El colchón roto

—La lavandería guardará tu ropa hasta que regreses a Nueva York. —Winston abrió el armario de Hunter y sacó algunas prendas limpias—. Llévate esto a Travis.

—De acuerdo…

Aunque Winston no lo había criticado por nada, Hunter sentía que se comportaba como un padre estricto.

El personal de la lavandería llegó rápido y, al llevarse la ropa sucia, el pequeño apartamento quedó impecable.

Sentado sobre el colchón y con la barbilla apoyada en las manos, Hunter esbozó una sonrisa maliciosa y le hizo señas a Winston, quien le estaba preparando el equipaje.

—Oye… oye…

—¿Qué sucede? —preguntó Winston, girando el rostro para mirarlo.

Hunter siguió haciéndole gestos y, de paso, palmeó el espacio a su lado.

Winston dejó sus cosas, se acercó y se sentó junto a él.

—¿Qué pasa?

—Dime… ¿el fisicoculturista y la chica sexi no están en casa o están durmiendo?

Winston levantó la muñeca para mirar su reloj.

—Quizás estén tomando una siesta.

La sonrisa de Hunter se ensanchó; se acercó a Winston y susurró:

—Llevo mucho tiempo queriendo vengarme.

—¿Vengarte? ¿Cómo planeas hacerlo?

—Tú acuéstate y no te muevas —dijo Hunter, palmeando el hombro de Winston.

—¿Qué pretendes hacer? —Winston no se movió.

—¡Je, je, acuéstate y lo verás! —La expresión de Hunter rebosaba expectación.

Winston frunció levemente el ceño y se dejó caer de espaldas sobre la cama.

—Y bien, ¿qué piensas hacer?

Inesperadamente, Hunter se abalanzó sobre él. Apoyó ambos brazos a los lados de la cabeza de Winston, colocó las piernas a la altura de su cintura y comenzó a presionar con fuerza contra el colchón. Los resortes de inmediato empezaron a rechinar escandalosamente, simulando los sonidos de cierta actividad física. Con evidente malicia, Hunter incluso estiró una mano para golpear rítmicamente la pared.

La pantalla de la lámpara de pared comenzó a temblar.

Hunter bajó la mirada hacia Winston y le dedicó una sonrisa triunfal.

—¿Se parece o no?

Al parecer, Winston no esperaba que hiciera semejante locura y se quedó inmóvil, observándolo.

Eso le dio a Hunter, por primera vez, un fuerte sentido de superioridad: al fin había logrado dejar a Winston sin palabras. Y lo más importante, sabía perfectamente que no se enojaría.

—¿Acaso no se parece? —repitió. Tenía las pantorrillas pegadas a los muslos de Winston; aprovecharse de él de manera tan descarada lo hacía sentir increíblemente satisfecho.

¡Deseaba con todas sus fuerzas encender a Winston!

—Veamos cuánto tiempo aguantas —dijo Winston, levantando ligeramente la barbilla. La sonrisa en sus labios se hizo más evidente.

¡Lo sabía, no se iba a enojar!

¡Ese sujeto aparentaba ser un caballero, pero por dentro era pura perversidad!

Este tipo de juegos le venían como anillo al dedo.

—¡Puedo soportar dos horas en la Fórmula Uno, esto no es nada! —Hunter no estaba dispuesto a tolerar que dudara de su resistencia física.

—Vaya… dos horas, ¿eh? —Winston seguía acostado; los mechones de cabello que rozaban el colchón temblaban suavemente con el movimiento, provocando una tremenda comezón en el corazón de Hunter.

El colchón rechinaba sin piedad, y la pantalla de la lámpara de pared terminó por aflojarse. Justo cuando estaba a punto de caer sobre la cabeza de Hunter, Winston levantó una mano de golpe y le empujó la nuca hacia abajo.

La lámpara se estrelló a escasos centímetros de la oreja de Hunter.

¡Por un pelo! ¿Cómo se le había olvidado quitar la pantalla?

En ese instante, la punta de su nariz rozó el hueco del cuello de Winston. Por una fracción de segundo, no quiso apartarse.

Deseaba quedarse un poco más, solo un poco más.

Todo olía a Winston.

Era un aroma embriagador que le transmitía una profunda sensación de seguridad.

La palma de Winston palmeó suavemente su nuca.

—¿Qué sucede? ¿Te quedaste sin fuerzas y ya no quieres jugar?

—¿Cómo voy a quedarme sin fuerzas? ¡Estaba pensando en si de verdad no están en casa! Porque si estoy aquí moviéndome como un loco para nada, ¿no sería un chiste solitario?

Dicho esto, Hunter sacó una barra de chocolate del bolsillo del pantalón, le quitó la envoltura, se la puso en la boca con aires de grandeza y volvió a rebotar con más fuerza. Empezó a golpear la pared con las manos mientras miraba a Winston, riendo tanto que los ojos se le volvieron dos medias lunas.

En ese momento, Winston se incorporó de repente. Hunter creyó que iba a decirle algo y bajó la cabeza, solo para escuchar un “clac”; el otro extremo de su barra de chocolate había desaparecido.

Hunter se quedó congelado, sintiendo que lo que Winston acababa de morder no era el chocolate, sino su nervio más frágil.

Finalmente, un golpe seco resonó desde el otro lado de la pared, seguido del rugido impaciente de un hombre.

—¡Ya terminaron de una maldita vez!

Hunter se detuvo de golpe, miró a Winston y, llevándose las manos al estómago, ahogó una carcajada incontenible.

El pedazo de chocolate restante cayó de su boca y Winston extendió la mano para atraparlo.

Hunter colapsó directamente sobre él, hundiendo el rostro en su cuello mientras se reía a carcajadas hasta quedarse sin aire.

—¿Es él? —preguntó Winston, girando la cabeza. La punta de su nariz acarició la mejilla de Hunter.

—Es él… es el fisicoculturista…

Cuando Hunter alzó la vista y sus miradas se cruzaron, su mente se quedó en blanco.

Los párpados de Winston, sus pestañas, sus pupilas. Todo estaba demasiado cerca.

Por primera vez, Hunter se dio cuenta de que no había ninguna distancia física entre ambos.

—¿Quieres continuar? —preguntó Winston en voz baja.

—¡Claro que sí! ¡Hay que hacerles ruido! ¡Jajaja!

De repente, el mundo dio un vuelco. Hunter terminó bocarriba y Winston lo inmovilizó bajo su cuerpo. Levantó la rodilla izquierda, obligando a que la pierna de Hunter se arqueara.

—¡Oye! ¿Qué vas a hacer? —El corazón de Hunter dio un salto.

—Sacudir el colchón.

La comisura de los labios de Winston se curvó hacia arriba; hasta la sonrisa en sus ojos destilaba malicia.

Se apretó contra él y dio un embate tan fuerte que casi estampa la cabeza de Hunter contra la pared, asustándolo tanto que tuvo que levantar los brazos para frenar el impacto.

Los sacudones de la cama eran mucho más violentos que antes.

—¡Oye, oye! ¡Voy a dormir en esta cama cuando vuelva de la carrera! ¡No vayas a romperla!

Hunter intentó bajar la pierna, pero Winston la mantenía inmovilizada.

¡Maldición, seguro que lo estaba haciendo a propósito!

Sin embargo, Winston no dejaba de sonreír. Era la primera vez que Hunter lo veía reír con tantas ganas, tanto que los mechones de cabello que le caían sobre la frente parecían revolotear alegres.

Al otro lado de la pared, el fisicoculturista estaba verdaderamente furioso y golpeó la pared tres veces.

—¡Mocoso, si no te detienes ahora mismo, te juro que te mato!

Hunter alzó la voz a propósito y gritó:

—¡Pues ven a tocar el timbre! ¡Te doy cien dólares por cada minuto!

Winston bajó la mirada para observarlo.

—¿Cien dólares el minuto?

Hunter señaló la pared con el pulgar.

—Una vez fui a tocarles el timbre y me dijeron que entre más tocaba, más se excitaban, ¡y que me daban cinco dólares por minuto!

Winston volteó el rostro. Aunque Hunter no podía ver su expresión, el ligero temblor en sus hombros delataba que se estaba riendo.

—¿Cinco dólares? ¿Solo vales cinco dólares por minuto? —preguntó Winston—. ¿Y encima tú les ofreces cien dólares a ellos?

Pensándolo de esa manera, Hunter se dio cuenta de pronto de lo estúpido que había sonado.

—¡Ah! ¡Qué rabia! —gruñó, tirándose del cabello.

Los movimientos de Winston, por su parte, se volvieron más intensos. Sabía sacudir el colchón con mucha más técnica que él, con una fuerza que parecía a punto de reventar los resortes. ¡Hunter temía que incluso fuesen a derribar la pared!

Su corazón empezó a latir a un ritmo frenético.

La sensación era exactamente igual a si Winston de verdad estuviera acostándose con él.

—¡Oye! ¡Oye! ¡Ya basta! ¡Ya es suficiente! ¡Todavía tengo que vivir aquí! —Hunter se apresuró a palmearle el brazo.

Pero Winston no se detuvo.

Parecía como si no estuviera sacudiendo un colchón, sino embistiendo el interior del cuerpo de Hunter.

—¿Qué te parece si cambiamos de postura? —preguntó Winston, girando la cabeza para mirarlo.

Sus ojos siempre habían sido lo que más fascinaba a Hunter. Al tenerlos tan cerca, fue incapaz de pensar con claridad.

—¿Qué postura?

Solo al decir eso, Hunter se dio cuenta de que había vuelto a caer en la trampa.

Winston simplemente lo levantó por la cintura, lo puso de lado y lo dobló sobre sí mismo. Atrapó ambas piernas de Hunter con el brazo izquierdo, mientras que con el derecho lo rodeó por el torso y se impulsó violentamente contra la pared.

—¡Madre mía! —gritó Hunter, aterrorizado. Estiró las manos hacia atrás para apoyarse contra el muro; el sonido del impacto fue aún más estruendoso.

Winston soltó una carcajada, una sonrisa genuina y extremadamente rara en él.

—¡Oye! ¡No tienes que hacer que parezca tan real!

—¿Acaso no aprendiste esta postura cuando veías películas de acción con Blue? —replicó Winston.

—¡Claro que la he visto! ¡La he visto!

—Oh, ¿entonces quieres que invente una que no hayas visto?

—¡No hace falta! ¡No hace falta! —Hunter agitó las manos de inmediato, hasta que recordó algo—. ¡Oye! ¡Esta es mi casa! ¡Se supone que yo debo estar arriba!

—Oh… así que quieres estar arriba.

Winston lo tomó por la cintura, giró el cuerpo y lo levantó de un tirón para colocarlo sobre él.

—¡Dios santo! ¡Pareces una montaña rusa!

Con un solo impulso, Winston logró que Hunter saltara en el aire. Al sentir que saldría volando, este se agachó apresuradamente para bajar su centro de gravedad.

—¡Maldición! ¿Me estás presumiendo la fuerza de tu abdomen? ¡Te aviso que yo también puedo hacerlo!

—De acuerdo, entonces cambiemos; quiero ver si puedes sostenerme.

—¡No soy tan estúpido como para dejar que me aplastes! —carcajeó Hunter.

Su corazón latía cada vez más rápido. Empezaba a ponerlo nervioso la posibilidad de que el otro hombre descubriera lo que en verdad estaba sintiendo.

Su perfil estaba tan cerca; deseaba desesperadamente besarlo, morderle la punta de la nariz, morderle la oreja, quería ver su expresión de sorpresa… ¡y que luego le devolviera el beso sin vacilar!

En ese instante, se escuchó un portazo proveniente de al lado, seguido de unos golpes furiosos contra la puerta de Hunter.

—¡Mocoso! ¡Abre la puerta!

Hunter se quedó perplejo; la verdad era que no estaba preparado para que vinieran a buscarle pleito.

—¡Abre!

Hacía tiempo que sabía que aquel hombre tenía muy mal genio.

—¿Vas a abrir? —preguntó Winston, mirándolo de reojo.

—No.

—¿Por qué? ¿Crees que no puedes con él?

—¿Que no puedo con él? —Hunter abrió mucho los ojos—. Mis músculos son de verdad, ¿de acuerdo? Los de él están hechos a base de proteína en polvo, ¡y a lo mejor hasta consume esteroides! ¿Cómo vamos a ser iguales? ¡Lo que me da miedo es perder el control y mandarlo al hospital de un solo golpe!

—¿Y entonces qué planeas hacer?

—¡Seguir con esto!

Hunter se levantó y comenzó a saltar sobre el colchón.

Los chirridos resonaron con total descaro.

Winston alzó la vista hacia él. Parecía un niño pequeño jugando en un trampolín. Asintió levemente y sonrió.

—¡Vamos! ¡Ven! ¡Hagámoslo juntos! —lo animó, haciéndole señas con insistencia.

Como Winston no hizo ningún ademán de moverse, Hunter estiró la punta del pie para empujarle el hombro.

Winston le atrapó el pie en el aire.

—¿No habías dicho que ibas a dormir en este colchón cuando regresaras?

—¡Bah! ¡Si se rompe, compro otro! ¡Compraré una cama enorme y te invitaré a dormir en ella! —Hunter extendió los brazos, dibujando las dimensiones de la cama de sus sueños.

—De acuerdo, me parece que no tendré otra opción más que romperlo.

Winston se puso de pie y comenzó a saltar junto a él.

Mientras rebotaba, Hunter intentaba agarrarle las manos, riendo a carcajadas.

Sin embargo, lo que en realidad pensaba era: Si vienes a dormir, ¡te voy a tirar a la cama y no te dejaré levantar nunca más!

Entretanto, los golpes en la puerta se volvían más frenéticos.

—¡Mocoso! ¿No crees que soy capaz de echarte la puerta abajo?

—¡Claro que sí! Pero si lo haces, será allanamiento de morada —respondió, dándole a Winston una sonrisa radiante.

En ese momento, se escuchó un fuerte crujido. Hunter perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Winston lo tomó del brazo rápidamente y lo protegió en la caída.

Hunter se quedó estupefacto: en verdad habían hundido la cama.

Lo peor de todo fue que su colección secreta de Playboy quedó esparcida por todo el suelo.

—Je, je… —rio, mirando a Winston con vergüenza.

Winston no parecía sorprendido en lo absoluto. Tomó una revista al azar, hojeó un par de páginas y se la arrojó al pecho.

—Es por crecer leyendo este tipo de revistas que siempre andas fantaseando con cosas tan frívolas como las conejitas.

—¡Esa es la esencia de mi alma! —Hunter atesoraba profundamente sus ejemplares de Playboy.

Afuera, el fisicoculturista ya había empezado a patear la puerta.

Se alcanzaba a escuchar, tenuemente, la voz de su novia intentando calmarlo.

Pero el hombre estaba decidido a darle una lección a Hunter.

—Al diablo. Este idiota siempre ha pensado que le tengo miedo porque es muy musculoso. Es hora de comprobar cuál es la fuerza explosiva real de un piloto de Fórmula Uno.

Hunter se pasó la lengua por los labios; probablemente era la presencia de Winston lo que le daba tal exceso de confianza.

Apenas dio un paso, Winston lo jaló hacia atrás.

—Yo me encargo —dijo, poniéndose de pie.

—¿Tú?

Hunter abrió los ojos de par en par.

¿Desde cuándo Winston era el tipo de hombre que se peleaba a golpes?

—Sí, yo. Quédate aquí.

Winston se dirigió a la entrada. Hunter no pudo evitar asomar la cabeza para ver qué pretendía.

Justo en el instante en que el fisicoculturista se disponía a dar otra patada, Winston abrió la puerta. El hombre perdió el equilibrio y casi se va de bruces, pero, para su sorpresa, Winston levantó un brazo y lo sostuvo con total firmeza.

—¿Se te ofrece algo?

Su voz sonó fría, y su mirada carecía de cualquier calidez.

El fisicoculturista se quedó de piedra; estaba convencido de que Hunter se iba a quedar escondido adentro.

—¿Se te ofrece algo? —repitió Winston, inclinando levemente el rostro.

Una presión invisible lo envolvió, y la arrogancia del hombre se desplomó al instante.

—Ustedes… están haciendo mucho ruido…

—¿Ah, sí? —replicó Winston con total indiferencia.

La mujer que acompañaba al fisicoculturista, por su parte, se había quedado embelesada mirando a Winston.

Era un hombre con una apariencia deslumbrante. Llevaba una camiseta informal y unos pantalones de mezclilla; a simple vista, era evidente que no estaba haciendo ningún tipo de “deporte de alcoba”.

Jaló a su novio del brazo y susurró:

—Creo que nos hemos equivocado…

—¿Cómo que nos equivocamos? ¡Los ruidos venían de aquí! Oye, ¿eres nuevo en el edificio? Pues escúchame bien: ¡cuando estés ocupado en la cama, procura no hacer tanto ruido! ¡Hay más gente viviendo aquí!

A fin de cuentas, Winston no tenía músculos abultados y lucía bastante refinado; el fisicoculturista no creía que fuera a perder en una prueba de fuerza.

—Entonces, ¿ustedes pueden hacer público lo que hacen en la cama para que lo escuche mi amigo, pero nosotros no podemos hacer lo que se nos dé la gana en la habitación de él? —contraatacó.

—Tú… —La mirada del musculoso pasó por encima del hombro de Winston y se posó en Hunter, que asomaba la cabeza. Al instante comprendió lo que sucedía—. ¡Estás aliado con ese mocoso! ¡Lo hicieron a propósito!

—¿A propósito de qué? No estábamos acostándonos; simplemente nos gusta saltar en la cama. Cada vez que compramos un colchón nuevo, saltamos en él hasta romperlo. Si te interesa, puedes unirte.

—Tú… tú…

—A partir de ahora, saltaremos a menudo en los colchones.

Apenas terminó de hablar, el fisicoculturista le lanzó un puñetazo.

Fue tan rápido que ni siquiera Hunter, con su excelente agudeza visual dinámica, logró reaccionar a tiempo. Winston no solo atrapó el puño de su agresor, sino que le torció el brazo por la espalda y lo empujó sin piedad contra la pared del pasillo.

—¡Maldita sea! ¡Suéltame! ¡Suéltame de una puta vez!

La cara del hombre estaba casi aplastada contra el marco de la puerta.

Al ver la escena, Hunter tuvo que tragar saliva.

Si algún día Winston descubre mis intenciones ocultas, ¿no me dará una paliza así a mí también?pensó.

—Te soltaré, pero te pido que le bajes a tu ruido de ahora en adelante. Puede que tu novia no disfrute tanto de tu técnica como crees, y que solo lo finja para inflar tu patético ego —dijo, dándole un empujón final.

El hombre tropezó, a punto de caer al suelo.

—¿Hay algo más? —preguntó Winston con la barbilla en alto.

Aunque no podía verle la cara, ¡Hunter pensó que en ese momento se veía más atractivo que el mismísimo agente 007!

—N… no…

—Perfecto. Espero que de ahora en adelante nos llevemos bien. De lo contrario, te voy a sacar los dientes uno por uno.

Y sin esperar respuesta, cerró la puerta de un portazo.

—¡Guau! ¡Qué imponencia! —aplaudió Hunter con entusiasmo.

—¿Desde cuándo sabes adular tan bien? —Winston le dio un leve golpe en la cabeza antes de recoger su bolsa de viaje—. Bien, es hora de irnos; nos toca viajar a Texas.

—¡Sí!

Hunter también se colgó el bolso al hombro.

Ambos salieron del apartamento.

Al pasar por la puerta del fisicoculturista, escucharon que estaba discutiendo con su novia.

—¿Crees que no me di cuenta? ¡No le quitabas los ojos de encima a ese tipo!

—¿Qué estupidez estás diciendo? ¿Te volviste loco? ¡Lo único que pienso es que fue ridículo de tu parte haber ido a armar un escándalo por esto!

—¡Ah, claro! ¡Entonces debería darte las gracias por intentar calmar las cosas justo cuando ese infeliz casi me rompe el brazo!

—¿Podrías dejar de desquitarte conmigo?

—¿Será que no te satisfago? ¿Finges cada vez que lo hacemos?

—¿Puedes dejar de buscar problemas donde no los hay?

Hunter se encogió de hombros y aceleró el paso hacia el ascensor.

—Oye… ¡acabo de descubrir que también tienes talento para otras cosas!

—¿Qué clase de talento?

—¡Hacer que dos personas se odien a muerte con una sola frase! Primero lastimaste el orgullo de ese grandulón y luego hiciste que dudara de su novia. ¡Si no terminan después de esto, será un milagro! —Se frotó la barbilla, sintiendo que acababa de aprender una gran lección.

—Tonterías —dijo Winston, dándole un leve chasquido con los dedos en la sien.

—¡Ay! ¡Me mareé! —exclamó Hunter de inmediato, dejándose caer sobre él.

Winston lo sostuvo con total naturalidad. Hunter planeaba aprovecharse y quedarse recostado en él un poco más, pero, para su sorpresa, Winston lo levantó en vilo en sus brazos.

—Si estás mareado, te llevaré al hospital.

—¡No hace falta! ¡No hace falta! ¡Ya se me pasó! ¡Bájame!

—Mejor vamos a que te revisen. Si el señor Marcus se entera, se molestará mucho.

—Me equivoqué, ¿sí? ¡Me equivoqué!

—¿Seguro que ya no estás mareado por el golpe en la cabeza?

—Tus dedos tienen demasiada fuerza. ¿Tú crees que los dedos con los que sujetas el volante son iguales a los de una persona normal? —se quejó.

Winston soltó una ligera risa y lo puso en el suelo.

Tomaron su vuelo y luego se trasladaron en coche al Circuito de las Américas, en Austin.

Esta pista constaba de 20 curvas, presentaba grandes desniveles y alternaba entre curvas de alta y baja velocidad.

En el pasado, Hunter jamás habría creído capaz de quedar entre los ocho primeros en la sesión de clasificación, pero el equipo de ingenieros liderado por Shen Chuan le había dado grandes esperanzas para esta carrera.

Antes de reunirse con sus respectivas escuderías, chocó los puños con Winston.

—Oye, ten cuidado en este Gran Premio, no vaya a ser que te pise los talones.

—¿Ah, sí? Dejaré a Charles y a Owen comiendo polvo. Me conformo con que logres pegarte a uno de ellos.

Hunter se quedó sin palabras.

Ambos se dieron la vuelta y caminaron en direcciones opuestas.

Pero Hunter apenas dio un par de pasos antes de darse la vuelta otra vez.

La escudería Marcus y Ferrari se hospedaban en hoteles distintos, y la idea de que solo se verían en el paddock del circuito de Austin le hizo querer contemplarlo un poco más.

La espalda de Winston seguía igual de recta, ocultando una sutil fiereza.

Justo cuando estaba a punto de doblar la esquina, Winston miró hacia atrás. Al notar que Hunter seguía parado en el mismo sitio observándolo, regresó a paso rápido.

—¿Qué ocurre? ¿Se te olvidó algo?

—¿Eh? No… —No supo cómo explicar su comportamiento repentino, así que inventó una excusa—. Es mi primera vez corriendo en Austin. ¿En serio no me vas a dar ningún consejo?

Winston ladeó la cabeza y suspiró.

—Precisamente por ser tu primera vez aquí, podrás disfrutar de las características de esta pista mucho más que Owen, Charles o yo. A nivel técnico, ya has madurado bastante, Hunter.

…

Hora del huevo salado:

Hunter: Tus dedos son hermosos y fuertes. Con solo darme un golpecito en la frente, hiciste que mi corazón diera un salto.

Winston: Qué bien sabes adular.

Hunter: ¡Je, je! ~

Winston: Aunque, si vamos a ser precisos, bastaría con que moviera mi dedo dentro de ti para hacerte llorar.

Hunter: ¿Ah?

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