Un prisionero para siempre
A las doce del mediodía, el teléfono de Hunter sonó una sola vez antes de que Winston lo tomara para contestar.
Salió por la puerta; la llamada era de la nutricionista de la escudería.
—¡Pequeño Hunter! ¿Todavía no bajas a almorzar? Tienes que comer bien, si no, te desmayarás durante la carrera, ¿lo entiendes?
—Disculpe, subiré a buscar su almuerzo en su lugar.
Aquella voz, profunda, fría y a la vez educada, dejó a la nutricionista aturdida por un momento.
—Esto… ¿con quién hablo?
Esa voz definitivamente no sonaba como la de nadie del equipo.
—Soy Winston.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¿Eres Winston? ¿El Winston de Ferrari?
—Sí.
—¡Cielos! ¿Ya almorzó? ¿Necesita que también le preparemos algo?
La nutricionista se emocionó. Había escuchado el rumor de que Winston tenía una buena impresión de Hunter, ¡pero nunca imaginó que estaría en su habitación!
Un momento. Si Winston estaba en la habitación de Hunter, ¿por qué ese mocoso no aprovechaba para intercambiar experiencias con él en lugar de atreverse a dormir a pierna suelta?
—Si no es molestia, se lo agradecería.
La respuesta de Winston hizo que el corazón de la nutricionista floreciera de alegría.
¡Cielos, Winston iba a comer el menú nutricional que ellos preparaban!
Cuando Winston llegó al comedor y se llevó las bandejas, toda la escudería que estaba almorzando se quedó estupefacta.
—Esto… ¿Hunter está bien? —preguntó un analista de estrategia con cierta preocupación.
—Está bien. Está durmiendo —respondió Winston, para luego mirar a Marcus.
Marcus se puso de pie para estrecharle la mano. Después de todo… tal vez algún día ocurriera un milagro, el contrato de Winston expirara y estuviera dispuesto a unirse a su escudería.
—Señor Marcus, sobre la carrera de Hunter en la pista de Silverstone, me gustaría ofrecerle un consejo.
Que un piloto de otra escudería viniera a darle instrucciones al equipo de Marcus… Si no fuera Winston, la mayoría habría pensado que era alguien arrogante, con un ego tan grande que resultaba insultante.
Sin embargo, el rostro de Winston no mostraba ninguna expresión de más, y su tono era tan tranquilo y objetivo que resultaba imposible albergar un sentimiento negativo.
—Por supuesto.
—Dadas las características técnicas de Hunter y el rendimiento del monoplaza de ustedes, le conviene una estrategia de tres paradas en boxes. Si en las últimas diez o más vueltas tiene la oportunidad de alcanzar a Donald o a Penny, no duden en arriesgarse con cuatro paradas.
Las palabras de Winston dejaron a Marcus atónito.
—¿Dice que… Hunter puede alcanzar a Donald de Sauber o a Penny de Renault? —Marcus puso cara de considerar eso una fantasía absoluta.
En el último GP, que Hunter lograra el sexto puesto ya había roto los esquemas estadísticos para toda la escudería.
Pero era imposible que siguiera rompiendo las expectativas una y otra vez. Si lograba mantenerse entre los diez primeros en la pista de Silverstone, Marcus ya se sentiría bastante afortunado.
—Por supuesto que puede.
Tras decir aquello, Winston se marchó con las bandejas de comida.
Mientras tanto, Marcus miró atontado al director técnico a su lado.
—Si Hunter condujera un Ferrari… ¿tal vez podría? —dijo el director técnico encogiéndose de hombros.
—¡Oye, este año estamos usando motores Ferrari!
—Entonces… ¿sigue siendo posible?
Hunter se despertó atraído por el aroma de la comida.
Al abrir los ojos, vio a Winston sentado en el borde de la cama.
—Oye… ¿cuánto tiempo dormí?
—Más de dos horas.
—Oh… ¿ese es el almuerzo que preparó la escudería?
—Sí.
—¿Fuiste a buscarlo por mí?
—Sí.
En ese momento, Hunter pudo imaginar las expresiones de los demás miembros del equipo.
—Ven a comer, no sabe mal.
Hunter tomó el plato que Winston le tendió, un poco sorprendido.
Sentía que alguien como Winston… ¿cómo decirlo?, un tipo tan refinado, no soportaría ver a otra persona comiendo en la cama, ¿verdad?
Mientras se llevaba la comida a la boca, no pudo evitar lanzarle un par de miradas de reojo.
El ángulo en el que flexionaba los dedos y la muñeca al enrollar los espaguetis era verdaderamente elegante. Eso, sumado a sus ojos bajos y a la forma en que introducía la pasta entre sus labios, provocó que fuera incapaz de apartar la mirada.
—¿Qué miras? —preguntó Winston alzando la vista.
De por sí ya estaban cerca, pero al toparse así con sus ojos, en el fondo del corazón de Hunter surgió otra oleada de inexplicable inquietud.
—¿Por qué tienes salchichas alemanas en tu plato y yo no? —Se inventó una excusa cualquiera.
—La nutricionista dijo que odias las salchichas alemanas.
—¿Pero las de hoy tienen buena pinta?
Winston no dijo nada; simplemente pinchó un pequeño trozo con el tenedor y lo acercó a los labios de Hunter.
—Pruébala, entonces.
Su corazón dio un vuelco sin motivo aparente; agachó la cabeza y atrapó la salchicha con los labios.
Winston continuó pinchando espárragos y espaguetis para llevárselos a la boca, ignorando por completo el hecho de que su tenedor acababa de estar en la boca de Hunter.
—Sabe bien, ¿me das otra rodaja? —preguntó, preguntándose si volvería a darle en la boca.
En realidad… sabía a demonios…
—Pínchala tú mismo —respondió Winston.
Hunter se sintió bastante decepcionado.
¡Si tuviera que pincharla por sí mismo, de ninguna manera comería esa porquería!
—Por cierto, si logro entrar de nuevo entre los seis primeros en la pista de Silverstone, ¿cómo planeas recompensarme?
Dejó la bandeja y miró a Winston con el rostro lleno de expectación.
La expresión del otro ni siquiera cambió un ápice.
—Obtener el sexto lugar es lo mínimo que deberías hacer, ¿no es así?
—…¿En serio tienes tanta confianza en mí, o solo me estás dando evasivas?
—Cuando se trata de ti, nunca doy evasivas.
Winston finalmente levantó la vista para mirarlo a los ojos.
El cielo oscilante pareció estabilizarse de golpe, dejándolo sin más razones para sentirse tan intranquilo.
—Como sea, es mi primera vez en Londres…
—Lo entiendo. Si logras terminar entre los seis primeros, te acompañaré a dar una vuelta por Londres. ¿A dónde te gustaría ir?
¡Es verdad, Winston es británico!
—Al London Eye. Cada vez que hay una película de desastres, ¡siempre ponen una escena donde se derrumba el London Eye!
—Es solo una rueda de la fortuna. Además, apenas es la cuarta más alta del mundo. Una vuelta entera toma treinta minutos; antes de que pasen treinta segundos te aburrirás y estarás rogando para que te bajen —dijo Winston en un tono indiferente.
—…Oye, lo dices como si me conocieras a la perfección.
—Así es. Para entonces te estarás quedando dormido y balbuceando que no entiendes ese tipo de romanticismo femenino. —Winston hizo la bandeja a un lado y alzó un poco la barbilla.
Su postura evidenciaba un claro desprecio por los gustos de Hunter.
—Oye, ¿nunca has pensado que un día, al terminar una carrera, podrías llevar a la persona que amas a dar un paseo en el London Eye? Podrían abrazarse, podrían besarse. ¿Por qué sería aburrido?
—Entiendo. Treinta minutos son suficientes para hacer el amor.
Hunter casi escupe los espaguetis.
—¡Winston! ¡A ver si tienes el valor de decir eso mismo frente a los medios de comunicación en las entrevistas!
—Podría hacerlo. Sin embargo, me has dado una razón bastante convincente, así que te acompañaré al London Eye. ¿Algún otro lugar al que quieras ir?
—A la Torre de Londres.
—Ese lugar se usaba para encerrar prisioneros.
—¿De verdad es tan espeluznante por dentro?
—No tanto.
—Si yo fuera rey, ¿qué crees que sería lo primero que haría tras ascender al trono? —Hunter soltó una carcajada.
La bandeja estuvo a punto de caerse, pero Winston se apoyó en el borde de la cama con una mano y atrapó firmemente la base del plato con la otra.
—¿Qué harías?
Desde ese ángulo, Winston lo miraba fijamente a los ojos de abajo hacia arriba.
Su respiración rozó los labios entreabiertos de Hunter, filtrándose entre sus dientes, y justo antes de tocar la punta de su lengua, desapareció por completo.
—Te encerraría en la Torre de Londres. Para que fueras mi prisionero por siempre.
Sintió que se había vuelto loco; no tenía idea de por qué había dicho semejante barbaridad.
Originalmente quería decir que decoraría la Torre de Londres como una casa de pan de jengibre para que los niños pudieran jugar gratis.
Pero, en el momento en que Winston se acercó a él, su lengua, sus cuerdas vocales e incluso su cerebro parecieron dejar de pertenecerle.
Se puso ansioso sin motivo, aunque, al recordar el sentido del humor tan seco del otro, se consoló pensando que en realidad no era gran cosa.
—De acuerdo —respondió Winston.
—De acuerdo… ¿con qué?
¿Estaba de acuerdo con ir juntos a la Torre de Londres o con ser su prisionero?
No lo dejes con la duda, ¿podrías ser más específico?
Él no respondió, sino que preguntó:
—¿A dónde más?
Olvídalo… De cualquier manera, no iba a darle una respuesta.
—¡A Eton College! ¿Estará muy lejos de Londres? ¿Qué tal si vamos conduciendo tu Ferrari negro?
De paso, él también podría ponerse un rato al volante.
—No eres precisamente un aficionado al estudio. —La implicación de Winston era clara: no sientes anhelo alguno por las escuelas prestigiosas, entonces, ¿por qué ir tan lejos solo para visitar Eton College?
—¡Oye, en el pasado solía ser una escuela para la nobleza! ¿Acaso no puedo ir a experimentar un poco del ambiente aristocrático?
—En ese caso, no hay necesidad de que vayas —respondió Winston.
—¿Por qué?
—Yo me gradué de Eton. Con solo mirarme es suficiente.
—Oh… —Hunter parpadeó, pasmado—. Con razón tanta gente dice que tienes un aura aristocrática. ¡Resulta que recibiste una educación para nobles!
Sin embargo, en realidad, solo quería ver cómo era la opresiva atmósfera de Eton College más allá de todo ese supuesto refinamiento; esa misma presión que volvió loco al príncipe heredero de Nepal, que crio a alguien tan desocupado como el barón Brocket o que formó a un ladrón y estafador de joyas como Darius Guppy.
Pese a ello, Winston comentó con frialdad:
—En el fondo, no deseas ir para experimentar el ambiente aristocrático; solo quieres burlarte de su llamada educación para nobles, ¿me equivoco?
Hunter se atragantó con el aire.
De pronto, se sintió un poco patético.
¿Por qué la persona que mejor lo conocía en el mundo tenía que ser Van Winston?
—Oye, sigo esperando a que me digas. ¡¿Exactamente cuándo me escuchaste decir groserías?! Esas tres frases… ¡¿Cuándo me oíste decirlas?! —Hunter decidió ir hasta el fondo del asunto.
—En mi vida pasada.
—¡Otra vez con lo mismo! ¡Vida pasada! Esa respuesta es una total evasiva.
Hunter repentinamente se sintió intrigado. A veces le parecía fascinante el humor frío de Winston, que sonaba como una confesión o una insinuación romántica; además, hablar de “vidas pasadas” resultaba sumamente “original”. ¿Por qué no seguirle el juego y ver qué más se inventaba?
—Está bien. Dime entonces, ¿cuándo me oíste decir palabrotas en tu vida pasada? —Hunter apoyó las manos en las rodillas y lo observó con gran interés.
Hora del huevo salado:
Winston: Siempre he sido tu prisionero eterno, solo que el lugar donde perdí mi libertad no fue en la Torre de Londres.
Hunter: ¿Entonces en dónde fue?
Winston: Aquí.
Hunter: ¡Mierda! ¡¿En dónde me estás tocando?!
Deja un comentario