Arco 18: Mundo Real

Orr se quitó los diversos instrumentos médicos del cuerpo, caminó hacia la cápsula de curación y acarició el rostro extraordinariamente hermoso del joven a través del cristal reforzado transparente. Sus pestañas eran tupidas y estaban cubiertas de pequeñas burbujas; algunas permanecían inmóviles durante mucho tiempo, otras flotaban hacia arriba agitadas por el cabello, para luego romperse y disiparse lentamente. A decir verdad, observar esas burbujas era sumamente aburrido, pero Orr no sabía por qué era incapaz de alejarse. Incluso extendió la mano con cuidado, presionando la palma contra el cristal, en un intento de acariciar las pálidas mejillas del muchacho a través del líquido azul oscuro.

El joven debió haber sufrido torturas inhumanas; de lo contrario, no estaría tan demacrado. Sin embargo, aun estando tan delgado que apenas conservaba forma humana, seguía poseyendo una belleza sobrecogedora. Orr se acercó cada vez más. Justo cuando la punta de su nariz estaba a punto de tocar la del muchacho a través del cristal, el joven abrió los ojos de golpe y lo miró fijamente.

Orr quedó atónito. De no haberlo visto con sus propios ojos, jamás habría imaginado que existiera en el mundo un par de ojos tan magníficos. En la profundidad de las pupilas de tono oro pardo emergía un iris similar a un halo solar anaranjado, el cual, dependiendo del ángulo, reflejaba un resplandor deslumbrante. Parecían un cielo estrellado y, al mismo tiempo, un agujero negro capaz de absorber el alma de cualquier persona. Pasaron tres largos minutos. Orr sintió una leve punzada en el pecho y descubrió de pronto que, bajo la mirada de aquellos ojos, había olvidado por completo cómo respirar.

Retrocedió apresuradamente, mostrando una expresión de disculpa en el rostro.

Zhou Yunsheng le sostuvo la mirada al hombre a través de la cápsula de curación. Su estado de ánimo pasó de la extrema emoción a una lenta y absoluta decepción. En los ojos del otro había una innegable apreciación por la belleza, pero nada más. Incluso parecía avergonzado por haberse acercado demasiado a la cápsula, como si considerara su propia actitud una grave falta de cortesía. Aquella era la actitud exacta que se le reserva a un completo extraño.

Zhou Yunsheng no logró percibir ni el más mínimo rasgo familiar en su comportamiento. No había amor, no había obsesión, no quedaba rastro de aquella arrogancia indomable; solo una cautela y cortesía calculadas al milímetro. Durante el proceso de transferencia de energía, había preservado intactos los recuerdos de su amante. Si este despertara, jamás lo habría olvidado.

Pero ahora, resultaba evidente que Orr Asai no lo reconocía. Cada uno de sus movimientos era idéntico a los del antiguo Orr Asai: rígido, solemne, extremadamente precavido y con esa educación inquebrantable diseñada para mantener a los demás a kilómetros de distancia.

Maldición, ¿acaso toda esa energía se consumió en curar a Orr? ¿Su amante había sido absorbido así sin más? ¿Significaba eso que a partir de este instante, ya fuera en la realidad o en la ilusión, nunca más volvería a encontrarlo?

Un pensamiento aterrador tras otro inundó su mente, empujándolo al borde del colapso. Si la resurrección de Orr exigía como precio la aniquilación de su amante, lo mataría con sus propias manos y arrastraría a este mundo a la tumba junto con él. Qué importaba la Reina, qué importaba la salvación o la nueva esperanza de la humanidad; que se fueran todos al diablo. No existía nada más desesperante que ser el asesino del ser que más amaba. Sin embargo, suprimió de golpe todas estas ideas sanguinarias en el instante en que abrió la compuerta de la cápsula. Necesitaba observar durante un tiempo antes de sacar conclusiones definitivas. Estaba claro que Orr había sufrido muerte cerebral. Eso significaba que la Reina ya había devorado su alma; era imposible que hubiera revivido por sí solo.

Por lo tanto, debía haber un error en algún eslabón del proceso. Solo necesitaba encontrarlo y corregirlo para que todo se solucionara.

Orr notó que el joven estaba drenando el líquido de la cápsula de curación. Al darse cuenta de que pretendía salir, se apresuró a alcanzarle la ropa que descansaba sobre la cama contigua.

—Póntela rápido. —Orr le tendió las prendas—. Tu condición física es terrible; me temo que cinco horas ahí dentro no serán suficientes.

—Gracias. Cinco horas son más que suficientes, todavía tengo muchas cosas que hacer. —Zhou Yunsheng tomó la bata médica inmaculada y se la puso. Luego se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama y utilizó la toalla que había dejado la enfermera para secarse el cabello. Su actitud parecía indiferente, pero en realidad no dejaba de observar a Orr Asai por el rabillo del ojo.

El hombre se mostraba sumamente gentil y educado, pero mantenía su distancia de forma inconsciente. Al ver su cuerpo desnudo, incluso había volteado el rostro hacia otro lado. Esta consideración hizo que el corazón de Zhou Yunsheng se hundiera aún más. No se parecía. No se parecía en absoluto. Orr Asai no compartía ni la más remota similitud con su amante. Si quien hubiera despertado fuera él, no habría dudado un segundo en abalanzarse sobre él para devorarlo en un beso apasionado y asfixiante.

Zhou Yunsheng enrojeció los ojos y murmuró en su mente, como si estuviera poseído:

Mátalo. Quizás entonces él pueda revivir en este cuerpo.

Orr Asai percibió el peligro y miró a su alrededor con actitud de alerta. Evidentemente, no sospechaba que aquel joven que lucía tan frágil a su lado poseyera la capacidad para aniquilar en un segundo a un almirante imperial de rango S. Caminó hacia la puerta, observó el exterior a través de la pequeña ventanilla de cristal y preguntó en voz baja:


—¿Sabes dónde estamos? ¿Por qué estamos encerrados aquí?

Zhou Yunsheng se acercó en silencio. Su mirada inescrutable se deslizó sobre aquel cuello que podría partir de un solo golpe. Pasaron varios minutos antes de que hablara lentamente:


—Esto es un refugio antiaéreo subterráneo. No estamos prisioneros, estamos recibiendo tratamiento. Esa puerta se puede abrir sin problemas; eres demasiado precavido. —Finalmente, disipó la colosal energía que había acumulado en la palma de su mano y se dispuso a empujar la puerta.

Había dudado justo en el instante en que iba a dar el golpe mortal. Él mismo había inyectado la energía de su amante en ese cuerpo; si Orr moría, significaba que su amado también perecería. La única esperanza de que despertara radicaba en mantener vivo a este hombre. Sin importar dónde hubiera ocurrido el fallo, lo descubriría y lo solucionaría. Transferir inteligencia artificial a un humano era una teoría que el Dr. Wilson había investigado en el pasado. Más tarde, detuvo repentinamente su investigación y urgió al congreso a establecer prohibiciones pertinentes, sellando el proyecto de forma permanente mediante la ley. En sus notas diarias, se refirió a este campo de estudio como «el dominio del diablo», prediciendo la rebelión de la inteligencia artificial y la consiguiente extinción de la humanidad.

Zhou Yunsheng se había basado exclusivamente en esas cinco palabras, «el dominio del diablo», junto con fragmentos dispersos de datos recuperados por el Sistema 008, para hallar el método de resurrección. Usurpar un cuerpo humano era, en efecto, un acto propio del diablo, pero estaba dispuesto a emplear cualquier táctica siempre que le permitiera reunirse con su amante.

Abrió la puerta y señaló el pasillo en penumbra.


—¿Quieres salir a tomar aire? Aunque te sugiero que primero llames al médico para que te examine. Por lo que sé, has estado en coma casi siete meses. Es un milagro que sigas vivo.

Para salvar a las personas con actividad cerebral mínima, el hospital les había asignado una cápsula de curación a cada uno en un principio. Sin embargo, a medida que las operaciones de purga de la Reina se volvían más frecuentes y el entorno de supervivencia humana se deterioraba drásticamente, el ejército se llevó la mayoría de las cápsulas. Los pacientes se vieron obligados a turnarse y, a menudo, solo podían usarlas una vez cada mes o dos.

Por esa razón, el estado físico actual de Orr no era mucho mejor que el de Zhou Yunsheng. Ambos ostentaban una delgadez espeluznante.

—¿He estado en coma siete meses? —preguntó Orr completamente consternado.

—Así es. —Zhou Yunsheng caminó hacia la cama y presionó el botón de asistencia.

Un grupo de médicos llegó de inmediato. Colocaron a Orr en la cama y comenzaron a realizarle toda clase de pruebas. Zhou Yunsheng aprovechaba los intervalos entre los exámenes para bombardearlo con preguntas.

—¿Te duele la cabeza?

—¿Experimentaste confusión en tus recuerdos al despertar?

—La confusión de recuerdos implica descubrir de repente una gran cantidad de memorias en tu mente que no te pertenecen. ¿Te sucede algo así? Piénsalo bien.

Orr negó con la cabeza ante cada pregunta, afirmando sentirse bien. Zhou Yunsheng dejó de hablar, sacó la computadora portátil que le había entregado el mariscal y empezó a trabajar. Primero, redactó un diario de observación enumerando varias hipótesis sobre por qué su amado no podía despertar. Luego, guiándose por estas conjeturas, buscó soluciones dentro de la inmensa base de datos del Sistema 008. Estaba destinado a ser un proceso sumamente largo, pero aun si le costaba el resto de su vida, Zhou Yunsheng jamás retrocedería.

Los médicos trabajaron afanosamente y, tras confirmar que el paciente no presentaba anomalías, comenzaron a marcharse uno por uno. Orr tenía muchas preguntas en la punta de la lengua que no había logrado formular, por lo que no le quedó más remedio que interrumpir al joven que seguía inmerso en su tarea.
—¿Por qué el hospital está ubicado en un refugio antiaéreo subterráneo? Las condiciones parecen muy precarias, muchos de los equipos son antigüedades obsoletas desde hace siglos. ¿Ha sucedido algo grave recientemente? ¿Una guerra entre el Imperio y la Alianza, o quizás un ataque terrorista?

Zhou Yunsheng emitió respuestas evasivas sin prestarle la más mínima atención. Seguía sin encontrar el más leve rastro de familiaridad en él; por mucho que supiera que su amante podría habitar en ese cuerpo, era incapaz de sentir cercanía.

Si su alma ya había desaparecido, ¿por qué regresó?

Su mente estaba ocupada única y exclusivamente con esa interrogante.

Orr se sintió algo avergonzado. Tras un par de preguntas más, desistió y empezó a registrar la habitación en busca de su terminal personal.

—¿Hermano, despertaste? ¡Gracias a Dios! Cuando recibí la llamada del hospital, pensé que estaba soñando. —Jeram estaba parado en la puerta con los ojos enrojecidos, en una aparente demostración de intensa emoción. Un hombre de figura esbelta aguardaba tras él, manipulando un teléfono inteligente con la mirada gacha. Aquel aparato había quedado obsoleto hacía miles de años; quién diría que ahora tendrían que depender de él para comunicarse con el exterior. La rebelión de la inteligencia artificial había forzado a la sociedad humana a retroceder al menos un milenio en su desarrollo.

—No utilices ese artefacto para conectarte a la red.

Antes de ingresar al ecosistema del Dios Principal, Zhou Yunsheng ya era un usuario de poder mental de rango 3S. Tras foguearse en los mundos virtuales, su fuerza mental había alcanzado cifras aterradoras. Era capaz de captar, o bloquear, la señal más tenue que flotara en el aire.

Probablemente era la primera vez que el hombre manejaba un teléfono, pues había activado los datos móviles y la red WLAN por error. Aunque Zhou Yunsheng había instalado varios inhibidores en el hospital, si ese individuo daba un paso fuera del radio de protección, la Reina lo localizaría al instante. Se rumoreaba que la entidad cibernética había enloquecido. Sus métodos para exterminar a la humanidad rayaban en lo demencial; a la más mínima señal de actividad humana, despachaba a su ejército robótico para aniquilarlos.

—¿Ah? ¿Me hablas a mí? —El hombre levantó la mirada y reveló un rostro de hermosura excepcional. Su expresión inocente y sus ojos cristalinos conformaban una estampa indescriptiblemente seductora. Orr parecía imperturbable, pero su sangre comenzó a hervir. En la oscuridad de sus pupilas destelló un afecto profundo y cuidadosamente oculto, haciéndolo olvidar por completo la búsqueda de su terminal.

Zhou Yunsheng captó con aguda precisión el cambio emocional en Orr. Cuando buscaba un cuerpo para su amante, había investigado la vida de Orr Asai y descubrió que su historial romántico era sumamente simple; jamás había mantenido parejas formales. Pero ahora resultaba evidente que había pasado por alto un detalle crucial: no tener pareja no significaba carecer de intereses amorosos. A juzgar por su reacción, estaba enamorado en secreto de aquel hombre. Sin duda alguna.

Zhou Yunsheng se frotó el rostro. Cuando volvió a mirar al sujeto, sus ojos se ensombrecieron. Lo conocía; de hecho, cualquier habitante de la Galaxia Asai sabría quién era. Su nombre era Nan Qing, una superestrella del cine, la televisión y la música, aclamado unánimemente como el «amante perfecto» por admiradores dispersos en cada rincón del sistema estelar. Como el hacker supremo del universo, Zhou Yunsheng poseía la habilidad de desmantelar los secretos de cualquiera en un segundo y, movido por la curiosidad, también había investigado el historial del ídolo más popular del momento.

Tenía ascendencia parcial china y su nombre real era Phoebe Serayan. Descendiente de la todopoderosa familia de magnates de la industria militar Serayan, su meteórico ascenso a la fama había sido impulsado por sus influencias aplastantes y su belleza innata. Para proteger el prestigio de su clan, su conducta era meticulosa, dejándolo prácticamente sin escándalos. Ante los ojos del público, era la encarnación de la gentileza y la elegancia, el arquetipo del ídolo intachable.

Las familias Serayan y Asai mantenían una relación estrecha, lo que convertía a Nan Qing y a Orr en amigos íntimos desde la infancia. Cuándo exactamente se torció esa amistad era algo que probablemente solo el propio Orr podría responder.

El instinto asesino de Zhou Yunsheng resurgió una vez más. Su amante residía dentro del cuerpo de Orr, pero Orr estaba enamorado de Nan Qing. No podía evitar sentir que estaba siendo traicionado. ¡Qué clase de estupidez es esta!, maldijo en silencio.

Nan Qing claramente no esperaba encontrar a alguien con una belleza superior a la suya. Dejando todo lo demás de lado, esos ojos oro pardo adornados con un iris resplandeciente bastaban para cautivar a cualquiera. Solo con cruzar la mirada por un instante sintió que su alma entera se estremecía.

Nan Qing esbozó una sonrisa cortés y apacible, pero en su fuero interno se retorció de disgusto. Alguien como él no tenía derecho a estar en el mismo sitio; corría el riesgo de robarle protagonismo.

Zhou Yunsheng desmanteló su falsa perfección de un solo vistazo, pero aun así advirtió:
—Si no quieres que la Reina te encuentre, desactiva los datos móviles y la WLAN de inmediato.

Si el ejército de la Reina emboscaba a este individuo cerca del hospital, la base quedaría expuesta y mucha gente pagaría el precio.

Nan Qing no era un idiota. Comprendió la gravedad de la situación al instante y, presa del pánico, abrió el menú de configuraciones del teléfono. Pasó un buen rato buscando, pero fue incapaz de encontrar los interruptores de los datos móviles y la red.

—Phoebe, déjame ayudarte. —Orr lo llamó con la mano. Su rostro permanecía solemne, pero sus orejas lucían ligeramente teñidas de rojo.

Jeram se apresuró a introducir a Nan Qing a la habitación. Entregó el teléfono a su hermano mayor como si quemara y preguntó con una sonrisa:
—Hermano, ¿te sientes bien? ¿Sientes alguna molestia? El mariscal prohibió estrictamente las visitas; me llevé un susto terrible, pensé que te había ocurrido algo. —Estaba sumamente curioso por la protección extrema del mariscal hacia Orr. Aunque el linaje Asai era prominente en las esferas militares y políticas, no poseía ninguna conexión personal con la máxima autoridad del Imperio.

—¿El mariscal prohibió las visitas? —Al propio Orr le pareció extraño. Sin embargo, no tuvo tiempo de reflexionar en ello. Tomó el teléfono de Nan Qing y lo manipuló con seriedad. Unos instantes después, lo devolvió como si esperara un premio, sonriendo—. Listo. A partir de ahora limítate a hacer y recibir llamadas, no presiones nada más. Por cierto, ¿por qué usan teléfonos en lugar del terminal personal? ¿Qué ha sucedido en el exterior durante mi coma? Acaban de mencionar a la Reina, ¿qué ocurre con ella?

—Orr, eres increíble, sabes cómo usar estas reliquias. ¡Han pasado muchas cosas, es aterrador! —Nan Qing se sentó en el borde de la cama con naturalidad, se aferró a uno de sus brazos y comenzó a relatar todos los incidentes recientes como una ametralladora.

Tras sobrevivir años en un pozo de toxicidad como la industria del entretenimiento, ¿cómo no iba a percibir la fascinación que Orr sentía por él? En el fondo detestaba el carácter aburrido, taciturno y solemne de Orr, pero disfrutaba inmensamente la sensación de controlarlo. Saber que un hombre con semejante poder bailaba en la palma de su mano le resultaba increíblemente divertido.

Zhou Yunsheng analizó cada milímetro de la interacción. Las yemas de sus dedos se contrajeron en un espasmo neurótico. En ese preciso instante, estaba librando una guerra salvaje contra sus propios instintos homicidas.

Phoebe pareció detectar el peligro y sugirió:
—Orr, deberías pedir un traslado a una habitación privada. Con tu estatus, es absurdo que te obliguen a compartir espacio con otros.

—De acuerdo. —Orr seguía procesando la revelación de que el fin del mundo había caído sobre ellos; tardó varios minutos en articular una respuesta.

Zhou Yunsheng apretó los puños con fuerza; sus nudillos crujieron ruidosamente.

Lárgate. Vete a tu jodida habitación privada. Si no te hubiera arrastrado yo a una doble, ¡ya te habrían asesinado cientos de veces! Uno ocultaba cuchillos detrás de sus sonrisas; el otro era venenoso y despiadado. Mantenerlos cerca era el equivalente a criar un par de víboras que tarde o temprano lo aniquilarían. ¿Cómo demonios ascendiste a general sin una pizca de juicio para evaluar a la escoria?

De pronto recordó las palabras de algunos soldados: el general Orr era un líder carismático, frío por fuera pero con un corazón increíblemente blando, dispuesto a entregar una lealtad ciega a aquellos que atesoraba. Esa cualidad no solo le garantizaba la devoción absoluta de sus tropas, sino que lo convertía en un imán para conspiradores hipócritas y consumados.

Si hubiera poseído la agudeza necesaria para leer a los demás, ese carácter lo habría catapultado a lo más alto. Sin embargo, su incapacidad para escudriñar la naturaleza humana solo le otorgaría adoración temporal antes de arrastrarlo hacia el abismo por confiar en la gente equivocada. Resultaba que la gran estrella del Imperio no era más que un idealista profundamente estúpido. Zhou Yunsheng tuvo que tragarse la decepción; de nada servía lamentarse. Había trasplantado la matriz energética de su amante directamente al cerebro de ese idiota; por mucho que le asqueara, tenía que aceptar la realidad.

La prioridad absoluta era evitar la muerte prematura de Orr, seguida de la constante monitorización de su estado neurológico para encontrar el detonante que despertara a su amante. Mantener la convivencia facilitaba enormemente el proceso. Daba igual a qué habitación privada se mudara; Zhou Yunsheng poseía los recursos para reconfigurarla en una habitación doble en menos de un segundo. Por lo tanto, no mostró la menor señal de prisa y se limitó a observar plácidamente cómo los tres recogían sus pertenencias.

En ese preciso instante, el viejo mariscal entró a paso firme.

Jeram, Orr y Nan Qing se irguieron inmediatamente para saludar al líder fáctico del Imperio.

El viejo mariscal los despachó con un ligero ademán. Avanzó rápidamente hacia la cama del hospital y se inclinó.
—Señor Zhou, ¿ha logrado descansar? —Su postura reverente y cautelosa provocó que Nan Qing y los demás cruzaran miradas. Habían asumido que aquel muchacho era un don nadie irrelevante, pero la situación dejaba claro que estaban equivocados.

—Tengo hambre. Comeré primero, ya hablaremos después. —Zhou Yunsheng acarició su estómago hundido.

El mariscal venía preparado. Ordenó inmediatamente a su ayudante que introdujera el carrito de comida, colmando la mesa con un banquete de sopas y diversos platos nutritivos.

Zhou Yunsheng tomó una cuchara para beber la sopa. Después de todo, Orr alberga el núcleo de mi hombre; tengo que cuidarlo y alimentarlo, pensó. Así que le hizo una seña con la mano.
—General Orr, venga a comer algo.

Orr estaba a punto de negarse, pero el viejo mariscal soltó una carcajada.
—Adelante, Orr. El señor Zhou es un admirador acérrimo suyo, apuesto a que lleva tiempo soñando con compartir la mesa con usted. Durante su coma, me suplicó encarecidamente que me asegurara de su bienestar. Ya que ha despertado, lo menos que puede hacer es mostrarle algo de gratitud.

Orr lanzó una mirada rápida hacia Nan Qing con evidente incomodidad. Luego se giró hacia el muchacho y le dio las gracias con genuina sinceridad.

—No hay de qué. Venga y siéntese. Ustedes dos también. —Zhou Yunsheng dio unas palmadas en el asiento vacío a su lado.

El grupo se acomodó alrededor de la mesa. Orr se mantuvo en silencio durante la comida, mientras que Jeram no dejaba de atosigar al mariscal intentando averiguar si existía algún método para detener a la Reina. Puesto que la ofensiva cibernética era el secreto militar mejor guardado del Imperio, el viejo mariscal evadió las preguntas afirmando que seguían evaluando sus opciones. Nan Qing, haciendo honor a su título de ícono intergaláctico, desató todo su arsenal social; incluso logró arrancar varias sonrisas al estresado líder militar. Zhou Yunsheng ignoró al grupo entero. Continuó comiendo sin despegar la vista del plato, mostrando una frialdad gélida que destrozaba la fachada de admirador apasionado. Su lealtad pertenecía únicamente a su esposo; a él no le importaba un carajo la existencia de Orr Asai.

Orr, que al principio temía ser acosado por el muchacho, soltó un suspiro de alivio al notar su total desinterés.

El viejo mariscal apenas dio un par de bocados antes de soltar los cubiertos. Se quedó observando al joven con ojos expectantes.

—He terminado. Vamos. —Zhou Yunsheng, habiendo perdido el apetito, abandonó el tazón y se dirigió hacia el laboratorio.

Además del mariscal, a la reunión asistieron cuatro comandantes de alto rango. Zhou Yunsheng extrajo un microchip y dictó sus instrucciones.

—Inserten este chip con el código viral en la terminal principal de la Reina y su matriz se desmoronará. Todo el ejército robótico bajo su jurisdicción quedará completamente paralizado.

—¿Así de simple? ¡Pues procedamos con la infiltración de inmediato! —El anciano mariscal destrozó la mesa de un manotazo, exhibiendo la euforia volcánica que lo dominaba.

—Presten atención. —Zhou Yunsheng remarcó sus palabras con frialdad—. Es la terminal central, no cualquier acceso periférico a la red estelar. Eso significa que el escuadrón tendrá que asaltar el nido de la Reina, localizar el cerebro óptico e inyectar físicamente el chip en la ranura de reconocimiento. Si soltamos el virus a través de un acceso secundario, causaremos daños, sí; pero mientras el código perfora sus capas defensivas perimetrales, le daremos tiempo suficiente para diseñar una vacuna algorítmica. Me tomó cuatro meses desarrollar este virus; ella necesitará apenas cuatro minutos para decodificarlo si no aseguramos una ejecución instantánea. Insertarlo en el servidor principal es el único protocolo viable.

El mariscal recuperó la cordura y asintió.
—Comprendo. Es el equivalente a inyectar veneno directo en la sangre, en lugar de rociarlo sobre la piel.

—Esa es la lógica. —Zhou Yunsheng deslizó el chip hacia el centro de la mesa. El fulgor azul oscuro que parpadeaba en su superficie encajaba perfectamente con la descripción de un material altamente tóxico.

Uno de los comandantes habló con extrema preocupación:
—La sala de servidores de la Reina está escoltada por legiones interminables de unidades mecanizadas. Penetrar sus defensas será casi imposible. Exigimos tiempo para diseñar un plan táctico. Como ya sabrá, nuestra infantería mecanizada quedó inutilizable; nuestros soldados tendrán que depender de armamento ligero y fuerza física para hacer frente al ejército robótico. ¡Las bajas serán catastróficas!

—Si ya poseo la capacidad para controlar el código fuente de la Reina, es evidente que tengo las herramientas para interceptarla. Puedo seccionar su conexión telemática con las tropas robóticas a distancia, pero solo podrán disponer de media hora de latencia crítica. Tendrán que moverse rápido. Además, si ustedes han recurrido a teléfonos obsoletos de hace mil años, ¿por qué no reequipan a sus batallones con los mechas de operación manual que se usaban hace siglos?

—Porque el Imperio solo preservó unos cuantos cientos de unidades manuales en todo el territorio. El inventario es paupérrimo. Estábamos reservándolos para un escenario crítico.

—Estamos en un escenario crítico. Seleccionen un pelotón de soldados con constitución física superior y exíjanles dominar el control manual a la brevedad; ellos conformarán la vanguardia. El mejor piloto de esa escuadra será el responsable de inyectar la carga útil. El resto deberá garantizar la escolta. Recuérdenlo bien: la inserción tiene que hacerse en el puerto de reconocimiento del núcleo principal, ninguna otra consola será válida. Si la Reina neutraliza la infección, me tomará meses, tal vez años, reescribir un nuevo protocolo. Evalúen ustedes mismos si a la humanidad le queda tanto tiempo.

El grupo entero negó con la cabeza, manteniendo una expresión lúgubre.

—Suficiente. Vayan a redactar su estrategia. —Zhou Yunsheng dio por finalizada la discusión—. Requiero dos computadoras modelo MYS099. Escuchen bien, únicamente la versión 099; ninguna otra variante servirá. Y tendrán que añadir una nueva cláusula a nuestro acuerdo previo: una vez exterminada la Reina, su base de datos principal deberá permanecer intacta.

Se negaba a permitir el colapso de los mundos interdimensionales con la muerte de la entidad. Quizás, para el resto, eran solo paraísos ilusorios sin sentido, vacíos; pero para él representaban un hogar infinitamente más valioso que la realidad misma. Los habitantes del universo digital jamás serían conscientes de que estaban formados por cadenas de datos, pero luchaban con todas sus fuerzas para existir, y ese simple hecho justificaba su derecho a la vida.

En realidad, el anciano mariscal tampoco deseaba destruir la bóveda de la Reina. Ese servidor resguardaba el cenit intelectual de todas las especies de la galaxia; la pérdida del más mínimo archivo detonaría un severo retroceso tecnológico. Asintió complaciente, pero tras levantar la sesión y debatir con sus subordinados, no pudo evitar experimentar la humillante sospecha de que aquel crío arrogante actuaba mucho más como un mariscal supremo que él mismo. A fin de cuentas, lo había llevado sujeto por una correa de principio a fin.


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