Este certificado de inspección vehicular había sido emitido hacía unos meses, y en él se indicaba que el vehículo pertenecía a una empresa, no a un individuo, y el nombre de esa empresa era exactamente la compañía de Zhou Jinxing.
A Ding Xiaowei le temblaban los dedos y tenía la cabeza hecha un lío mientras se quedaba mirando aquel trozo de papel durante un buen rato.
En realidad, no es que no lo hubiera pensado antes; el papá de Rong Jia había aparecido en un momento demasiado oportuno, justo a tiempo para salvar a Rong Hua y a su hijo del fuego cruzado. ¿Qué mujer no se conmovería ante eso, y más aún tratándose del padre biológico de su propio hijo?
Entre un padre biológico dispuesto a darlo todo y un padrastro que se guardaba las espaldas, cualquiera que no tuviera problemas en la cabeza elegiría sin dudarlo al primero. Por eso, Ding Xiaowei no sentía ningún tipo de rencor hacia Rong Hua. Como no tenía los medios para ayudarla, más bien le agradecía a Dios por haberles dado una salida, y esperaba de todo corazón que su familia pudiera vivir en paz y armonía para toda la vida.
Sin embargo, al enterarse de que Zhou Jinxing también estaba metido en este asunto, todo el sabor de la situación cambió por completo.
Al ver al papá de Rong Jia caminando hacia el auto a lo lejos, volvió a meter rápidamente las cosas en su sitio y se bajó del vehículo, fingiendo que no pasaba nada.
Ambos caminaron juntos hacia un gran edificio que estaba al lado.
Mientras realizaban los trámites, Ding Xiaowei preguntó fingiendo desinterés:
—¿Y en qué negocios andas metido ahora?
—Oh, estoy vendiendo cortinas con mi primo. Ahora tenemos un local en la ciudad del mueble.
—Suena bastante bien, seguro que deja buen dinero.
—Ahí vamos. No es para hacerse rico, pero tener un local al menos garantiza la ropa, la comida y esas cosas —dijo, y luego soltó un profundo suspiro—. Ay, si no fuera por lo de Rong Jia…
Ding Xiaowei sabía lo que quería decir; tener que tirar a la basura cientos de miles por culpa de un niño que no sabía lo que hacía era algo que nadie podría asimilar fácilmente.
Ding Xiaowei volvió a preguntar:
—Por cierto, en esa zona donde extraían oro, ¿de verdad había oro? Aguantar tantos años sin sacar nada al principio… No debió ser nada fácil.
—Buscar oro no es como lo pintan en la televisión, que encuentras un agujero y te pones a cavar, o que pones un colador en el río y sacas pepitas —respondió el otro—. Cuando fuimos al principio, la zona había sido inspeccionada por expertos y era cierto que había una veta de oro. El problema es que en un radio de varios kilómetros, esa veta podía estar en cualquier parte. Y ni hablar de la tecnología de aquel entonces; incluso con la de ahora, la precisión no mejora mucho. Además, aunque des en el clavo, si está enterrado a demasiada profundidad, sin dinero no puedes seguir cavando. Así que es normal tirarse varios años en eso. Las personas tenemos esa psicología: siempre pensamos que si cavamos un poco más lo encontraremos. Y aunque pasen años sin sacar nada, después de tanto tiempo cavando, ¿quién está dispuesto a rendirse y tirarlo todo por la borda?
—¿Y de qué vivían durante todo ese tiempo?
—En esas montañas, además de minas de oro, también hay minas de hierro y carbón, pero todas eran de otras personas. Nosotros solíamos ir a escondidas en medio de la noche a cavar un poco para venderlo y sacar algo de dinero… —El hombre se detuvo, como si estuviera inmerso en sus recuerdos.
Al principio, Ding Xiaowei solo quería sacarle información, pero una vez que empezó a hablar, sintió un poco de curiosidad y sin darse cuenta desvió el tema, por lo que se apresuró a retomarlo:
—Pero qué bueno que al final lograron encontrarlo.
El papá de Rong Jiia sonrió y asintió; su sonrisa mostraba cierta incomodidad. Giró el rostro a un lado, evitando mirar a Ding Xiaowei.
—Es curioso cómo se dieron las cosas —continuó indagando Ding Xiaowei—. Rong Jia tuvo ese accidente, y tú volviste en ese preciso instante y justo con dinero. A veces uno no tiene más remedio que creer en el destino.
El papá de Rong Jia no respondió. Parecía no querer hablar más del asunto y se limitó a murmurar un par de frases de acuerdo con una risa seca.
Como ya habían terminado el trámite del registro civil y tampoco es que tuvieran tanta confianza como para ponerse a charlar de cosas cotidianas, el papá de Rongjia llevó amablemente a Ding Xiaowei de vuelta a su casa, dando el asunto por concluido.
Sin embargo, a Ding Xiaowei le quedó un enorme nudo en el estómago. En realidad, se sentía bastante confundido; por un lado, creía que debía estar furioso, pero descubrió que ni siquiera le quedaban fuerzas para enfadarse.
Y es que ya había vivido demasiadas situaciones parecidas. Quién sabe cuántas cosas inmorales había hecho Zhou Jinxing a sus espaldas; si se pusiera a analizarlas al detalle, seguro que terminaría muriéndose de la rabia. Enojarse con Zhou Jinxing era como castigarse a sí mismo.
Pero Ding Xiaowei tampoco podía simplemente dejarlo pasar usando esos pretextos para consolarse.
Era una persona incapaz de guardarse las cosas; todo lo que pensaba se le reflejaba en la cara. Dio la casualidad de que ese día Zhou Jinxing no fue a visitarlo, de lo contrario, Ding Xiaowei lo habría estampado contra la pared para exigirle que le dijera cuántas cosas más de mierda le estaba ocultando.
Después de darles de comer a los dos niños, Ding Xiaowei empezó a recoger sus cosas lentamente. Últimamente había avanzado bastante con la búsqueda de piso; aún dudaba entre dos opciones, pero tendría que tomar una decisión en un par de días. No podía dejar que Lingling y Yiyi compartieran habitación para siempre; los niños iban a crecer, y además consideraba que no era muy saludable dejar que el niño durmiera con el perro. Iba a tener que quitarle a Yiyi esa mala costumbre costara lo que costara.
Justo cuando estaba empacando, sonó el teléfono.
En la pantalla aparecía un número desconocido de una línea fija, así que Ding Xiaowei contestó sin pensarlo mucho.
En cuanto contestó, se escuchó el llanto lastimero de una mujer del otro lado de la línea, lo que asustó tanto a Ding Xiaowei que le tembló la mano.
—¿Hola… hola?
—Xiaowei…
Ding Xiaowei aguzó el oído e intentó reconocer la voz, y entonces dedujo por los sollozos entrecortados que se trataba de Jiang Lu.
—¿Jiang Lu? Tú… ¿qué te pasa?
—Xiaowei, sálvame… Xiaowei… —La voz al otro lado de la línea estaba distorsionada por el llanto.
El corazón de Ding Xiaowei dio un vuelco y preguntó, alarmado:
—¿Qué te pasó, Jiang Lu? ¿Qué sucedió? ¿Dónde estás? ¿Estás herida o algo así? ¡Si de verdad te pasó algo, tienes que llamar a la policía ahora mismo!
—No, no llames a la policía —lloró Jiang Lu—. Xiaowei, ven. Ven aquí y ayúdame. Te lo suplico, ayúdame.
Una oleada de aflicción invadió a Ding Xiaowei. Sin importar cómo los había tratado Jiang Lu a él y a la familia Ding, al fin y al cabo, había sido su esposa. Y viéndola llorar de esa forma, rogándole por su ayuda, ¿cómo podría negarse a ayudarla?
—¿Dónde estás? ¿Cómo te encuentras? ¿Estás herida? ¿Qué diablos fue lo que te pasó?
—Ven… ven a mi casa. Te voy a enviar la dirección. Xiaowei, ven a ayudarme. Pero no llames a la policía. Por lo que más quieras, no llames a la policía ni a una ambulancia. Yo… yo estoy bien. Solo ven tú solo. Te lo ruego.
—De acuerdo, de acuerdo. Trata de calmarte. Tardaré un par de horas en llegar hasta ahí, ¿de verdad estás bien?
—Solo ven, pero ven tú solo —susurró Jiang Lu, como si ni siquiera pudiera respirar con normalidad.
Ding Xiaowei dedujo por su voz que probablemente estaba así de tanto llorar. Jiang Lu no era tonta; si estuviera al borde de la muerte, sin duda habría pedido una ambulancia, así que probablemente no era nada de suma gravedad.
Ding Xiaowei la tranquilizó y le aseguró que iría para allá de inmediato.
Ding Xiaowei colgó el teléfono, se guardó algo de dinero y su tarjeta bancaria, y salió de la casa. Jiang Lu vivía en otra ciudad, pero estaban pegadas la una a la otra. Como era medianoche, ya no había tráfico, así que en taxi podría llegar en unas dos horas.
En una situación de emergencia como esta, a Ding Xiaowei ya ni le importaba gastar dinero. Llamó a un taxi y se dirigió a toda prisa a la dirección que le había dado Jiang Lu.
Durante el trayecto, Jiang Lu lo llamó al menos siete u ocho veces, todas para preguntarle entre llantos por qué aún no llegaba. Su voz sonaba tan desamparada y digna de lástima que Ding Xiaowei estaba tan desesperado que habría deseado poder ir volando.
Después de mucho esfuerzo, por fin llegó al lugar.
Cuando Jiang Lu le abrió la puerta, Ding Xiaowei se quedó paralizado del impacto.
Si no fuera porque sabía que estaba en la puerta correcta, nunca habría creído que la mujer frente a él fuera su exesposa.
La mujer que tenía frente a sí tenía la cara golpeada hasta el punto de estar hinchada al doble de su tamaño normal; le habían cortado el cabello de forma desordenada y parecía que tenía pegamento; en el cuello y el pecho tenía varios arañazos ensangrentados causados por uñas, y en los brazos alguien había garabateado con marcador permanente palabras como «Perra» y «Zorra». Al mirar hacia la sala de estar, se dio cuenta de que prácticamente todo lo que se podía romper estaba hecho añicos, y la casa entera era un desastre total.
Jiang Lu se arrojó a sus brazos y rompió a llorar de forma desgarradora.
Ding Xiaowei dejó escapar un suspiro y, mientras le daba palmadas en la espalda, la abrazó y entraron juntos a la casa.
En realidad, no hacía falta que Jiang Lu se lo explicara; cualquiera que tuviera ojos y conociera sus antecedentes sabría de inmediato lo que había pasado.
Cuando ese nuevo rico sedujo a Jiang Lu, ni ella ni Ding Xiaowei sabían que el tipo tenía esposa. Solo cuando Jiang Lu se divorció de Ding Xiaowei se dio cuenta de que el tipo no se había «divorciado hacía mucho tiempo», como le había prometido.
Eso hundió a Jiang Lu en la miseria.
Jiang Lu siempre había sido una mujer ambiciosa y muy orgullosa. En sus tiempos de universidad, había sido de las más hermosas del campus. Cuando era joven, se había dejado llevar por el impulso y se había casado con Ding Xiaowei, pero como terminaron viviendo de manera tan miserable, lógicamente no estaba satisfecha con su vida.
Sin embargo, ya se había largado con ese tipo y había cargado con la infamia, así que por muy amargada que estuviera, ¿cómo iba a tener el valor de dar marcha atrás? Por eso se había resignado a ser su amante a regañadientes. Y, al igual que incontables amantes, vivía con la esperanza de que algún día ese hombre la convirtiera en su esposa oficial.
Pero el resultado fue que pasaron varios años y el hombre solo le seguía dando largas. Además, habiendo tantas chicas jóvenes y bonitas ahí fuera, y ese nuevo rico teniendo tantas amantes nuevas, ¿cómo iba a prestarle atención a Jiang Lu? Al ver que se dirigía hacia un callejón sin salida, Jiang Lu no pudo evitar desesperarse. Y en medio de esa desesperación, cometió la estupidez de ir directamente a buscar a la esposa legítima para negociar con ella.
La esposa legal ya se hacía de la vista gorda ante todas las basuras de su marido, pero tampoco era ninguna tonta; si la amante iba hasta su propia puerta, no podía simplemente fingir que no la veía.
Y el resultado era este: le habían dado a Jiang Lu una paliza que no olvidaría.
Alguien a quien le importaban tanto las apariencias como a Jiang Lu jamás se atrevería a salir de su casa luciendo como un cerdo apaleado. No podía buscar a nadie, así que al final, al no tener más opciones, no le quedó más remedio que recurrir a Ding Xiaowei.
En el fondo, siempre creyó que Ding Xiaowei no la abandonaría.
Tras escuchar toda la historia, Ding Xiaowei se sintió abrumado por una mezcla de emociones. Por un lado, ver a Jiang Lu en ese estado le daba mucha pena y lástima; pero, por otro lado, sentía genuinamente que se lo tenía merecido.
Las cosas que esta mujer había hecho en su momento habían destrozado el corazón de muchas personas.
Había logrado que la madre de Ding enfermara del puro coraje, y el propio padre de Jiang Lu había estado a punto de arrodillarse ante él por la culpa. Estaba de más decir cuánto la había llegado a odiar Ding Xiaowei en aquel entonces.
Pero ahora que ella había caído tan bajo, y que lo que él había fantaseado tantas veces por fin se había hecho realidad, descubrió que no se sentía particularmente feliz. Tal vez se debía a que esa mujer había dejado de importarle hacía mucho tiempo.
Ya fuera que le fuera bien o mal, no tenía nada que ver con él. Sin embargo, si le iba mal y necesitaba ayuda, Ding Xiaowei aún le echaría una mano. Al fin y al cabo, por más despreciable que fuera, Jiang Lu seguía siendo la madre de Lingling.
Lo único que Ding Xiaowei pudo hacer fue consolarla con palabras amables.
Le preparó la comida, salió a comprarle medicinas, le cortó el cabello donde se le había pegado el pegamento y, después, la tranquilizó hasta que logró quedarse dormida.
Cuando terminó con todo esto, Ding Xiaowei estaba realmente exhausto. No solo estaba cansado físicamente por no haber pegado un ojo en toda la noche; su agotamiento mental era aún mayor. Esa sensación de amargura y desgaste era algo que, si no se vivía en carne propia, nadie podría llegar a entender jamás.
Cuando Jiang Lu por fin se quedó dormida, ya casi estaba amaneciendo.
Ding Xiaowei llamó a Zhou Jinxing para decirle que un amigo había tenido un problema y había ido a ayudarle. Como no podría regresar por el momento, le pidió que cuidara un poco de los niños.
Zhou Jinxing le preguntó apresuradamente de qué amigo se trataba, qué había ocurrido y si necesitaba ayuda con algo.
Evidentemente, Ding Xiaowei no podía decírselo, así que se inventó una excusa cualquiera para darle largas y colgó el teléfono a toda prisa.
Y acto seguido, cayó rendido de cansancio en el sofá y se quedó profundamente dormido.
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