Tu pantalón está desabrochado

—¡Hunter! ¡Hunter, sal de ahí de una vez! ¡Qué demonios fue la manera en que condujiste hoy! ¡Por qué no bloqueaste a Duceni! ¡Esa era la estrategia de la escudería! ¡Acaso no lo entiendes?

El rugido amenazaba con perforarle los tímpanos.

El joven sentado en el inodoro rodó los ojos hacia el techo de forma exagerada, sacó el celular y empezó a jugar Candy Crush, subiéndole el volumen de paso.

—¡Me cago en toda tu familia! ¡Sal de una puta vez!

—Mis padres se fueron a ver a Dios, ¡tendrás que ir a cagarte en ellos hasta allá! —respondió Hunter con indiferencia.

—¡Abre la puerta, niñato inexperto!

Hunter ladeó la cabeza, tratando de recordar con exactitud si ya tenía vello ahí abajo, y luego respondió con impotencia:

—Tengo suficiente pelo, ¿quieres que le tome una foto y te la mande para que veas?

Tras una pausa de un segundo, Maddie le dio una tremenda patada a la puerta, sacudiéndola tanto que el celular de Hunter casi se cae por el retrete.

—¡Hunter! ¡Maldito tartamudo! ¡Seguro tienes tanto miedo de verme que ni siquiera puedes hablar, por eso no sales, carajo!

Hunter frunció los labios. Básicamente, solo se quedaba sin palabras cuando estaba muy emocionado, pero en ese momento no lo estaba en absoluto; su lengua funcionaba a la perfección.

—Oye, Maddie… Hablo en serio, si tuviera la habilidad para bloquear a Duceni, no sería un novato incapaz de conseguir un solo punto.

Duceni había sido el cuarto lugar en la clasificación general de pilotos de la Fórmula 1 del año pasado. ¿Acaso lidiar con un chiquillo como él, que apenas llevaba tres carreras encima, no sería tan fácil como rebanar melones?

La voz de Hunter tenía un tono perezoso que parecía decir: «A mí qué me importa, es tu propia incompetencia».

El enojo estalló en la cabeza de Maddie y rugió:

—¡Por qué no dices de una vez que no has logrado ni un solo punto en tres carreras y te largas!

Bueno, eso hirió un poco el orgullo casi inexistente de Hunter. Entonces… ¿quería que se lastimaran mutuamente? Le enviaría un pequeño regalo. De lo contrario, dudaba que pudiera siquiera salir del baño. ¡Además, su celular se estaba quedando sin batería y ya no podría jugar Candy Crush!

Hunter desenroscó la botella de bebida que estaba en el suelo, se bajó el pantalón sin prisa y orinó en ella en silencio.

—Maddie, ¿sigues ahí? —resonó la voz tímida de Hunter.

De inmediato, la puerta recibió otra fuerte patada.

—¡Pequeño bastardo! ¡Claro que sigo aquí!

Una sonrisa maliciosa apareció en los labios de Hunter; se paró sobre la tapa del inodoro y lanzó rápidamente la botella a través del hueco por encima de la puerta. Tras el sonido de un chorro cayendo, ¡el rugido de Maddie casi hizo volar el techo del baño!

—¡Evan Hunter! ¡Te voy a matar!

¡Esta vez, la puerta sí fue pateada y abierta! A Hunter no le sorprendió en absoluto. De hecho, era un milagro que la puerta hubiera resistido los ataques de Maddie durante tanto tiempo.

El enfurecido Maddie tenía el hombro empapado y lucía un aspecto lamentable, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y clavados en Hunter. Lo jaló del inodoro de un tirón y, justo cuando su puño estaba por estrellarse contra el rostro del joven, una voz gélida resonó desde la entrada.

—Si no van a usar el baño, les pido que salgan.

La presión del aire cayó en picada, hundiendo el corazón de cualquiera. A pesar de que la voz no era fuerte, provocaba la ilusión de que tu cerebro estaba siendo doblegado. La expresión de furia incontrolable de Maddie fue reemplazada por asombro; en el instante en que soltó su agarre, Hunter lo esquivó bruscamente y retrocedó fuera de su rango de ataque.

—Winston… —Maddie no esperaba en absoluto la aparición de esta persona.

Winston no dijo nada, simplemente desvió la mirada hacia el charco de líquido en el suelo y caminó con tranquilidad hacia el lavamanos. Esa era la primera vez que Hunter veía a Van Winston tan de cerca. Al igual que él, ese hombre había conseguido su licencia de F1 a los dieciocho años. Ferrari tuvo un ojo clínico al fichar a la joven promesa británica. Su arrogancia y frialdad hicieron que alguna vez fuera poco apreciado en la industria, pero en los últimos tres años, Winston se había abierto paso con resultados deslumbrantes, logrando el segundo lugar en la clasificación general el año anterior. Con sus rasgos atractivos y su porte aristocrático inglés, cautivaba a innumerables fanáticas, al punto de que algunos medios escribían: «Winston posee un atractivo sexual ascético». Hablaba poco y los medios casi nunca lograban fotografiarlo sonriendo.

Tanto su técnica como su apariencia eran sobresalientes, lo cual hizo que Hunter, de pie a un lado, sintiera una punzada de celos y acidez en su interior. Uno era el futuro rey según las predicciones de los medios, y el otro, un novato al final de la clasificación… Hunter sintió de pronto que aquel encuentro dañaba un poco su orgullo… aunque seguía creyendo que casi no tenía.

Un momento, no era tiempo de sentir celos. ¡Si no se iba ahora, Maddie lo iba a golpear hasta dejarlo untado en las paredes del baño! Hunter se movió en silencio hacia la puerta, pero Maddie ya se acercaba hacia él a zancadas. ¡Estaba frito! ¡Iba a recibir una paliza de todos modos al salir! Sin embargo, al menos se había desahogado, ¡así que valía la pena!

Fue en ese preciso instante que la voz de Winston resonó.

—Hunter.

Como un trozo de hielo cayendo en agua tibia, los hombros de Hunter temblaron; ni en sus sueños más locos había imaginado cómo sonaría su nombre pronunciado por Winston. Creyendo que había escuchado mal, dio un paso adelante, pero su nombre fue invocado de nuevo por aquella singular voz.

—Hunter.

—¿Me… llamas a mí?

Hunter abrió mucho los ojos y se señaló a sí mismo.

Winston estaba de espaldas a él, secándose las manos con una toalla de papel sin apresurarse. Entre los pilotos, el físico de Winston era indudablemente uno de los más altos y esbeltos; incluso visto desde atrás, destacaba por sus hombros anchos y su cadera estrecha, con unas piernas de líneas tan hermosas que daban ganas de rompérselas. Hunter volvió a sentir aquella acidez. Clavó la mirada en el charco del suelo, deseando de pronto que Winston lo pisara al darse la vuelta; ¿acaso esa cara inexpresiva se resquebrajaría?

Winston tiró el papel a la papelera y se dio la vuelta; como si lo hubiera calculado con suma precisión, la punta de su zapato quedó a casi un centímetro del líquido.

Hunter suspiró para sus adentros. No lo pisó, qué lástima. A pesar de todo, no olvidó que el otro lo acababa de llamar por su nombre, y dos veces.

—¿Necesitas algo?

Para ser sincero, a Hunter le sorprendía bastante que Winston siquiera supiera su nombre. Por supuesto, Maddie, que planeaba golpearlo, también estaba atónito.

Winston se volvió y clavó sus fríos ojos azules en Hunter. El contorno de sus ojos era hermoso, poseía una profundidad indescriptible. Con razón, una famosa periodista había escrito una vez en su columna, medio en broma: «No mires a los ojos de Van Winston por más de tres segundos, o te perderás en ellos». Caminó hacia Hunter, acercándose más y más.

—Tu pantalón está desabrochado.

—¿Eh? ¿Qué? —Hunter no lograba reaccionar.

El otro no lo repitió por segunda vez; levantó la mano sin más, y cuando sus dedos rozaron la cremallera de los jeans de Hunter, este sintió como si la otra mano del hombre se apoyara con delicadeza sobre su zona más sensible. El sonido de la cremallera friccionó directo contra el corazón de Hunter.

Winston tenía el rostro ligeramente ladeado y los párpados bajos; el tiempo ralentizó su respiración, estirándose, y la mente de Hunter quedó en blanco. Después, el otro pasó por su lado sin detenerse, como si aquella conversación jamás hubiera ocurrido.

Tras unos segundos, Maddie habló:

—¿Desde cuándo te codeas con Van Winston?

Hunter sacudió la cabeza, aturdido:

—¡Hoy… fue la primera vez que hablamos!

—¿De verdad? —Maddie volteó el rostro y su expresión volvió a tornarse feroz.

Hunter al fin se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad.

—¡Evan Hunter! ¡Te voy a romper el cuello!

Así fue como, en el vuelo de regreso a Nueva York, Hunter llevó gafas de sol durante todo el trayecto, pues Maddie le había dejado los ojos morados como los de un panda, los dos. El señor Marcus, jefe de la escudería, estaba sentado a su lado.

—Hunter… Sé que acabas de ingresar a la Fórmula 1 y aún no te adaptas por completo. Solo han pasado tres carreras, tienes un largo camino por recorrer, ¿podrías tensar un poco los nervios? —comentó Marcus.

¿Tensarlos? ¿Qué significaba exactamente tensarlos? Si no, ¿por qué no tensaba los suyos para mostrarle?

—Lo sé, Maddie te lo dijo: es él o yo. Todo porque no le bloqueé a Duceni.

—Escucha, Hunter… Piensa que cada año hay muchos pilotos que desean entrar a la Fórmula 1, ¿por qué te elegimos precisamente a ti? ¡Por supuesto, porque todo el equipo cree que tienes potencial! Duceni es una estrella en ascenso muy famosa, pero tú también tienes tus virtudes; si te concentras y lo das todo…

—¿No fue por barato? —Hunter ladeó la cabeza, sin quitarse las gafas de sol.

—¿Qué? —Marcus no entendió por qué Hunter había soltado aquello de repente.

—Me eligieron porque mi salario anual es barato: doscientos cincuenta mil euros.

Marcus abrió la boca y de pronto no supo qué decir.

Hunter volvió a ladear la cabeza y siguió durmiendo. Suponía que, a partir del próximo Gran Premio, pasaría de ser piloto oficial de la escudería Marcus a piloto de pruebas. Eso también estaba bien; mientras los demás competían, él podría quedarse a un lado, fumando y jugando con el celular. Y… retirarse cuando fuera el momento adecuado.

El señor Marcus suspiró y, tras un largo rato, añadió:

—Este sábado por la noche hay una cena benéfica organizada por Ferrari, y estamos invitados. Ve tú también.

—Mejor no voy. Me temo que Maddie será incapaz de sonreír ante los medios.

Marcus sabía que a Hunter no le gustaba lidiar con la prensa, así que intentó persuadirlo:

—Tómalo como una oportunidad para comer aperitivos y beber champán.

—No puedo beber.

—Oh… olvidaba que eres menor de veintiún años —dijo Marcus, fingiendo arrepentimiento—. Pero puedes comer bocadillos y admirar a las chicas.

—De acuerdo… iré. —Hunter suspiró para sus adentros. Sabía que, si no aceptaba, el señor Marcus no dejaría de insistir, dándole más de trescientas sesenta razones sin repetir ninguna, y ya no podría dormir ni un minuto más.

Al aterrizar el avión, Hunter cargó su mochila, volvió a su pequeño apartamento en Nueva York, la arrojó al suelo y se dejó caer sobre la cama. Estaba solo… Qué aburrido…

Encendió la computadora y buscó al azar noticias sobre el último Gran Premio. Lo primero que apareció fue la rueda de prensa de Ferrari posterior a la carrera. Winston estaba sentado junto al jefe de la escudería; casi todas las preguntas de los medios iban dirigidas a él, pero quien respondía era el director.

—Winston, en esta carrera te quedaste a solo cero punto cinco segundos de alcanzar al «Gran Tiburón Blanco» Charles. En los próximos Grandes Premios, ¿crees que serás el mayor obstáculo para que Charles defienda su campeonato?

Quien formulaba la pregunta era la conocida redactora de Fórmula 1, Audrey Wilson.


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