Mansión del Millón de Rosas

Cuando Hunter entró al estudio con expresión adormilada y se sentó en un taburete alto, Rossi supo de inmediato que ya no estaba concentrado. En ese momento, Winston, que ya se había puesto su propia ropa, se acercó a Rossi. Rossi le hizo un gesto silencioso con los labios: «Te lo encargo».

Winston asintió y se acercó a Hunter. —¿Eh? ¿Por qué viniste? ¿Ya terminaste tus fotos? —Sí —dijo Winston, bajando la cabeza y hablándole en voz baja—. Es aburrido, ¿verdad? —Un poco —admitió Hunter con una sonrisa avergonzada. A fin de cuentas, Rossi ya había sido muy paciente.

—Entonces hagámoslo más interesante. —¿Cómo? —Vamos a jugar un juego. Me pondré detrás de Rossi; tú tendrás que imitar mis movimientos, pero mientras lo haces, deberás intentar seducirme por todos los medios. —¿Qué? —Hunter estuvo a punto de sonrojarse de nuevo.

—Porque, cuando a mí me toman fotos, solo pienso en ti. No me interesa seducir al resto del mundo, solo quiero que, cuando veas mis fotos, te den ganas de besarme —susurró Winston con la mirada baja.

Hunter giró el rostro; ya tenía las orejas completamente rojas. —¡Pero si te seduzco no sabré que lo logré! —Cuando termine la sesión de fotos te besaré. Podrás saber cuántas veces lograste provocarme contando la cantidad de besos que te dé —dijo Winston, dándole un golpecito en la frente—. ¿Qué pasa? Cuando aprendías esas tonterías inútiles con Owen no te daba vergüenza, ¿o sí?

—Tú… no me subestimes… —No te estoy subestimando —aseguró Winston, con una levísima sonrisa asomándose en sus labios—. Con tal de que no exageres demasiado y me hagas besarte frente a Rossi, estará bien —le susurró al oído.

Winston retrocedió paso a paso, mientras que a Rossi le causó curiosidad la expresión de timidez en el rostro de Hunter. Tenía el rostro ladeado y ambas manos apoyadas en el taburete alto. Aquella timidez era distinta de la incomodidad por estar frente a la cámara o de la vergüenza por no saber cómo posar.

Rossi echó un vistazo al hombre detrás de él, y Winston asintió levemente con la cabeza. Hunter miró a Winston, quien enganchó ligeramente su propio cuello con un dedo, trazó un círculo lentamente y luego tiró de él hacia abajo; pero se detuvo apenas dejó al descubierto más líneas de su cuello.

Hunter dejó escapar una risita. Sabía que carecía de talento para seducir a Winston, aunque a veces diera en el clavo por casualidad, pero al tomarlo como un juego, sentía que no era para tanto. Enganchó el dedo en el cuello de su ropa y alzó la barbilla con lentitud. Su mirada se clavó en Winston. Sus ojos azul hielo resultaban distantes, y, sin embargo, a Hunter le parecía tenerlos muy cerca. Curvó la comisura de sus labios, bajó despacio la barbilla que antes había alzado y luego, incapaz de contenerse, esbozó una sonrisa.

Rossi se quedó inmóvil, sosteniendo la cámara. Winston ladeó el rostro y deslizó lentamente los nudillos desde la mandíbula hacia abajo, rozando su manzana de Adán. Hunter sintió la garganta seca. Tuvo un repentino y fuerte impulso de agarrar a aquel hombre y arrastrarlo hacia él.

Hunter dejó escapar una leve sonrisa hacia atrás; tenía un ligero tono de burla hacia sí mismo, y a la vez una soltura como diciendo: «Qué más da, no hay nada de qué preocuparse». Deslizó el nudillo del dedo índice por la línea de la mandíbula y se detuvo en la manzana de Adán; recorrió aquella curva con extrema lentitud, descendió hasta enganchar el cuello de la camisa, pero sin tirar de él. En cambio, entrecerró un poco los ojos, con los labios entreabiertos, mientras la punta de la lengua rozaba suavemente sus dientes.

La mirada de Winston se volvió cada vez más oscura. Hunter giró el rostro despacio, bajando la mirada.

Rossi, que lo observaba a través de la cámara, se quedó totalmente paralizado. El Hunter que veía en el encuadre irradiaba una atracción letal, capturando toda la atención, encendiendo de golpe un ardiente y silencioso anhelo que invitaba a darle un beso apasionado. Rossi retrocedió un paso instintivamente.

Hunter ladeó la cabeza. Rossi levantó una mano: —Perdón, llevo mucho rato de pie y tengo las piernas cansadas. —Entonces, ¿por qué no tomas un taburete y te sientas como yo? Hunter recuperó su apariencia infantil de siempre. —Sí, gracias.

Winston empujó un taburete hacia Rossi. Hunter tuvo que cambiarse tres conjuntos más de ropa casual, y cuando por fin terminó su sesión de fotos, ya eran las cuatro y media de la tarde. Quería ir a ver sus fotos en la computadora con todas sus fuerzas, pero Winston le presionó la frente y se lo llevó.

—Lo llevaré a cenar fuera para que se relaje. —¡Claro que sí, claro que sí! Vayan con cuidado. Solo asegúrense de regresar a las siete en punto —dijo Rossi, despidiéndose de Hunter con una sonrisa. Carlos se acercó a la pantalla de Rossi, le echó un vistazo a una de las fotos y estuvo a punto de escupir el café que acababa de beber.

—Inesperado, ¿verdad? —dijo Rossi levantando la cabeza. —Por supuesto… ¿Acaso este chico quiere quitarle el sueño a las mujeres y volver homosexuales a todos los hombres? —Así es, es una sensualidad que trasciende el género. Una sensualidad que está entre la juventud y la adultez, inmadura y erótica a la vez. Ahora me pregunto de verdad a qué clase de juego se refería Winston. —Lo único que sé… es que ahora estoy impaciente por ver el resultado de sus fotos juntos esta noche. Carlos esbozó una sonrisa cargada de insinuaciones.

—Oh… te refieres a que… ellos dos… —Rossi puso una expresión de haber comprendido de repente. —¡Jaja! ¿Es en serio? ¿Recién te das cuenta? Desde que Winston cruzó la puerta noté lo protector que es con el chico.

En ese momento, Hunter y Winston salían del estudio. —Oye, ¿dónde está mi asistente de relaciones públicas? —Se fue a comer con mi asistente.

Justo cuando pasaban frente a la sala de descanso, Hunter aún miraba con curiosidad unas fotos colgadas en la pared. De pronto, un tirón brusco lo hizo agarrarse instintivamente al marco de la puerta; pero en cuanto sintió que la otra mano de Winston le sujetaba la cintura, soltó su agarre y se dejó arrastrar hacia el interior de la sala.

La puerta se cerró de un portazo. Como todos se habían ido a descansar y cenar, las luces de la sala estaban apagadas. Hunter tanteó buscando el interruptor, pero Winston le atrapó los dedos. Cuando la otra persona se metió la yema de sus dedos en la boca, Hunter soltó un jadeo ahogado. Acto seguido, lo soltó, enredó ambas manos en su cabello acariciándolo lentamente hasta las puntas y, finalmente, lo besó.

En medio de una oscuridad absoluta, Hunter no podía ver la expresión del otro, lo que agudizaba aún más su percepción de la temperatura y el contacto. Sus labios eran chupados y besados con ansia, su sistema nervioso se tensó al máximo y sintió como si su respiración fuera arrastrada hacia otra dimensión por la seducción de Winston. La otra persona lamía y envolvía la punta de su lengua, atrapando sus labios una y otra vez.

Winston, aferrando sus manos con fuerza, desató todos sus anhelos. Era una emoción tan intensa que rayaba en el colapso. Hunter lo abrazó, con el corazón acelerado como si en cada segundo estuviera a punto de cruzar la línea de meta.

Por primera vez, sintió con total claridad que tenía el control sobre las emociones y los impulsos de Winston; su locura y su pérdida de control le pertenecían por completo. Hunter mantenía la cabeza agachada, mientras la barbilla de Winston descansaba en su coronilla. El hombre contenía la respiración, y Hunter anhelaba con locura poder ver su rostro. —Voy… voy a encender la luz para buscarte un pañuelo de papel…

Hunter alzó la mano para palpar el interruptor de la luz, pero Winston le agarró la muñeca de inmediato. Apoyó su mejilla contra la de Hunter. —Espera un momento… espera un poco más… abrázame.

En ese instante, el corazón de Hunter sintió como si una cálida marea lo inundara, desbordándose, dispuesta a romper el dique, pero él se dejaba ahogar de buen grado. —Está bien… Hunter rodeó la cintura del otro con los brazos, abrazándolo y escuchando sus latidos.

Varios minutos después, Winston finalmente levantó la mano y encendió la luz. Su expresión era la de siempre, y Hunter lo miró con algo de decepción. —Vámonos, solo nos queda una hora para cenar. —Sí… Ambos salieron de la sala de descanso. Al abrirse la puerta, el aire, antes impregnado de la presencia masculina de Winston, se disipó, lo cual dejó a Hunter con una sensación de pérdida.

Hunter tomó una decisión en secreto: ¡debía aprender cómo someter a ese hombre para poder presenciar a sus anchas esa expresión descontrolada que tanto ocultaba! Encontraron un restaurante occidental cerca del estudio y pidieron lo más sencillo: pasta y vino tinto. Por supuesto, para Hunter solo hubo jugo de naranja.

—¿Lograste contar cuántas veces te besé? —preguntó Winston mientras enrollaba la pasta con el tenedor. —¿Ah? —Hunter acababa de recordar su apuesta con Winston—. ¡No me acuerdo! ¡Cómo iba a ponerme a contar en ese momento! —¿Quieres que volvamos a contar esta noche? —¡Ni loco!

¡Quién sabe si la situación se saldría de control y acabarían otra vez enzarzados en una batalla campal en la habitación! Aún no había perfeccionado sus habilidades. ¡Cuando dominara el arte, le daría a Winston la sorpresa de su vida! Winston sonrió con indiferencia. Pronto terminaron la pasta y Hunter se frotó los ojos.

—Siéntate de este lado —dijo Winston. —¿Por qué? —Apóyate en mí y duerme un rato. —¿No tienes sueño? —Ya estoy acostumbrado, no me afecta.

Tenía razón; Winston saltó a la fama desde su primera carrera en Fórmula 1, de modo que sus compromisos comerciales y publicitarios debían ser muchos más que los de Hunter. Hunter se acercó a Winston, se volvió de lado para apoyarse en su hombro y no tardó en quedarse dormido. Cuando el camarero se acercó a recoger los platos, Winston hizo un gesto con la mano, pidiéndole que hiciera menos ruido.

Media hora más tarde, Winston llevó a Hunter de vuelta al estudio. La sesión de fotos se reanudó de inmediato. Pero lo que tranquilizó a Hunter fue que, esta vez, Winston estaba a su lado.

Al situarse frente al fondo, todo el equipo se retiró, como de costumbre. Solo los dos fotógrafos se quedaron, comunicándose entre ellos y tomando fotos desde diferentes ángulos. La despreocupación de Hunter contrastaba marcadamente con la sobriedad de Winston. La sesión transcurrió con mucha fluidez; las tarjetas de memoria de Rossi se llenaron, así que se tomaron un descanso de diez minutos.

Con las manos en los bolsillos, Hunter miró divertido a Winston y le dio un golpecito en la pantorrilla con la punta del pie: —Oye, ¿no te da calor con ese abrigo? —¿Por qué no lo compruebas por ti mismo? —¿Y cómo lo hago? ¿Te lo quitas y me lo pongo? —Siéntate ahí.

Siguiendo sus instrucciones, Hunter se sentó en un taburete alto. Winston se desabrochó el abrigo y lo envolvió por detrás, dejando al descubierto solo su frente y la coronilla. La risa amortiguada de Hunter se escuchó desde el interior del abrigo de Winston.

—¡Jajaja! ¡Es verdad, hace mucho calor! ¿Ya estás sudando? ¿Cómo es que no hueles a sudor? Hunter estaba a punto de girar la cabeza para oler cuando su mejilla rozó accidentalmente el pecho de Winston. Winston bajó la mirada y le depositó un beso en la coronilla. —Si sigues moviéndote así, te aseguro que me dará calor.

Intuyendo que su rostro estaba a punto de enrojecer de nuevo, Hunter apartó a Winston con un codazo. Winston retrocedió un paso, y cuando Hunter dejó de estar oculto por el abrigo, se percató de que Rossi y Carlos llevaban quién sabe cuánto tiempo tomándoles fotos con sus cámaras. ¡Estoy seguro de que Winston lo sabía!

Aquel día, la sesión de fotos no terminó sino hasta las once de la noche. —Siento como si hubiera completado toda una temporada de carreras… Mientras caminaba, Hunter tenía los ojos cerrados, a punto de quedarse dormido. Con una mano apoyada en el hombro de Winston, dependía totalmente de él para saber hacia dónde caminar.

—¡Hey, nos vemos mañana en la Mansión del Millón de Rosas! —se despidió Rossi de Hunter. —¿Qué es la Mansión del Millón de Rosas? —preguntó Hunter dándole un pequeño golpe en la espalda a Winston con la frente. —Es una villa vacacional. Tiene decenas de miles de rosas plantadas. Es la propiedad privada del diseñador principal de Versace, y nos la prestó para la sesión de exteriores de esta ocasión. —¿Rosas? ¿Nosotros dos usando rosas como tema central? —Por más que lo pensara, a Hunter le parecía absurdo.

—El Príncipe y la Bestia —murmuró Winston. —¡Jajajaja! ¿Y por supuesto tú eres el príncipe y yo la bestia? Por donde se le viera, Winston destilaba un aura aristocrática en todo su ser. —¿Estás seguro? —Winston se limitó a devolverle la pregunta con indiferencia—. Es muy tarde, será mejor que vayas a dormir.

Al llegar a la recepción del hotel, el gerente de relaciones públicas del equipo Marcus le preguntó a Hunter: —¿Quieres que te reservemos otra habitación? De por sí la sesión de fotos fue agotadora, me temo que si duermen juntos no descansarán bien… Cada persona tiene sus propios hábitos y necesita privacidad.

Justo cuando Hunter pensaba en cómo responder, Winston se adelantó: —No es necesario. Ya tenemos poco tiempo para dormir; hacer y deshacer las maletas solo sería un desperdicio. Además, mañana por la mañana tengo que despertarlo. ¡Qué excusa tan impecable!

El asistente de relaciones públicas asintió con entusiasmo en señal de gratitud. ¡De todas formas, él jamás sería capaz de lograr que Hunter se levantara de la cama! De regreso a la habitación, Hunter se tiró en la cama boca abajo a enviarse mensajes de texto con Owen.

Owen: ¿Sigues con vida?

Hunter: Yo debería preguntarte eso a ti, ¿no? ¿No te hizo nada el hater?

Owen: Hoy fui al baño mientras tomaba un café, y cuando volví casi me trago una cuchilla que estaba dentro de la taza.

A Hunter se le heló la sangre. No imaginó que el hater fuera capaz de llegar a tales extremos.

Hunter: ¿Ya llamaste a la policía?

Owen: Sí. Pero en la cafetería solo hay cámara de seguridad en la caja. No encontraron huellas dactilares ni en la cuchilla ni en la taza.

Hunter: ¡Entonces cuídate mucho!

Owen: ¡Jajajaja! ¡Mejor empieza por cuidar tu trasero!

A Hunter le bajó una gota de sudor frío, sintiéndose traicionado por su propia amabilidad. Pero ese hater… daba demasiado miedo, ¿verdad?

De repente, sintió que algo descendía lentamente desde su hombro por la columna vertebral, e incluso bajaba continuamente por el centro de su cintura… Hunter contuvo la respiración y ladeó el rostro; en efecto, se trataba de Winston. El otro estaba acostado de lado, observándolo con la cabeza apoyada en la mano, mientras que la otra reposaba sobre el cuerpo de Hunter.

De súbito, recordó lo que Winston le había dicho antes, que uno de sus momentos más sexys era cuando se acostaba boca abajo para usar el teléfono. Tranquilo… tranquilo… ¡Cálmate! Winston prometió que no haría nada.

—Ve a cepillarte los dientes y a lavarte la cara, es hora de dormir —ordenó Winston. Aunque era una orden, la pronunció con mucha suavidad. —¡Claro, voy enseguida! —Hunter estaba a punto de levantarse, pero Winston le retuvo el teléfono. —¿Estás mandándole mensajes a Owen? —¡Sí, estoy preocupándome por él! ¿Y si la próxima vez que volvamos nos toca asistir a su funeral?

Winston observó la expresión seria de Hunter y un asomo de diversión cruzó por su mirada. —Eso es imposible. —¿Qué es imposible? —Nadie podría asesinar a Lawrence Owen. Engañarte a ti, en cambio, sí es posible —dijo Winston, esbozando una leve sonrisa con la barbilla ligeramente levantada.

La mirada de Hunter pareció retroceder hacia sus pupilas y recorrer el nervio óptico, para chocar finalmente en lo más profundo de su cerebro. Hunter fingió indiferencia, se dirigió al baño, se cepilló los dientes y se lavó la cara. Maldición, ¡qué ganas tuve de pegarle un buen mordisco a ese idiota!

El agotamiento de la sesión del día anterior y la falta de sueño de la noche previa le pasaron factura a Hunter, quien cayó rendido en cuanto tocó la cama. A la mañana siguiente, tomaron un vehículo con dirección a la «Mansión del Millón de Rosas». Aquella hacienda había sido construida y diseñada por el diseñador principal en conmemoración de su décimo aniversario de bodas con su esposa. El costo diario para mantener las rosas era simplemente astronómico.

Originalmente, a Hunter no le interesaban las rosas. Pero cuando vio aquel inmenso océano de flores, quedó genuinamente impresionado. A donde mirara, solo veía un rojo intenso; parecía que, de dar un paso más, quedaría sepultado bajo la locura acumulada y madurada de todo el mundo.

El equipo de fotografía comenzó a colocar los paneles reflectantes; Carlos y Rossi conversaban sobre la composición visual. Dado que se encontraban al aire libre, no había ningún sitio privado para vestirse. Por lo tanto, Hunter se vio obligado a desvestirse y vestirse a toda prisa bajo la luz del sol.

Y Winston no estaba muy lejos de él. Bajo la luz del día, las dos piernas largas y rectas de la otra persona destacaban aún más. No pudo evitar dejar escapar un suspiro. —¿Por qué suspiras? —le preguntó su estilista con una sonrisa—. ¿No pudiste dormir bien anoche? —No es eso… solo que siento un poco de envidia porque las piernas de Winston son muy largas… —Hunter creyó que no había necesidad de ocultar su admiración por Winston.

Para su sorpresa, el estilista soltó una carcajada. —Hunter, ay, Hunter… ¿acaso nunca te has dado cuenta de que tus piernas también son preciosas? Me percaté mientras te ajustaba la cintura; en términos de proporciones, el largo de tus piernas es superior al de muchos modelos masculinos de primera línea. —¿En serio? —De verdad —susurró el estilista, acercándose a Hunter—. Además, hace un rato, cuando le dabas la espalda a Winston, él se quedó observando tus piernas… durante más de diez segundos…

—N… no puede ser, ¿verdad? —Aunque tal vez solo fue porque no sabía dónde fijar la mirada. Hunter volteó la cabeza y descubrió que Winston, efectivamente, lo estaba mirando.

A pesar de que el rostro de este tipo seguía inexpresivo, Hunter podía percibir el calor que emanaba de su mirada. Se giró apresuradamente y reanudó su conversación con el estilista. ¡Deja de mirarme! ¡Todo el mundo se da cuenta, maldita sea!

Winston llevaba de nuevo un traje color tinta, pero tenía el cuello de la camisa desabrochado y la corbata le colgaba suelta alrededor del cuello. Al sujetar un gran ramo de rosas boca abajo, mientras caminaba entre los arbustos de flores, irradiaba una vibra salvaje e indomable, que formaba un agudo contraste con su habitual autodisciplina.

Incluso Hunter, que observaba desde un lado, se quedó boquiabierto. Aquel océano de rosas resaltaba aún más la fuerza y el magnetismo masculinos. Sin necesidad de ver los resultados en las fotos, Hunter sintió que el corazón le iba a estallar en cualquier momento.

—Bien, el tema de hoy trata sobre un príncipe despreocupado y la bestia que pretende matarlo. El príncipe confía ciegamente en la bestia. Winston, tú tienes más experiencia, trata de guiar un poco a Hunter. ¡Hagamos lo posible por terminar esta sesión antes de que se vaya la mejor luz del día, para luego poder despedirnos todos alegremente! —exclamó Carlos, dando una palmada en alto.

—¿Eh? —Hunter no lograba captar la idea principal y estaba totalmente perdido. Rossi se acercó a Carlos y preguntó en voz baja: —¿Crees que Winston preferirá ser el príncipe o la bestia? —Por supuesto que prefiere ser la bestia que engulle al principito de un bocado. —Carlos giró la cabeza y le dedicó a Rossi una sonrisa burlona que invitaba a un golpe. —Jaja.

—Hunter, solo tienes que sentarte aquí y mirarme sin moverte. Mientras hablaba, Winston depositó con delicadeza una rosa en la mano de Hunter: —Sujétala. —De acuerdo.

Con la rosa en la mano, Hunter se sentó en el césped. La sesión aún no parecía haber comenzado, y como se sentía un poco ridículo sosteniendo la flor en alto, la apoyó contra su hombro a la espera de las indicaciones de Rossi. Mientras se preguntaba qué planeaba hacer Winston, se percató de que este último, con las manos aún en los bolsillos, se arrodilló sobre una pierna a su lado. Giró el rostro de una forma que parecía estar a punto de besarlo frente a todos los presentes.

Toda la sangre del cuerpo de Hunter pareció bullir, amenazando con brotar a borbotones de su corazón. Por instinto, trató de inclinarse hacia un lado para esquivarlo; sin embargo, Winston atrapó con los labios los pétalos de la rosa que reposaba en su hombro, los mordió suavemente y arrancó uno de ellos con extrema lentitud. Al ver cómo la rosa se inclinaba debido a la fuerza ejercida por Winston, Hunter sintió como si su propio corazón también hubiera sido mordido por él y arrancado de su pecho.

—Dios mío… ¿cómo es que nunca antes me di cuenta de que Van Winston fuera tan sensual? —murmuró Carlos, mientras presionaba el obturador sin cesar. —Porque tú no eres Evan Hunter —le contestó Rossi sin miramientos. —¿Qué quieres hacerme ahora mismo? —le susurró Winston con una voz que solo Hunter podía escuchar.

—Someterte y verte llorar. —Al pensar en cómo este sujeto lo había provocado a propósito hace un instante, a Hunter le asaltó una idea traviesa. —Si quieres puedes intentarlo. Con tanta gente mirando, tal vez hasta te deje ganar —respondió Winston. —¡Jaja! —Un destello de picardía cruzó por la mirada de Hunter.

Winston se quedó ligeramente atónito al ver que Hunter se ponía de pie y le hacía un gesto con el dedo para que se acercara, una actitud un tanto insolente, pero con un toque de malicia y capricho. Apenas Winston se puso en pie, Hunter lo jaló bruscamente de su corbata aflojada, se dio la vuelta y, agarrando el inmenso ramo de rosas que Winston sostenía minutos atrás, lo lanzó hacia la cámara con arrogancia.

El autor tiene algo que decir:

Hora del huevo salado:

Winston: A la lista de cosas que deseo, además de un submarino, acabo de sumar otra.

Hunter: ¿Qué es?

Winston: Una mansión de rosas.

Hunter: ¿Y para qué quieres eso?

Winston: Solo imaginarte tirado entre los pétalos de rosa, sin nada de ropa encima, podría mantenerme erecto durante horas.

Hunter: …

***

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