Rescate

¿Qué podía haber provocado tal nivel de furia en un jefe que siempre se mostraba tan frío y distante?

Da Cheng y Haizi cruzaron una mirada, pero sabían que no era el momento para hacer preguntas. Se cuadraron de inmediato y asintieron al unísono.

—Haizi, iré contigo. —La voz de Xiao Suian era un eco profundo y cavernoso. En la oscuridad de sus ojos parecía gestarse una tormenta, a punto de desatarse en cualquier instante.

Mientras tanto, Chu Yan estaba sentado sobre la tapa del inodoro. Inhalaba y exhalaba profundo, luchando por mantener la calma. Aunque el calor asfixiante que le recorría el cuerpo era una tortura, se repetía una y otra vez que debía resistir, aferrándose al pensamiento de que Xiao Suian ya iba en camino.

[Anfitrión, ¿acaso te olvidaste de mi existencia…?]

Justo cuando Chu Yan, con los ojos a medio cerrar, permanecía inmóvil como una estatua, la voz lúgubre del sistema resonó en su mente.

Acababa de terminar de ver un drama en televisión. Al conectarse, descubrió a su anfitrión encerrado en el baño, en un estado alarmante. Estaba a punto de advertirle del peligro, ¡solo para darse cuenta de que ni siquiera había pensado en él!

Teniendo a su disposición una herramienta tan poderosa, ¡su anfitrión no sabía usarla y prefería rogarle ayuda al villano!

¡Estaba furioso! ¡Le habían roto el corazón!

Aunque su cuerpo estaba flácido y su mente nublada, Chu Yan aún conservaba algo de lucidez. Al escuchar la voz infantil de Cero, su irritación disminuyó un poco. Lo siento, se me pasó por alto.

Cero guardó silencio un segundo antes de responder con un tono robótico y seco:

[Ah, claro, al anfitrión se le pasó por alto.]

A Chu Yan le pareció ver la cara de niño del sistema lanzándole una mirada cargada de resentimiento. Quiso reírse, pero no tenía fuerzas, así que solo pudo esbozar una sonrisa débil.

El baño estaba sumido en un silencio sepulcral. Aparte de su propia respiración acelerada, no se escuchaba nada más.

—Parece que la droga ya hizo efecto… —¿Y si entras a echar un vistazo?

De pronto, un par de voces susurrantes se filtraron desde el exterior, seguidas por el ruido de pasos. El silencio se hizo añicos.

Como estaban a cierta distancia, Chu Yan no logró captar con claridad cada palabra. Sin embargo, por el tono furtivo, estaba casi seguro de que aquellos sujetos tenían que ver con la droga que le habían dado.

—No lo veo por ningún lado. —El hombre hablaba un mandarín tosco, con un acento muy marcado. —Seguro se escondió en uno de los cubículos. Ve y patea la puerta —ordenó una voz más aguda, teñida de impaciencia—. ¡Y apúrate, no vayas a arruinarlo otra vez!

Al notar que solo eran dos, y con los pasos acercándose cada vez más, Chu Yan dejó de bromear con el sistema y fue directo al grano.

Cero, ¿tienes algo en la tienda para recuperar las fuerzas?

El sistema entendió que no era momento de reproches y respondió de inmediato:

[Sí. Por cien puntos de bofetada puedes canjear una poción, pero el efecto solo dura diez minutos.]

Cómprala.

Chu Yan canjeó la poción y se la bebió de un solo trago. En un parpadeo, sintió cómo la energía volvía a fluir por sus músculos. Antes ni siquiera podía levantar los brazos; ahora, fue capaz de ponerse en pie de un salto.

Aunque había recuperado sus fuerzas, no era tan ingenuo como para enfrentarse a dos hombres con las manos vacías. Echó un vistazo a su alrededor, pero en el reducido espacio no había nada que le sirviera de arma.

Al parecer, la única opción era abrirse paso a la fuerza.

Se quedó sentado en el inodoro un momento más para recobrar el aliento. En cuanto escuchó el golpe en la puerta de su cubículo, se puso de pie, apretó los dientes, tomó una bocanada de aire y salió disparado. Embistió con fuerza al sujeto que estaba al otro lado, tirándolo al suelo, y corrió hacia la entrada principal. Agarró la manija y tiró con desesperación, ¡pero estaba cerrada por fuera!

—¡Sin la llave, no saldrás de aquí! —El hombre de la voz aguda soltó una carcajada burlona.

Chu Yan apretó los labios. Si no podía escapar, tendría que defenderse. Agarró la escobilla del inodoro que estaba junto al lavabo y apuntó a los dos hombres, manteniendo un semblante imperturbable. Su único objetivo era resistir hasta que llegara Xiao Suian, a como diera lugar.

—Ya deja de intentar huir. Mi compadre y yo no te dejaremos escapar como la última vez. —El hombre corpulento y con acento marcado, al que Chu Yan había derribado, se puso en pie soltando una risa ahogada.

Al escuchar eso, Chu Yan los analizó con detenimiento. No tardó en reconocer los rostros de aquel par: el flacucho y el regordete. Sus pupilas se contrajeron.

—¡Ustedes otra vez!

Eran los mismos que habían drogado al dueño original de su cuerpo la primera vez que llegó a este mundo. En aquella ocasión, hasta se habían agarrado a golpes.

—¡¿Los mandó Tang Jindong?! —escupió Chu Yan, casi seguro de su sospecha.

Como era de esperar, los matones no fueron tan estúpidos como para revelar el nombre de su jefe.

—¡No te importa quién nos mandó! ¡Si sabes lo que te conviene, ven con nosotros! ¡O te desmayamos a golpes, te desnudamos y te tiramos a la calle!

—¡Inténtenlo! —Chu Yan apretó la mandíbula. Su mano, aferrada a la escobilla del inodoro, no tembló en absoluto. Soltó una risa fría—. ¡Yo pertenezco a la familia Xiao! ¡¿Acaso no le temen a sus represalias?!

—¿Y de qué tendríamos miedo? —El flacucho sonrió con desdén.

Tenían a la familia Tang de su lado. No creía que los Xiao fueran a enemistarse con ellos solo por Chu Yan.

—¿No decías que la droga ya le había hecho efecto? Yo lo veo igual de siempre —murmuró el gordito.

—Qué importa. —El flacucho le echó una mirada de impaciencia a Chu Yan—. Con tal de sacarlo de aquí, me doy por satisfecho.

Al ver que los dos sujetos se abalanzaban sobre él, a Chu Yan no le quedó de otra más que enfrentarlos y empezar a pelear.

Esos dos, sin duda, habían recibido entrenamiento durante aquel tiempo; sus movimientos eran mucho más precisos que la última vez. En cambio, Chu Yan, bajo los efectos de la droga, tenía los reflejos entorpecidos y empezaba a flaquear. No pudo evitar recibir un par de puñetazos de lleno.

—¡El señor Chu está ahí dentro!

Justo cuando Chu Yan estaba a punto de perder la ventaja, una voz familiar resonó desde el otro lado. Sus movimientos se detuvieron en seco y dirigió la mirada hacia la puerta.

Aprovechando su distracción, los matones se lanzaron sobre él y le inmovilizaron los brazos, dejándolo atrapado.

En ese instante, la puerta del baño se abrió de una patada con un estruendo sordo. Sentado en su silla de ruedas, Xiao Suian apareció en el umbral. Sus ojos profundos irradiaban un frío glacial; su rostro, de una belleza cortante, era una máscara de hielo. Tenía los labios apretados en una línea fina y una expresión asesina se dibujaba en su entrecejo.

—Haizi.

Al clavar la mirada en los brazos retorcidos de Chu Yan, un destello letal cruzó por los ojos de Xiao Suian. Su voz sonó grave y amenazante.

—¡Sí, señor!

Haizi captó la orden de inmediato. Con un par de zancadas se plantó frente a Chu Yan y, sin el menor esfuerzo, lanzó una patada brutal contra los dos matones. Empleó casi toda su fuerza; ambos salieron volando y se estrellaron con violencia contra el suelo, retorciéndose y aullando de dolor.

En el instante en que sus ojos se encontraron con los de Xiao Suian, la inmensa sensación de seguridad que lo invadió hizo que la tensión acumulada en los nervios de Chu Yan se desvaneciera por completo.

—Al fin llegas…

Le dedicó una sonrisa débil y se dispuso a caminar hacia él. Sin embargo, justo en ese momento, el efecto de la poción que le había devuelto las fuerzas llegó a su fin. Toda la energía de su cuerpo pareció esfumarse en un parpadeo, como si se la hubieran extraído de golpe con una jeringa, dejándolo vacío.

Las piernas de Chu Yan perdieron toda su fuerza. Su consciencia se apagó y su cuerpo se desplomó hacia adelante, cayendo al vacío.

Haizi, alarmado, lo atrapó en el aire con reflejos felinos. Tras examinarlo con rapidez, levantó la mirada hacia su jefe.

—Señor Xiao, el señor Chu se desmayó.

—Dámelo. —Xiao Suian lo observaba con el rostro impasible.

—¡Entendido!

Tomándolo en brazos, Haizi se lo entregó. Xiao Suian lo acomodó sobre sus piernas y rodeó su cintura con el brazo derecho, permitiendo que Chu Yan descansara contra su pecho en una postura cómoda.

El sudor de la pelea le había empapado el cabello, dándole un aspecto desaliñado. Sus ojos permanecían cerrados, ocultando aquel tono ámbar cristalino, y sus labios, apretados, estaban casi pálidos.

Xiao Suian jamás lo había visto tan vulnerable.

Por suerte, había llegado a tiempo.

Lentamente, Xiao Suian relajó la mano izquierda, que había mantenido cerrada en un puño. Las uñas le habían dejado marcas profundas en la palma, pero no parecía sentir el menor dolor. Solo miraba al joven que descansaba en su regazo, con una concentración tan intensa que parecía querer grabar cada rasgo de su rostro en lo más profundo de su memoria.

Unos segundos después, deslizó las yemas de los dedos sobre la comisura morada de los labios de Chu Yan. Su mirada, antes serena, volvió a oscurecerse.

Su salvación estaba herida.

—Señor Xiao, ¿qué hacemos con estos dos? —preguntó Haizi, acercándose con rapidez y agachando la cabeza a la espera de instrucciones.

—Oblígalos a confesar todo, sin importar los métodos. —Xiao Suian alzó la vista, reprimiendo la peligrosa tormenta en sus ojos. Sus labios se curvaron en una línea recta y apretó la mandíbula—. Si se niegan a hablar… —movió una ceja y soltó con frialdad—, entonces no tienen razón para seguir existiendo.

Haizi asintió, comprendiendo a la perfección.

Los demás guardaespaldas empujaron la silla de ruedas fuera del baño.

El lugar estaba justo al lado de la zona de descanso, así que todos los presentes se habían percatado del escándalo. Sin embargo, nadie se atrevió a acercarse; solo observaban la escena desde la distancia.

—¡¿Qué… qué pasó?!

Desde que vio a Xiao Suian entrar al salón con sus hombres, Chu Tingting tuvo un mal presentimiento. Ahora, al ver a Chu Yan en sus brazos, más o menos intuyó lo ocurrido y no pudo evitar preguntar en voz alta.

Al escuchar su voz, Xiao Suian le lanzó una mirada gélida. Luego apartó la vista y abandonó el hotel.

Los demás, sin ganas de meterse en líos, también se dispersaron, dejando a Chu Tingting sola en el lugar.

Le temblaban los labios y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. No podía sacarse de la cabeza la mirada que Xiao Suian le acababa de dedicar. En el fondo de esos ojos solo había un abismo insondable, una quietud aterradora, como si estuviera viendo a un cadáver.

¿Acaso Xiao Suian había descubierto algo?

Con las pupilas temblorosas y olvidándose de socializar con el resto de los invitados, Chu Tingting se levantó el vestido y salió a toda prisa. Buscó un rincón apartado y marcó un número en su teléfono.

—Oye, Xiao Suian acaba de aparecer por aquí, ¿lo viste? —susurró, lanzando miradas paranoicas a su alrededor.

—Claro que lo vi, ¿qué con eso?

La voz al otro lado de la línea pertenecía a un hombre. Si Chu Yan hubiera estado allí, la habría reconocido al instante: era Tang Jindong.

Nota de la autora: Esta vez sí que asustaron a nuestro Suian. No se me dan muy bien las escenas de acción, así que las pasé un poco por encima. (:з)∠)

***

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