro avanzó con lentitud a través de la brisa nocturna.

La noche de Tokio parecía ser de día, adornada por luces de neón de todos los colores y pantallas publicitarias LED.

El auto se detuvo en una intersección. Winston giró el rostro y sus dedos acariciaron con delicadeza el cabello de Hunter. Luego, incapaz de reprimirse, deslizó una mano bajo su nuca, lo levantó y lo besó con fuerza durante los escasos diez segundos que le quedaban.

Cerca de la medianoche, Winston finalmente condujo el auto hasta el hotel donde se alojaba Hunter.

Lo sacó en brazos del vehículo y, ante la mirada atónita del personal de recepción, entró al ascensor.

Al llegar a la puerta de la habitación, Winston encontró la tarjeta magnética y acostó a Hunter sobre la cama.

Le quitó los zapatos y los calcetines. El rostro de Hunter estaba casi hundido por completo en la almohada. Con una mano, tiró del borde de su propia camisa y se retorció, incómodo por la restricción que le provocaba el traje.

Winston apoyó una mano junto a la almohada, se inclinó sobre él y trazó un camino de besos desde su frente hasta su oreja:

—¿Quieres que te quite el traje y la camisa?

—Mmm…

—¿Puedo hacerte mío?

—Mmm… —Hunter giró la cabeza, dejando a la vista la hermosa línea de su cuello.

Winston lo levantó un poco, le quitó el saco y lo tiró a un lado.

Hunter abrió apenas los ojos, logrando vislumbrar tenuemente los dedos de Winston mientras desabotonaban su camisa, uno por uno.

Entonces sonrió.

—¿De qué te ríes? —preguntó Winston.

—Tus dedos… son tan bonitos…

Continuó riendo con los ojos entrecerrados. Winston, sin embargo, levantó una mano para taparle los ojos y un beso fiero volvió a invadirlo, asfixiando a Hunter hasta dejarlo sin aliento. Empezó a forcejear y empujó el pecho del otro para girar la cara, pero no importaba a dónde se moviera, los besos voraces y llenos de dominación lo seguían a todas partes.

Hunter encogió las rodillas y comenzó a patear con fuerza.

La mano de Winston aplastó sus piernas contra la cama sin contemplaciones.

Hunter se apoyó firmemente sobre su torso y no paró de retroceder.

Pero los brazos de Winston, apoyados a sus costados, seguían avanzando, acorralándolo paso a paso.

Hasta que la espalda de Hunter chocó con el cabecero de la cama. Tuvo que enderezar la postura, y el beso de Winston, que ejercía presión desde abajo hacia arriba, lo obligó a alzar la barbilla.

Entrelazó sus dedos con los de Hunter y apretó lentamente, inmovilizándolo por completo.

La locura y la ansiedad iniciales se suavizaron poco a poco debido a las evasivas de Hunter. La lengua de Winston lo enganchó con delicadeza; reprimió sus ansias de someterlo para consolarlo y guiarlo.

Hunter, que antes intentaba expulsar su lengua a empujones, fue cediendo en su resistencia. Esa guerra a muerte de labios y lenguas finalmente se transformó en un enredo apasionado.

—Mmm… —Un suave sonido de comodidad brotó de la garganta de Hunter.

Winston hizo todo lo posible por lamer y besar los costados de su lengua, como si consolara a un niño al que habían tratado mal, hasta que Hunter imitó sus movimientos y se enredó con él.

Los hombros de Winston se tensaron. Cerró los ojos y tragó saliva. Aquella placentera sensación significaba que Hunter había tomado el control sobre él.

Retrocedió, pero Hunter, con los ojos aún cerrados, estiró el cuello hacia él, dispuesto a seguir succionando y besándolo.

En ese instante, Winston lo apartó bruscamente. Le sujetó los hombros con ambas manos y, reprimiendo su respiración agitada, le preguntó:

—¿Sabes quién soy, Hunter?

Hunter lo miró atontado, esbozó una sonrisa e intentó besarlo de nuevo.

—No soy una chica conejita. Si no puedes decirme quién soy, no dejaré que me vuelvas a besar.

Su voz era como un vino embriagador; ligeramente fría, pero portadora de una tentación letal.

—Lilith… tú eres mi Lilith… —El rostro de Hunter se iluminó, como si acabara de comprenderlo todo.

—No soy tu Lilith —respondió Winston.

Hunter se puso ansioso de repente. Se abalanzó hacia delante, agarró las manos de Winston y lo inmovilizó violentamente contra el colchón.

Las muñecas de Winston se movieron, lo que hizo que Hunter frunciera el ceño con irritación. Como un niño al que le arrebatan su juguete, aplicó todavía más fuerza sobre las muñecas del otro hombre.

—¡Sí lo eres! ¡Eres Lilith! Lo recuerdo… recuerdo… tus besos… son justo así… así es como me besas tú…

—No soy Lilith…

Antes de que Winston terminara de hablar, Hunter se inclinó de golpe y le mordió el labio inferior con fuerza.

—Mmm… —Winston forcejeó con fuerza para soltarse, pero Hunter deslizó la punta de la lengua por el sitio donde lo había mordido.

Los hombros de Winston se paralizaron. Permitió que Hunter lo mantuviera presionado contra la cama, dejó que, de manera obstinada, forzara su lengua entre sus dientes, como si estuviera buscando algo entre sus labios. Y al no encontrarlo, sus besos se trasladaron a la mejilla de Winston, a su barbilla. Todo se volvió un caos.

Hunter le mordió el cuello y succionó con fuerza, como si pudiera beberse la sangre de Winston a través de su piel.

Winston se liberó del agarre de golpe y obligó a Hunter a levantar la cabeza.

—Míralo bien, soy Van Winston.

Hunter miró al frente con ojos perdidos; su aliento seguía impregnado del aroma a sake.

—…Si es Winston… no puedo besar a Winston… Winston… Te odio. Odio que atraigas a las mujeres mucho más que yo. Odio… ¡Odio que a tu lado no soy más que un crío inmaduro! Odio que seas más maduro y sexi que yo… ¡Odio tu elegancia, odio todo de ti!

En la voz de Hunter había un profundo dolor e indignación.

Winston sostuvo los hombros de Hunter y lo observó por largo rato. Después de mucho tiempo, por fin habló:

—Lo siento, Hunter… No te enojes conmigo. Serás cada vez más excepcional, y habrá más y más personas que te admirarán y te querrán… Es solo que yo… yo no soporto que otros ocupen tu mente… Soy yo quien no puede tolerar que te enamores de alguien más. No soy tan perfecto como imaginas… pero, por favor, no me odies. No me tortures con tu odio.

—¡Aunque me vuelva excepcional, nunca podré alcanzarte! ¡Caminando a tu lado jamás podré sentirme seguro de mí mismo! ¡Te odio! ¡Voy a cortar mi amistad contigo! —gritó Hunter con una terquedad absoluta.

Las manos con las que Winston sujetaba sus hombros temblaron levemente.

—¡Voy a dejar de ser tu amigo!

Gritó Hunter, casi como si estuviera recitando un juramento.

Los brazos de Winston, de repente, perdieron la fuerza para sostenerlo, y Hunter se desplomó, cayendo de bruces sobre él.

Winston cerró los ojos y no dijo nada más.

Sin embargo, Hunter estiró los brazos para abrazarlo con fuerza, apoyando la cabeza contra su mejilla.

—…Pero tú no puedes dejarme.

—Acabas de decir que dejarías de ser mi amigo —respondió Winston.

—Sí. ¡Pero tú no puedes dejarme! —En la voz de Hunter había un tono autoritario.

—Si vas a dejar de ser mi amigo… ¿por qué no puedo dejarte yo a ti? —inquirió Winston.

—Sí… voy a cortar contigo… pero tú no puedes dejarme a mí…

—…Eres demasiado cruel.

La voz de Winston sonó muy débil contra la mejilla de Hunter.

—Voy a dejar de ser tu amigo…

—Lo sé, vas a cortar tu amistad conmigo, pero aun así yo no puedo abandonarte.

—Sí… —murmuró Hunter.

—Como eres tan cruel, me vengaré.

—Mmm…

Volvió a desplomarse.

Winston giró el rostro; parecía no querer mirar a ese tipo que yacía tirado sobre la almohada.

Pero al segundo siguiente, tiró de él. Con la barbilla inclinada hacia atrás y casi inconsciente, Hunter se estrelló contra el pecho de Winston.

Al mediodía del día siguiente, Hunter chasqueó la lengua y se dio la vuelta en la cama. Acto seguido, sintió que perdía la gravedad y cayó de bruces contra el suelo; el dolor en la barbilla le sacó lágrimas.

Se sentó aturdido, con un zumbido resonando en su cabeza. Tanteó el piso y se topó con el saco de su traje y su camisa, que estaba desabotonada y arrugada como un trapo viejo.

Su último recuerdo era estar en el “Kohaku” comiendo comida japonesa y bebiendo sake.

—Ah… el sake es aterrador… —Hunter miró a su alrededor y vio su maleta, lo que le confirmó que, tras emborracharse, alguien lo había llevado de vuelta a su habitación de hotel.

Aún tenía la mente embotada, pero tanto sus labios como su lengua sentían un extraño hormigueo.

—El sake es bastante aterrador, en efecto. —Una voz fría provino desde la cabecera de la cama.

Hunter levantó la vista y se quedó perplejo.

Winston estaba sentado, recostado contra el cabecero, mirándolo fijamente.

—…Tú… ¿qué haces aquí? —Hunter se puso de pie, percatándose de que llevaba puesto su pijama favorito.

—¿Quién me envió un mensaje ayer pidiéndome que viniera a acostarme con él? —Winston arqueó una ceja.

—Ah… —Hunter se quedó con la boca entreabierta—. Tú me jugaste una broma, yo solo te la devolví…

—¿Y quién me besó estando borracho para vengarse de mí?

Winston se enderezó y clavó su mirada en un Hunter que parecía haberse quedado de piedra.

De repente, imágenes fragmentadas inundaron la cabeza de Hunter.

Tenía el vago recuerdo de haber besado a alguien.

Parecía que una voz le había gritado en su mente: “¡Véngate de este hombre! ¡Haz que se sienta tan indefenso como tú! ¡Mejor aún, haz que empiece a tener pensamientos irracionales, igual que tú!”

—¿Y quién me perseguía para besarme mientras le cambiaba la ropa?

—¡Imposible! ¡De eso sí que no me acuerdo para nada! —gritó Hunter.

—Eso significa que las otras dos cosas sí son ciertas. —Winston giró el rostro para verlo—. Así que de verdad querías vengarte de mí.

¡Por Dios santo…! ¿Qué le había hecho a Winston?

¡Ese tipo lo iba a matar!

—Lo siento… Ojo por ojo, ¿no? ¿A quién se le ocurre apretarme contra tus piernas ayer? ¿Sabes lo cerca que quedó mi nariz de tu… coso? ¡Hacer eso lastimó mucho mi orgullo!

¡Tenía que darle la vuelta a la tortilla rápidamente!

¡Siempre y cuando su excusa fuera pasable, Winston se reiría y lo perdonaría!

—¿Acaso te lo metí en la boca?

Hunter jamás se imaginó que la réplica de Winston sería aún más escalofriante.

Tragando saliva, murmuró:

—N… no…

—Entonces, ¿de qué te estabas vengando? —contraatacó Winston.

Hunter se quedó sin palabras. Aquel tipo frente a él tenía un historial terrible de fechorías y provocaciones, pero solo él estaba al tanto de ellas. Si lo decía en voz alta, seguramente aquel hombre lo acusaría de tener la mente sucia y alegaría que todo no era más que una simple broma entre hombres.

¡Si todavía tenía guardado su mensaje de texto en el celular! ¡Y con semejante atrevimiento, ¿todavía tenía el descaro de preguntarle por qué se vengaba?!

—Lo siento, de verdad… —Hunter estuvo a punto de decir “en el peor de los casos, devuélveme todo lo que te haya hecho”, pero en cuanto se dio cuenta de que no eran cosas que se pudieran devolver así sin más, cerró la boca de inmediato.

Winston se levantó de la cama, tomó su abrigo para ponérselo y luego caminó hacia Hunter.

Hunter sintió que su corazón se aceleraba debido a la abrumadora presencia del otro. Aunque quería desviar la mirada, se vio obligado a sostenerle el contacto visual.

—En la carrera de este Gran Premio, si no consigues quedar entre los cinco primeros, te lo voy a meter en la boca.

Las comisuras de los labios de Winston se curvaron lentamente; fue como si una cuchilla afilada se clavara en el corazón de Hunter de la manera más tierna posible, obligándolo a experimentar en cada segundo la agonía de la tortura, sin darle oportunidad de escapar.

—¿Q… qué?

Cada una de las células en el cuerpo de Hunter comenzó a temblar.

Hora del huevo salado:

Winston: Hunter borracho es mucho más adorable.

Hunter: Nunca más volveré a tomar sake japonés.

Winston: En el futuro, solo te invitaré a tomar sake japonés.

Anterior: Capítulo 34

Siguiente: Capítulo 36


Descubre más de Chacanna Traducciones

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted in ,

Deja un comentario

Descubre más de Chacanna Traducciones

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Continuar leyendo