¡Tengan cuidado!
—… —Wu Ruo lo miró con extrañeza—. ¿Cómo es posible que no puedas calcularlo?
Incluso los discípulos que estudiaban adivinación en la academia de la familia Wu podían, en mayor o menor medida, predecir el destino de una persona basándose en sus rasgos faciales. Y Hei Xin estaba lejos de ser un novato.
—No solo soy incapaz de prever el destino del joven amo Zhu, sino que no puedo vislumbrar ni un fragmento del futuro de la señora o de quienes la rodean —admitió Hei Xin con franqueza—. Tal vez sea por mi incompetencia, que me impide desentrañar los secretos celestiales.
Wu Ruo guardó silencio.
¿Estará relacionado con mi renacimiento?
Cuanto más lo analizaba, más factible le parecía. A fin de cuentas, desde su regreso, demasiadas cosas habían alterado su curso natural.
Ante la imposibilidad de adivinar si el viaje de entrenamiento de Wu Zhu transcurriría sin incidentes, la ansiedad por su seguridad volvió a carcomerle. Temía que, aunque el destino de su hermano se hubiera desviado, en algún punto crítico regresara a su fatídica trayectoria original.
Tras la partida de Wu Zhu, otros discípulos de la familia Wu que ya habían cumplido veinte años empacaron sus pertenencias uno tras otro, se despidieron de sus parientes y abandonaron la ciudad de Gaoling para forjar sus propios e inciertos caminos.
Las despedidas siempre estaban impregnadas de melancolía, pero los reencuentros traían regocijo. Así como algunos partían para curtirse en el mundo, otros regresaban victoriosos a la familia Wu tras culminar su adiestramiento.
En esta ocasión, cinco discípulos retornaron con éxito. Embargado por la euforia, Wu Bofang organizó un suntuoso banquete en su honor. Posteriormente, ofició una ceremonia de veneración a los ancestros donde se les otorgó el carácter generacional “An”, inscribió sus nombres en el linaje oficial y, como culminación, mandó a tallar sus nombres en una Tablilla de longevidad para ser consagrados en el Salón de la Inmortalidad. Sin embargo, ignoraba por completo que tales honores fuesen una afrenta directa a Wu Qianjing.
Bajo circunstancias normales, Wu Chu también habría concluido su viaje triunfante y recibido el título generacional junto a esos cinco. No obstante, Wu Chu estaba muerto. Había transcurrido más de medio mes y Wu Bofang seguía sin castigar al asesino. ¿Cómo no iba a estar furioso Wu Qianjing?
El mismo día del ritual, lideró a toda la facción del Patio Sur para exigir justicia frente a Wu Bofang. Pero Wu Anrun llevaba tiempo oculto, protegido por su padre, Wu Qianheng. Pese a agotar todos los métodos a su disposición, el patriarca no logró extraerle el paradero de su hijo. Ante semejante callejón sin salida, y al no poder sacrificar a un chivo expiatorio cualquiera en lugar de Wu Anrun, el asunto quedó estancado. Aun así, Wu Bofang prometió que, en cuanto lo encontraran, dejaría a Wu Anrun a total merced de Wu Qianjing.
Al recibir las noticias, Wu Ruo sonrió con sorna. Acto seguido, redactó una carta anónima y la envió a Wu Qianjing. Esperó la mayor parte del día antes de enviar una segunda misiva, también sin remitente, al padre del prófugo, Wu Qianheng.
Cinco días después, la noticia de que Wu Anrun había perecido en el pueblo de Pingxuan corrió como la pólvora. Se rumoreaba que Wu Qianheng presenció cómo Wu Qianjing masacraba a su hijo. Su muerte fue espeluznante: no solo destruyó su campo espiritual, sino que su cadáver fue desmembrado sin piedad. Un claro testimonio del odio abismal que Wu Qianjing albergaba hacia el verdugo de su propio vástago.
A partir de ese instante, el Patio Norte y el Patio Sur se volvieron enemigos jurados, tan incompatibles como el agua y el fuego. Bastaba con que dos miembros de ambas facciones se cruzaran para que estallara una refriega. En una ocasión, la violencia escaló hasta el punto en que ambos bandos sufrieron bajas graves, y solo entonces las hostilidades se apaciguaron ligeramente.
Encerrado en la mansión Hei, Wu Ruo se mantuvo sordo a los conflictos del exterior. Dedicó cada segundo a refinar medicinas en casa, cuidar del niño y acosar a Hei Xuanyi para que le enseñara artes marciales. Debido a su obesidad extrema, el asunto fue postergado hasta que lograra perder peso. Además, su edad ideal para iniciar el cultivo marcial había quedado muy atrás; ahora, cualquier entrenamiento solo serviría para fortificar su salud. Sería suficiente contra matones callejeros, pero frente a verdaderos cultivadores, solo le aguardaba la derrota.
A pesar de ello, no se desanimó. En su vida pasada, su incapacidad para cultivar lo obligó a depender de baños medicinales para fortalecer sus huesos y tendones. No sabía si se debía a una constitución especial, pero su fuerza física llegó a equipararse a la de aquellos que habían entrenado desde la cuna. Claro que, frente a expertos, seguía siendo inútil, motivo por el cual le rogaba a Hei Xuanyi que lo instruyera.
En un abrir y cerrar de ojos, transcurrió un mes. El Patio Sur, antaño un hervidero de actividad, yacía sumido en la desolación. Los guardias apostados en la entrada principal perdieron su diligencia; encorvados y letárgicos, bostezaban sin cesar como si llevaran días sin dormir.
En ese instante, un espléndido carruaje se detuvo frente al umbral del Patio Sur.
Los centinelas se enderezaron de golpe al ver que las cortinas del vehículo se apartaban. Una mano inmaculada y esbelta, semejante al jade blanco, se posó sobre el dorso del sirviente. A continuación, descendió un joven de belleza abrumadora. Sus cejas largas y delicadas evocaban hojas de sauce, sus labios parecían teñidos de cinabrio y su piel ostentaba la tersura de la porcelana fina. Sus ojos, radiantes como una vía láctea, contrastaban con la opulenta túnica blanca que lo envolvía, otorgándole un aura inalcanzable y pura, como un narciso meciéndose en la brisa. Era imposible apartar la mirada.
Los cuatro guardias quedaron embelesados, incapaces de reaccionar. En todos sus años custodiando la entrada, jamás habían contemplado a alguien tan exquisito. De no observar con atención, habrían jurado que se trataba de una doncella ataviada con ropajes masculinos.
Ignorando por completo su existencia, el joven de blanco cruzó las puertas del Patio Sur y se dirigió a la academia del patio central.
Solo cuando su silueta desapareció en la distancia, los guardias recobraron el aliento.
—¿Quién era ese joven? Es precioso, en mi vida he visto a alguien tan hermoso.
—Tampoco yo. Ni siquiera la cortesana más codiciada del Pabellón Primaveral se le compara. Por cierto, ¿a quién venía a buscar al Patio Sur?
Al formular la pregunta, los cuatro palidecieron de golpe. Atrapados por la hipnosis de aquel rostro, olvidaron por completo interrogar al visitante. Si los superiores descubrían semejante negligencia, el castigo sería devastador.
—¿A qué patio se dirigía?
—No lo sé.
—…
Entretanto, en el interior de la academia, el anciano instructor ordenó a los discípulos que buscaran parejas para batirse a duelo y practicar sus artes esotéricas. En un abrir y cerrar de ojos, todos encontraron un oponente, dejando a Wu Xi completamente sola en el centro del recinto.
Inspeccionó su entorno y, al ver que todos estaban ocupados, un destello de melancolía nubló su mirada. En el pasado, su hermano mayor siempre la acompañaba en los combates. Ahora que él se había marchado y el resto de la familia la marginaba, no sabía qué hacer.
—Xiao Xi, yo pelearé contigo —se ofreció alguien de repente.
Wu Xi alzó el rostro y, al reconocer a su primo del Patio Este, Wu Xia, esbozó una sonrisa radiante.
—De acuerdo, gracias por acompañarme, hermano Xia.
Un brillo lúgubre parpadeó en los ojos de Wu Xia. Señalando un rincón despejado, sonrió.
—¿Qué te parece si practicamos allí?
—Está bien. —Wu Xi asintió y lo siguió hacia la esquina.
—Xiao Xi —advirtió él—, aún no domino mis habilidades por completo. Si te lastimo por accidente, te ruego que me perdones.
—Hermano Xia, si yo también te hago daño sin querer, espero tu comprensión.
—Hecho. —Wu Xia recitó de inmediato un conjuro e invocó a su espíritu.
Se trataba del fantasma de una mujer que llevaba un siglo muerta. Vestía una túnica blanca mortuoria, su cabello oscuro caía enmarañado y su rostro carecía de una sola gota de sangre. Tenía los ojos completamente blancos y sus uñas, afiladas como diez espadas desenvainadas, poseían el filo suficiente para desgarrar la carne hasta los huesos con un simple movimiento.
Al ver que había convocado a su entidad espiritual más letal, el rostro de Wu Xi palideció. Sacó apresuradamente sus talismanes y comenzó a desplegar sus formaciones.
La mirada de Wu Xia se volvió despiadada. Sin concederle un mísero segundo para prepararse, azuzó a la aberración contra ella.
El espíritu femenino se teletransportó frente a Wu Xi, alzando la garra para asestarle un zarpazo brutal.
Wu Xi lanzó un talismán amarillo presa del pánico. Para su desgracia, el espectro no le temía en absoluto a la magia purificadora; destrozó el papel místico con un solo zarpazo.
—Xiao Xi, tus talismanes amarillos son inservibles contra mi invocación. No desperdicies tu energía. —Wu Xia soltó una carcajada lúgubre, plagada de malicia y crueldad desenfrenada.
El ataque frontal le dejó muy claro a Wu Xi la intención asesina que emanaba de la criatura. ¿Acaso intenta matarme? Pero había algo que no lograba comprender: no existían rencores ni enemistades entre ellos. ¿Por qué querría Wu Xia asesinarla?
—Hermano Xia, esto es un combate de práctica, no un duelo a muerte. Si me hieres gravemente, los ancianos te castigarán.
—Exacto, estamos practicando —se mofó él—. Y en los entrenamientos, lastimar al oponente por error es un gaje del oficio. Los ancianos jamás me culparían.
En ese preciso instante, un alboroto estalló en las puertas de la academia.
Un joven ataviado de inmaculado blanco ingresó al patio. Su belleza sobrehumana provocó que todos los discípulos detuvieran sus combates para murmurar estupefactos.
—¿Quién es ese joven? Es bellísimo, ¿pertenece a la familia Wu?
—Lo dudo, jamás lo había visto.
—Es tan hermoso… ¿Es un hombre o una mujer? —preguntó un joven, sonrojado, mientras le daba un codazo a su compañero.
El aludido tampoco podía despegar la vista del recién llegado.
—¿Qué hombre sería tan deslumbrante? Seguro que es una señorita.
Una discípula los fulminó con la mirada de inmediato.
—¿Acaso están ciegos? Es evidente que es un varón, ¿no ven que lleva ropa de hombre?
—¿Y quién dictaminó que vestir ropas masculinas te convierte en un hombre? Cuando ustedes, las mujeres, salen de viaje para entrenar, ¿no se visten a veces de varones por simple conveniencia?
—¿Han visto alguna vez a una mujer así de alta? —replicó la chica, indignada—. Es incluso más alto que ustedes. Lo que pasa es que están obnubilados por su belleza y ruegan que sea una doncella para poder desposarla, ¿me equivoco?
—¿Acaso tú no deseas que sea un hombre para tener la oportunidad de casarte con él? —contraatacó el joven a la defensiva.
—Tú… —La discípula, muda de rabia, no pudo evitar sonrojarse y espiar al joven de blanco por el rabillo del ojo.
Para su decepción, el enigmático visitante no les prestaba la más mínima atención. Sus irises, oscuros y brillantes como el ónix, escudriñaban cada rincón del patio hasta detenerse abruptamente en una de las esquinas. El mismo rincón donde Wu Xia asediaba a Wu Xi.
La comisura de los labios del joven se curvó en una leve sonrisa. Su expresión fue tan deslumbrante como el florecer de un loto nocturno, eclipsando la luz del día y robando el aliento a los presentes, quienes olvidaron hasta sus propios nombres. Nadie osó emitir un solo ruido por temor a perturbar semejante visión.
Avanzó con paso elegante y abrió los brazos, exclamando con calidez:
—Xiao Xi…
Al escuchar su voz varonil, el gentío despertó de su trance. Vieron cómo Wu Xi caía refugiada en el abrazo protector del recién llegado. Acto seguido, el espíritu cadavérico de Wu Xia se abalanzó contra ambos, desatando una embestida tan colérica y sanguinaria que solo buscaba arrancarles la vida.
—¡Xiao Xi, tengan cuidado!
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