Apenas cruzaron la puerta, Shao Qun acorraló a Li Chengxiu contra la pared. Lo agarró por los brazos, atrapándolo entre el muro y su propio cuerpo, y lo fulminó con la mirada desde arriba.
Li Chengxiu habló con sumisión. —Shao Qun, no te enojes… Quería explicarse, pero aún no entendía si Shao Qun estaba furioso porque no había vuelto a casa o porque había cenado con Li Shuo. Como fuera, Shao Qun estaba hecho una fiera.
—¿Ya te crecieron las alas? ¿Cenando a escondidas con otro hombre?
—Solo somos… compañeros.
—¡Hasta un ciego se daría cuenta de lo que piensa ese viejo pervertido! —rugió Shao Qun. Su nuez de Adán subía y bajaba sin cesar; le resultaba imposible aplacar su propia hostilidad.
Sabía que estaba exagerando un poco, pero no soportaba ver a Li Chengxiu con otro hombre. Era su pequeña mascota. Sin él, Li Chengxiu seguiría siendo un pueblerino con cara de perdedor todo el día. ¿Acaso sería tan seductor como ahora? Quien se atreviera a codiciarlo, que se fuera al diablo.
Los tímpanos de Li Chengxiu zumbaron ante el grito. Miró a Shao Qun con cierta culpa. No se atrevía a imaginar cómo estallaría de rabia si se enterara de lo que Li Shuo le había dicho ese día.
—Él solo es… mi jefe.
—¿Solo tu jefe? Ese viejo pervertido tiene buena pinta. ¿No lo admirabas tanto antes? Decías lo excepcional y capaz que era. Ahora que se fijó en ti, debes estar muy feliz, ¿no? Hasta ese momento, la imagen que Shao Qun tenía del contador de casi cuarenta años que Li Chengxiu mencionaba era la de un ratón de biblioteca gordo y repulsivo, por lo que había bajado la guardia. Nunca imaginó que, al verlo en persona, tendría tanta presencia. Para alguien tan inexperto como Li Chengxiu, bastaba un par de palabras para caer en sus redes. Pensar en la profunda admiración que Li Chengxiu sentía por ese hombre le hizo hervir la sangre de furia.
—No, Shao Qun. De verdad… solo es mi jefe.
—Te lleva a casa, te invita a cenar y encima lleva a un simple pasante a una licitación. Es obvio que te tiene ganas. Y tú colaboras muy bien, ¿eh? ¿Disfrutaste la cena? ¿Fue más entretenido que comer conmigo?
Li Chengxiu palideció. —Shao Qun, te equivocas.
—¿Me equivoco? Desde que empezaste en ese maldito trabajo, te saltas las cenas a cada rato. A veces llegas más tarde que yo. Y viendo lo complaciente que estaba hoy ese viejo asqueroso, es obvio que tanta confianza no surgió de un día para otro. ¡Quién sabe si no se traían ganas desde hace tiempo! —Shao Qun se enfurecía más con cada palabra. En el fondo sabía que Li Chengxiu no tendría el valor de ponerle los cuernos, pero necesitaba soltarlo para obligarlo a negarlo con su propia boca.
Como era de esperar, Li Chengxiu se apresuró a justificarse.
—Shao Qun, a mí no… no me gusta él.
—Por supuesto que no te atreves a que te guste. —Shao Qun le apretó la barbilla y, entornando los ojos, articuló cada sílaba—: Solo te puedo gustar yo.
Los ojos claros de Li Chengxiu se clavaron en los suyos, desprovistos de cualquier engaño.
—A mí… solo me gustas tú.
Shao Qun se quedó de una pieza. Una sensación extraña y desconocida brotó en su pecho, haciéndole sentir una profunda satisfacción ante aquella respuesta.
—¿De verdad te gusto?
Li Chengxiu asintió con seriedad.
A lo largo de su vida, Shao Qun había escuchado hablar de gustos y de amor hasta el cansancio. Palabras verdaderas, falsas, vacías y reales; al final, todo era lo mismo. Sin embargo, era la primera vez que sentía que esas palabras sonaban malditamente bien.
Como se sintió un poco en las nubes, hizo otra pregunta:
—¿Qué tanto te gusto? Apenas lo dijo, se arrepintió. Se preguntó si ese mariquita lo había mareado tanto de rabia; una pregunta tan estúpida solo aparecía en los dramas románticos. No obstante, al formularla, se llenó de expectación. Anhelaba la respuesta de Li Chengxiu; esperaba escuchar algo aún más dulce.
Li Chengxiu pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo y respondió con timidez. —Mucho… me gustas mucho.
La expresión de Shao Qun se suavizó un poco.
—Siendo así, no volverás a ver a ese viejo pervertido. Tampoco regresarás a trabajar ahí. Ni siquiera a tus clases; yo te inscribiré en otro lugar.
Li Chengxiu se alarmó. —No.
El rostro de Shao Qun volvió a ensombrecerse. —¿No?
—Shao Qun, no quiero renunciar. —Li Chengxiu se aferró a su brazo en un ruego desesperado—. Shao Qun, me gusta… este… trabajo. No quiero renunciar.
Shao Qun le apartó el brazo de un manotazo y le agarró la mandíbula con brutalidad, obligándolo a levantar el rostro para mirarlo. Su tono fue letal.
—No quieres renunciar. ¿Acaso quieres seguir coqueteando con ese viejo asqueroso?
—No es…
—¡Una mierda! ¿Acaso no entiendes cómo guardar las distancias? ¿O eres tan zorra que necesitas acostarte con él? ¡O te quedas en casa a servirme como debe ser, o te largas de una maldita vez! —escupió Shao Qun.
Li Chengxiu se quedó rígido. Sus ojos comenzaron a enrojecer.
Al ver sus ojos llorosos, a Shao Qun lo invadió la irritación. Lo agarró por los hombros y le dio la vuelta, pegando su rostro contra la pared y dándole la espalda. Con brusquedad, empezó a tirarle del cinturón.
Li Chengxiu, aterrado, giró la cabeza para suplicar. —Shao Qun, no…
Shao Qun lo agarró por la nuca y le torció la cabeza de vuelta. La fuerza fue tal que la frente de Li Chengxiu se estrelló contra la pared con un ruido seco.
—No me dejes ver esa cara de mariquita tuya.
El golpe mareó a Li Chengxiu. En medio de su aturdimiento, sintió un escalofrío en la parte inferior de su cuerpo; los pantalones, la ropa térmica y la ropa interior, todo le fue arrancado de un tirón.
Shao Qun escupió sobre su mano. Con dedos helados, se abrió paso entre sus nalgas y comenzó a expandir la tensa y estrecha abertura sin la menor pizca de delicadeza.
Li Chengxiu se echó a llorar, pero no se atrevió a darse la vuelta ni a oponer resistencia. Le aterraba el Shao Qun de ese momento, y al mismo tiempo, odiaba su propia cobardía.
Al considerar que la preparación era suficiente, Shao Qun se bajó la cremallera. Sacó su miembro, se lo frotó con impaciencia un par de veces, separó los blancos glúteos de Li Chengxiu y se empujó en su interior.
—Shao Qun, no… —El llanto ahogado de Li Chengxiu se alzó como un susurro débil, incapaz de frenar la atrocidad desatada por la furia de Shao Qun.
La apresurada preparación había sido demasiado burda. Aunque la enorme hombría de Shao Qun logró penetrarlo, el dolor hizo que Li Chengxiu apretara los dientes en una mueca de agonía, mientras sus dedos arañaban de manera inconsciente el yeso blanco de la pared.
Semejante invasión temeraria tampoco le resultó cómoda a Shao Qun, pero la terquedad lo dominaba. A pesar del malestar, comenzó a moverse con fuerza. Quería causarle dolor a Li Chengxiu; quería grabarle esa lección para siempre.
Las tensas paredes de carne fueron sometidas por completo ante la embestida implacable, cediendo y relajándose poco a poco, lo que facilitó las estocadas de Shao Qun. El placer de la fricción terminó acaparando sus sentidos. Aplastó a Li Chengxiu contra el muro y embistió con brutalidad.
Li Chengxiu aún llevaba la ropa en la parte superior, pero de la cintura para abajo estaba completamente desnudo. Sus largas piernas habían sido forzadas a abrirse de par en par. Con el rostro aplastado contra la pared helada, jadeaba por el tormento, soportando el embate huracanado de Shao Qun.
Shao Qun le inmovilizó la cadera con una mano y metió la otra bajo su ropa, maltratando sus pezones con fuerza; incluso los pellizcó y retorció con malevolencia. La aflicción hizo que Li Chengxiu arqueara la espalda, lo que elevó sus nalgas de forma natural, facilitándole aún más el paso a Shao Qun. Aquella tortura por partida doble lo dejó sin fuerzas en las piernas.
Al ver que Li Chengxiu comenzaba a colapsar, Shao Qun lo arrastró hasta el sofá y lo forzó a arrodillarse a cuatro patas. Su trasero quedó alzado en el aire, ofreciendo su sexo como si fuera un sacrificio.
Shao Qun le agarró las nalgas pálidas y volvió a incrustarse sin piedad en aquel orificio enrojecido. Impulsó las caderas y chocó contra él con fiereza; a esas alturas, ya ni siquiera parecía una embestida, sino una puñalada tras otra. La fuerza y la velocidad atroces fragmentaron los quejidos de Li Chengxiu. Su cuerpo esbelto daba la impresión de que se desmoronaría en cualquier segundo bajo aquel castigo atroz.
—Shao Qun… ya basta, Shao Qun…
Li Chengxiu tenía la mitad del cuerpo colgando, con la cabeza hacia abajo. Su figura estaba retorcida en una postura humillante, asimilando en agonía el deseo desbordante de Shao Qun.
Ya había perdido la noción del tiempo que llevaba soportando aquella violación que lo hacía temblar. Solo sabía que su cuerpo entero estaba entumecido y su mente comenzaba a nublarse. Bañado en sudor y con el rostro empapado en lágrimas, suplicaba entrecortadamente.
—Shao Qun… te lo ruego… Shao Qun…
Ya no podía más. ¿Hasta cuándo duraría esa tortura? Esa unión, que solo era una forma de descargar su ira, no solo le causaba dolor físico, sino que también le congelaba el alma.
Shao Qun era como una bestia rabiosa; necesitaba hacer pedazos a su presa para calmar su propia agitación.
Quién sabe cuánto tiempo pasó hasta que Shao Qun detuvo aquel saqueo interminable. Arrojó a un Li Chengxiu empapado en sudor sobre el sofá, se dio la vuelta, entró al dormitorio y cerró la puerta de un portazo.
Li Chengxiu se hallaba en un estado de semiconsciencia. Tumbado en el sofá, con las extremidades flácidas y sin fuerzas, tenía la entrepierna embadurnada de fluidos blanquecinos. Las marcas rojizas y amoratadas salpicaban su torso y sus piernas, un contraste grotesco sobre su piel inmaculada.
La sala estaba helada y aún seguía desnudo de la cintura para abajo. Quiso levantarse para tomar un baño, pero ni siquiera le quedaban energías para mover un dedo.
El sonido de sus sollozos resonó en el silencio. No entendía cómo Shao Qun había podido hacerle eso. ¿Había cambiado, o nunca lo había visto con claridad desde el principio? Creía que, pese a ser iracundo y déspota, guardaba ternura en su corazón.
Se sentía agraviado y desamparado, pero no sabía qué más hacer aparte de llorar. Incluso él mismo se despreciaba.
Al entrar al cuarto, Shao Qun se desplomó sobre la cama. Estaba tan agotado que no quería mover ni un músculo.
Clavó la mirada en la luna a través de la ventana, esperando a que Li Chengxiu abriera la puerta y entrara.
Sabía que había actuado de forma impulsiva; casi nunca se arrepentía de sus arrebatos, pero ese día era la excepción. Se arrepentía un poco. Parecía que se había excedido. No sabía si Li Chengxiu sería capaz de soportarlo.
Sin embargo, él mismo había dado el portazo. Pasara lo que pasara, su orgullo le impedía levantarse y abrir la puerta.
Si tan solo Li Chengxiu entrara en ese momento y se acurrucara en sus brazos como siempre, podrían dar vuelta a la página y seguir como si nada hubiera pasado.
¿Por qué Li Chengxiu aún no entraba?
¿Acaso estaba enojado?
¿Qué derecho tenía él a enojarse?
¿Le prepararía el desayuno a la mañana siguiente?
Shao Qun se dio la vuelta y se tumbó en la cama con los brazos y las piernas extendidos. Descubrió que esa cama era verdaderamente enorme; no alcanzaba los bordes por ninguno de los lados. No podía alcanzar nada.
Se quedó recostado con los ojos abiertos. El tiempo transcurrió en silencio. No se escuchaba el menor ruido en la casa. El cansancio lo invadió poco a poco y se quedó dormido sin darse cuenta.
A mitad de la noche, se despertó por el frío. Al tantear la cama en busca de algo cálido, se despabiló de golpe. Levantó la mano para mirar el reloj. Ya eran pasadas las tres de la madrugada. ¿Dónde estaba Li Chengxiu?
Se sentó de un salto y sacudió la cabeza, recordando que Li Chengxiu nunca había entrado a la habitación. ¿Habría ido a dormir al cuarto de invitados? ¿A qué jugaba? ¿Tenía las agallas para hacerle un berrinche?
Shao Qun se levantó de la cama. Apenas llegó a la sala, vio a Li Chengxiu desnudo en el sofá. Su frágil cuerpo estaba hecho un ovillo, temblando sin parar. Se veía tan lastimoso.
Shao Qun sintió un pinchazo en el corazón. Se acercó de inmediato.
—Chengxiu…
En cuanto sus dedos rozaron el hombro del chico, descubrió que ardía de manera alarmante.
Shao Qun lo levantó en brazos de un solo movimiento.
—¿Cómo está? —preguntó Shao Qun al borde de la cama, mirando a Li Chengxiu inconsciente.
El médico se acomodó los lentes.
—No es nada grave. Pescó un resfriado y le dio fiebre. Cuando termine el suero, quítale la aguja. Que tome estas medicinas según las indicaciones. Si mañana no le ha bajado la fiebre, llámame otra vez.
Shao Qun asintió, sin apartar los ojos de Li Chengxiu.
El cuerpo del joven estaba envuelto por un pesado edredón nórdico, dejando al descubierto apenas su pequeño rostro con las mejillas teñidas de rojo. Parecía más frágil que nunca; era como si llevara un cartel en la frente pidiendo a gritos ser tratado con cuidado.
Una vez que el médico se marchó, Shao Qun se sentó al lado de la cama y se quedó contemplando la botella de suero.
El líquido goteaba con lentitud. Tic, tac. Ese tiempo vacío y sin respuesta le ahogaba los nervios.
Consultó su reloj; era la hora en que solía levantarse los días laborables. En una mañana normal, alguien lo despertaría con voz suave sin fallar ni un minuto, le acomodaría las pantuflas, le pondría la pasta en el cepillo de dientes y le prepararía el desayuno.
Ahora, esa misma persona estaba tendida en la cama, tan vulnerable que parecía desvanecerse.
Una repentina soledad lo invadió. Ya se había acostumbrado a su vida con Li Chengxiu. Jamás se le cruzó por la mente que una mañana sin él resultaría tan… abrupta. Como si le hubieran amputado una parte de su rutina.
Se quitó los zapatos, se subió a la cama, levantó las sábanas con sigilo y abrazó el cuerpo ardiendo de Li Chengxiu. Solo entonces, por fin pudo cerrar los ojos con tranquilidad.
Li Chengxiu permaneció inconsciente hasta que llegó la noche. Tras recibir dos botellas de suero intravenoso, su temperatura descendió de a poco.
Abrió sus pesados párpados y distinguió un débil resplandor.
Shao Qun estaba sentado a su lado, tecleando en su laptop de forma silenciosa. Al verlo despertar, dejó la computadora de lado al instante.
—Chengxiu, despertaste —dijo, rebosante de alegría.
Li Chengxiu le dirigió una mirada confusa.
—¿Tienes sed? ¿Tienes hambre? Te dio fiebre, llevas dormido todo el día.
Con dificultad, Li Chengxiu logró articular una palabra a través de su garganta ronca y adolorida. —Sed…
Shao Qun saltó de la cama para servirle un vaso con agua. Sosteniéndole la cabeza, le dio a beber con lentitud.
Li Chengxiu moría de sed; se tomó dos vasos enteros a grandes tragos.
Shao Qun lo ayudó a sentarse y lo apoyó contra el cabecero de la cama.
—Chengxiu, ¿tienes hambre?
El joven asintió, medio atontado.
Shao Qun fue a la cocina, sirvió un plato de la avena de arroz que había mantenido caliente en la olla arrocera y se lo acercó.
—Pedí que lo prepararan en el hotel. Está caliente, come un poco. Vamos, abre la boca.
Li Chengxiu obedeció de manera mecánica, tragando bocado a bocado lo que Shao Qun le ofrecía.
Llevaba un día entero sin probar alimento, así que no tardó en devorarlo. Cuando Shao Qun le preguntó si quería más, negó con la cabeza.
Shao Qun dejó el plato sobre la mesa y le acarició la frente. —¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele algo?
Con los ojos muy abiertos, Li Chengxiu parecía estar absorto en sus pensamientos. Pasó un buen rato antes de que se girara hacia Shao Qun; entonces, cerró los párpados por puro agotamiento y volvió a negar con la cabeza.
Shao Qun volvió a recostarlo y lo arropó con delicadeza. —Duerme otro rato. Mañana haré que el doctor venga a revisarte otra vez. Con suerte, la fiebre desaparecerá.
Debajo de las sábanas, Li Chengxiu se encogió sobre sí mismo en el más absoluto silencio.
***
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