Otro encuentro de intercambio interescolar
Ye Jun notó que Carniel había perdido muchísimo peso últimamente. A menudo se quedaba mirando por la ventana con la mirada perdida y ya ni siquiera tocaba sus preciados pinceles.
La profesora Jacqueline también notó que algo andaba mal; lo llamó para hablar un par de veces e incluso se comunicó con su familia, pero Carniel seguía adelgazando día tras día.
Un día, Carniel sacó de repente su cuaderno de bocetos y lo deslizó frente a Ye Jun.
—Ye Jun, esto es para ti.
Ye Jun lo miró asombrado. Sabía que ese cuaderno era el mayor tesoro de Carniel; él mismo solo había podido verlo una vez. Que quisiera regalarlo de buenas a primeras era una clara señal de que algo andaba muy mal.
—Carniel, ¿qué sucede? —preguntó Ye Jun—. Este cuaderno es demasiado importante para ti, no puedo aceptarlo.
—He decidido dejar de dibujar. —Carniel esbozó una sonrisa desganada—. No tiene caso conservarlo. Vi que te gustó mucho, así que te lo regalo.
—¿Qué quieres decir? —Ye Jun lo sujetó del brazo de inmediato—. ¿Por qué vas a dejar de dibujar?
—Anoche mi padre me dijo que dentro de una semana se formalizará el acuerdo con la familia Tennyson para elegir a mi Alfa legal —explicó Carniel con lentitud—. Ya no quiero dibujar más.
—¿Y por qué no le dices a tu padre que no te gusta ese Alfa?
—Sería inútil. Mi familia necesita la protección de un linaje poderoso y los Tennyson son la mejor opción. —Carniel bajó la mirada—. Además, una vez que un Omega es marcado, se vuelve física y psicológicamente dependiente del Alfa que le dejó la marca. Para mí da igual a quién elijan.
Al fin y al cabo, tarde o temprano se convertiría en el accesorio de algún Alfa, dependería de él y le sería imposible escapar, así que era preferible resignarse a los deseos de su familia y aceptar a alguien que les resultara de utilidad.
—¿Y qué hay de Ellinor? ¿Vas a rendirte así de fácil?
—Ya me hice a la idea de olvidarlo —respondió Carniel con una sonrisa triste—. Fueron puras ilusiones juveniles; nunca iban a llegar a nada.
—Carniel —lo interrumpió Ye Jun con tono severo—, no estoy de acuerdo contigo. Ni siquiera has hablado con Ellinor, no tienes idea de si le gustas o no. ¿Por qué te rindes de esta manera?
—Si no se lo confiesas, jamás lo sabrá. ¿Acaso quieres arrepentirte el resto de tu vida?
Ye Jun se indignaba más a cada palabra. Sabía que los nobles de la Estrella Capital solían tratar a los Omegas como simples monedas de cambio para forjar alianzas y beneficiar a sus familias, pero se negaba a ver a Carniel sacrificarse de ese modo. Tenía a alguien a quien amaba, tenía sus propios sueños; aceptar ese destino lo destruiría por completo.
—Carniel, hace tiempo escuché una historia. Había una joven muy hermosa; muchos querían ser su pareja, pero ella los rechazaba a todos. Un día, vistiendo ropas hermosas, se detuvo bajo un árbol y vio a un muchacho. Él se acercó, la miró fijamente y le dijo: Oh, ¿tú también estás aquí?
—Ella no respondió nada, solo se quedó mirándolo aturdida. Estuvieron de pie en silencio un momento y luego cada uno siguió su camino. Más tarde, esa chica se casó con otra persona y desperdició el resto de sus días. Hasta en su vejez, solía recordar aquella escena: el muchacho que encontró bajo un árbol durante una noche de primavera, cuando aún era joven.
—¡Carniel, si no se lo dices a Ellinor, cuando envejezcas terminarás exactamente como esa chica!
Tras decir eso, Ye Jun empujó el cuaderno de bocetos de vuelta, recogió sus cosas y se marchó.
Carniel se quedó paralizado, solo y atónito en su asiento.
Dos días después, durante el encuentro de intercambio interescolar, el aula estaba como de costumbre. Los Omegas, arreglados de forma deslumbrante, se agrupaban en pequeños círculos para hablar animadamente sobre los Alfas de la escuela Ashley. Ye Jun permaneció sentado leyendo un libro, totalmente indiferente a su entorno.
Justo antes de salir, Carniel se acercó a Ye Jun.
—Hoy voy a ir a buscar a Ellinor —anunció de repente.
Ye Jun lo miró y asintió, para luego volver a bajar la vista hacia su libro. No podía obligarlo a hacer nada, simplemente deseaba evitar que Carniel terminara arrepintiéndose en el futuro.
Carniel siempre había estado acostumbrado a ocultarse en los rincones. Ahora, mientras caminaba hacia Ellinor en el centro de la multitud, se sintió como si lo hubieran arrojado bajo un reflector deslumbrante. Una oleada de nerviosismo lo invadió sin previo aviso.
—Hola, Carniel.
Quien lo saludó fue Keith. Al ser uno de los mejores amigos de Ellinor, ambos solían pasar el rato juntos.
—¿Cómo es que Ye Jun no está contigo? —preguntó.
—Ye Jun ya no necesita asistir a los encuentros de intercambio —respondió Carniel.
—¿Qué? —El rostro de Keith cambió de golpe—. ¿Estás diciendo que Ye Jun ya eligió a un Alfa?
Carniel asintió.
Apretando los dientes, Keith dio media vuelta y salió apresuradamente del lugar.
Carniel se quedó de pie en el mismo sitio. Mientras hablaba con Keith, Ellinor también se había percatado de su presencia.
—Hola, Carniel —saludó Ellinor con una sonrisa.
Aquel Omega de cabello claro le había dejado una fuerte impresión. Parecía tener un carácter extremadamente introvertido. La última vez, para ayudar a Keith con su declaración, Ellinor había apartado a Carniel a un lado para darle espacio a su amigo; al final, pasaron una eternidad juntos y no cruzaron ni tres palabras.
—Hola, Ellinor. ¿Podemos hablar un momento? —pidió Carniel.
Ellinor se desconcertó un poco, pero reaccionó de inmediato y asintió.
—Claro. Vayamos por allí.
Carniel lo siguió a través de la multitud hasta llegar a un rincón tranquilo.
—¿De qué querías hablarme? —preguntó Ellinor, bajando la mirada hacia el Omega frente a él.
Estaba muy delgado y pálido. Su aura resultaba peculiar, aunque Ellinor no lograba descifrar el porqué; simplemente no era como el resto de los Omegas.
Carniel dudó un instante. Luego, como si hubiera tomado una decisión trascendental, le extendió un sobre.
—Para ti.
Ellinor lo tomó, pero no lo abrió de inmediato, sino que se quedó observando los ojos de Carniel. Había estado en esa situación incontables veces. Los Omegas solían entregarle regalos o cartas de amor con miradas rebosantes de timidez y afecto. Sin embargo, en aquel Omega solo podía percibir tristeza. Sí, una tristeza profunda y sofocante.
—Fue un placer haberte conocido, Ellinor. —Carniel se quedó callado unos segundos antes de añadir—: Te deseo mucha felicidad.
Tras pronunciar aquellas palabras incomprensibles, dio media vuelta y se marchó.
Una extraña sensación invadió el pecho de Ellinor. Sin pensarlo, lo tomó de la muñeca.
—¡Espera!
Pero al darse cuenta de su falta de cortesía, lo soltó rápidamente.
—Lo siento. ¿Estás bien? —Le buscó la mirada. Estaba seguro de haber visto lágrimas cristalizándose en aquellos ojos azul claro.
Carniel mantuvo la cabeza gacha y negó.
—Adiós, Ellinor.
Se alejó a paso rápido. Sentía que había gastado hasta la última gota de fuerza para contenerse; si se hubiera quedado un segundo más, se habría largado a llorar.
Adiós, Ellinor. Quizá esta sea la última vez que te vea.
Ellinor observó la figura de Carniel hasta que desapareció por la puerta. Solo entonces volvió en sí y abrió el sobre con lentitud.
Cuando Keith por fin encontró a su prima Liya a toda prisa, ella estaba disfrutando de una amena conversación con un Alfa. Le molestó bastante la interrupción de su primo, pero, preocupada por mantener las apariencias, no dejó que se notara.
—¿Qué pasa, primo? —preguntó Liya, desconcertada, mientras Keith la arrastraba lejos de la multitud.
—¿Vino Ye Jun hoy?
—Sí, vino. La profesora Jacqueline dijo que ya no necesitaba participar en el encuentro y se quedó en el salón.
—Llévame a tu aula.
—Primo, hacer eso va contra las reglas.
De acuerdo con el reglamento escolar, los Alfas tenían prohibido deambular sin permiso por el campus de los Omegas durante el encuentro de intercambio.
—Si nos descubren, solo di que te dolía el estómago y que me pediste que te escoltara a descansar —masculló Keith con ferocidad—. Muévete y llévame rápido, necesito verlo.
—Estás loco, primo. —Liya lo miró con asombro—. ¿Acaso los regaños del general De Rossi no te hicieron entrar en razón?
Lya había escuchado más tarde que su primo había vuelto a ir tras el general Rafal, solo para que el ayudante Norman lo escoltara de regreso y el general De Rossi le diera una reprimenda brutal.
Liya ignoraba el intento de cortejo de Keith hacia Ye Jun. Estaba convencida de que su primo se había ganado la enemistad de Ye Jun y había ido a buscar al general Rafal para ajustar cuentas.
—Primo, ya no vayas a buscarle problemas a Ye Jun. En realidad es una muy buena persona, todo lo que dije de él antes eran tonterías —le aconsejó Liya—. Además, él ya tiene un Alfa. Si vas a molestarlo, ten cuidado de que su pareja no venga a pelear contigo.
Habría sido mejor no mencionar eso. Al escucharlo, la furia de Keith no hizo más que arder con más fuerza. Tiró del brazo de Liya.
—¡Déjate de tonterías y muéstrame el camino!
—¡Suéltame, primo, suéltame! ¡Maldito Keith, no eres más que un abusador de Omegas!
Keith parpadeó, desconcertado, y la soltó.
—No voy a ajustar cuentas con él. Solo… voy a pedirle disculpas por lo que pasó la última vez.
—Está bien. Sígueme —accedió Liya, frotándose la muñeca mientras empezaba a caminar.
Tal como había dicho, Ye Jun estaba completamente solo en el aula. Liya le susurró a Keith:
—Entra rápido a disculparte. Yo me quedaré afuera vigilando. No tardes demasiado. Ya sabes que nuestro encargado de seguridad es extremadamente estricto; si te encuentra aquí, ten por seguro que te arrojará fuera de la escuela.
Keith asintió y se adentró en el salón. Ye Jun estaba inmerso en su lectura y, creyendo que algún compañero de clase había regresado, no le prestó atención.
—Ye Jun —lo llamó Keith.
Ye Jun levantó la cabeza, sorprendido.
—Keith, ¿qué haces aquí?
—Vine a confirmarlo por mí mismo. —Keith dio un paso al frente hasta plantarse frente a él—. ¿De verdad ya elegiste a un Alfa?
Ye Jun asintió. Se puso de pie y retrocedió un paso, buscando poner distancia entre ambos. No sabía por qué, pero sentía que podía percibir el agresivo aumento de feromonas que emanaba de Keith, y eso lo incomodaba.
—¿Quién es? —exigió saber Keith.
—Creo que eso no es asunto tuyo.
—No. Olvidas lo que te dije. Te prometí que esperaría por ti hasta que me eligieras a mí, o a otra persona.
—Ya he elegido a otra persona, así que no necesitas seguir esperando —respondió Ye Jun con serenidad.
—No te creo. Dime, ¿quién es?
Keith se negaba a aceptar la realidad. A sus ojos, nadie más que él comprendía la verdadera magnitud del encanto de Ye Jun.
Ye Jun lo pensó un segundo y respondió.
—Es el general Rafal.
—¿El general Rafal? —Keith quedó petrificado.
—Sí. Confesamos nuestros sentimientos durante las vacaciones. —Ye Jun lo miró a los ojos—. Nunca antes sentí nada por otros Alfas porque, sin darme cuenta, yo ya estaba enamorado de él.
—Eso es imposible. ¡Él es tu tutor! Además, todo el mundo dice que detesta a los Omegas…
—¿Y qué importa que sea mi tutor? —replicó Ye Jun—. Keith, yo conozco mi propio corazón mejor que nadie, y estoy completamente seguro de que él es el Alfa de mi vida.
El impacto dejó a Keith sin palabras.
—Lo siento, Keith, pero no somos compatibles. Confía en mí, encontrarás a un Omega que sea adecuado para ti —le dijo Ye Jun con profunda sinceridad.
Keith ni siquiera supo cómo logró salir de allí. En su mente resonaba, como un trueno, el recuerdo de aquella vez que había ido a confrontar al general Rafal.
Recordó la sofocante presión de esa abrumadora aura autoritaria golpeándolo de frente.
—Aún no tienes derecho a decir esas cosas.
—Entonces resolvámoslo como adultos.
Y recordó cómo su propio padre, tras escuchar el reporte del ayudante Norman, le arrojó directamente una taza a la cabeza, gritándole idiota tres veces seguidas.
Ahora por fin lo entendía. ¡Verdaderamente era un soberano idiota!
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