Sus pupilas se tornaron gradualmente de un rojo escarlata y una respiración pesada escapó de su nariz, asemejándose a una bestia acorralada dentro de una jaula.

Zhou Yunsheng ignoraba por completo que el monje se retorcía de agonía en el exterior; incluso si lo supiera, probablemente consideraría que su sufrimiento aún no era suficiente. Saltó y se escabulló por los tejados, deshaciéndose de los guardias ocultos esparcidos por los alrededores. Al ver a una fila de soldados parados frente a un pabellón sobre el agua, disparó varias corrientes de aire con las yemas de los dedos para inmovilizarlos; luego, empujó la puerta y entró con absoluta arrogancia.

En el interior resonaba el punteo de instrumentos de cuerda entrelazado con cantos melodiosos, mientras una fragante brisa acariciaba el rostro, embriagando los sentidos. El llamado nido de placer y suavidad no era más que esto.

Varios hombres robustos yacían sentados o recostados con expresiones indolentes. Al notar la intrusión de un forastero, empujaron de inmediato a las mujeres en sus brazos y desenvainaron sus armas para confrontarlo.

—¿Quién eres? —gritó uno de ellos—. ¿Acaso tienes idea de con quién te estás metiendo?

—Precisamente porque sé quiénes son, es que he venido. —Zhou Yunsheng le dedicó una leve sonrisa al único hombre apuesto y fornido que no se había inmutado.

El sujeto seguía recostado en el diván. Tenía a una belleza posada sobre sus rodillas, abrazaba a otra contra su pecho, y una tercera lo rodeaba por el cuello desde atrás, lamiéndole el lóbulo de la oreja con una pequeña y húmeda lengua mientras soltaba risitas seductoras.

A pesar de la repentina irrupción del invitado no deseado, aquellas mujeres no mostraron pánico alguno, ya que sabían perfectamente que, sin importar de quién se tratara, provocar a ese hombre solo tenía un desenlace posible: una muerte sin un cadáver que sepultar. Él era el Rey de la Frontera Sur y el futuro soberano del Gran Imperio Xia. ¿Cómo podría la fuerza de un solo individuo resistir ante miles de tropas y caballos? Aquel burdel estaba infestado por sus guardias en las sombras; capturar a un mero asesino sería tan fácil como voltear la palma de la mano.

Aunque el Rey parecía relajado, su corazón latía con inquietud. Cada vez que salía de viaje, llevaba consigo un centenar de guardias de artes marciales excepcionales; sin embargo, aquel hombre vestido de negro había penetrado hasta sus aposentos interiores sin que nadie reaccionara. Lo más probable era que ya hubieran sido eliminados.

Incluso el monje Zixuan, aclamado como el individuo más poderoso del mundo marcial, jamás lograría salir ileso tras enfrentarse a su guardia de élite. No obstante, este individuo estaba completamente indemne y su respiración fluía imperturbable, lo que demostraba que su nivel de cultivo superaba con creces al del monje. Mientras intentaba deducir la identidad de su adversario, el hombre agitó la mano.

—El que llega es un invitado —dijo con calma—. Hermano, ¿por qué no te sientas y bebes una copa conmigo?

—Me parece excelente. —Zhou Yunsheng tomó asiento con una postura imponente y dominante, agarrando la jarra de vino sin miramientos para beber a grandes tragos—. El vino de Yuan Kunpeng es naturalmente el mejor del mundo, y sería una falta de respeto rechazarlo.

—Los rumores en el mundo marcial afirman que el líder de la secta Yu resultó gravemente herido y le queda poco tiempo de vida; al parecer, todo eran falsedades. —Yuan Kunpeng, tras adivinar la identidad del hombre, elevó su guardia al máximo.

Yu Canghai había exterminado a las Siete Grandes Familias de las Artes Marciales; claramente no era un individuo benevolente. Días atrás, su buen hermano Zhan Chenyang incluso había reunido a expertos para aniquilarlo por el bien de su prometida. Si no estuviera librando una guerra en el norte, él mismo habría enviado tropas para apoyarlo. ¿Acaso había venido a buscar venganza?

—Tranquilo. Cada deuda tiene su deudor, y cada agravio su culpable. —Zhou Yunsheng perforó sus dudas con una sola frase mientras golpeaba suavemente la mesa con las yemas de los dedos—. Como no participaste en el exterminio de mi clan, no descargaré mi ira sobre ti. Por el contrario, he venido a salvarte la vida. Porque, una vez pase el día de mañana, no serás más que un cadáver.

—¿Qué diablos estás diciendo? —Un general que acompañaba a Yuan Kunpeng se adelantó, desenvainando su arma con una expresión feroz—. ¡Créeme cuando te digo que te cortaré la lengua!

Zhou Yunsheng sonrió con desdén. Con un ligero movimiento de su manga, el hombre salió despedido contra la pared para luego deslizarse hacia el suelo. Quedó con los ojos cerrados y la boca llena de sangre, presentando un aspecto verdaderamente miserable. Los demás sintieron que se les rasgaban las cuencas de los ojos por la ira, pero ninguno se atrevió a actuar de forma temeraria.

Aquel sujeto era el general adjunto más valiente bajo el mando de Yuan Kunpeng, capaz de enfrentarse a cien hombres sin ser derrotado, ostentando un mérito inigualable en el mundo. Sin embargo, el viento generado por la manga del hombre lo dejó inconsciente de un solo golpe. Resultaba evidente que sus artes marciales superaban todas las expectativas; si lo hacían enfadar, el general más cercano a él estaría en grave peligro.

—Mis disculpas. —Zhou Yunsheng juntó las manos en un saludo carente de cualquier sinceridad.

—No hay problema. Fui yo quien falló en mantener la disciplina entre mis subordinados. —Yuan Kunpeng alzó su copa—. Beberé esto en señal de respeto y como disculpa para el líder Yu.

Puesto que gobernaba toda la Frontera Sur, naturalmente no era un individuo mediocre. Entendía a la perfección el principio de que un gran hombre debe saber cuándo ceder y cuándo imponerse. Inclinó la cabeza para beber el fuerte licor y luego volcó la copa vacía para demostrar su sinceridad.

Zhou Yunsheng tomó su copa y dio un pequeño sorbo. Sus ojos de flor de durazno, de un color dorado similar al té, ondulaban con un brillo ardiente y enigmático que dejó a Yuan Kunpeng atónito. Jamás imaginó que el demonio del que hablaba Zhan Chenyang fuera un personaje tan extraordinario. Su rostro poseía una belleza inigualable, y su aura helada e imponente era difícil de resistir, incluso para alguien como él, acostumbrado a ocupar altas posiciones de poder. Inevitablemente recordó sus palabras recientes y, en el fondo, comenzó a creerle; su semblante sereno mostró una grieta de duda.

—¿De dónde viene esa afirmación de que el líder de la secta Yu ha venido a salvarme? —sondeó.

—Es una larga historia. —Zhou Yunsheng dejó la copa, curvando los labios en una sonrisa impregnada de malevolencia—. En lugar de confiar ciegamente en mis palabras, será mejor que lo compruebes por ti mismo.

Zixuan permanecía de pie en un callejón lúgubre, con los ojos inyectados en sangre mientras contemplaba a lo lejos el burdel lleno de risas y cantos melodiosos. Dos prostitutas sostenían a un hombre fornido y ebrio que salía por la puerta; una deslizaba la mano bajo su ropa para acariciar sus robustos músculos pectorales, mientras la otra le susurraba al oído, tapándose la boca de vez en cuando para reír con coquetería.

El sujeto, como si su deseo hubiera sido incitado, atrajo a la mujer con brusquedad para morderla de forma desenfrenada, amasando con sus enormes palmas aquellos dos bultos de carne suave, blanca y abundante. Los clientes que iban y venían estallaron en risas estridentes al presenciar la escena, y algunos incluso silbaron, animándolo a esforzarse más.

Aquella imagen repulsiva y lasciva apuñaló las pupilas de Zixuan. Juntó las palmas pidiendo perdón a Buda y, sin la menor vacilación, saltó hacia los tejados para aproximarse al lupanar.

No podía dejar de elucubrar qué estaría haciendo esa persona en aquel mismo instante. ¿Acaso estaría abrazando a varias meretrices para buscar placer, igual que aquel fornicador? La imagen forjada en su imaginación provocó que su corazón se contrajera por el dolor, lo que a su vez causó que su vasta y poderosa energía interna circulara sin control a través de sus meridianos. Sus pasos tambalearon, casi haciéndolo caer del techo. Se detuvo de inmediato y se sentó con las piernas cruzadas sobre la cumbrera para regular su respiración. Solo después de un breve instante logró librarse de la sensación de pánico al sentir que perdía el control de su propia alma.

Ignoraba en qué pabellón o cámara se encontraba la persona que buscaba, por lo que solo pudo quedarse allí, mirando a su alrededor, antes de elegir una dirección basándose en la pura intuición y lanzarse con celeridad hacia ella.

Los alrededores estaban plagados de guardias a los que se les habían sellado los puntos de acupuntura. Aquel método tan siniestro y veloz solo podía ser obra de él, lo que significaba que definitivamente debía estar cerca. La ansiedad de Zixuan se apaciguó un poco. Comenzó a registrar un patio tras otro, pero, de pronto, se quedó petrificado. Oculto entre el denso follaje, miró con incredulidad a las dos personas en la habitación de enfrente.

Eran dos hombres, uno delgado y frágil, el otro alto y fornido. Se encontraban superpuestos, uno delante del otro, apoyados contra la ventana. El sujeto más débil estaba completamente desnudo, con ambas manos sujetándose del alféizar; dos senderos de lágrimas corrían por sus mejillas y su entrecejo estaba fruncido, reflejando pura agonía.

El hombre musculoso estaba completamente desnudo detrás de él. Con una mano golpeaba su pálida carne trasera y con la otra le tiraba del cabello, escupiendo un flujo incesante de blasfemias y obscenidades. El gigantesco miembro de color púrpura rojizo que colgaba entre sus piernas estaba íntimamente conectado a las partes privadas del joven, embistiendo una y otra vez; a veces profundo, a veces superficial, a veces suave, a veces brutal.

Aunque Zixuan era un monje, llevaba bastante tiempo deambulando por el mundo marcial. Puede que no conociera los asuntos entre hombres y mujeres a la perfección, pero entendía lo fundamental. Sin embargo, aquellos dos individuos eran claramente hombres que realizaban actos supuestamente reservados para un hombre y una mujer. Por sus expresiones divididas entre el tormento y el placer, así como por los constantes choques y empujes, Zixuan comprendió sin lugar a dudas que estaban copulando.

Los sabios decían: no mires lo que es indecoroso, no escuches lo que es inmoral, no actúes contra la virtud. Zixuan sabía perfectamente que debía alejarse de inmediato y fingir que no había presenciado nada, pero sus pies parecían estar pegados a la rama, impidiéndole moverse.

Que dos hombres pudieran llegar a tener tanta intimidad fue una epifanía que le abrió de golpe una puerta que jamás había cruzado, permitiéndole contemplar un paisaje nunca antes visto: grotesco, escandaloso y fascinante.

Se sintió aterrorizado, consternado y perdido, pero al mismo tiempo experimentó una excitación sorda, indecible. En medio de su aturdimiento, el rostro del hombre esbelto se metamorfoseó en aquella belleza cautivadora que ansiaba día y noche, desgarrándole las entrañas; mientras que el sujeto corpulento se transformó en él mismo, utilizando toda su fuerza para embestir despiadadamente hacia el interior de aquel nido apretado, húmedo y ardiente.

—¡Ah, estoy a punto de llegar! —chilló de pronto el joven delgado, alzando la voz—. ¡Más rápido, mi señor, más rápido, fóllame hasta matarme!

Luego hundió la cintura; de su miembro erguido brotó un torrente espeso y blanco que salpicó el alféizar de la ventana, manchando también su propio pecho liso.

El hombre fornido se ensañó dándole más de diez embestidas brutales antes de dejarse caer, temblando, sobre la espalda del joven. Recogió una pizca del fluido blanco y se lo metió en la boca a su compañero, ordenándole que se lo comiera todo. Aunque el joven se sentía humillado, no se atrevió a resistirse, tragando a duras penas aquella inmundicia con las lágrimas asomando por las esquinas de sus ojos.

Si aquel rostro bañado en lágrimas fuera reemplazado por esa persona, ¿cuán maravillosamente exquisita sería la escena? ¿Y si el responsable de hacerle derramar esas lágrimas fuera él mismo? Pensamientos tan depravados se enroscaron como víboras venenosas en la mente de Zixuan; no podía ahuyentarlos, ni cortarlos, ni olvidarlos.

Su energía interna recién estabilizada volvió a enfurecerse a través de sus meridianos, provocando un dolor agonizante en sus extremidades y trastornando su respiración. Con un sonido sordo, no pudo evitar escupir una bocanada de sangre de un sabor dulce y metálico. La rama bajo sus pies, incapaz de soportar el salvaje torrente de su inmensa fuerza interna, emitió un crujido espeluznante, a punto de romperse en mil pedazos.

Justo en ese instante, dos individuos salieron volando desde el pabellón acuático cercano, dirigiéndose uno tras otro hacia el suroeste. El que iba a la cabeza no era otro que Yu Canghai, aquel por quien Zixuan había estado buscando infructuosamente.

Ignorando sus propias heridas internas, el monje se apresuró a seguirlos. Sus ojos enrojecidos escanearon al hombre de pies a cabeza en múltiples ocasiones; al comprobar que su ropa estaba inmaculada y su cabello en perfecto orden, supo de inmediato que no había venido a buscar placer sensual. La fuerza interna que amenazaba con hacer explotar su cuerpo comenzó a retraerse gota a gota, hundiéndose dócilmente de vuelta en su dantian. Sintiendo un inmenso alivio en su corazón, Zixuan por fin tuvo la claridad mental para observar a la persona que iba detrás. Fue recién cuando este último cambió de dirección que pudo distinguir la mitad de su rostro: era el ilustre y afamado señor de la Frontera Sur, Yuan Kunpeng.

Yuan Kunpeng y Zhan Chenyang eran amigos íntimos; ¿con qué propósito lo habría buscado Yu Canghai? Lleno de recelo, Zixuan los persiguió aún más de cerca, negándose a dejarlos escapar.

Las tres figuras se movieron y saltaron por los tejados, llegando en poco tiempo a un patio aislado. Zhou Yunsheng guio a Yuan Kunpeng esquivando capas de guardias hasta ocultarse en las vigas del techo de una habitación en particular, observando el interior en absoluto silencio.

Debajo había una mesa cuadrada rodeada por tres estanterías llenas de pergaminos, y en el aire flotaba un intenso aroma a tinta. Evidentemente, era el estudio privado de alguien. Aunque ya se acercaba la medianoche, aún parpadeaba la débil luz de una vela, lo que indicaba que el amo de la casa todavía no descansaba y probablemente regresaría en cualquier momento.

—¿Dónde estamos? —articuló Yuan Kunpeng de manera inaudible, moviendo tan solo los labios.

—Lo sabrás en un momento. —Zhou Yunsheng agitó la mano con total apatía.

Zixuan se mantenía sobre la rama de un árbol algo alejado del estudio, intentando descifrar el motivo de la presencia de esos dos sujetos y a quién le pertenecía dicha morada. Sus dudas se disiparon casi de inmediato al ver acercarse por el lúgubre sendero a un hombre de figura imponente y aura sobresaliente, flanqueado por dos guardias que portaban linternas. A su lado, caminaba una mujer de curvas seductoras y belleza sin parangón. Eran, ni más ni menos, el célebre Maestro de la Villa Biyun, Zhan Chenyang, y la hija de la Familia Miao, Miao Ruiling.

Al descender de la montaña, Zixuan había escuchado a su maestro contar que el demonio Yu Canghai no solo había masacrado a las Siete Grandes Familias, sino que, cegado por la lujuria, había secuestrado a la amada hija del Maestro Miao; un crimen imperdonable a todas luces.

¿Así que esta era la mujer que había hechizado el alma de Yu Canghai? Tenía, en efecto, un rostro magnífico. Mientras Zixuan la escrutaba, no fue consciente de que su propio y hermoso semblante se distorsionaba sin control hasta cristalizarse en una mueca espantosa y feroz. Pareció transcurrir una eternidad, aunque solo fue una fracción de segundo, antes de que lograra estabilizar su pesada respiración para evitar ser detectado por la pareja que se aproximaba.

Por fortuna, sus artes marciales superaban por un margen absurdo a las de aquellos dos. A pesar de sufrir graves lesiones internas y exhibir leves indicios de una desviación de qi, pudo ocultar su presencia a la perfección. La pareja pasó junto al árbol que le servía de escondite, completamente ignorante del peligro, y empujó la puerta para adentrarse en el estudio.

Cuando Yuan Kunpeng divisó aquellos dos rostros familiares iluminados por la luz de las velas, su duda se metamorfoseó en asombro absoluto. Apenas el día anterior había recibido una misiva de Zhan Chenyang alegando que se encontraba en la Villa Miao consolando a su asustada prometida, y que, por ende, le sería imposible reunirse con él en el campamento militar para trazar estrategias.

Alguien que supuestamente debía hallarse a miles de kilómetros de distancia, en realidad había estado operando bajo sus propias narices todo el tiempo. Yuan Kunpeng no podía comprender por qué su «buen hermano» le mentía de forma tan descarada; su mente comenzó a tejer un sinfín de sospechas. Con la mirada sombría y los labios tensos, su expresión se tornó de un desagrado extremo, pero al detener la vista en Miao Ruiling, sus facciones se suavizaron de manera involuntaria. Aquella era la mujer que amaba, pero que jamás podría poseer.

Zhou Yunsheng siempre supo del encanto arrollador de Miao Ruiling, pero ignoraba que incluso Yuan Kunpeng hubiera caído bajo su hechizo. No pudo evitar arquear los labios en una sonrisa gélida y despectiva. Esto era simplemente perfecto. Entre más profundo fuera el amor inicial, más abrasador sería el odio posterior. El juego acababa de volverse infinitamente más divertido.

Zhou Yunsheng y Yuan Kunpeng eran expertos de la cúspide marcial. Mientras no desearan exponerse, nadie en el mundo podría detectar su rastro. Ajenos al escrutinio, Zhan Chenyang y Miao Ruiling se acercaron a la mesa para sentarse, se sirvieron dos tazas de té caliente y comenzaron a dialogar sin percibir la menor anomalía.

—¿Cuándo conseguiremos por fin el Sutra del Corazón Infinito? —preguntó Miao Ruiling.

—Todos los asesinos que envié fueron aniquilados, y quien ejecutó la masacre fue extremadamente cruel; no dejó ni un solo cadáver intacto —respondió Zhan Chenyang—. Ese definitivamente no es el estilo del monje Zixuan. ¿Crees que haya sido Yu Canghai?

—Imposible. Yo misma vi cómo bebía el Veneno Rompe-Intestinos —aseguró Miao Ruiling—. A estas alturas, ya debería tener las tripas destrozadas y haber perdido todas sus artes marciales. ¿De dónde sacaría la fuerza para asesinar a nadie?

—¿Si no fue él, entonces quién pudo ser?

Miao Ruiling agitó la mano en silencio, perdiéndose en sus pensamientos.

Oculto entre las vigas, Yuan Kunpeng desentrañó todo el panorama a partir de esas breves oraciones. Aquel par deseaba aniquilar a Yu Canghai no por la nobleza y la justicia que predicaban al mundo, sino por el egoísta propósito de arrebatarle el supuesto Sutra del Corazón Infinito.

Yu Canghai era descendiente de una estirpe milenaria que, indiscutiblemente, preservaba reliquias antiguas; cualquier tesoro material no sería digno de mención, pero si se trataba de un manual de cultivo marcial, la situación cambiaba por completo.

Todos sabían que los grandes maestros de la antigüedad poseían el poder de derribar montañas y dividir océanos. Los textos que redactaron eran inmensamente esotéricos y se alineaban en perfecta sintonía con el flujo de los meridianos humanos. Se rumoreaba que, tras alcanzar un nivel determinado de cultivo, aquellos ancestros lograban fracturar el vacío y trascender hasta alcanzar la divinidad. Lamentablemente, una sucesión de catástrofes sepultó esos manuales, precipitando el declive absoluto de las artes marciales. Un experto que hoy se considerara supremo, si fuera trasladado a esa época antigua, no sería más que un mísero insecto aplastado a voluntad.

Por ende, si en el presente alguien lograba adquirir una de aquellas técnicas milenarias, equivaldría a poseer el derecho absoluto para alzarse sobre todos los seres vivos. Trascender a la divinidad podría ser un sueño distante, pero ascender al trono supremo del mundo mortal sería tan simple como respirar.

Entre más analizaba la situación, mayor era el estupor de Yuan Kunpeng ante la ambición devoradora de su «amigo». Siempre creyó que Zhan Chenyang era un caballero puro, ajeno a la fama y la riqueza, para terminar descubriendo que solo era una bestia disfrazada de humano. Y su amada, a quien consideraba amable, alegre y de corazón compasivo, resultó ser un Loto Blanco de métodos crueles en la oscuridad. El gigantesco abismo entre la apariencia y la realidad de ambos lo llenó de decepción y, sobre todo, de un miedo profundo.

Al recordar que la persona a su lado poseía dicho método antiguo, se estremeció; si en el futuro Yu Canghai perfeccionaba esa destreza divina, ¿quién bajo los cielos podría detenerlo? La mirada de Yuan Kunpeng fluctuó incesantemente mientras escrutaba al hombre a su lado, aunque al final optó por suprimir cualquier pensamiento turbio. Zhou Yunsheng había neutralizado a sus guardias secretos él solo; incluso si desplegara a todo un batallón para cazarlo, probablemente lograría escapar sin un solo rasguño para luego regresar furtivamente y arrebatarle la vida. Conquistar una hazaña así sería un simple trámite para él. Ante un adversario tan letal, lo más sensato era no provocarlo.

¿Acaso el genio analítico de Zhou Yunsheng ignoraba los pensamientos de Yuan Kunpeng? Simplemente no le importaban. Si el Rey de la Frontera Sur demostraba ser sensato, continuaría colaborando con él; pero si algún día se atrevía a traicionarlo, lo enviaría al infierno sin la menor dilación.

Un aura glacial, afilada como cuchillas, se derramó desde los ojos dorados de Zhou Yunsheng, haciéndole recorrer un escalofrío por toda la espina dorsal a Yuan Kunpeng. Bajó la vista de inmediato hacia el estudio y no se atrevió a albergar más estupideces en su cabeza.

Abajo, Miao Ruiling y Zhan Chenyang seguían confabulando sobre cómo arrebatar el Sutra del Corazón Infinito. Justo en ese momento, una paloma blanca aterrizó en el alféizar de la ventana, emitiendo un leve arrullo arrítmico. La mujer retiró el tubo de bambú diminuto atado a la pata del ave y se lo entregó a Zhan Chenyang. Él extrajo el trozo de papel utilizando su fuerza interna, entrecerró los ojos para leer su contenido y, un instante después, curvó las comisuras de los labios en una sonrisa.

—¿Qué dice el mensaje? —Miao Ruiling se inclinó para echar un vistazo, antes de soltar un suspiro de asombro—. Tu oportunidad ha llegado. Una vez que muera, podrás apoderarte de sus fuerzas y convertirte en el soberano de la Frontera Sur; y cuando recuperes el manual secreto y perfecciones las artes marciales divinas, tu ascenso como Emperador será solo cuestión de tiempo.

Zhan Chenyang soltó una carcajada ronca, vibrando de satisfacción.

La expresión de Yuan Kunpeng sufrió una metamorfosis constante: al principio reflejó conmoción; luego, una profunda decepción aderezada con pánico; y ahora, se había transformado en una furia avasalladora. Aunque no podía descifrar el texto de aquel pergamino, la conversación entre ambos dejaba en claro que no solo anhelaban su muerte, sino que habían tramado meticulosamente cómo absorber su imperio.

¡Coronarse como Emperador, menuda ambición! Si él perecía, Zhan Chenyang usaría la bandera de la venganza para manipular a sus propias tropas, enviándolas a morir en el campo de batalla en su nombre. Qué nivel tan grotesco de traición. Yuan Kunpeng apretó los puños hasta dejarse los nudillos blancos, reprimiendo a duras penas el instinto animal de saltar y masacrarlos a ambos.

—Me temo que los asesinos enviados por Meng Jiang no son rivales para la guardia oculta de Yuan Kunpeng. Para garantizar el éxito, será mejor que infiltres a tus propios hombres entre ellos; asegúrate de que ese bastardo no sobreviva más allá de mañana —aconsejó Miao Ruiling.

Haciendo gala de su mente tóxica y su pragmatismo letal, no dudó en quemar la nota mientras lanzaba aquella sentencia.

—Precisamente eso planeaba. —Zhan Chenyang desplegó una hoja de papel de arroz, garabateó apresuradamente un par de directrices, la enrolló y la guardó en el tubo para que la paloma regresara con ella.

Se quedaron conversando un rato más, hasta que escucharon la campana del reloj de agua anunciar la segunda hora de la madrugada; apagaron las velas y abandonaron la habitación tomados de la mano.

Un cuarto de hora después, los dos sujetos ocultos en el techo apartaron las maderas, deslizaron un par de tejas y saltaron a la noche sin producir sonido. Restauraron todo a su estado original y se esfumaron como fantasmas. Zhou Yunsheng interceptó a la paloma mensajera en pleno vuelo, le sacó la nota y se la arrojó a Yuan Kunpeng. Esperó a que este la leyera, contemplando con gozo cómo su rostro se tornaba lívido por la furia, para luego volver a enroscar el papel y liberar al ave.

El tubo cilíndrico exhibía el grabado de un loto semiabierto: la insignia del Pabellón del Sonido Silencioso, la organización de inteligencia más colosal del mundo marcial. Y el vocabulario empleado por Zhan Chenyang en su mensaje dictaminaba innegablemente que él era el líder absoluto de dicha facción.

Por ese motivo, Zhan Chenyang había sido el primero en enterarse de que el gobernante de la Frontera Norte, Meng Jiang, planeaba un asesinato. Y no solo lo sabía, sino que pretendía involucrarse para empujarlo personalmente al inframundo. Al rememorar las innumerables noches que pasaron bebiendo y compartiendo confidencias bajo la luz de la luna, Yuan Kunpeng sintió una oleada de asco y furia. Por otro lado estaba Miao Ruiling; la fría apatía con la que pronunció que se asegurarían de que él muriera al amanecer evidenciaba un corazón negro y putrefacto.

¡Debí estar ciego para haberme enamorado de esa escoria!

Tragándose el nudo de bilis y sangre que le atascaba la garganta, Yuan Kunpeng juntó las manos hacia Zhou Yunsheng para despedirse. Había mantenido una alianza comercial con el Pabellón del Sonido Silencioso durante años, invirtiendo sumas astronómicas de oro mensualmente para adquirir inteligencia militar sobre los señores feudales, y el propio Zhan Chenyang había sido el intermediario de las transacciones.

Jamás le reveló que él mismo comandaba el Pabellón. Peor aún, aumentaba los costos de la información mes a mes, extorsionándolo para saquearle cantidades incalculables de riquezas.

¿Conque esto era un «buen hermano»? Yuan Kunpeng finalmente abrió los ojos a la realidad. Al recordar que su general adjunto había reunido otro lote de lingotes de oro listo para ser entregado al Pabellón, perdió los estribos, anhelando volar de regreso para detener el pago. ¿Pagarles plata? ¡Iba a pagarles un cuerno! ¡En ese mismo instante, su único deseo era rebanar a Zhan Chenyang en mil pedazos, triturar sus huesos y esparcir sus cenizas al viento!

—General Yuan, ¿qué planea hacer con Zhan Chenyang? —Zhou Yunsheng interceptó su camino.

—Atraerlo al campamento militar y perforarle el corazón con diez mil flechas, por supuesto. —Yuan Kunpeng apretó los dientes, escupiendo cada palabra con odio letal.

—¿Dejarlo morir de forma tan simple no sería demasiado misericordioso? —Zhou Yunsheng dibujó una sonrisa rebosante de depravación—. Tengo un juego mucho más entretenido. ¿Estás dispuesto a escuchar?

Yuan Kunpeng reflexionó durante unos segundos.

—Si el líder Yu tiene una propuesta superior, naturalmente cooperaré —declaró—. Como acaba de llegar a la Frontera Sur y carece de un lugar donde instalarse, ¿por qué no regresa conmigo a la mansión del general para que lo discutamos con calma?

Teniendo a un millón de soldados bajo su mando, no le temía en lo absoluto a los supuestos enemigos de Yu Canghai. Si venía uno, lo aniquilaría; si venían dos, los mataría a ambos. ¡Estaría más que complacido de borrar del mapa a toda esa carne de cañón que desafiaba la ley con sus artes marciales!

Analizándolo en retrospectiva, dada la crueldad ponzoñosa de Zhan Chenyang y Miao Ruiling, era altamente probable que ellos mismos hubieran perpetrado la masacre de las Siete Grandes Familias para luego inculpar a la Sagrada Secta. Su propósito no sería otro que incitar la furia de las masas y congregar a expertos marciales para exterminar a la antigua tribu, todo con el fin de apoderarse del manual de cultivo que residía en las manos de este hombre. Semejante atrocidad, ejecutada para arrancar la maleza de raíz y no dejar testigos con vida, era algo que solo aquellos dos escombros humanos podrían llevar a cabo.

La percepción de Yuan Kunpeng respecto a sus antiguos aliados había dado un vuelco radical. Mientras suspiraba internamente con lástima por el trágico destino de la Sagrada Secta, no pudo evitar espiar al hombre de negro con una mirada teñida de solidaridad y empatía ante su desgracia compartida.

Zhou Yunsheng fingió no percatarse, lanzó un vistazo fugaz a las sombras de cierto árbol inmenso y se impulsó a la vanguardia hacia la mansión del general. Una vez que ambos desaparecieron, Zixuan emergió de entre la densa enramada, con una expresión absorta.

Al haber permanecido a la distancia, no logró ver lo sucedido en el interior del estudio ni escuchó el diálogo, pero si Yu Canghai se había molestado en ejecutar semejante operativo nocturno, indiscutiblemente estaba vinculado al exterminio de la antigua tribu. ¿Acaso la tragedia de las Siete Familias había sido orquestada por la Villa Biyun y la Familia Miao? ¿Pero por qué inculparon a la Sagrada Secta? ¿Qué era lo que codiciaban?

Los patriarcas de ambas sectas eran venerados por su aparente filantropía y vastas alianzas; gozaban de un prestigio absoluto en la esfera marcial. Para Zixuan, resultaba imposible visualizarlos como entes crueles y maquinadores. No obstante, al comparar a esas personas con Yu Canghai, descubrió que estaba infinitamente más inclinado a depositar su fe en este último. Reprimiendo a duras penas el caos de su energía, se impulsó con las puntas de los pies para seguirles el rastro. Se alojó en una posada frente a la mansión del general, gastó unas cuantas monedas de cobre en una habitación precaria y se sentó de inmediato para meditar. Había desencadenado su lujuria tantas veces esa misma noche, que su flujo de qi circulaba en reversa, amenazando con fracturar su dantian. Si no recobraba el control con urgencia, la desviación marcial terminaría consumiéndolo vivo.

Sin embargo, cada vez que intentaba sumergirse en la meditación, su mente naufragaba en la agitación. Por un lado, especulaba sobre la supuesta red de amor y odio entre esa persona y Miao Ruiling; por el otro, imaginaba qué estaría haciendo a puerta cerrada con Yuan Kunpeng. ¿Y si ordenaban la presencia de hermosas cortesanas para perderse en el placer, al igual que aquellos repulsivos hombres del lupanar? De haber previsto esta agonía, jamás lo habría abandonado; de estar a su lado, tendría el privilegio de observar cada uno de sus movimientos, de conocer cada uno de sus pensamientos.

Arrepentimiento, culpa, terror, desorientación. Un huracán de emociones desgarraba su pecho hasta que, irremediablemente, todas colapsaron para gestar un tapiz de perversión desdoblándose en su memoria. En esa alucinación carnal, él inmovilizaba a aquel hombre elegante contra el alféizar de una ventana, poseyéndolo y penetrándolo sin piedad hasta forzarlo a sollozar de puro éxtasis.

Un cántico budista resonó abruptamente desde las catacumbas de su alma, taladrándole los tímpanos. El impacto hizo que la psique de Zixuan se estremeciera de forma colosal, obligándolo a vomitar una cantidad masiva de sangre. Con la mirada desenfocada, contempló las salpicaduras escarlatas sobre la pared, y solo tras casi media hora pudo alzar las manos para cubrirse un rostro retorcido por la agonía y la abominación.

¡Buda de los Cielos, te ruego que perdones los pecados de este discípulo y le muestres el camino hacia la salvación!

Juntó las palmas en una plegaria cargada de fervor fanático, pero no consiguió cosechar ni la más mínima fracción de redención.

Al día siguiente, como era su costumbre, Yuan Kunpeng partió para inspeccionar el campamento militar. Sin embargo, tal como se le había advertido, a mitad de camino más de un centenar de asesinos encubiertos lo rodearon de manera abrupta para ejecutarlo. Afortunadamente, ya estaba prevenido. Escoltado por su guardia oculta, rompió el cerco de la muerte y le ordenó a los miles de arqueros que había emboscado con anticipación desatar una lluvia aniquiladora de flechas.

Por más elevadas que fueran sus artes marciales, ninguno pudo resistir el diluvio de proyectiles que nubló el cielo. La inmensa mayoría de los asesinos pereció en un abrir y cerrar de ojos. Los pocos supervivientes, que estaban gravemente heridos, fracturaron las cápsulas de veneno ocultas en sus bocas y se suicidaron al instante.

Yuan Kunpeng instruyó a sus subordinados que revisaran los cadáveres, pero, tal como preveía, no hallaron ni una sola pista incriminatoria. Fingiendo una ira volcánica, emprendió su regreso a la mansión del general. En paralelo, al recibir el reporte del fracaso del asesinato, Zhan Chenyang enloqueció de odio y partió su escritorio a la mitad con un tajo de su espada. Esperó un par de días para no levantar sospechas y arribó a la mansión simulando estar exhausto por el largo viaje para consolar a su hermano. Para su desgracia, descubrió que al lado de Yuan Kunpeng había aparecido un joven de facciones refinadas, provisto de un abanico de plumas y un pañuelo de seda.

Este muchacho resultó ser un discípulo directo de la Escuela Mohista. Pese a su corta edad, desbordaba astucia y un intelecto colosal; fue presentado como un estratega que Yuan Kunpeng había reclutado tras una laboriosa búsqueda, y en tan solo dos o tres días, se ganó el respeto incondicional de todo el ejército.

Zhan Chenyang siempre se jactó de ser un intelectual extraordinario, pero al interactuar con el joven, se topaba constantemente con argumentos que lo dejaban sin palabras, exponiendo su propia estupidez una y otra vez para deleite de los oficiales, quienes no perdían la oportunidad de burlarse. Pronto, el Maestro de la Villa asimiló que sus responsabilidades habían sido usurpadas por aquel niño y que Yuan Kunpeng ya no le otorgaba el prestigio de antaño. Por el contrario, comenzó a marginarlo con sutileza y lo instó en repetidas ocasiones a regresar para hacerle compañía a su prometida, evidenciando un claro deseo de expulsarlo.

Incapaz de objetar, Zhan Chenyang se tragó su orgullo y aceptó con una falsa sonrisa. Al retirarse de la residencia militar, giró la cabeza para fijar la mirada en el letrero dorado colgado sobre el dintel, invadido de pronto por la asfixiante sensación de que aquel dominio se había vuelto inalcanzable para él.

Tras regresar a su base, se enfrascó en un océano de maquinaciones durante varios días hasta concluir que debía implementar una trampa de belleza. Envió a Miao Ruiling personalmente a la mansión del general para extraer información, ya que el drástico cambio de actitud de Yuan Kunpeng lo aterraba; ¿y si sus secretos oscuros habían salido a la luz?

Miao Ruiling anhelaba con cada fibra de su ser verterle una copa de Veneno Rompe-Intestinos y erradicarlo bajo el mismo método que aplicó contra Yu Canghai. Sin embargo, los generales del ejército no poseían la ingenuidad de la antigua tribu aislada del mundo. Si el Rey de la Frontera Sur perdía la vida súbitamente tras su visita, sus leales soldados arrastrarían a todos los sospechosos a la tumba como ofrenda. Estos comandantes militares eran salvajes, implacables, de tácticas rudimentarias y seguían una única filosofía: «Mejor masacrar a mil inocentes que dejar escapar a un solo culpable». Era precisamente este salvajismo lo que neutralizaba de manera perfecta a alguien tan calculador como ella. Así se comprobaba el principio de que «una fuerza bruta destruye diez estrategias refinadas».

Miao Ruiling organizó un banquete de platillos y licores exquisitos en su residencia, invitando a Yuan Kunpeng a cenar con ella. A lo largo de la velada, se encargó de rellenar su copa sin cesar, con la clara intención de embriagarlo hasta la inconsciencia.

La mujer razonó que el fracaso del atentado anterior se debía a que Yuan Kunpeng había estado prevenido, y su repentino distanciamiento de Zhan Chenyang poco después confirmaba sus recelos. Si alguien le aseguraba que él no albergaba dudas contra su prometido, no lo creería. El dilema monumental radicaba en descubrir cuánto sabía realmente y qué represalias tramaba. Solo al desentrañar esos enigmas, podrían forjar una contramedida.

Aunque la Villa Biyun y la Familia Miao ostentaban una autoridad considerable en el mundo marcial, no eran más que motas de polvo frente al líder que dominaba a más de un millón de guerreros sedientos de sangre. Si consolidaban al Rey de la Frontera Sur como un enemigo, el futuro les depararía una aniquilación segura. Carcomida por esta angustia existencial, Miao Ruiling escenificó un entusiasmo desbordante y cálido.

De forma simultánea, en una recámara de la mansión del general, Zhou Yunsheng yacía recostado en un diván lujoso hasta la opulencia. Tarareaba una balada folclórica extranjera mientras alzaba una petaca de jade blanco, vertiendo el licor directamente en su boca con indolencia suprema.

Puesto que había restaurado su cultivo marcial, su cuerpo era inmune a los castigos del frío y del calor. Por lo tanto, vestía únicamente una túnica de gasa diáfana, abierta de par en par para revelar la piel nívea y tersa de su pecho. Sus mechas de ébano, que le rozaban los tobillos, se desbordaban en una cascada de oscuridad, fluyendo sobre sus hombros hasta derramarse por el diván y cubrir parte de las baldosas.

Aquel contraste negro azulado de su cabello acentuaba la palidez de porcelana de su piel, enmarcaba el fuego carmesí de sus labios y realzaba la liquidez hechicera de su mirada. Estando un poco ebrio, un rubor exótico floreció en sus mejillas. Las esquinas curvadas de sus ojos, tintadas con destellos de polvo de durazno, hacían que su ya impecable rostro resplandeciera con una belleza peligrosamente demoníaca.

El diván estaba estratégicamente posicionado frente a la ventana. Desde las sombras de un árbol cercano, Zixuan, el monje depravado, mantenía su visión clavada en el hacker. La energía errática que convulsionaba en su interior golpeaba sus meridianos sin tregua, causándole un sufrimiento que se asemejaba a ser desollado vivo.

Pero, comparado con el martirio físico, la idea de perder a ese hombre de vista le resultaba insoportable; bastaba que transcurriera una hora sin contemplarlo para que el pánico lo consumiera hasta los cimientos de su alma. Y paradójicamente, al tenerlo enfrente, dicho terror mutaba en una obsesión demencial. El sujeto descansaba contra los cojines con una fragilidad irreal, el cabello revuelto y la mirada empañada por la embriaguez. Lucía simplemente subyugante. Un solo atisbo fue suficiente para cristalizar al monje como si le hubieran incrustado un hechizo de inmovilidad. Además de devorarlo con los ojos y adorarlo en sus pensamientos más turbios, ¿acaso podía recordar a su maldito Buda y a su ridícula salvación?

Al percibir cómo la respiración del monje se volvía áspera y rasposa en el exterior, Zhou Yunsheng enredó un mechón azabache en su dedo índice. Mientras jugaba parsimoniosamente con el rizo, calculó en silencio cuánto tiempo más lograría resistir ese estúpido perro. Poseía paciencia para esperarlo, pero incluso él tenía un límite. Si el plazo expiraba y el monje seguía negándose a abrir los ojos, no dudaría en recurrir a sus estrategias más extremas; cuando llegara ese punto de quiebre, el caos sería glorioso. Soltando un par de risotadas gélidas, prosiguió apurando la jarra hasta que la última gota de elixir resbaló por su garganta. Chasqueó la lengua, saboreando el dulce veneno de la anticipación.

En ese instante preciso, la puerta se abrió. Un joven enfundado en un manto blanco de erudito y un aura etérea entró en la habitación. Hizo un gesto despectivo con la mano para dispensar a las dos doncellas que aguardaban afuera, cerró el postigo, se arrodilló junto al diván y preguntó con voz cristalina.

—Líder, ¿cuándo nos marcharemos?

Aquel muchacho no era otro que Akui, el valiente miembro de la tribu que, tiempo atrás, se ofreció a portar la túnica empapada en polvo rastreador para alejar a los perseguidores de Zhou Yunsheng. Ahora, oculto tras su nueva máscara, fungía como Kuidou, el estratega supremo del Rey del Sur.

—¿A dónde crees que irás? —Zhou Yunsheng pellizcó con indulgencia la mejilla ligeramente redonda del joven, impregnando su voz de un sarcasmo juguetón—. Ya te he vendido a Yuan Kunpeng. A menos que trabajes para él durante cinco largos años, no irás a ninguna parte.

En lugar de arrastrar a su gente con él para sufrir cazas incesantes, prefirió instalar al prodigio en una fortaleza inexpugnable. Una vez que hubiera pulverizado a todos y cada uno de los hipócritas que masacraron a su clan, regresaría por ellos para guiarlos hacia el exilio pacífico más allá de las fronteras.

Los ojos del muchacho se llenaron de un brillo acuoso, reflejando su inseguridad y pánico.

—Líder, ¿qué pasará después de esos cinco años? —preguntó.

—Después de cinco años, naturalmente volveré a recogerte.

El corazón de Akui finalmente descendió a su lugar. Se golpeó el pecho y juró solemnemente:

—¡No se preocupe, Líder! ¡Le aseguro que trabajaré duro y no lo avergonzaré! Por cierto, ¿cuánta plata le exigió a Yuan Kunpeng? Si la cantidad no fue suficiente, puedo ir a extorsionarlo un poco más; es bastante complaciente cuando se le presiona.

Este era el caso clásico de alguien que ayuda a contar el dinero a su propio traficante de personas, qué idiota más tierno. Zhou Yunsheng negó con la cabeza, riendo por lo bajo, pero un calor genuino inundó su núcleo de datos fríos. Atrajo al joven hacia su pecho y le revolvió el cabello de forma desenfrenada.

Zixuan jamás supo que la mirada de ese demonio pudiera albergar tanta ternura, ni que su sonrisa pudiera destellar con semejante brillantez. Se veía como un chiquillo inocente, jugando y rodando en la cama con aquel extraño, enfrascados en una confianza absoluta. Tras contemplar la escena en silencio sepulcral, el rostro del monje mutó hacia un odio sombrío. Desapareció en el acto y, al regresar a la posada, lanzó un chorro de sangre directamente sobre la escupidera.

Al registrar la huida del monje, el hacker no exteriorizó la menor anomalía. Soltó a Akui y retomó el asunto.

—¿Te cruzaste con Miao Ruiling en los corredores de la mansión?

—Nos vimos en cuanto llegó, pero esa basura no recordó quién era. —El rostro del muchacho adquirió una ferocidad bestial, deslizando un dedo por su propio cuello para simular un tajo—. ¿Por qué el Líder no me ordenó matarla y terminar con esto?

—Porque quiero que experimente un infierno en el que la muerte sea su máximo anhelo. —Zhou Yunsheng proyectó una mueca escalofriante.

Akui asintió al comprender la estrategia y veneró a su maestro con la mirada. Inmediatamente después, redujo la voz a un susurro conspiratorio.

—Líder, hace unos instantes Yuan Kunpeng vino a exigirme una píldora diseñada específicamente para neutralizar el Polvo Confusor de Almas. ¿Usted cree que ese Loto Blanco planeaba utilizarlo contra él?

El joven había asimilado las artes curativas junto al Gran Anciano desde la infancia, demostrando un don divino en la alquimia marcial. Pese a ello, la toxicidad letal del Veneno Rompe-Intestinos era tan violenta que nunca dispuso del tiempo para sintetizar un antídoto, una falla que lo sumió en un duelo desgarrador durante largo tiempo. Solo al arribar a las Planicies Centrales y confirmar que su Líder seguía respirando, logró liberarse de las cadenas de la culpa.

El Polvo Confusor de Almas no era un veneno letal, pero sus efectos eran extravagantes: sumergía a la víctima en un trance onírico, forzándola a obedecer de forma robótica cualquier orden emitida por el perpetrador. Media hora después, las toxinas se disolvían en la sangre sin dejar evidencia alguna para los médicos. Es evidente que al franquear la entrada, Yuan Kunpeng ya había ordenado investigar hasta la última pertenencia oculta de Miao Ruiling, deduciendo la amenaza y acudiendo a Kuidou en busca de una cura. Fuese lo que fuese que la pequeña víbora tuviera en mente, su farsa concluiría en un fracaso estrepitoso. Zhou Yunsheng se burló con una frialdad magnética, sujetó a Akui bajo el brazo y salió volando hacia el patio principal para deleitarse con la obra de teatro.

En el cálido salón, Yuan Kunpeng ya fingía estar ahogado en alcohol. Dejó caer la cabeza sobre la mesa un par de veces y se paralizó.

Miao Ruiling se inclinó para rozar su oreja.

—Kunpeng, ¿estás bien? —susurró.

—¡A beber! ¡Sigamos bebiendo! —rugió él de improviso, alzando la cara y estrellando la palma contra la madera.

La mujer pegó un respingo por el susto, pero estabilizó sus nervios para lanzar su interrogatorio de forma incisiva.

—Kunpeng, ¿por qué te has distanciado de Chenyang en estos últimos días? ¿Acaso ha cometido alguna falta que te haya ofendido?

Un blanco infectado por el Polvo Confusor de Almas vomitaría la verdad sin censura ante cualquier pregunta del individuo que tuviera al frente; y una vez extraída la información, el perpetrador podía borrarle ese fragmento de memoria mediante la manipulación verbal.

Así que ese era su verdadero objetivo. Yuan Kunpeng se desplomó de nuevo sobre la mesa y farfulló con fingida pesadez:

—Ese cabrón me robó a mi mujer. ¿Por qué demonios no iba a distanciarme de él? ¡De hecho, quiero asesinarlo!

El semblante de Miao Ruiling se torció sutilmente; sentía una enorme repugnancia ante las palabras del hombre, pero tampoco pudo evitar que una enfermiza sensación de orgullo narcisista la embargara. Su desprecio hacia la bajeza inherente del género masculino creció exponencialmente. Acercó la copa a sus labios, dando pequeños sorbos mientras tejía mentalmente la excusa que le ofrecería a Zhan Chenyang cuando regresara. Si le confesaba que la ruptura del General se debía exclusivamente a los celos y la posesividad que sentía por ella, ¿su prometido ardería en envidia? Ahogada en su propia vanidad, se echó a reír en voz baja, creyéndose inalcanzable.

Esa risa engreída y pedante le encendió la sangre a Yuan Kunpeng.

Semejante ramera… ¿Qué tipo de inmundicia nubló mis ojos para enamorarme de alguien así? Pensó, lleno de furia. ¡Incluso juré protegerla por el resto de mi vida! ¡He sido el rey de los imbéciles! No… Definitivamente no puedo permitir que esta perra se siga sentiendo tan orgullosa.

Sumido en la ira, un torrente de pensamientos monstruosos se apoderó de él. Aprovechando la farsa de su embriaguez, se abalanzó salvajemente sobre Miao Ruiling y la inmovilizó de un golpe maestro. La mujer, confiada en que él estaba bajo el influjo del estupefaciente y acataría cualquier orden, intentó apartarlo sin estar en guardia. Para su desgracia, no solo falló en empujarlo, sino que en un parpadeo él selló sus puntos de acupuntura. Sin compasión alguna, hundió una mano bajo los ropajes femeninos, desgarró la lencería íntima en dos tirones bruscos y, desabrochando sus propios pantalones, embistió su enorme y cárdeno miembro directo contra las profundidades de la joven.

El terror la paralizó por completo. Solo cuando la agonía rasgó su interior encontró la voz para gritar pidiendo auxilio; pero al confirmar que ningún soldado acudiría en su defensa, los gritos se transformaron en súplicas desesperadas.

Puesto que Yuan Kunpeng ya la aborrecía hasta la médula, sus movimientos carecían del más mínimo rastro de piedad hacia el sexo débil. Le alzó ambas piernas y la folló con una violencia devastadora, escupiéndole un torbellino de injurias repugnantes que quebraron la voluntad de Miao Ruiling, reduciéndola a un guiñapo que lloraba a mares, con el cuerpo y la dignidad hechos trizas.

Por más astucia demoníaca que albergara en su mente, no dejaba de ser una niña que apenas rondaba los quince o dieciséis años. Incluso cuando estuvo bajo el arresto domiciliario de Yu Canghai en la Sagrada Secta, siempre logró sortear el peligro utilizando el Polvo Confusor de Almas. Jamás había sido sometida a una vejación de tal magnitud. Fue en ese preciso instante en el que la realidad la dio una bofetada: no todas las piezas del tablero se someterían mansamente a su voluntad, y la antigua advertencia de que «quien juega con fuego, invariablemente terminará quemado» encarnaba una verdad absoluta.

Pero la epifanía llegó demasiado tarde, y el arrepentimiento era inútil. Lo único que le quedaba era chillar hasta desgañitarse, implorando misericordia. El General hizo oídos sordos; por el contrario, cada chillido que emitía excitaba aún más a la bestia en su interior, incitándolo a perforarla hasta atravesarla.

Apostado sobre una inmensa rama frente al salón y rodeado por dos guardias secretos, Zhou Yunsheng sostenía a Akui contra su pecho. Cubrió los grandes ojos curiosos del muchacho con una mano y maldijo la palabra «Animal» entre risas cínicas. Acto seguido, cruzó las piernas y se acomodó para disfrutar del próximo acto de la tragedia.

Como portadora de artes marciales, el cuerpo de Miao Ruiling poseía una gran tenacidad, por lo que no perdió el conocimiento bajo la avalancha de aquellos azotes despiadados. Al constatar que sus ruegos caían en saco roto, optó por escupir maldiciones; en respuesta, fue destrozada con el doble de salvajismo. Eventualmente, aprendió la lección y optó por apretar los dientes, guardando un silencio sepulcral. No fue hasta casi media hora después que Yuan Kunpeng alzó la cabeza y emitió un rugido ahogado, derramando un torrente hirviente en su interior.

—¡Maldita puta, resulta que ni siquiera eras virgen! —Tras retirar su miembro ya flácido, le asestó una violenta bofetada a la joven, burlándose con desdén—. Todo este tiempo fingiendo ser tan inmaculada e inocente del mundo, y ya estabas más que destrozada. ¡Maldición, me has contagiado tu asquerosa mala suerte por nada!

Aterrado ante la posibilidad de haber contraído alguna enfermedad venérea, tomó una jarra de licor fuerte y se enjuagó las partes íntimas repetidas veces, utilizándola como agua purificadora. Luego, se secó de cualquier forma con el dobladillo de su túnica, se subió los pantalones y salió del lugar, dejando atrás el caos.


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