Verde

Tras la partida de Yu Shu, Xiao Suian reanudó la lectura de documentos sin perder un segundo. Chu Yan deambuló un rato sin nada que hacer; la mayor parte del tiempo se la pasó recostado en el pequeño sofá de la oficina, jugando con su teléfono.

—Je, je… Una risita imperceptible, pero difícil de ignorar, resonó en el sepulcral silencio del despacho. La punta de la pluma de Xiao Suian se detuvo en seco. Levantó la vista un instante y luego continuó firmando papeles.

—¡Pfft! Otra carcajada ahogada escapó en el aire, reprimida de inmediato por su dueño. Esta vez, a Xiao Suian le resultó imposible ignorarla. Apretó los labios y dirigió la mirada hacia el origen del ruido. Vio a Chu Yan recostado de lado sobre el sofá de cuero negro, con los ojos fijos en la pantalla del celular y unos audífonos en los oídos. Una sonrisa le curvaba los ojos y las cejas; era evidente que veía algo muy entretenido. Quizá por temor a interrumpirlo, Chu Yan se tapaba la boca con la mano, aterrorizado de soltar una carcajada en voz alta. Aunque, al final, la risa terminó por filtrarse entre sus dedos.

Al alzar la vista por casualidad, se topó de lleno con la mirada escrutadora de Xiao Suian. Se quitó los audífonos.

—¿Te estoy molestando? —preguntó—. Mejor salgo a usar el teléfono.

Un destello cruzó por las pupilas de Xiao Suian. Recordó el vacío y el silencio absoluto que solían reinar en su oficina durante sus horas de trabajo. Luego observó los ojos de Chu Yan, que aún no lograban ocultar el rastro de la risa. Tras una breve pausa, bajó las pestañas.

—No hace falta. —Su tono fue plano—. Quédate sentado ahí, no me interrumpes.

—Menos mal. Chu Yan asintió. Si el hombre decía que no molestaba, no había razón para salir; estar recostado en aquel sofá resultaba bastante cómodo.

Al llegar el mediodía, dejó el celular a un lado y se acercó al escritorio. Al ver que Xiao Suian seguía inmerso en su labor, sugirió:

—Ya es mediodía. Vamos a almorzar.

—¿Mm? —Xiao Suian lo miró de reojo y bajó la cabeza de inmediato—. Ve tú primero. Iré en cuanto termine con estos asuntos.

Chu Yan no pudo evitar fruncir el ceño, pero no quiso interrumpir su concentración. Tras meditarlo un segundo, salió del despacho, se dirigió a la pequeña cocina de la cafetería, preparó un par de platillos con sus propias manos y los subió empacados en recipientes.

Cuando volvió a cruzar la puerta, Xiao Suian alzó la vista y notó las bolsas que llevaba en las manos. —¿Qué es eso?

—Por estar trabajando no comes a tus horas. Como tu esposo, es obvio que no puedo quedarme de brazos cruzados. —Chu Yan arqueó una ceja y colocó los recipientes uno por uno sobre la mesa de centro—. Toma. Pedí prestada la cocina de la cafetería para prepararte esto. Supongo que son de tu agrado.

Los platillos que cocinó eran justo aquellos de los que Xiao Suian solía servirse doble porción cuando comían en casa; debían ajustarse bien a su paladar.

Las pestañas del hombre temblaron de forma imperceptible. Le dedicó una mirada profunda, apretó los labios y, tras un largo silencio, murmuró:

—Gracias.

Chu Yan destapó los contenedores. El aroma de la comida se desbordó al instante, impregnando el ambiente. Le echó un vistazo al purificador de aire en la esquina y volvió a tapar los recipientes con rapidez. —Huele muy fuerte. Mejor comamos afuera.

—Comeremos aquí. —Por fin se dignó a soltar el trabajo, acercó su silla de ruedas a la mesita y se unió a él—. Luego abriremos las ventanas para ventilar, eso es todo.

—¿Qué tal el sabor? ¿Te gusta? —preguntó Chu Yan, ladeando la cabeza tras morder un trozo de carne de cerdo.

Xiao Suian asintió, validando sus habilidades culinarias:

—Están bastante bien.

—Toc, toc. Alguien llamó a la puerta y solo entró cuando Xiao Suian le concedió el permiso. —Presidente Xiao, Wang Qi acaba de enviar un mensaje. Pide que le transferamos los diez millones restantes.

Apenas puso un pie adentro, Da Cheng reportó la información con un semblante serio. Fue al terminar la frase cuando reparó en la presencia de Chu Yan en el sofá. Sus pupilas se dilataron por la conmoción, pero fingió indiferencia y se apresuró a añadir:

—Ah, el señor Chu y el presidente Xiao están comiendo. No los interrumpo más. Regresaré más tarde.

Apenas el día anterior, Chu Yan había escuchado el nombre de Wang Qi salir de los labios de Chu Tingting. Hoy, la misma persona era mencionada por Da Cheng, y para colmo, vinculada a una suma astronómica de dinero. Era imposible que no sacara sus propias conclusiones. Sumado a la evidente mirada de culpabilidad del guardaespaldas… todo apestaba a sospecha. Chu Yan entrecerró los ojos, curvó los labios y articuló con una suavidad gélida:

—Detente.

Da Cheng se paralizó en el acto. No se atrevió a darse la vuelta, aterrorizado de toparse con una mirada asesina.

Sin molestarse en interrogar a Da Cheng, deslizó la mirada hacia Xiao Suian.

—Primero Wang Qi, luego diez millones. —Ladeó la cabeza, curvando los ojos en una sonrisa plácida. Su tono nunca había sonado tan dulce—. Presidente Xiao, ¿acaso te conseguiste un amante a mis espaldas?

Con la espalda erguida, Xiao Suian mantuvo su inalterable expresión de serenidad. No obstante, al observar con detenimiento, se podía notar una leve rigidez en la comisura de sus labios. Detuvo los palillos en el aire y le lanzó una mirada gélida.

—Chu Yan, no digas tonterías.

—Qué alivio. —Retiró la mirada, sin borrar la sonrisa socarrona, y agregó a propósito—: Te lo advierto de una vez. Soy de los que odian que su cabello se vuelva verde… —Arqueó una ceja y dio un giro brusco a su advertencia—: Aunque, no me molestaría en lo absoluto teñirte el tuyo de ese color.

Chu Yan soltó aquella amenaza letal con el tono más dulce del mundo.

Xiao Suian: —…

Da Cheng, un hombre que jamás le había temido a nada, empezó a temblar como una hoja. ¡¿Acaso acaba de presenciar una amenaza de muerte con infidelidad incluida?! ¿Lo asesinaría el presidente Xiao en secreto esa misma noche por haber escuchado de más?

Xiao Suian abrió la boca, pero solo alcanzó a soltar un suspiro de resignación. Para evitar que el joven siguiera imaginando escenarios absurdos, dejó los cubiertos sobre la mesa y le explicó con lujo de detalle cada paso de su plan. En líneas generales, Chu Yan aprobaba sus métodos. Sin embargo…

—¡Xiao Suian, estamos hablando de veintitrés millones! —exclamó. Incapaz de comprender su lógica, y con el rostro desencajado por la estupefacción, lanzó la pregunta desde el fondo de su alma—: Dígame, presidente Xiao, ¿acaso le quema el dinero en las manos?

Acostumbrado a que nadie le hablara con tal insolencia, Xiao Suian optó por guardar silencio.

—¡Si hubiera sabido que gastarías veintitrés millones solo para darle una lección a Chu Tingting, habría preferido que me humillara y me tendiera trampas todos los malditos días! La rabia casi lo hizo estallar en carcajadas. Por primera vez en su vida, sintió que su marido era un completo derrochador.

Xiao Suian hizo una pausa antes de replicar: —Es solo un poco de cambio suelto.

La chispa de irritación en la cabeza de Chu Yan se transformó en un incendio forestal descontrolado al escuchar esas simples palabras.

—¡Ni aunque sea cambio suelto puedes tirarlo a la basura en pequeñeces como esta! Podrías haberlo invertido, comprado terrenos, ¡lo que sea! Si te estorba tanto, no me importaría que me lo dieras a mí. Yo te ayudaría a gastarlo… ¡Ah, no, digo, te ayudaría a guardarlo!

A punto de confesar sus verdaderas intenciones, Chu Yan corrigió el rumbo sin pestañear.

Xiao Suian le dedicó una mirada enigmática y respondió con neutralidad:

—De acuerdo. Ya entendí.

Esta vez, fue el turno de Chu Yan de quedarse mudo. Le tomó un buen rato articular una respuesta:

—¿Qué se supone que entendiste?

—Que de ahora en adelante, te entregaré mi dinero para que tú me ayudes a guardarlo —aclaró el hombre.

Chu Yan abrió la boca. De pronto sintió que Xiao Suian poseía un talento innato: con una sola frase había extinguido toda su furia. Y, a decir verdad, aquella promesa lo sedujo por completo. Era una oferta imposible de rechazar.

Al ver la aflicción que aún le causaba la pérdida de los veintitrés millones, la mirada de Xiao Suian se suavizó de forma inevitable. Agregó en voz baja:

—No le transferiré los diez millones restantes a ella.

Al escuchar esto, frunció un poco el ceño.

—Si no le pasas el dinero, ¿qué tal si te expone ante los medios? Por mucho que le doliera perder plata, la reputación de Xiao Suian le importaba más.

—No se atreverá. Y de todos modos, no tiene pruebas. —El tono de Xiao Suian era de una convicción absoluta. Desde el principio, se cuidó de no revelar ninguna información comprometedora. Lo único que Wang Qi sabía era que un magnate detestaba a Chu Tingting y deseaba darle una lección.

Chu Yan exhaló aliviado y asintió. —Menos mal. —Buscó consuelo en sus propias palabras—: Al menos logramos salvar diez millones de la basura. Se frotó la frente con una mano. Con un inusual tono de impotencia, le imploró: —Xiao Suian, en el futuro no derroches dinero por este tipo de cosas. Esa gente no vale la pena.

—Mm. Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

Satisfecho con la promesa, Chu Yan retomó su comida. Inmóvil en la puerta, Da Cheng contuvo la respiración durante todo el intercambio, intentando reducir su presencia a la nada. No entendía qué demonios sucedía. A simple vista, el presidente Xiao y el señor Chu estaban discutiendo; sin embargo, él se sentía asfixiado por una abrumadora exhibición de afecto.

Chu Yan lo había acompañado a la sede del Grupo Anxin con la única intención de salir a estirar las piernas. Nunca imaginó que terminaría encerrado en la oficina de Xiao Suian un día entero. En la práctica, su rutina no había diferido en lo absoluto a quedarse echado en casa.

Casi a la hora de salida, el secretario Yu entró de nuevo con una carpeta bajo el brazo. Le rindió un informe rápido a su jefe y dio media vuelta para marcharse.

—Secretario Yu, aguarde un segundo.

Sentado en el sofá, Chu Yan le hizo una seña con la mano para que se acercara. Adoptó un semblante de extrema seriedad y cuestionó:

—Secretario Yu, tengo una duda. Teniendo a Xiao Suian como presidente, ¿de verdad la empresa no está al borde de la quiebra?

Cada vez que recordaba el derroche estratosférico que había significado arruinar a Chu Tingting, no podía evitar temblar por el futuro del Grupo Anxin. Claro que agradecía que el hombre lo ayudara a lidiar con su hermanastra, pero ver esfumarse tal cantidad de dinero le causaba un dolor físico en el pecho.

—Señor Chu, ¿me está tomando el pelo? —El hombre lucía estupefacto. Miró de reojo a su jefe, inmerso en sus labores, y de inmediato soltó una avalancha de elogios—: El presidente Xiao es brillante, audaz y resolutivo. En estos últimos años, gracias a su liderazgo, las ganancias de Anxin se han disparado sin precedentes.

Vaya manera de lamerle las botas. Chu Yan aplaudió en silencio el instinto de supervivencia del secretario.

—Por cierto, secretario Yu, tengo un favor que pedirle. ¿Podría ayudarme? —Como si de pronto recordara algo vital, cambió de tema de manera abrupta y le sonrió.

—Dígame, ¿de qué se trata? Mientras esté dentro de mis facultades, haré todo lo posible por cumplirlo. —Con postura militar, el hombre inclinó levemente la cabeza.

***

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