—Tú, ¿lo hiciste a propósito? —preguntó Zhou Jinxing, apretando los dientes.
—Piénsalo como quieras. —Ding Xiaowei se dio la vuelta para sentarse al borde de la cama, recogió los pantalones del suelo y se los puso. Dándole la espalda, continuó—: Cuando de verdad quería tener una relación seria, no me diste la oportunidad. Ahora ya no quiero, así que no te creas que todo el mundo tiene que consentirte; haz lo que te dé la gana.
Después de decir esto, Ding Xiaowei sintió una fuerte opresión en el pecho y le costó un poco recuperar el aliento.
Volver a revolcarse en esta cama con este hombre hizo que regresaran muchas cosas que deseaba olvidar desesperadamente.
Aún recordaba el dolor desgarrador que sintió cuando Zhou Jinxing desapareció de repente, ese miedo y esa desesperación al pensar que no volvería a verlo en su vida. Jamás imaginó que, poco tiempo después, el tipo aparecería pavoneándose en la televisión y que, con un par de palabras y un cheque, borraría cualquier rastro de la relación que tenían.
Si estaban a mano, pues estaban a mano; tampoco es que él, Ding Xiaowei, fuera a morirse sin él. ¿Pero con qué derecho se iba cuando quería y volvía cuando le daba la gana? Lo estaba tomando por un imbécil. Y por muy imbécil que fuera, no iba a ser como un burro, dejando que lo llevara por las narices a su antojo.
Si le preguntaran si todavía sentía algo por Zhou Jinxing, no se atrevería a responder, ni tampoco sabría decirlo con certeza. Pero de una cosa sí estaba seguro: si él mismo no se sentía a gusto, ¿por qué iba a dejar que Zhou Jinxing la pasara bien?
La expresión de Zhou Jinxing era tan sombría que asustaba. Con los labios temblando levemente, dijo con voz ronca:
—Hermano Ding, me gustas; no solo quiero acostarme contigo.
El corazón de Ding Xiaowei dio un vuelco; de pronto sintió que no podía soportar una declaración tan directa de Zhou Jinxing. Se quedó con el cuerpo rígido, incapaz de moverse durante un buen rato, y tampoco se atrevió a mirarlo a la cara.
Zhou Jinxing observó la espalda desnuda de Ding Xiaowei; esa columna ligeramente encorvada, los omóplatos que se asomaban, los hombros anchos y la línea firme de su cintura lucían excepcionalmente cautivadores, y se dijo que bajo ninguna circunstancia dejaría ir a este hombre.
—Si no puedes aceptarme ahora, todavía tenemos mucho tiempo para gastar; hermano Ding, no me voy a rendir.
Ding Xiaowei giró el cuello con rigidez, le echó un vistazo y luego esbozó una sonrisa amarga.
—Ja, gustar… ¿Te gusto?
Zhou Jinxing lo miró en silencio.
Ding Xiaowei soltó un par de risas secas.
—Xiao Zhou, te voy a ser sincero. Tu hermano Ding ya tiene treinta y tantos años, he pasado por muchas porquerías y, por eso, me he vuelto cada vez más cobarde. Después de que mi esposa se fugó con otro, la verdad es que el romance y el amor me importaban un carajo. Hasta que apareciste tú… Pensé que aún podía darme el lujo de presumir una vez más antes de envejecer por completo, pero, ¿cuál fue el resultado? Con esos golpes tuyos, me dejaste aterrado. Sentí que era un reverendo imbécil; llegar a esta edad y ponerme a hacer el ridículo por un amorío… No hace falta que los demás me desprecien, yo mismo me muero de vergüenza. Ahora mismo, si me pides que beba, fanfarronee o me acueste contigo, te sigo el juego; pero si quieres que me enrede contigo en esos… dramones románticos, te juro que ya no estoy para esos trotes.
Ding Xiaowei pensó que, en realidad, si Zhou Jinxing lo valoraba ahora o no, no era algo que debiera tomarse a pecho. Con lo rápido que este hombre cambiaba de cara, hoy podía ponerlo en un pedestal y mañana darle una patada para tirarlo a la cuneta. ¿Gustar? Ja, el que se lo crea es un desgraciado.
Toda su vida, Zhou Jinxing había tenido el don de la elocuencia; en la mesa de negociaciones era capaz de hablar por los codos, pero, a menudo, Ding Xiaowei lo dejaba sin saber qué decir.
Al intentar comunicarse entregando su corazón sincero, las palabras hipócritas o evasivas simplemente no le salían de la boca; temía que un solo desliz arruinara cualquier posibilidad de diálogo y le cerrara esa puerta para siempre. Ante el discurso de Ding Xiaowei, Zhou Jinxing se sintió completamente impotente. El corazón de Ding Xiaowei estaba sellado a cal y canto, y no sería sacudido ni un milímetro con un par de promesas vacías. Lo único que le quedaba era acercarse a su corazón sin descanso, una y otra y otra vez, y no tenía idea de cuánto tiempo le tomaría ese proceso.
Afortunadamente, ya estaba preparado para una guerra de resistencia a largo plazo; mientras Lingling y Yiyi estuvieran allí, no tenía miedo de que Ding Xiaowei saliera huyendo.
Al pensar en esto, el corazón de Zhou Jinxing se tranquilizó bastante.
En ese momento se escuchó ruido afuera; los niños debían de haberse despertado.
Los dos miraron sus relojes al mismo tiempo; ya era casi mediodía.
Ding Xiaowei terminó de ponerse los pantalones y se apoyó en la cama para intentar levantarse, pero sentía un dolor y un agotamiento insoportables desde la cintura hasta los muslos; falló en su intento de ponerse en pie y, en su lugar, hizo una mueca de dolor.
—Descansa un rato —le dijo Zhou Jinxing, bajándose de la cama de inmediato y presionándole los hombros—, te llamaré cuando la comida esté lista.
A Ding Xiaowei se le cayó la cara de vergüenza; gruñó, se recostó torpemente en la cama y estiró la mano para agarrar un cigarrillo.
Zhou Jinxing se adelantó, se lo arrebató y frunció el ceño.
—¿Por qué fumas tanto últimamente?
Antes, cuando vivía con Ding Xiaowei, él se fumaba un cigarro cada varios días, como quien se come un dulce de vez en cuando; si había, qué bueno, y si no, ni se acordaba, pero ahora parecía que no podía soltarlos de la mano.
—No apuesto y no me voy de putas, ¿y ahora tampoco puedo fumar? Dámelo.
Zhou Jinxing no tenía ninguna intención de devolvérselo.
Ding Xiaowei abrió mucho los ojos y lo miró con tono de advertencia.
—Te lo daré después de comer —dijo Zhou Jinxing, guardándose el cigarrillo en el bolsillo; luego, dio media vuelta y salió de la habitación.
Aunque Ding Xiaowei estaba molesto, también le daba pereza moverse. Tenía el vago y desagradable presentimiento de que, con esa actitud, Zhou Jinxing se estaba comportando como una nuera que se había adueñado de la casa.
Descansó un rato en la cama y luego se levantó para salir.
Los dos niños estaban alrededor de la mesa, escarbando la comida para comerse los maníes; por su actitud, parecía que estaban compitiendo, con sus caritas sonrojadas de tanto jugar.
Ding Xiaowei se acercó justo a tiempo para ver a Lingling tirar los palillos y hacer el ademán de agarrar la comida directamente con las manos.
—¡Lingling! —le gritó Ding Xiaowei.
La niña, asustada, retiró la mano y se sentó derechita. Yiyi le lanzó una mirada con su carita fruncida y también se quedó quieto.
Ding Xiaowei se sintió bastante satisfecho con este resultado; al fin y al cabo, los niños debían escuchar a los adultos para que pudieran ser educados adecuadamente.
Zhou Jinxing era rápido y habilidoso, y como ya había preparado los ingredientes por la mañana, en un abrir y cerrar de ojos preparó cinco platillos y una sopa, que desprendían un aroma y color espectaculares.
Los cuatro se sentaron alrededor de la mesa y comieron en paz y armonía, tal como si fueran una familia.
Al día siguiente, cuando Ding Xiaowei fue a trabajar, no caminaba con mucha soltura; los colegas masculinos más perspicaces se dieron cuenta y lo rodearon para hacerle un montón de bromas al respecto.
Ding Xiaowei se limitó a sonreír para seguirles la corriente, sin atreverse, en ningún momento, a revelar que se había divorciado otra vez.
La verdad era que, tener a alguien que viniera de vez en cuando a cocinar y hacer un poco de ejercicio después de comer, no era tan malo para él; se iba arreglando con lo que le tocaba vivir, de todos modos, así es como había sobrevivido a lo largo de sus más de treinta años.
Por la tarde, justo cuando estaba a punto de terminar su turno, el jefe Xiao lo llamó.
Desde que Ding Xiaowei se enteró de sus antecedentes, había estado evitándolo lo más posible en la empresa, y el jefe Xiao, que también era consciente de la situación, había dejado de llevárselo a todas partes; de hecho, en más de una semana, aparte de saludarse, no habían cruzado palabra.
Ding Xiaowei lo siguió hasta su oficina.
El jefe Xiao se mostró tan accesible como siempre; después de ofrecerle asiento, le sirvió una taza de té.
Ding Xiaowei se sintió algo avergonzado e hizo amagos de levantarse repetidas veces.
—Siéntate, siéntate, no seas tan formal —dijo el jefe Xiao, sonriendo.
Ding Xiaowei rio secamente un par de veces y esperó a ver qué seguía.
El jefe Xiao empezó hablando del rendimiento de la empresa, y luego se interesó por la situación laboral de Ding Xiaowei. Después de dar rodeos durante un buen rato, finalmente llegó al grano y comenzó diciendo:
—Maestro Xiao Ding, en realidad, tengo un asunto en el que me gustaría pedirte que me ayudes.
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