La “venganza” del presidente Gu
—¿Pero qué demonios hice? ¡¿Con quién me metí?! —protestó Peng Fang, bajando la voz con una mezcla de indignación y pesar—. Solo abrí la boca para bromear y decir que era mi cuñada. Por eso se pasó toda la noche sonriéndome mientras me llamaba “hermano” por aquí y “hermano” por allá, solo para embutirme medio litro de licor blanco. ¡¿Era para tanto, Gu Qingpei?! ¡¿Es que no tiene la más mínima nobleza?!
Yuan Yang se burló con evidente regocijo:
—Eso te pasa por bocón.
Peng Fang se masajeó las sienes, que no dejaban de pulsarle por el dolor.
—Te lo digo en serio, esa parejita tuya es de armas tomar —comentó—. Estás completamente perdido para el resto de tu vida.
—Y me encanta.
—Cochino. Qué asco das.
—¿Yuan Yang? ¿De qué están hablando? —Gu Qingpei salió de la cocina trayendo consigo una taza de té de jengibre. Lo colocó sobre la mesa de centro y, con una sonrisa fija en Peng Fang, le dijo—: Presidente Peng, beba un poco de té para cortar el efecto del alcohol. Oh, o debería llamarlo hermano…
—¡No, no, no, no! Por favor, no me lo merezco, de verdad que no me lo merezco —respondió Peng Fang, muerto de miedo.
—Termina de bebértelo para que pueda llevarte a tu casa. Dejaste la mía apestando a puro alcohol —intervino Yuan Yang con tono de desprecio.
—Maldita sea, ¿y quién demonios fue el que me emborrachó hasta dejarme… así? —replicó Peng Fang, lanzándole una mirada cautelosa a Gu Qingpei, todavía con el temor metido en el cuerpo.
Gu Qingpei se limitó a sonreír sin pronunciar palabra.
—¡Qué gran capacidad para el alcohol tiene, presidente Gu! —exclamó Peng Fang, levantando el pulgar en señal de profunda admiración.
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