El hombre del traje negro estaba sentado tranquilamente en el sofá; el líquido rojo y oscuro giró con lentitud siguiendo la curva de la copa antes de volver a la calma. Era la fiesta después de una boda.
La mano izquierda del novio sostenía una corbata de moño deshecha, el cuello de la camisa blanca ligeramente abierto revelaba la línea esbelta de su cuello, y su mirada perezosa llevaba una leve sonrisa, como si caminara por las nubes. En principio, ver a un hombre así brindar con vino tinto ante sus invitados habría sido una imagen muy agradable a la vista, pero lo que sostenía en las manos eran dos botellas de cerveza.
—Oye… Van Winston… —El novio, Chen Mobai, se sentó en el sofá y giró el rostro para mirarlo.
Winston pensó que esos debían ser los llamados «ojos de flor de durazno» de los que hablaban en China.
—Estás un poco ebrio —dijo Winston, dejando la copa de vino.
Su voz era gélida; en aquel ambiente ligeramente embriagador, obligaba a cualquiera a despejarse.
—¿Cómo sabes que estoy un poco ebrio?
—Porque me llamaste por mi nombre completo.
El novio extendió la mano, apartó la copa de vino que estaba frente a él y colocó con solemnidad la cerveza que había traído.
—Entonces deberías emborracharte tú también un poco. No estés tan sobrio… La vida es corta, disfruta el momento.
—¿Y cómo se supone que disfrute?
—Haz lo que quieras hacer. —Los dedos de Chen Mobai apuntaron al aire.
—¿Cómo hago lo que quiero hacer? —preguntó Winston de nuevo.
—Si deseas algo, no encierres tus ganas, libéralas por completo y dáselas todas a esa persona. Deja que se ahogue en tu deseo… Incluso si no dices una sola palabra, el otro se volverá loco por ti, de la misma forma en que tú lo deseas.
Chen Mobai le dio un largo trago a la botella de cerveza.
—¿Se puede tener éxito sin decir una sola palabra?
La voz de Winston se mantuvo indiferente, como un río antiguo que fluye de un extremo al otro siguiendo una trayectoria eterna.
—No pienses tanto en ello, solo diviértete… —Chen Mobai se puso de pie y caminó hacia una pequeña figura que conversaba alegremente con unos amigos.
No dijo nada; se limitó a mirar a su novia con una sonrisa, la sacó lentamente de entre sus amigos, se inclinó para frotar su nariz contra la de ella y siguió mirándola fijamente.
El aire pareció ralentizarse, como si una mano acariciara los corazones de todos los presentes.
Los amigos exclamaron: «¡No lo soporto!», «Ya están restregándonos su amor otra vez», «Vámonos, vámonos a casa».
Winston asintió a modo de despedida hacia el anfitrión, tomó la botella de la mesa y se retiró junto con los demás invitados.
Justo cuando cerraba la puerta, la voz de Chen Mobai resonó:
—Oye… Winston…
—¿Mmh? —Winston se dio la vuelta.
—Puedes llegar a ser muy sexy. —Chen Mobai sonrió.
Winston agitó la mano y se marchó.
Tomó un taxi y llegó a un cementerio; la puerta de entrada ya estaba cerrada y todas las luces apagadas, dejando solo la luz de la luna cayendo como un velo sobre las onduladas lápidas. No parecía un lugar aterrador, sino todo lo contrario, silencioso y pacífico, como si todo el bullicio del mundo guardara silencio allí.
Winston giró el rostro; a contraluz, lucía vago y misterioso.
—¿Disfrutar el momento?
La esbelta figura retrocedió dos pasos antes de correr hacia la puerta de hierro con una fuerza explosiva, saltándola de un brinco. Al aterrizar, se arrancó la corbata de moño, la hizo a un lado, y se dio la vuelta para recuperar la botella de cerveza que había dejado al otro lado de los barrotes.
Hileras de lápidas parecían mirar obstinadamente el cielo nocturno, esperando su llegada, pero Winston caminó directo hacia el fondo sin la menor vacilación y se detuvo. Allí yacía enterrado su único rival en esta vida: Hunter.
Un piloto de primera categoría de la Fórmula 1 que murió en un accidente automovilístico, ¿qué tan irónico era eso? Aún más irónico era que, desde entonces, sin importar cuántos supuestos «genios» aparecieran uno tras otro, él, Van Winston, seguía siendo el rey solitario.
Winston dejó la cerveza frente a la lápida de Hunter, curvó los labios en una sonrisa, y con aparente calma, pareció agitar la noche.
—Hunter… ¿no crees que si ibas a morir, habría valido más la pena que yo te cogiera hasta matarte? ¿Recuerdas cuando en mi cumpleaños dijiste que me cumplirías un deseo? Mi deseo es… que sigas vivo, y que me ames con locura, igual que yo te amo a ti.
Se inclinó hacia adelante, manteniendo su habitual elegancia contenida, y apoyó la frente con suavidad contra la lápida.
A la mañana siguiente, Winston se sentó en la cama, sujetándose la cabeza. El celular sonó, lo tomó distraídamente, y el nombre que parpadeaba en la pantalla lo sorprendió un poco. Era el nombre de su antiguo preparador físico. Habían terminado su contrato hacía cinco años, y el entrenador se había dedicado a vender artículos deportivos, convirtiéndose en un empresario bastante exitoso.
—¡Oye, Winston! ¡Llevo casi diez minutos esperándote! ¡Llegar tarde a los entrenamientos no es propio de ti!
—¿Me estás esperando? ¿Por qué? —Winston se incorporó.
—¿Que por qué te espero? ¿Estás mal de la cabeza? ¿Crees que un preparador físico te espera para ir juntos al cine?
Winston frunció el ceño. Quiso decir algo, pero se levantó y corrió las cortinas. La luz del sol resultaba un poco deslumbrante. Cuando distinguió el cartel publicitario en el edificio de enfrente, se quedó atónito. ¡Era el anuncio de una película muy popular de hacía cinco años! Y la vista de la calle, junto a la ropa de los transeúntes, le resultaba ajena pero extrañamente familiar. También estaba aquella estatua de bronce, la cual había sido demolida hace dos años, pero que ahora se erguía allí con absoluta claridad.
Todo era igual que en sus recuerdos, y a la vez diferente.
—Hoy… ¿qué fecha es? —preguntó Winston, cerrando los ojos.
—Doce de mayo, ¿por qué? —El entrenador sonaba algo receloso.
En su memoria, Winston era metódico en todo lo que hacía, incluso tenía un poco de trastorno obsesivo-compulsivo… ¿Cómo era posible que no recordara la fecha de hoy?
—¿Qué año? —Los dedos de Winston apretaron el celular con tanta fuerza que los nudillos palidecieron.
En el instante en que escuchó el año, arrojó el celular sobre la cama de golpe, corrió hacia el escritorio, abrió el cajón de un tirón, sacó el calendario de carreras y lo desplegó rápidamente. Su mirada recorrió el papel de arriba abajo, y en el momento en que vio aquel nombre, sus pupilas parecieron a punto de estallar.
—Escudería Marcus, Evan Hunter.
El tiempo estático comenzó a correr furiosamente en ese preciso instante.
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