Un asesinato

Los aplausos resonaron de forma interminable; incluso aquellos sin la menor apreciación musical podían distinguir la exquisita belleza de aquella melodía. Hasta entonces, solo Sears había logrado interpretarla con éxito en público, pero había pasado un siglo y aquel maestro del piano ya era historia; su obra cumbre, Alarde, se había desvanecido en el silencio junto a él.

Xue Zixuan la había tocado alguna vez, pero nunca en un concierto público, sino que la publicó en internet a modo de estudio. No se sentía seguro de interpretarla en un escenario formal porque no era lo suficientemente arrogante ni lo bastante altivo como para mirar a todos por encima del hombro.

Sin embargo, sabía que su amado era absolutamente capaz de lograrlo. Poseía la mente más brillante y las manos más ágiles del mundo; con ellas era omnipotente y, por lo tanto, excepcionalmente orgulloso. Quizás ni él mismo se había dado cuenta de que, al observar su entorno con esos ojos brillantes, lo hacía desde una perspectiva superior, como un absoluto espectador.

Era tan asombrosamente talentoso como Sears, y al igual que él, se creía el centro del universo. Alarde parecía haber sido hecha a su medida.

Zhou Yunsheng permaneció en su lugar, con la barbilla ligeramente alzada y las cejas arqueadas, mostrando una actitud de extrema arrogancia. Parecía importarle poco la puntuación del jurado, ocupado únicamente en acomodar la flor que llevaba prendida en el pecho.

Los jueces se reunieron para murmurar entre sí, discutiendo durante casi un minuto antes de dar sus calificaciones uno tras otro: veinte, veinte, veinte… Con cada número que anunciaba el presentador, el público soltaba una exclamación de asombro; tantos puntajes perfectos rompían el récord de años del concurso. Cuando finalmente fue el turno de Olsen, tosió de manera fingida antes de presionar el marcador con lentitud.

Un veinte de color rojo brillante apareció en la pantalla; seis jueces, seis calificaciones perfectas. Sin lugar a dudas, el joven ya se había asegurado el campeonato.

—Debo admitir que eres muy inteligente —dijo Olsen—. Elegiste Alarde de Sears. Para tocarla no se necesitan emociones desbordantes, solo la suficiente confianza y orgullo. Tu interpretación fue perfecta, como un verdadero demonio arrogante. Si Sears estuviera vivo, creo que te odiaría profundamente por romper su profecía.

Olsen dio una breve crítica. No podía, en buena conciencia, darle un cero al joven; incluso si había hecho trampa al elegir una pieza astuta para ocultar su debilidad, eso también reflejaba su habilidad desde otra perspectiva, porque en este mundo, quizás sería imposible encontrar a otra persona capaz de interpretar Alarde con tanta naturalidad y desdén.

Si ni siquiera una pieza de semejante dificultad técnica lograba que se pusiera serio, ¿qué obra podría superarlo? Si pudiera invertir un poco de emoción, aunque solo fuera una pizca, se convertiría en un músico aún más grande que Sean, pensó Olsen, incapaz de ocultar su lástima.

Zhou Yunsheng bajó lentamente del escenario en medio de los vítores del público. Al ver a Xue Jingyi detrás del telón, con el rostro pálido y los ojos echando chispas, levantó el pulgar en un gesto humillante.

El castigo del sistema aún continuaba; sentía como si su cuerpo se estuviera desgarrando por el dolor, pero su estado de ánimo era de absoluta euforia. La trayectoria del destino comenzaba a cambiar en ese preciso momento, y el efecto mariposa resultante atacaría ferozmente el núcleo de procesamiento del sistema, tal como lo haría un virus. ¿Cómo lograría corregir el rumbo de este mundo? Si no lo conseguía, ¿en qué situación quedaría él?

Zhou Yunsheng bajó la mirada hacia su cerebro óptico, que parpadeaba intermitentemente, con los ojos llenos de fascinación.

El nombre de Huang Yi se hizo famoso rápidamente en todo el mundo. Su actuación en el Salón Dorado apareció en televisión y en internet, atrayendo la adoración frenética del público. El momento en que se dejó llevar por el entusiasmo y se puso de pie, balanceando la cintura y moviendo las caderas mientras su cabello revoloteaba al compás, fue una imagen de extrema indolencia y seducción que aceleró el corazón de todos los que la presenciaron.

Su belleza trascendía los límites del género, y su expresión altanera le añadía un toque de encanto salvaje y demoníaco. Era un ser luminoso por naturaleza, destinado a ser admirado y venerado.

Para cuando regresó a China, ya se había convertido en una figura sumamente conocida; cientos de periodistas bloquearon el aeropuerto solo para intentar capturar su perfil en cámara.

Tras lograr escapar con dificultad de sus perseguidores y regresar a la mansión Xue, Zhou Yunsheng estaba tan exhausto que no quería mover ni un solo dedo.

—Hay comida caliente en la cocina, ve a comer de inmediato. No te acuestes apenas termines; camina un poco afuera para hacer la digestión. Últimamente he retrasado muchos asuntos, así que debo ir a la empresa a resolverlos. Pasaré a buscarte para cenar al atardecer. —Xue Zixuan le daba instrucciones mientras le quitaba las zapatillas de lona al joven y le ponía unas pantuflas suaves y cómodas.

—¿Por qué no comes antes de irte? —preguntó Zhou Yunsheng, dejándose caer en el sofá y abrazando un cojín.

—Tengo un almuerzo de negocios. Me voy, recuerda no irte a dormir apenas termines de comer, es malo para el estómago —le recordó Xue Zixuan incansablemente. Al notar que el joven ya había cerrado los ojos y parecía a punto de quedarse dormido, le pellizcó la nariz de inmediato, añadiendo con una mezcla de exasperación y diversión—: Pero tampoco puedes dormir con el estómago vacío sin haber probado bocado. Levántate y come algo, ¿me escuchas? Xiao Yi, mi pequeño gallito.

—¿A quién llamas pequeño gallito? —Zhou Yunsheng abrió los ojos de golpe, dio una voltereta para inmovilizar a Xue Zixuan contra la alfombra y empezó a golpearlo en la cabeza con el cojín, interrogándolo de manera amenazante—: ¿Por qué me llamas pequeño gallito? ¿Acaso soy así de feo?

Xue Zixuan le agarró por la delgada cintura y, en un tono que era mitad mimo y mitad burla, le dijo:
—Aún dices que no eres un gallito. Te erizas cuando te enojas, sacas pecho cuando te sientes orgulloso y revoloteas sin importar si estás feliz o triste. Además, te encanta hacer escándalo. Mírate, ¿acaso no pareces un pequeño gallito ahora mismo?

El movimiento de Zhou Yunsheng, que lo estaba machacando a cojinazos, se congeló ligeramente.

Xue Zixuan rio en voz baja, aprovechando la oportunidad para darle la vuelta e inmovilizarlo contra la alfombra. Lo besó con fuerza, su lengua entrando y saliendo de su boca, barriendo su dulce saliva.

—Basta de juegos, levántate a comer; ya escuché a tu estómago rugir. —Tras el beso, levantó al joven, quien estaba sonrojado y sin aliento, y lo llevó en brazos hasta el comedor.

En la mesa había varios platos caseros de los que aún salía vapor, dejando claro que acababan de ser calentados. La nueva ama de llaves, una mujer honesta de mediana edad, no mostró la menor expresión de extrañeza al presenciar el comportamiento íntimo de sus empleadores.

Después de colocar los cubiertos, se retiró en silencio, no sin antes avisarle al nuevo chofer que llevara el auto hasta la puerta principal.

Xue Zixuan tomó un trozo de cerdo estofado y lo metió en la boca del joven; luego se inclinó para atrapar sus labios manchados de aceite, lamiéndolos con una lentitud y ternura exquisitas, como si saboreara el platillo más fino.

—El nuevo cocinero tiene muy buena mano —evaluó con total seriedad, una vez hubo terminado de degustar.

Zhou Yunsheng agitó la mano para apartarlo, como si estuviera espantando a una mosca.

—Espérame en la noche. —Xue Zixuan le robó un par de besos más antes de marcharse con renuencia. Apenas había llegado a la puerta cuando vio a Xue Li Danni entrar junto a Xue Jingyi.

—Xue Jingyi, ¿por qué sigues aquí? ¿Recuerdas lo que me prometiste antes? —preguntó con un tono llano y gélido.

Xue Li Danni parecía estar reprimiendo algo. Palmeó el brazo de su hija de forma tranquilizadora y respondió:


—Vinimos a recoger nuestras cosas y nos iremos de inmediato. Zixuan, en vez de preocuparte tanto por regañar a tu hermana, ¿acaso tú recuerdas lo que me prometiste a mí?

La fama de Huang Yi crecía sin parar; muchas personas ya lo mencionaban al mismo nivel que a su hijo, asegurando que tenía el potencial para convertirse en un pianista igual de grandioso. Esto mantenía a Xue Li Danni en un estado constante de ansiedad, temerosa de que algún día saliera a la luz el sórdido romance entre su hijo y Huang Yi.

Si Huang Yi aún fuera el don nadie de antes, jamás se habría sentido intimidada, pero ahora todo era diferente. Brillaba con tal esplendor y talento que acaparaba las miradas de todos; tenerlo cerca de su hijo era como una bomba de tiempo. Tarde o temprano, el público se daría cuenta de la verdad a través de sus gestos íntimos.

¿Qué dirían todos cuando eso ocurriera? ¡Dirían que Xue Li Danni había criado a un hijo homosexual! ¡Que el hijo y el hijo adoptivo de Xue Li Danni estaban cometiendo incesto! ¡Se preguntarían cómo diablos había educado a sus hijos, afirmando que sus décadas de educación superior habían sido en vano! ¡Dirían que Xue Li Danni era una vergüenza para la familia Li, y que el hijo que dio a luz había manchado su buen nombre…!

Ese tipo de comentarios venenosos resonaban en la mente de Xue Li Danni, impidiéndole comer y dormir en paz. Temía que la imagen de perfección que había cultivado durante la mitad de su vida fuera destruida en un abrir y cerrar de ojos por culpa de su hijo y Huang Yi.

Era la dama más elegante de la capital, una artista de gran renombre, y la esposa y madre más feliz de todas; ¡no podía permitirse semejante humillación! Desde que terminó la competencia, los periódicos se inundaron con reportajes sobre el joven, y desde entonces no había tenido ni un solo día de paz, aterrada de ver el escándalo homosexual de los dos ocupando los titulares de primera plana.

Por esa razón se había presentado hoy en la mansión Xue; su hija la había convencido de que rendirse y hacer concesiones no era la salida, sino que la única solución era hacer desaparecer a Huang Yi para siempre.

Al parecer, Xue Zixuan no recordaba en absoluto la promesa que había hecho, pero tampoco se molestó en responder; terminó de cambiarse los zapatos y empujó la puerta para salir.

—¡Prometiste que guardarías las apariencias por ti mismo y por la familia Xue, pero rompiste tu palabra! —le gritó Xue Li Danni a su espalda—. Andas de un lado para otro con Huang Yi, abrazándolo y besándolo frente a las cámaras; ¿acaso tienes miedo de que la gente no se entere de su asqueroso amorío? ¿Perdiste la cabeza? ¿Sabes el impacto que esto tendrá sobre la familia Xue?

Xue Zixuan se giró bruscamente.
—Madre, te aconsejo que no te entrometas en nuestra vida —advirtió con voz fría—. De lo contrario, dudo mucho que puedan seguir disfrutando de sus tranquilos días. Si tuvieran los recuerdos de su vida pasada como él, sabrían perfectamente lo que significaba desear estar muertos.

El rostro de Xue Li Danni, a pesar de su maquillaje exquisito, se retorció de rabia; su propio hijo la estaba amenazando. Regresó furiosa al interior de la casa, y al ver al joven sentado en el comedor, royendo con toda parsimonia una pata de cerdo glaseada, sintió ganas de despedazarlo.

Xue Zixuan entró detrás de ella.


—En cuanto terminen de empacar, lárguense; ya no hay habitaciones de huéspedes en la casa —ordenó con indiferencia.

—¿Cómo que no hay habitaciones de huéspedes? ¿Me estás echando? —se mofó Xue Li Danni.

—Ya mandé a desmontar todas las camas de los cuartos de huéspedes; si les apetece dormir en el piso, sírvanse ustedes mismas. —Xue Zixuan hizo un gesto invitándolas a pasar.

Xue Li Danni se puso pálida del coraje, y necesitó varias respiraciones profundas para recuperar la compostura.


—Bien, empacaremos e iremos de inmediato. Si tienes asuntos que atender, puedes irte; no hace falta que te quedes a vigilarnos. ¿Acaso nos tomas por ladronas?

Xue Zixuan atrajo al joven hacia sus brazos, quien había salido para ver el espectáculo, y comenzó a acariciarlo sin la menor intención de marcharse. ¿Cómo iba a dejarlo a solas con ellas dos? Era lógico que se quedaría a protegerlo hasta que la escoria indeseada saliera de la casa.

Xue Li Danni quiso insistirle a su hijo para que se fuera, pero temiendo despertar sus sospechas, no tuvo más remedio que subir con Xue Jingyi a recoger sus pertenencias. Como no encontraron el momento adecuado para hablar a solas con Huang Yi, agarraron un puñado de joyas al azar y se marcharon a toda prisa.

En el camino de regreso a la ciudad, Xue Li Danni recibió una llamada telefónica.

—¿Cómo te fue? ¿Ya arreglaste el asunto? —preguntó Xue Rui con un tono áspero. Su poder ya había sido usurpado por su hijo; no tenía voz ni voto en ninguna de las decisiones de la empresa, sin importar su tamaño, e incluso sus propios asistentes le entregaban los documentos importantes a Xue Zixuan para que los firmara.

En el pasado solía preocuparle que no hubiera nadie para heredar el negocio familiar, pero ese temor solo aplicaba para cuando fuera demasiado viejo y ya no pudiera caminar. Pensaba que le tomaría al menos diez años pulir a su hijo hasta convertirlo en un profesional, lo cual encajaba perfectamente con su edad de jubilación, permitiéndole disfrutar de la vida. Sin embargo, se encontraba en la flor de la vida, aún con grandes ambiciones por cumplir, y su propio hijo lo había arrinconado en semejante situación; no estaba dispuesto a aceptarlo, de ninguna manera.

Hacía unos días, su plan de fusiones y adquisiciones había sido vetado por su hijo. Había invertido tres años de investigación para cerrar ese trato, el cual llevaría al Consorcio Xue a un nuevo nivel en caso de concretarse, permitiéndoles superar sin problemas a la Empresa Zhongxin de Xue Yan. Pero en el momento crucial de la votación, su hijo votó en contra, y todos los demás accionistas, bajo su influencia, hicieron exactamente lo mismo.

El ambicioso panorama que había diseñado fue destrozado hasta no valer ni un centavo. Nunca antes le había parecido que su hijo fuera tan detestable; al terminar la junta, destrozó su taza de té contra el suelo y le ordenó a gritos que se largara de la empresa.

Su hijo, sin embargo, no pronunció palabra, limitándose a dedicarle una mirada llena de desprecio y lástima. Xue Rui no sufría del corazón, pero sentía que tarde o temprano terminaría enfermando a causa de la ira. El cambio en la actitud de su hijo comenzó cuando Huang Yi llegó a la familia Xue; ¿acaso le gustaba ese mocoso? ¡Entonces acabaría con él! La muerte de Huang Yi le enseñaría a su hijo que siempre habría cosas en este mundo que escaparían de su control.

La mirada de Xue Li Danni se ensombreció levemente mientras negaba con la cabeza.


—Aún no. Me topé con Zixuan al entrar; me tenía bien vigilada, así que no pude hacer nada.

—¡Pues apresúrate, Jingyi no puede darse el lujo de esperar! —la urgió Xue Rui con tono severo.
—Bien, iré enseguida. —Colgó el teléfono y le ordenó al chofer que diera un par de vueltas por la ciudad antes de regresar a la mansión Xue.

Al verlas regresar, el ama de llaves se mostró sorprendida y se adelantó para preguntarles:


—Señora, señorita, ¿por qué han vuelto? —Mientras hablaba, no dejaba de lanzar miradas furtivas al joven, que estaba sentado en la sala de estar jugando con su PSP, temiendo que intentaran buscarle problemas.

—A Jingyi se le olvidaron sus partituras, por eso volvimos —mintió Xue Li Danni, forzando una sonrisa—. Hay decenas de libros y son bastante pesados; acompáñala arriba y ayúdala a bajarlos. —Al terminar, le dio una palmada en el hombro a su hija, indicándole entre líneas—: Sube con el ama de llaves; mamá está agotada y quiere descansar un rato.

Xue Jingyi asintió y arrastró al dubitativo ama de llaves hacia el segundo piso.

Fue entonces cuando Xue Li Danni entró a la sala y tomó asiento frente a Zhou Yunsheng.


—Ganaste el concurso de piano. Sabes cuál es el premio, ¿cierto? Hace un par de días llegó tu carta de aceptación del Instituto de Música Curtis; ¿te gustaría ir?

—No quiero separarme de mi hermano; además, no sé hablar inglés —respondió Zhou Yunsheng, dejando la PSP a un lado para declinar con cortesía.

—Si no quieres ir, tendrás que firmar una declaración. —Xue Li Danni sacó una carpeta de su bolso y le preguntó para confirmar—: ¿De verdad no quieres ir?

—No quiero. ¿Dónde debo firmar? —Zhou Yunsheng extrajo los papeles y los hojeó con rapidez, fingiendo buscar el espacio para la firma. ¿Cómo no iba a saber inglés? Esos idiotas de la familia Xue lo subestimaban demasiado; tuvieron el descaro de entregarle un acuerdo de donación de órganos redactado en inglés.

Al firmar aquel documento, si llegaba a morir en un accidente, todos sus órganos aptos para el trasplante serían donados a personas que los necesitaran, y su cuerpo vacío sería enviado a una facultad de medicina para que los estudiantes lo usaran en sus prácticas de disección.

No se oponía a hacer una contribución razonable a la sociedad después de muerto, pero las intenciones ocultas en ese documento no eran buenas, sino venenosas. En cuanto los médicos certificaran su deceso, Xue Jingyi, por ser un familiar, tendría prioridad absoluta para recibir su corazón.

En ese momento, el único problema que les quedaba por resolver era encontrar la manera de asesinarlo de forma legal y justificada.

Zhou Yunsheng solo necesitaba pensar un segundo para idear cientos o miles de métodos distintos, algo que seguramente tampoco sería un problema para una familia con tantas influencias como los Xue. Tenían dinero de sobra, así que no les faltaría quien estuviera dispuesto a dar la vida por ellos.

—Firma aquí; piénsalo bien, una vez que lo hagas ya no habrá vuelta atrás. —La voz de Xue Li Danni se escuchaba algo ronca.

—No me arrepentiré. —Zhou Yunsheng soltó una risita despreocupada y estampó su firma justo donde el dedo de la mujer indicaba. Más allá de si lograban matarlo o no, la legalidad de aquel documento se desmoronaría una vez que la verdad saliera a la luz, así que no importaba si lo firmaba.

Xue Li Danni comprobó la firma varias veces antes de guardar los papeles en su bolso con rapidez; justo en ese instante, Xue Jingyi y el ama de llaves bajaron las escaleras cargando el equipaje.

—Mamá, ¿ya terminaste? —inquirió Xue Jingyi con un tono velado.

—Sí, ya no queda nada más que recoger; vámonos. —Xue Li Danni agitó la mano y salió a paso acelerado de la mansión Xue.

Luego de que ambas se marcharan, Zhou Yunsheng sacó su teléfono para revisar, uno a uno, los archivos de audio y video guardados en la tarjeta de memoria. Jamás se imaginó que Xue Jingyi estaría tan loca como para arrastrar a Xue Li Danni a su complot. Aunque, pensándolo bien, no era tan extraño; ambas compartían el mismo objetivo, por lo que tarde o temprano sus caminos terminarían cruzándose. Con su colaboración, el plan de asesinato debería llevarse a cabo a la perfección.

Pero para su desgracia, no se enfrentaban a una persona común y corriente, sino a Zhou Yunsheng. Parado en el umbral de la puerta, observó cómo el vehículo de Xue Li Danni se perdía a lo lejos, esbozando una sonrisa gélida.

Entretanto, su fuerza mental no se quedó de brazos cruzados, sino que lanzó una ofensiva a gran escala para destruir las últimas capas defensivas del Sistema de Villanos. Después del concurso, el sistema había estado demasiado ocupado calculando cómo corregir aquella desviación del destino. Un sinfín de códigos extraños aparecían abarrotando su pantalla para luego esfumarse en cuestión de segundos, presagiando lo que parecía ser su inminente colapso.

De repente, escuchó un tenue chasquido en su mente, tan leve que bien podría haber pasado desapercibido si no hubiera estado prestando atención. Zhou Yunsheng se quedó paralizado por un segundo antes de soltar una risa ahogada.

Con una mano en la frente y la otra apoyada en el marco de la puerta, se rio cada vez más fuerte hasta que se le saltaron las lágrimas. Fuera del alcance de los ojos ajenos, el cerebro óptico de su muñeca parpadeaba frenéticamente; tras lanzar cientos de destellos consecutivos, se apagó de golpe. La energía del sistema no se había agotado, pero lamentablemente para este, la fuerza mental de su anfitrión logró romper sus defensas para adueñarse de los controles principales.

Zhou Yunsheng erradicó velozmente los comandos operativos que el Dios Principal había incrustado en el interior del Sistema de Villanos, apropiándose de la plataforma de operaciones mediante su propia voluntad. A partir de ese preciso instante, tanto en cuerpo como en alma, era verdaderamente libre.

—No esperaba que este día llegara tan pronto. ¿Qué clase de dios logró asesinar al Dios Principal de antemano? De lo contrario, no habría ganado con tanta facilidad —murmuró para sí mismo mientras acariciaba el cerebro óptico, que había vuelto a encenderse.

Sin embargo, jamás habría podido imaginar que el dios al que tanto admiraba no era otro que su yo del futuro.

—Esta chatarra resulta bastante útil; se puede usar como un cerebro óptico, sería una lástima destruirla. —Aunque al principio planeaba aniquilar el Sistema de Villanos, cambió de parecer a último momento y decidió conservarlo; reescribió todos sus códigos de funcionamiento y lo bautizó con el nombre de Sistema 007.

Después de utilizar su fuerza mental para implantar el nuevo programa y activar el 007, se estiró perezosamente y dijo en voz alta:
—Parece que ha llegado el momento de irme de la familia Xue.

Quedarse de brazos cruzados a esperar su muerte no era el estilo de Zhou Yunsheng. Había estado espiando a todos los miembros de la familia Xue y conocía cada uno de sus movimientos, incluyendo a quiénes habían sobornado y cómo llevarían a cabo su plan de asesinato. Tras firmar los papeles, no tenía la menor intención de quedarse, así que subió las escaleras para empacar.

Su equipaje era bastante escaso: un par de mudas de ropa, algunos documentos de identidad y una tarjeta bancaria; todo cabía a la perfección en una mochila mediana. El dinero que había en la tarjeta provenía de las ganancias por la venta de un pequeño software y del premio del concurso; en cuanto a la tarjeta adicional que le había entregado Xue Zixuan, la dejó perfectamente alineada sobre el escritorio. No se llevaría absolutamente nada que perteneciera a la familia Xue.

Había pasado más de un año desde su llegada a la capital, y al ver que solo faltaban unos meses para cumplir los dieciocho, se sintió verdaderamente nostálgico. Pensó que aquel sería un viaje plagado de desesperación, sin sospechar que estaría lleno de dicha y esperanza. Sí, tenía que admitirlo; una vez superada la frialdad inicial, Xue Zixuan le había brindado una calidez como nunca antes había experimentado. Al estar a su lado, siempre terminaba olvidando los motivos ocultos que los habían llevado a conocerse en primer lugar.

De no ser por el contrato que trajeron Xue Jingyi y Xue Li Danni, lo más probable es que se hubiera quedado a su lado, fingiendo que no sabía nada. Pero, ¿acaso era eso posible? Obviamente no; todo mal cosecharía sus frutos amargos, y tarde o temprano tendría que enfrentarse a este día.

Por supuesto, Xue Zixuan también tendría que afrontarlo; su idea de que aislarlo por completo del resto de la familia Xue solucionaría las cosas era demasiado ingenua. Una vez que un ser humano daba a luz a la maldad, su corazón corrompido jamás volvería a estar completo. Continuaría pudriéndose hasta consumirse por entero.

Se dio un largo baño y se puso la misma ropa casual que llevaba el primer día que pisó la mansión Xue; luego subió lentamente hasta el tercer piso y abrió la puerta de la sala de piano que Xue Zixuan había preparado para él. Había crecido bastante en los últimos meses, tanto que cuando extendió la mano para acariciar las letras grabadas en la tapa del piano, las mangas le quedaron notablemente cortas. Sin embargo, a las personas atractivas todo les sienta bien, por lo que su atuendo le daba un aire algo cínico y desenfadado.

Colocó el teléfono sobre el atril, encendió la cámara y comenzó a presionar las teclas de forma lánguida, tocando notas disonantes mientras abría la boca lentamente:

—Me voy.

Sus dedos empezaron a saltar cada vez más rápido y los sonidos arrítmicos se transformaron en una melodía frenética y apasionada.
—Siempre dicen que no soy capaz de ponerle emoción a mi música, pero, ¿saben por qué? —preguntó con suavidad.

Presionó las teclas con fuerza, sacándole al instrumento una escalofriante ráfaga de notas altas, y al instante esbozó una sonrisa:
—Porque desde el principio sabía muy bien para qué me habían traído de vuelta. Les dedico a todos los miembros de la familia Xue esta pieza, El asesino en el viento; les agradezco por cuidarme tan bien.

Los compases, breves y peligrosos, se convirtieron en un acorde explosivo en el que el joven hundió los dedos para tocar la última nota antes de levantar el rostro, ahora cubierto por una expresión glacial.


—¿Qué les pareció la pieza? ¿Acaso no le puse la emoción adecuada? —Rio con sarcasmo antes de tomar su celular y caminar de regreso a su habitación, donde enfocó la cámara hacia la estantería que estaba repleta de libros.

Sus pálidos dedos recorrieron uno tras otro los lomos de los libros extranjeros, los cuales incluían textos en inglés, francés, alemán, ruso… una docena de idiomas distintos que mareaban a cualquiera. Extrajo uno de ellos, lo abrió en una página al azar y recitó su contenido con total fluidez; al terminar, soltó una carcajada radiante.


—Tía Xue, ¿sorprendida? Apuesto a que no imaginabas que un campesino ignorante como yo pudiera saber idiomas extranjeros, ¿verdad? Me la paso leyendo estos libros todo el día y ustedes ni siquiera se dieron cuenta; supongo que solo puedo culparlos por no prestarme la suficiente atención. Aunque eso es bastante comprensible; ¿quién se molestaría en preocuparse por un contenedor? ¿Por un hombre muerto que pronto acabará bajo tierra? Yo tampoco lo haría. Dime, ¿ahora te das cuenta de que fue una estupidez gigantesca darme a firmar un acuerdo de donación de órganos en inglés?

Sus brillantes ojos de flor de durazno se curvaron en medias lunas, y su rostro, de una hermosura casi diabólica, adquirió un toque de ternura.

—No te preocupes, no me burlaré de ti, pues no hay muchas personas en este mundo que sean más inteligentes que yo.

Acomodó el teléfono en posición vertical sobre el escritorio que tenía enfrente y comenzó a guardar sus libros de mecánica.


—Desde el primer día que pisé la familia Xue, sabía exactamente lo que estaban tramando —continuó—. ¿Tienen idea del asco que sentía al verlos montar su teatro de hipocresía frente a mis narices? ¡En aquel momento juré que se los haría pagar muy caro!

Volteó la cabeza con una expresión lúgubre, pero al instante agitó la mano y volvió a sonreír, luciendo cada vez más inestable y caprichoso.


—Bueno, basta de tonterías; ¿cuántos villanos terminan siendo aplastados por el contraataque del protagonista porque hablan demasiado? No voy a darles esa oportunidad. Por supuesto, yo no soy el villano de esta historia, soy la víctima; los verdaderos asesinos son ustedes.

Tras empacar los últimos libros de mecánica que le faltaban por leer, suspiró con un dejo de melancolía.

—Xue Zixuan, dijiste que me amabas, pero lo lamento mucho. Este amor nació de un asesinato, y no me atrevo a aceptarlo. Me pregunto, si tuvieras que elegir entre tus seres queridos y yo, ¿a quién escogerías?

Se acercó a la cámara para murmurar un suave adiós, y luego apagó el teléfono.

Una vez que terminó de arreglar todo, le dijo al ama de llaves que iría a la oficina a buscar a su hermano; esta no sospechó en absoluto, pero le insistió en que no manejara y que dejara que el chofer lo llevara. El nuevo empleado estaba dando vueltas alrededor de su auto deportivo modificado, con una expresión peculiar en el rostro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Zhou Yunsheng, enarcando una ceja.

—Joven Huang. Este auto es demasiado increíble, nunca había visto algo igual. —El chofer era un veterano del ejército de unos treinta y tantos años, con cejas pobladas, ojos grandes, facciones rectas y un historial inmaculado.

Sin embargo, Zhou Yunsheng sabía que Xue Rui lo había comprado hacía tiempo; su tarea era sabotear el vehículo para provocar un accidente una vez que el acuerdo de donación de órganos fuera registrado oficialmente en la Cruz Roja y entrara en vigor.

—¿Qué te parece si te doy la oportunidad de conducirlo hoy? —Se acercó, arrojó su mochila en el asiento del copiloto y sonrió—. Llévame a la oficina a buscar a mi hermano; últimamente la policía de tránsito está muy estricta, y no tengo licencia.

El documento de donación acababa de ser firmado y aún no tenía ningún valor legal, por lo que el chofer todavía no le había hecho nada al coche. Hace unos instantes solo lo estaba admirando, lamentando que semejante máquina terminara estrellada. Obviamente estaba desesperado por dar un par de vueltas y satisfacer sus ansias antes de destrozarlo, así que se metió de inmediato.

—¿Conducías en el ejército? —preguntó Zhou Yunsheng con aparente desinterés.

—Así es. También teníamos buenos vehículos, pero lo máximo a lo que llegábamos era a los Hummer, nada que ver con este superdeportivo conceptual suyo. Fíjese nada más, ¡sale volando con solo pisar el acelerador, qué potencia! —El chofer encendió el motor, y en un abrir y cerrar de ojos, salieron disparados de la mansión.

Zhou Yunsheng se limitó a sonreír en silencio; al llegar al centro de la ciudad, le pidió al chofer que se detuviera a un lado de la acera.

—Voy a comprar una botella de agua, ¿quieres una?

—No, gracias, joven Huang —declinó el chofer con cortesía.

Zhou Yunsheng entró a un pequeño supermercado, sacó la PSP de su mochila y presionó un par de botones al azar. En ese mismo instante, el hombre al volante sintió cómo el cinturón de seguridad se tensaba de golpe; el volante giró por sí solo y el motor soltó un rugido ensordecedor, como si unas manos invisibles hubieran tomado el control del vehículo.

—¿Qué demonios está pasando? —entró en pánico, e intentó desabrocharse el cinturón al mismo tiempo que ponía la palanca en el modo de estacionamiento, pero sus esfuerzos fueron inútiles. El arnés le apretó aún más fuerte y la transmisión cambió de forma automática a la marcha de avance; el superdeportivo rojo rugió un par de veces antes de salir disparado como un relámpago.

El chofer profirió un alarido de terror y giró rápidamente la cabeza, solo para ver al joven del suéter blanco salir corriendo de la tienda, saltando y maldiciendo a los cuatro vientos, indignado por el robo de su coche. Un par de adolescentes se agruparon a su alrededor agitando sus celulares, como si le sugirieran que llamara a la policía.

El superdeportivo rojo recorrió el centro de la ciudad a ciento sesenta kilómetros por hora; siempre esquivaba los obstáculos en el último momento, pero no reducía la velocidad ni respetaba los semáforos.

Tras pasarse múltiples intersecciones sin que nadie pudiera detenerlo, la policía de tránsito se vio obligada a utilizar las radios para ordenarles a todas las patrullas de la ciudad que le cortaran el paso. Quienes podían costearse semejantes lujos solían pertenecer a la alta sociedad de la capital, pero dado que los nuevos líderes del gobierno habían adoptado una postura muy estricta respecto a la conducta ciudadana, organizar carreras callejeras en ese momento era un verdadero desafío a la autoridad; no importaba cuánto dinero y poder tuviera su familia, les sería imposible encubrirlo.

Si lograban interceptarlo sin problemas, el asunto se solucionaría con una multa, el decomiso del coche y la suspensión de la licencia, pero si provocaba un accidente automovilístico grave… Nadie podría ni querría cargar con la responsabilidad de algo semejante.

Los oficiales se disponían a cortar el peligro de raíz cuando, efectivamente, ocurrió la desgracia. Tras deambular por la ciudad durante un buen rato, el superdeportivo terminó estrellándose contra un Mercedes-Benz; el capó delantero quedó completamente destruido y la cabina se abolló, atrapando en su interior al chofer, cuya vida pendía de un hilo.

El dueño del Mercedes también yacía desmayado sobre el airbag con la cabeza ensangrentada, y no reaccionaba por mucho que lo llamaran. Las ambulancias acudieron al lugar con las sirenas a todo volumen, y la policía de tránsito tuvo que colaborar con los bomberos durante más de una hora para cortar las puertas retorcidas de ambos vehículos y poder sacar a los heridos.

Una multitud de curiosos se aglomeró a una distancia prudencial para cuchichear y señalar con el dedo, y muchos de ellos sacaron sus teléfonos para grabar la escena y subirla a internet. Los choques no eran raros en esos tiempos, pero lo que sí resultaba inusual era que estuvieran involucrados dos automóviles de lujo con un valor superior a los cinco millones.

El Mercedes-Maybach era un modelo alargado a prueba de balas con todas las modificaciones disponibles y costaba más de seis millones. Por no hablar del superdeportivo; ni siquiera se vendía en el mercado, había que mandarlo a fabricar a medida, por lo que su precio no bajaba de los siete u ocho millones.

Sacando cuentas, ¡la colisión de hoy había fulminado más de diez millones de yuanes en un abrir y cerrar de ojos, Dios santo! Los más ociosos se entusiasmaron muchísimo y publicaron artículos en internet utilizando titulares espeluznantes y tonos de profundo pesar, lo que de inmediato captó la atención de innumerables cibernautas. La gente repudió por completo la idea de realizar carreras callejeras con un coche deportivo en medio de la ciudad, y exigió incesantemente que las autoridades investigaran el incidente a fondo.

El caso escaló a proporciones gigantescas; intentar encubrirlo ahora sería una pérdida de tiempo, por lo que los oficiales empezaron a investigar la identidad de los dos conductores de inmediato.

Mientras el chofer y el conductor del Mercedes eran ingresados en el hospital, Zhou Yunsheng ya había comprado un boleto aéreo para Inglaterra y se encontraba jugando en la sala de espera. Se había fabricado un par de documentos de identidad que resultaban prácticamente indistinguibles de los reales, por lo que nadie sería capaz de rastrear su paradero.

En la pantalla LED de gran tamaño que colgaba en la terminal se transmitían las noticias del accidente. Unos periodistas entrevistaron a los transeúntes, y todos exigieron al unísono que las autoridades hicieran públicos los resultados de la investigación, pidiendo que no abandonaran la justicia solo porque los culpables eran personas de gran poder adquisitivo; de inmediato, un alto mando del Departamento de Tránsito salió a declarar que llevarían el caso hasta las últimas consecuencias, ganándose el aplauso unánime de los espectadores.

Al ver aquello, Zhou Yunsheng sonrió con diversión. Arrastrar a la familia Xue hasta el infierno justo antes de marcharse; ese era su verdadero estilo de hacer las cosas. ¿En verdad creían que se iría calladito, con la cola entre las patas?

Sin embargo, tampoco jugaría con la vida de personas inocentes. Tras enterarse de todos los detalles del complot de Xue Jingyi, comenzó a planear el accidente, y el propietario de aquel Mercedes-Benz resultó ser, qué casualidad, el principal culpable de la muerte de sus padres.

Gracias a sus investigaciones, había logrado reconstruir poco a poco la verdad detrás del incidente de aquel año: el hombre conducía en estado de ebriedad y atropelló el triciclo en el que viajaban los señores Huang. Ambos quedaron tendidos en el suelo, debatiéndose entre la vida y la muerte; el conductor bajó de su vehículo para darles un vistazo, verificó que aún respiraban y luego subió a su auto, retrocediendo para arrollarlos una y otra vez hasta asegurarse de haberlos aplastado por completo; solo entonces abandonó la escena sin la más mínima prisa.

Al restaurar el video de las cámaras de seguridad que el personal interno del Departamento de Tránsito había eliminado, a Zhou Yunsheng se le enrojecieron los ojos y una ola de odio asfixiante le inundó el corazón.

Obviamente sabía muy bien por qué aquel sujeto había hecho semejante atrocidad; herir a alguien con el coche implicaba pagar unos gastos médicos elevadísimos que no tenían un tope máximo, pero si la persona moría, la indemnización por cada vida perdida era de apenas doscientos mil yuanes; en total no superaban los cuatrocientos mil.

Zhou Yunsheng descubrió que el dueño del coche era el director ejecutivo de una empresa multinacional, con un patrimonio neto de al menos decenas de miles de millones de yuanes, un estatus casi idéntico al de Xue Rui. Era perfectamente capaz de costear el tratamiento médico de ambos, pero optó por el asesinato solo porque le daba pereza lidiar con problemas.

¿Que le daba pereza lidiar con problemas? Esas simples y sencillas palabras le habían arrebatado la vida a los padres que le tocaron a Zhou Yunsheng en este mundo. Al final, el propietario del Mercedes ni siquiera quiso pagar los cuatrocientos mil; contrató a un par de matones para amenazar a la familia Huang, y arregló todo el conflicto con apenas setenta mil yuanes.

Quién sabe si, a lo largo de los años, habría sufrido pesadillas en la soledad de la noche. Lo más seguro era que no, pues gente como él y Xue Rui jamás consideraría a los demás como seres humanos.

Al pensar en ello, Zhou Yunsheng soltó una carcajada lúgubre. Era verdad, no tenía el poder ni la influencia necesarios para destruir la reputación del hombre, pero tampoco le resultaría muy difícil arrebatarle su insignificante vida utilizando exactamente el mismo método. Había estado espiándolo desde que descubrió su identidad, así que sabía dónde y cuándo estaría en cada momento; el hecho de haber puesto al superdeportivo a dar vueltas por el centro de la ciudad hoy solo tenía un propósito: esperar el instante exacto en que los dos vehículos se cruzaran.

La pantalla LED continuó transmitiendo las imágenes del choque; al cruzar el semáforo, se podía ver claramente cómo el coche rojo, en vez de frenar, pisó a fondo el acelerador para salir disparado como una bala y estrellarse de lleno contra el Mercedes.

Los pasajeros que aguardaban en la sala soltaron un jadeo asombrado, murmurando que el conductor del deportivo lo había hecho a propósito. Zhou Yunsheng asintió en silencio, y tras escuchar el aviso por altavoz pidiéndoles a los pasajeros con destino a Inglaterra que abordaran por la puerta número trece, se puso de pie y se dejó llevar lentamente por la marea de personas.

Xue Zixuan no podía quitarse de encima una extraña sensación de pánico; a mitad de su junta, su asistente especial entró intempestivamente en la sala y le entregó un documento. Este empleado tenía el trabajo exclusivo de vigilar a los miembros de la familia Xue, y le informaría al instante si descubría la menor irregularidad.

Apenas había leído un par de páginas cuando la expresión de Xue Zixuan sufrió un drástico cambio.
—Se pospone la junta; tengo un asunto muy importante que atender —anunció con frialdad.

Todos los presentes abandonaron el lugar en fila india, con rostros temerosos y llenos de respeto. Aunque el nuevo jefe hubiera sido un artista, no poseía un ápice de la amabilidad y elegancia que caracterizaban a los de su rubro, sino que era un hombre increíblemente gélido y despiadado.

Nadie le había visto sonreír jamás, a menos que estuviera frente al hijo adoptivo de la familia Xue; parecía que solo en su compañía era un ser humano de carne y hueso capaz de sentir alegría o tristeza, pues en el momento en que se separaban, se despojaba de su corazón y sus sentimientos para convertirse en un cascarón vacío. Trabajar para un superior como él era, de hecho, bastante espeluznante.

En ese instante, Xue Zixuan mostró una de sus raras expresiones de furia ciega, y con el rostro retorcido por la ira, preguntó:


—¿De dónde sacaste este documento?

—Se lo robé a la computadora del abogado personal del director general Xue. Me percaté de que ambos habían estado comunicándose demasiado a menudo últimamente, así que comencé a prestarles más atención. Cuando descubrí que el abogado hizo un par de viajes a la Cruz Roja para asesorarse acerca de la donación de órganos, mandé a hackear su computadora, sin imaginar que me toparía con estos papeles. El asistente especial no era otro que el detective privado con el que Xue Zixuan solía trabajar en su vida pasada. Le había comprado muchísimas fotografías de Xiao Yi, por lo que depositaba una confianza ciega en sus habilidades.

Al revisar la fecha de los papeles, su semblante se relajó un poco y agitó la mano.
—Entiendo; sigue vigilándolos. El acuerdo se había redactado justo el día anterior, por lo que aún no debían haber tenido tiempo para que Xiao Yi lo firmara, y en consecuencia, no harían ningún movimiento.

El asistente especial ya iba de salida, pero dio media vuelta para murmurar:


—También noté que ese abogado ha mantenido contacto con el chofer de su casa, así que de paso me puse a investigar el estado financiero del sujeto y descubrí que tiene deudas que superan los millones de yuanes.

Los ojos de Xue Zixuan se oscurecieron y apretó los dientes.


—¿No me aseguraste que estaba completamente limpio cuando lo contratamos?

El asistente agachó la cabeza, sumamente avergonzado.


—Esas deudas estaban a nombre de su hermano menor, así que no me di cuenta. En cualquier caso, fue un descuido de mi parte; me centraré en vigilarlo por encima de los demás.

—Mm. Acabo de despedir al jardinero; ve a mi casa hoy mismo para ocupar la vacante. —Tras una pausa, Xue Zixuan le advirtió con tono de cautela—: No dejes que Xiao Yi se dé cuenta; podría asustarse.

El asistente asintió en voz baja y salió del despacho a toda prisa. Ninguno de los dos se habría imaginado que Xue Rui estaría tan desesperado por presionar al joven para que firmara los documentos, justo después de haberlos redactado.

Acorralado por su propio hijo, llegó a pensar que la muerte de Huang Yi podría hundirlo en una terrible depresión, haciéndole comprender que, por mucho que luchara, jamás sería rival para su viejo padre. Además, acabar con Huang Yi le permitiría salvarle la vida a su hija en el proceso; ¿qué podría salir mal? ¿Acaso no lo había traído de vuelta única y exclusivamente para arrebatarle su corazón?

En el Hospital Popular de la ciudad, la luz roja sobre la sala de cirugías seguía encendida. Ambos heridos continuaban en el quirófano y el pronóstico de ninguno lucía favorable.

—Jefe, ya terminamos la investigación; el propietario del Maybach se llama Hu Dong, es el presidente del Grupo Dongrun, y el Lamborghini Egoista le pertenece a Huang Yi, el hijo adoptivo del director general del Consorcio Xue, Xue Rui. —Un joven oficial de tránsito corrió hasta la puerta del quirófano para entregarle un fajo de documentos al capitán que esperaba en el exterior—. Pero el que conducía no era él, sino un chofer de la familia Xue llamado Zhao Yin.

El conductor del superdeportivo rojo tenía la culpa absoluta del incidente; el capitán pensó en un principio que el desquiciado que se atrevió a correr a ciento sesenta kilómetros por hora en el centro de la ciudad debía ser un hombre de gran poder y prestigio o un mocoso de segunda generación forrado en plata, pero resultó ser un simple chofer.

—¡Maldita sea! ¡Te digo que ese tal Zhao Yin tiene unos huevos gigantes! Seguro vio lo bonito que estaba el auto de su jefe y lo sacó a escondidas para darse el gusto. ¡Con razón iba volando! ¡Tiene las manos largas! Si se muere le harían un favor, porque si se salva le van a arrancar hasta la piel —masculló el capitán de mal humor.

—¿Qué piel ni qué nada? Si se salva va a quedar medio lisiado. —El joven oficial sopesó un par de teléfonos que estaban destrozados y guardados en bolsas de evidencias—. Estas porquerías quedaron tan destruidas que ni siquiera encienden; de lo contrario ya habríamos contactado a sus familiares. Jefe, ¿los llama usted o los llamo yo? Odio estos momentos, nunca sé qué decir.

—¡Pues claro que llamas tú! Háblales bonito, trata de calmar un poco a los familiares y diles que se vengan para acá de inmediato. —El capitán, algo irritado, caminó hacia las escaleras para fumarse un cigarro. Al notar que su subordinado se preparaba para marcar, le advirtió de nuevo—: Y no te olvides de llamar a Huang Yi y a Xue Rui; son el dueño del vehículo y el tutor del dueño del vehículo, respectivamente, así que también tienen que hacerse responsables.

—No me olvidaré —aseguró el joven policía, alejándose hacia un lugar tranquilo con su celular en la mano.


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