No necesitas L

Sus facciones poseían un aire intelectual; su largo y ondulado cabello castaño resaltaba su intenso encanto latino, sumado a su figura curvilínea y al nada disimulado interés hacia Winston en su mirada, que no solo atrajo la atención de los demás medios de comunicación presentes, sino también la de Hunter en ese instante.

—Ah, ah… Si tan solo una belleza así me entrevistara frente a frente, valdría la pena llamarse piloto de carreras —suspiró Hunter, con las manos entrelazadas detrás de la nuca.

—No soy el obstáculo de nadie —dijo Winston—. Apenas llevamos tres carreras en la temporada.

Las palabras de Winston fueron concisas, y los medios presentes se silenciaron de inmediato.

—¿Insinúa que usted también podría ser el campeón absoluto, verdad? —La sonrisa en el rostro de Audrey Wilson se hizo más evidente.

—Así es.

Ya fuera por su expresión o por su voz, resultaba imposible percibir arrogancia o presunción alguna en él. Inspiraba un profundo respeto, y era imposible odiarlo.

—Ya no quiero ver esto, ya no…

No había podido dormir bien en el avión, así que lo mejor era descansar un rato… Apenas se había envuelto en las mantas cuando la pareja de al lado empezó a hacerlo de nuevo, sacudiendo la pared con tanta fuerza que la pantalla de la lámpara se desprendió, cayendo de golpe justo sobre su cara.

—¡Maldición! —exclamó Hunter, apartando la pantalla de un manotazo antes de salir disparado hacia la habitación contigua para golpear la puerta y presionar el timbre con todas sus fuerzas.

Sin embargo, a través de la puerta aún se escuchaban respiraciones agitadas y los gemidos melosos de la mujer; a Hunter le estaba a punto de estallar la cabeza.

—¡Lo hacen de día y también lo hacen de noche! —gritó—. ¡Por favor, avísenme cuándo piensan parar para poder dormir de una maldita vez!

Los rugidos de Hunter resonaron por todo el pasillo, garantizando que tanto en el piso de arriba como en el de abajo hubieran escuchado sus quejas. Pero al otro lado de la puerta ya habían alcanzado un estado de éxtasis total; Hunter estuvo presionando el timbre sin descanso durante casi veinte minutos antes de que finalmente se calmaran.

Cuando la puerta se abrió, apareció una hermosa mujer de cabello castaño y ondulado, luciendo una expresión perezosa pero satisfecha. Solo llevaba puesta un fino camisón que marcaba sus curvas con total claridad, provocando que las orejas de Hunter se pusieran rojas de inmediato.

—La próxima vez que vayas a volver, avísanos también —dijo ella con una sonrisa.

—¡Así está mejor! —respondió Hunter, pensando que seguramente se sentía avergonzada y había decidido dejar de perturbar su descanso.

—Te contrataremos para tocar el timbre, pagándote cinco dólares por cada diez minutos. Niñito, seguro no sabías que cuanto más tocas, más nos excitamos, ¿verdad?

Hunter abrió mucho los ojos, como si estuviera convencido de haber escuchado mal. ¿Qué demonios era eso?

Ella soltó una ligera carcajada y le guiñó un ojo con coquetería.

—Tienes una cara muy linda, lástima que no sabemos si ya terminaste de desarrollarte allá abajo.

Hunter se enfadó un poco. No, se enfadó muchísimo. Era la segunda vez en la semana que alguien mencionaba a su amiguito. La última vez había sido en los baños del Gran Premio de España, cuando un furioso Maddie le preguntó si ya le habían crecido todos los vellos.

—Maldita sea…

De repente, Hunter empezó a presionar el timbre de nuevo con furia. Esta vez, fue un hombre quien abrió la puerta. Tenía unos músculos dignos de un fisicoculturista, con un abdomen y una cintura que denotaban gran poder, y miró a Hunter con ferocidad.

—¿Qué quieres?

Lejos de intimidarse, Hunter le tendió la mano.
—Tu mujer dijo que me pagarían cinco dólares por tocar el timbre durante diez minutos. Si le sumamos los segundos que acabo de tocar, da un total de veinte minutos; así que hazme el favor de pagarme diez dólares.

El fisicoculturista se quedó pasmado. La mujer a sus espaldas soltó una carcajada, sacó su cartera y depositó diez dólares en la palma de Hunter.

—Eres tan lindo.

—Si soy lindo o no, a ti qué te importa.

Hunter se metió el billete en el bolsillo y decidió cruzar la calle para comprar yogur en el supermercado y consolarse un poco.

Era un supermercado de gran tamaño, donde a menudo se veía a los padres colocando a sus hijos dentro de los carritos mientras paseaban entre las interminables filas de estanterías. Siempre que veía eso, sentía un poco de envidia. Y no era solo porque sus padres ya hubieran fallecido, sino más bien porque, incluso cuando aún vivían, casi nunca accedían a echar al carrito las cosas que él quería.

Tras escoger dos envases de yogur, a Hunter se le antojaron unas galletas. Se acercó al pasillo correspondiente y vio sus favoritas: las galletas suizas de azúcar moreno. Al tomar un paquete, notó que ese espacio en la estantería quedaba vacío, revelando el perfil de otro hombre al otro lado.

Era apenas una pequeña rendija, pero parecía como si Dios hubiera encogido a propósito el mundo de Hunter; la línea que unía la frente con el tabique nasal de aquel hombre formaba un relieve hermoso a la vista, mientras que sus pestañas caídas le daban una apariencia sumamente suave. Era un hombre, sí, pero para Hunter, la belleza era una apreciación subjetiva que no entendía de géneros. Si le parecía atractivo, entonces se quedaría mirándolo un poco más; al fin y al cabo era gratis y al otro no se le caería el pelo por ello.

Pero justo en el instante en que la mirada de aquel hombre se desvió hacia su dirección y lo observó a través de la rendija, Hunter contuvo el aliento de forma involuntaria. ¡La persona al otro lado de la estantería no era otra que Van Winston!

Esa mirada fugaz parecía poseer un poder penetrante, estrellándose de inmediato contra lo más profundo de la mente de Hunter. Aunque a todas luces se trataba de una mirada carente de deseo, sintió como si estuviera a punto de sufrir quemaduras, obligándolo a dar un paso atrás.

De golpe recordó la escena en los baños del Gran Premio de España, cuando Winston le subió la cremallera de los pantalones; ¡ese era un episodio oscuro del cual jamás podría librarse en toda su vida! Siempre creyó que, aunque ambos fueran pilotos, existía una brecha abismal entre el nivel de Winston y el suyo, por lo que nunca tendrían otra oportunidad para conversar o cruzarse. ¡Jamás imaginó que se encontrarían en un supermercado!

Hunter intentó apartar la mirada, pero tuvo la extraña ilusión de que el otro lo estaba inmovilizando. ¿Tal vez a Van Winston no le gustaba que se le quedaran viendo y por eso se había molestado? Soltando un suspiro, Hunter tomó su canasta de compras y se dirigió hacia otro pasillo.

Poseía una habilidad sumamente útil: era capaz de pretender que todos aquellos sucesos bochornosos, vergonzosos o terribles jamás habían ocurrido. Así que, nunca se había topado con Van Winston en el baño, ni tampoco se lo había encontrado en el supermercado; de todos modos, Winston jamás se acordaría de haberse cruzado con él.

Con el ánimo mucho más ligero, se acercó a las cajas registradoras cargando su canasta. Parecía que mucha gente aprovechaba el fin de semana para hacer las compras. Hunter sacó su teléfono y se puso a jugar un juego de combinar fichas. Mientras jugaba, iba observando cómo avanzaba la fila frente a él, y de paso empujaba suavemente la canasta hacia adelante con la punta del pie.

Unos diez minutos más tarde, por fin le tocó el turno de pagar. Sin embargo, al pasar la tarjeta de crédito, la cajera le informó que había alcanzado el límite de sobregiro. Lo cual significaba que… la había vaciado.

Rascándose la nuca, recordó que la semana anterior les había comprado un equipo de sonido a sus amigos de baile callejero, luego pagó el alquiler y después se metió de lleno en las carreras… Parecía que se había olvidado de pagar la tarjeta.

—Entonces, no llevaré nada más que el yogur —dijo, sacando del bolsillo los diez dólares que había ganado tocando el timbre.

En ese preciso momento, una voz algo fría y similar al sonido del metal golpeando una habitación vacía provino de sus espaldas.

—Cóbrelo todo con mi tarjeta, a excepción de esa caja de ropa interior.

Los hombros de Hunter se tensaron; al darse la vuelta, ¡descubrió horrorizado que Winston estaba parado justo detrás de él! Seguía conservando la misma expresión inalterable de siempre mientras estiraba el brazo, rozando el hombro de Hunter al entregarle su tarjeta a la cajera; el pecho de Winston se pegó ligeramente a la espalda del joven. Se sentía… como si lo hubieran abrazado por la espalda.

¿Qué estaba pasando aquí? ¿En qué momento se había acercado tanto Winston? Un momento, estaban haciendo fila… ¿Eso quería decir que, apenas él se había puesto a hacer fila, Winston también se formó para pagar? Con tantas cajas registradoras abiertas, ¿por qué había elegido formarse justo detrás de él?

En circunstancias normales, sabía que debía darle las gracias y decirle que le devolvería el dinero cuando tuviera la oportunidad, pero al momento de abrir la boca, las palabras que salieron fueron distintas.

—¿Por qué no la ropa interior?

Las personas que se encontraban a su alrededor voltearon a mirarlos; incluso la cajera se ruborizó ligeramente. No obstante, Hunter no se arrepintió de haber hecho la pregunta. Si no obtenía una respuesta ahora, se quedaría dándole vueltas al asunto en cuanto llegara a casa.

—Porque no es tu talla. —La voz de Winston seguía sonando imperturbable.

—¿Ah? ¿Cómo que no es mi talla?

—Tú usas una M, no necesitas la L —respondió Winston, cuyas palabras poseían un tono tan autoritario que inexplicablemente resultaba convincente.

Al observar la naturalidad en la expresión del otro, el pequeño corazón de Hunter recibió otra puñalada contundente. ¿Qué demonios quería decir con «no necesitas la L»? ¿Acaso estaba insinuando que la tenía pequeña? ¡Maldita sea! ¡Era la tercera vez en la semana que alguien mencionaba a su amiguito!

Justo cuando estaba a punto de decirle «no necesito que me pagues nada», Winston volvió a tomar la palabra.

—Este tipo de tela pierde su elasticidad muy rápido.

—… Oh.

En ese instante, sintió como si su alma hubiese sido purificada. Resultaba que no estaba sugiriendo que el tamaño de su amiguito fuera demasiado pequeño, sino que la calidad de los calzoncillos dejaba mucho que desear.

—Gracias, te lo devolveré la próxima vez.

Sosteniendo sus bolsas de compras, Hunter se despidió con un gesto elegante y salió del local. Porque de otro modo, ¿se suponía que iba a quedarse allí esperando a que Winston terminara de pagar para continuar debatiendo acerca de las telas de la ropa interior?

De camino a casa y cargando con todas sus compras, Hunter alzó la cabeza y soltó un suspiro. Al final no había comprado ropa interior… ¿Qué se iba a poner esta noche? No tenía nada limpio… Además, esa estúpida cena benéfica del fin de semana era una total molestia. ¿Dónde estaba su traje?

Tras llegar a su casa, revolvió cajones y armarios hasta dar por fin con un traje. Se lo probó frente al espejo, y comprobando que se veía muy discreto, quedó más que satisfecho con el resultado. Espera un momento… Se trataba del banquete de caridad de Ferrari, era evidente que Winston asistiría. Entonces, ¿debería aprovechar para devolverle su dinero? ¿Cuánto le debía? No se acordaba, así que prefirió dejarlo pasar. Siendo alguien que cobraba un sueldo anual multimillonario, dudaba que a Van Winston le importara haber pagado por su compra del supermercado.

Llegado el fin de semana, Hunter condujo su pequeño Jeep hasta el prestigioso hotel donde tendría lugar la recepción. Había una gran cantidad de personas yendo y viniendo, con hombres y mujeres luciendo trajes de gala, acompañados de coches lujosos y rodeados del deslumbrante brillo de las estrellas. Todas aquellas figuras de la alta sociedad entregaban las llaves a los aparcacoches antes de caminar con pasos elegantes hacia el interior del recinto.


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