Un cuerpo prestado
Zhou Xiang intentó abrir los ojos. Tenía la zona ocular reseca y la luz le resultaba cegadora, por lo que apenas logró abrir una pequeña rendija. Todo lo que entraba en su campo de visión era de un blanco gélido, tan blanco que carecía de cualquier rastro de calidez humana. Las sensaciones de su cuerpo regresaron poco a poco. Captó el nada desconocido olor a desinfectante; sabía que estaba en un hospital, y eso lo sorprendió bastante.
¿De verdad sigo vivo? Después de caer desde un acantilado tan alto, ¿sigo vivo?
Debe ser que tengo muy buen karma y a Dios le dio lástima llevarme, así que me dejó para seguir salvando al mundo. Fuera como fuese, recuperar la vida era algo bueno, solo que no sabía si se había roto un brazo o una pierna. No sentía nada… ni sus manos, ni sus piernas, no podía sentir nada en absoluto. Un sudor frío lo cubrió por el pánico. Estar vivo era estupendo, claro, pero si se había quedado inválido, ¿acaso no sería peor que la muerte?
—¿Zhou Xiang? ¿Zhou Xiang? ¿Despertaste? —La voz de una mujer de mediana edad irrumpió de pronto en sus oídos. Sonaba afligida, triste y con un profundo tono de llanto.
Zhou Xiang se esforzó por girar el cuello. Era una mujer de unos cincuenta años, muy delgada y de aspecto amable. Aunque lo estaba llamando por su nombre, Zhou Xiang no la conocía en absoluto.
¿Quién es esta mujer?
—Ay, Zhou Xiang… —La mujer quería llorar, pero se contuvo a la fuerza. Corrió a trompicones hacia la puerta, agarró a una enfermera y gritó con gran agitación—: ¡Mi hijo despertó! ¡Mi hijo despertó! Rápido, ve a llamar al doctor.
¿Hijo? ¿Quién es tu hijo? Zhou Xiang abrió la boca, intentando hablar, pero su garganta ardía de dolor y sequedad. Se esforzó durante un buen rato, pero no logró emitir ningún sonido.
Poco a poco, comenzó a sentir sus extremidades. Movió los dedos de los pies. ¡Estaban ahí, sus manos y sus pies seguían ahí!
Al poco tiempo, un grupo de médicos y enfermeras irrumpió en la habitación y se reunió a su alrededor, atareados. Una enfermera chasqueó la lengua, asombrada.
—De verdad despertó. Ha estado en coma durante dos años y de verdad despertó, es un auténtico milagro. Señora, felicidades.
La mujer lloraba y reía al mismo tiempo; estaba tan emocionada que apenas podía articular palabra.
Una enfermera le sirvió un vaso de agua a Zhou Xiang y le dio un poco con una cuchara. Solo un poco, y enseguida retiró el agua.
—No te apresures —dijo ella en voz baja—, ahora necesitas adaptarte bien.
—Yo… ¿cómo estoy? —preguntó Zhou Xiang con voz ronca. Su tono era tan áspero que apenas parecía provenir de un ser humano.
—Zhou Xiang. —La mujer de mediana edad se abalanzó sobre él, acariciándole el rostro mientras lloraba—. Mamá sabía que ibas a despertar. Por fin despertaste, mamá ya no podía aguantar más.
Zhou Xiang la miró consternado. ¿Acaso esta mujer realmente cree que soy su hijo? Zhou Xiang repasó su memoria; estaba intacta. Todo lo ocurrido en sus pasados treinta y tres años seguía nítido en su mente. Aunque los días previos a su muerte habían sido tan miserables que deseaba borrar por completo cualquier cosa relacionada con aquella persona, estaba seguro de que no había olvidado nada, y en sus recuerdos, definitivamente no existía esta mujer. A pesar de que… a pesar de que su llanto lo hacía sentir mal, sus lágrimas eran tan cálidas; eran lágrimas que le pertenecían a una madre.
—Usted… usted es… Señora, no la conozco. —Zhou Xiang apenas logró articular una frase completa.
El llanto cesó. La mujer lo miró sorprendida, y tanto los médicos como las enfermeras se quedaron atónitos. Pasó un buen rato antes de que reaccionaran. El médico palmeó el hombro de la mujer.
—Señora Chen, el cerebro de Zhou Xiang sufrió un traumatismo grave. Cualquier cosa podía pasar al despertar. Si tan solo ha perdido la memoria, ya podemos considerarlo muy afortunado.
Chen Ying se secó las lágrimas y, temblando, acarició el rostro de Zhou Xiang.
—Zhou Xiang, hijo, ¿de verdad no me recuerdas? Soy tu mamá.
Él en efecto se llamaba Zhou Xiang, pero su madre había muerto cuando tenía ocho años. En sus sueños anhelaba tener todavía una madre, pero…
—Señora Chen, por favor controle sus emociones, no debemos presionar demasiado al paciente —intervino el médico—. Hagamos esto: salga a descansar un momento mientras le hacemos exámenes más detallados, ¿le parece?
El médico le hizo una señal con los ojos a la enfermera, quien abrazó a Chen Ying y la consoló en voz baja.
—Señora, salgamos primero, intente calmarse. —Tras decir esto, la sacó de la habitación sin darle oportunidad a réplica.
Zhou Xiang fue sacado de la habitación para hacerle radiografías y otros exámenes. Tenía la cabeza pesada y por momentos sentía ganas de volver a dormir. Al girar la cabeza de forma inconsciente, vio su rostro reflejado en la pantalla apagada del monitor de un médico.
Cuando distinguió bien aquel rostro, se quedó paralizado.
En la negra pantalla no se apreciaba el rostro con total claridad, pero era suficiente para distinguir las facciones. Zhou Xiang observó la expresión inerte de esa persona.
¿Quién es? Esta no es mi cara… Esta persona… ¿quién es?
El médico agitó una mano frente a él.
—¿Qué sucede?
—Un espejo.
—¿Qué?
Zhou Xiang soltó de pronto un grito ronco y áspero.
—¡Deme un espejo!
El médico se sobresaltó, pero, tras dudarlo un instante, le entregó un pequeño espejo.
—Tu cara está bien, relájate, no te alteres.
Zhou Xiang le arrebató el espejo. El cristal reflejó con nitidez un rostro joven y apuesto, de unos veinticinco o veintiséis años. Sus ojos no eran grandes, pero estaban llenos de vitalidad; a pesar de la palidez de su piel, seguía desprendiendo una fuerte presencia masculina.
¡Pero este no era él, no era Zhou Xiang!
Con razón aquella señora lo llamaba hijo; no se había equivocado, simplemente ignoraba que dentro del cuerpo de su hijo ahora habitaba un espíritu extraño.
Eso significaba que él, en efecto, había muerto. Al menos su cuerpo lo había hecho; después de caer por un acantilado tan alto, ¿cómo no iba a quedar destrozado? Sin embargo, su alma había renacido en el cuerpo de otra persona, un joven que casualmente también se llamaba Zhou Xiang.
El médico lo miró extrañado.
—¿Qué tienes? ¿Sientes alguna molestia?
Zhou Xiang arrojó el espejo a un lado, se dejó caer sin fuerzas sobre la cama y se cubrió los ojos con el dorso de la mano.
—No es nada —murmuró.
Todavía estaba sumido en una profunda conmoción. ¿Cómo se suponía que iba a aceptar todo aquello?
¿Quizás fue porque compartimos el mismo nombre y apellido, y por eso Dios se equivocó de alma?
Fuera como fuese, todo resultaba demasiado extraño. Siempre había sido ateo, jamás había creído en monstruos ni deidades ni les había tenido miedo, pero lo que estaba ocurriendo en ese momento había sacudido sus cimientos. De pronto, más allá del desconcierto, realmente no sabía cómo reaccionar.
El médico habló con empatía.
—Cierra los ojos y descansa un poco. Has estado en coma durante dos años; acabas de despertar, así que la carga psicológica debe ser inmensa. No te presiones, duerme.
La voz madura y profunda del médico actuó como una inyección somnífera. Zhou Xiang cerró los ojos, sintió que una ola de agotamiento invadía su pecho y, poco a poco, el sueño lo venció.
Así está bien también; he sobrevivido.
Con una identidad completamente nueva, esta era la oportunidad que Dios le estaba dando para empezar desde cero. Podría dejar atrás el pasado y vivir una buena vida.
Dejar atrás ese… pasado que consideraba un fracaso, ese pasado al que no quería mirar atrás.
…
—Ven, tómate este caldo de pollo. Primero la sopa y luego la comida, es bueno para el estómago. —Chen Ying miraba a Zhou Xiang con los ojos llenos de dolor, y el amor maternal en su mirada le causó una punzada de amargura en el corazón.
No era capaz de abrir la boca para decirle a una madre que, dentro del cuerpo del hijo que había criado con tanto esfuerzo, habitaba otra persona.
—Bébelo, ¿por qué te quedas pasmado? Aunque no me recuerdes, seguro que te acuerdas de este sabor. Desde que eras pequeño te ha encantado el caldo que preparo, bébelo.
Zhou Xiang recibió el tazón, recogió una cucharada del aromático caldo de pollo y dio un sorbo. El sabor era tan delicioso y tentador que no pudo evitar tomar varios tragos más.
—Más despacio, no te vayas a quemar.
Zhou Xiang se terminó el tazón de sopa y, mirando a Chen Ying, habló con voz grave.
—Señ… Mamá, no me traigas comida todos los días, el hospital da de comer.
Ya habían pasado tres días desde que despertó, y durante los últimos dos no había dejado de llover. Cada vez que Chen Ying entraba, él notaba que llevaba las perneras del pantalón empapadas. Esta mujer bajita y frágil, solo para llevarle una comida caliente a su hijo, tenía que viajar media hora en autobús y caminar más de diez minutos. Zhou Xiang se sentía a la vez afligido y conmovido.
Así se siente tener una madre; pensé que en toda mi vida jamás llegaría a experimentarlo.
—Qué importa si te traigo la comida —suspiró Chen Ying con nostalgia—. Antes te la traía y ni siquiera podías comerla.
Al pensar en las penurias de esos dos años, a Chen Ying se le enrojecieron los ojos, pero enseguida volvió a sonreír.
—No hablemos de eso, lo importante es que has despertado. Mamá ya no pide nada más, ni te obligará a hacer cosas que no quieras; solo deseo que vivas y estés bien.
Zhou Xiang intuyó vagamente un mensaje oculto en las palabras de Chen Ying, pero no indagó por temor a tocar fibras dolorosas. A través de ella y de los médicos, había logrado enterarse a cuentagotas de que, dos años atrás, a este cuerpo le había caído encima un objeto pesado. Todos habían dado por sentado que pasaría el resto de su vida en estado vegetativo, pero, contra todo pronóstico, había despertado. Zhou Xiang también era consciente de que ya habían transcurrido dos años desde que cayó por aquel acantilado accidentalmente durante una tormenta.
No pudo evitar mirar al anciano de la cama de al lado. Eran los únicos dos pacientes en esa habitación compartida. Aquel anciano llevaba postrado más de medio año debido a una parálisis por un derrame cerebral. Decían que aún tenía consciencia, pero su estado era prácticamente el de un muerto en vida. El hombre había perdido a su esposa y solo tenía un hijo único; el hijo estaba muy ocupado con su trabajo y normalmente solo podía visitarlo una o dos veces por semana, así que Chen Ying a veces ayudaba al enfermero a cuidar del anciano. Al ver a Chen Ying y al enfermero sudando a mares por el esfuerzo de lavar el cuerpo del anciano, Zhou Xiang pudo imaginar cómo lo había cuidado ella a él a lo largo de esos dos años. Esa mujer había sufrido lo indecible por su hijo, y sin embargo, desde que él despertó, ella no había mencionado una sola queja. Al observarla, a Zhou Xiang le resultaba imposible no preguntarse si, de seguir viva su propia madre, ella también se habría desvivido de esa forma por él.
En su corazón, comenzó a aceptar gradualmente el hecho de que Chen Ying era su madre. Incluso se sentía un poco afortunado. La madre que siempre había soñado tener, la había conseguido de verdad con solo despertar. Dios realmente había sido generoso con él; no solo le había concedido una segunda vida, sino también una madre.
Zhou Xiang terminó de comer bajo la atenta mirada de Chen Ying. Ella lo abanicaba suavemente, observándolo con una sonrisa rebosante de afecto maternal. Zhou Xiang se sintió algo cohibido por la forma en que lo miraba, a lo que Chen Ying reaccionó de inmediato.
—Hijo, ¿quieres ver un rato la televisión?
—Oh, de acuerdo.
Chen Ying encendió el televisor, aunque ninguno de los dos le prestó verdadera atención.
—Mamá, ¿cuándo podré salir del hospital? —preguntó Zhou Xiang. Podía notar que Chen Ying no era una mujer de recursos y él ya sentía que estaba completamente recuperado; no había necesidad de prolongar su estancia en el hospital.
—No hay prisa —respondió Chen Ying—. Ya nos gastamos el dinero grande estos años, ¿qué más da unos días más? Mamá solo quiere que salgas sano y fuerte. Le haremos caso a los médicos, los doctores que te atendieron son muy buenas personas. Cuando ellos digan que te dan el alta, entonces te irás.
Zhou Xiang asintió con la cabeza.
—Mamá, cuéntame cosas de nuestra familia. El médico también dijo que si me cuentas, tal vez un día lo recuerde.
Con cada «mamá» que pronunciaba, Zhou Xiang sentía que el corazón le latía desbocado, y no sabía si era por el consuelo que le producía o por el remordimiento de estar engañándola.
Chen Ying esbozó una sonrisa.
—Tampoco hay prisa para eso. Cuando te den el alta, buscaré fotos de cuando eras pequeño y te iré contando mientras las vemos. El doctor dijo que ahora no debes forzar tu mente, solo tienes que recuperarte bien y no pensar en nada.
Zhou Xiang no insistió. Al desviar distraídamente la vista hacia el televisor, vio que estaban transmitiendo la conferencia de prensa de una película. La cámara hizo un paneo y, en la pantalla, apareció una figura conocida.
Zhou Xiang abrió los ojos de par en par.
¡Wang Yudong!
El director de cámaras le hizo un primer plano al actor; indudablemente era un hombre hermoso, elegante y atractivo. El traje a medida realzaba su figura esbelta y erguida, y la ligera curva de sus labios esbozaba una sonrisa tan cálida como la brisa primaveral, una que quién sabe cuántos corazones femeninos había hechizado. Zhou Xiang no podía estar más familiarizado con aquel célebre Emperador del Cine. Había trabajado como su doble de acción en varias películas, ya que ambos compartían una complexión y una espalda extremadamente similares.
Si no hubiera sido por ese preciso detalle, Yan Mingxiu jamás se habría fijado en él. Lástima que en aquel entonces realmente no lo sabía. De haberlo sabido, habría relajado su corazón y se habría conformado con ser solo su compañero de cama, sin tener que llegar a la desagradable situación de acabar odiándose.
Un dolor sordo palpitó en su pecho. Este corazón ya no debería contar como el corazón de Zhou Xiang, pero seguía doliendo por esas basuras del pasado; era verdaderamente patético. Zhou Xiang soltó una risa amarga y burlona hacia sí mismo.
—Mamá, cambia de canal.
—Ah. —Chen Ying giró la cabeza para echar un vistazo—. ¿No es ese Wang Yudong?
—¿Lo conoces?
—Ay, tu madre no está tan vieja como para no ver la televisión. —Chen Ying le lanzó una mirada de soslayo acompañada de una sonrisa—. ¿Quién no conoce a Wang Yudong? Es una gran estrella famosísima. Recién en la primera mitad del año, cuando se casó, la muchachita de la señora Zhang de la puerta de al lado se la pasó llorando a mares, jurando que se iba a morir; de verdad no sé qué tienen en la cabeza los chicos de hoy en día.
El cuerpo de Zhou Xiang se estremeció.
—¿Él… él se casó?
Chen Ying lo miró extrañada.
—Hijo, ¿lo recuerdas?
—No, no me acuerdo. Es solo que, ¿los actores famosos no se casan tarde por lo general? Lo veo de veintitantos o treinta años.
—Sí. Los periódicos decían que llevaba varios años de relación con su esposa. Dicen que el trasfondo de la chica es muy misterioso; como sea, es la joven de una familia muy poderosa y los periodistas no han podido escarbar mucho sobre ella. Solo me acuerdo de que el apellido de la esposa sonaba muy bonito, se apellida Yan; no el «yan» de golondrina, sino…
Zhou Xiang ya no asimiló nada de lo que Chen Ying dijo después. En su mente solo resonaba una y otra vez un único hecho: Wang Yudong y Yan Mingmei se habían casado.
Si ellos se casaron, ¿qué pasaría con Yan Mingxiu? ¿Estaría llorando a mares, jurando que se quería morir? Él estaba tan obsesionado con Wang Yudong que, al ver cómo pasaba de ser el novio de su hermana a convertirse en su cuñado, seguro que se volvería loco, ¿verdad?
Ja, qué ironía. Hablando de eso, Yan Mingxiu, aunque los dos no somos del mismo mundo, ambos padecemos de la misma enfermedad: siempre codiciamos lo que no nos pertenece.
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