Bai Xinyu volvió a los dormitorios cargando su equipaje. La habitación estaba vacía; evidentemente, todos estaban ocupados en la cocina. Apenas encontró una cama libre, las cabezas de Feng Dongyuan y Qian Liang se asomaron por la puerta.
—¡Xinyu! —dijo Feng Dongyuan con una sonrisa—. Nuestros dormitorios están en el mismo piso. Yu Fengcheng y yo estamos en el mismo escuadrón, y Qian Liang está en el de al lado.
—Estando tan cerca, no hay mucha diferencia —añadió Qian Liang, sonriente—. Aún podremos comer juntos. Xinyu, ¿en qué escuadrón estás?
—Escuadrón de cocineros —respondió Bai Xinyu, sin energía.
—¿Qué?
Bai Xinyu arrojó el equipaje al suelo lleno de resentimiento y gritó:
—¡Escuadrón de Cocina!
Ambos se quedaron atónitos y se miraron el uno al otro.
Feng Dongyuan se acercó y lo miró con cautela.
—En realidad… el Escuadrón de Cocina no tiene nada de malo. No hay distinción entre las ramas…
—«No hay ramas militares superiores o inferiores». Ya basta, he escuchado eso demasiadas veces. No lo digas más. —Bai Xinyu se dejó caer pesadamente sobre la cama; sentía que no podía levantar la cabeza frente a ellos.
—Bueno, debería gustarte el Escuadrón de Cocina —dijo Qian Liang, rascándose la cabeza—. No tienes que hacer los ejercicios matutinos y todo es mucho más relajado. ¿No querías irte a casa desde el principio? En el Escuadrón de Cocina estarás mucho más tranquilo.
Feng Dongyuan le dio un empujón y Qian Liang bajó la cabeza, avergonzado.
—Yo también pensaba así antes, pero… —murmuró Bai Xinyu.
Feng Dongyuan se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
—Xinyu, no te desanimes. Si te esfuerzas y tienes un buen desempeño, el capitán de la compañía te traerá de vuelta. El otro día escuché al líder de escuadrón discutiendo con el capitán. En ese momento no sabía de qué se trataba, pero ahora que lo pienso, probablemente era por ti. El líder de escuadrón es muy buena persona, se preocupa por todos. Mientras te esfuerces, seguro que volveremos a estar en el mismo escuadrón.
Cuanto más escuchaba, peor se sentía Bai Xinyu. Con la nariz ardiéndole, abrazó a Feng Dongyuan de golpe y, sorbiendo por la nariz, dijo:
—Es imposible. Xu Chuang me odia a muerte. Desde el primer día en el tren le caí mal. ¡Lo está haciendo a propósito para humillarme!
—Xinyu, no digas eso —susurró Feng Dongyuan, palmeándole la espalda con suavidad—. No creo que el capitán de la compañía sea así…
—¡Y encima lo defiendes!
—Está bien, está bien, no diré más. —Feng Dongyuan le acarició la cabeza con ternura—. No llores. Al capitán le gustan los buenos soldados. Si te conviertes en uno, no permitirá que tu talento se desperdicie.
—Buaaa… —Bai Xinyu no pudo contenerse y se echó a llorar—. Quiero ir a casa, esto es una maldita estupidez. Mandarme a cocinar, ¿por qué diablos tengo que cocinar para ellos? No quiero hacerlo, quiero ir a casa…
Feng Dongyuan suspiró y trató de calmarlo.
—Xinyu, no puedes pensar así. Lo que te falta es ambición. Deberías concentrarte en entrenar duro para que el capitán te vea con otros ojos.
Bai Xinyu negó con la cabeza, manchando de lágrimas y mocos el hombro de Feng Dongyuan por todas partes.
A su lado, Qian Liang también mostraba una expresión de impotencia.
Cuando llegó la hora de comer, los dos no pudieron quedarse más tiempo. Lo consolaron con un par de frases más y se marcharon. Bai Xinyu guardó su equipaje con lentitud y, a pesar de tener mil y un motivos para no querer hacerlo, se armó de valor y se dirigió a la cocina.
Apenas puso un pie dentro, estuvo a punto de ahogarse y salir tosiendo por el penetrante olor a humo y aceite.
—Oye, recluta, ¿por qué llegas recién ahora? Ya casi terminamos.
—Estaba guardando mi equipaje —murmuró Bai Xinyu.
Un hombre delgado y enjuto lo arrastró hasta una esquina y señaló un gran barreño lleno de coles en el suelo. —Deshoja las coles y lávalas, rápido.
Bai Xinyu se quedó mirando el barreño de coles, aturdido.
—¡Date prisa! —le exigió el hombre enjuto, dándole un empujón.
Bai Xinyu se agachó, agarró una col entera y empezó a agitarla de un lado a otro dentro del agua.
—¡Ay, madre mía! —exclamó el hombre, dándose una palmada en la frente—. ¿Estás lavando la col o enseñándole a nadar? Tienes que separar las hojas.
—Ah —soltó Bai Xinyu. Arrancó las hojas de la col una por una, sumergiéndolas en el agua para lavarlas.
—Oye. —El hombre se agachó a su lado—. Viendo tu piel tan fina y delicada, seguro eres un soldado de ciudad. Nunca has trabajado, ¿verdad? —Mientras hablaba, deshojaba la col con movimientos ágiles y expertos—. Me llamo Cheng Wangwang, puedes llamarme Wangwang. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Bai Xinyu.
Cheng Wangwang acercó la cabeza.
—¿Estuviste llorando?
Bai Xinyu giró el rostro hacia otro lado.
—Ay, no es para tanto. Dentro de un tiempo te darás cuenta de lo bueno que es el Escuadrón de Cocina. Aprenderás un oficio, y cuando te desmovilices podrás abrir tu propio restaurante. ¿No es genial?
Bai Xinyu no dijo ni una palabra.
—Ya estuve averiguando. Alquilar un local en mi pueblo solo cuesta…
Bai Xinyu apenas escuchó lo que Cheng Wangwang siguió diciendo. Simplemente sentía que no pertenecía a ese lugar. Había tenido esa misma sensación cuando recién llegó al ejército, pero ahora que por fin se había adaptado a la vida en el campamento de reclutas, lo habían empujado a ese sitio de un plumazo. No sabía cuánto tiempo le tomaría acostumbrarse a una rutina de cocinar, cultivar la tierra y alimentar cerdos todo el día. Tal vez algún día realmente se acostumbraría… pero si llegaba a hacerlo, sin importar cómo lo mirara, no sería nada bueno. ¡Quién demonios quería aprender a cocinar, sembrar y alimentar cerdos! Cuando regresara a casa, ¿cómo ayudaría a su hermano mayor? ¿Abriendo una granja?
Wu Qing se acercó y le dio una patada a Cheng Wangwang en el trasero.
—Tu boca no descansa en todo el día, excepto cuando comes y duermes. ¿De qué tanto parloteas? Apresúrate a lavar eso.
Cheng Wangwang se echó a reír a carcajadas.
—Líder de escuadrón, solo estoy conectando emocionalmente con el nuevo recluta. Mire a este chico, es tan guapo y tímido. No lo asuste.
Wu Qing soltó un bufido, tomó un cucharón gigante y se fue a saltear la carne.
Cheng Wangwang le dio un codazo a Bai Xinyu y susurró:
—El Escuadrón de Cocina es increíble, hay comida y bebida de sobra. Hazme caso, te aseguro que te va a gustar.
Bai Xinyu se mostró escéptico. Después de terminar de lavar las verduras en silencio, Cheng Wangwang le asignó la tarea de cortar carne. Era la primera vez en toda su vida que hacía algo así, de hecho, podría decirse que era la primera vez que tocaba carne cruda. La textura grasienta y blanda de aquel enorme trozo le dio un poco de asco. Sostuvo el cuchillo, sin saber qué hacer.
Cheng Wangwang le arrebató el cuchillo y cortó un pedazo para hacerle una demostración.
—Es facilísimo. Vamos, córtala.
Bai Xinyu tragó saliva, presionó la carne y empezó a cortar. Sin embargo, estaba demasiado blanda y era fácil que el cuchillo resbalara. No había cortado ni un par de pedazos cuando el filo le rebanó un dedo, haciéndolo sangrar al instante.
—Mierda… —maldijo Bai Xinyu por lo bajo, furioso.
—Ay, de verdad que tú eres… —Cheng Wangwang lo jaló a un lado con exasperación—. Está bien, está bien, solo mira por hoy e intenta aprender algo.
Bai Xinyu se lavó las manos. Aunque la herida no era profunda, no dejaba de sangrar, así que tuvo que meterse el dedo en la boca. Observó en silencio a los demás trabajar frenéticamente en la cocina. Cada uno tenía sus propias responsabilidades y se coordinaban a la perfección. Así era como preparaban ollas y ollas gigantes de comida. Al ver la imponente espalda de Wu Qing, pensó en cuánta fuerza debía tener en los brazos para poder saltear toda esa cantidad.
De repente, alguien lo empujó. Un soldado veterano le lanzó una mirada fulminante.
—Si no vas a trabajar, al menos no te quedes ahí estorbando el paso.
Bai Xinyu torció la boca y pensó: ¿Acaso crees que quiero estar aquí? Salió de la cocina y se agachó en el suelo, soltando suspiros lastimeros.
El almuerzo se preparó como si estuvieran librando una guerra. Tuvieron que esperar a que todos los miembros de la compañía terminaran de comer para que por fin llegara el turno de ellos.
Bai Xinyu se sirvió su ración, se sentó con los demás del Escuadrón de Cocina y empezó a comer con la cabeza gacha. Los otros sacaron un par de botellas de cerveza y bebieron entre risas y charlas.
Definitivamente, el Escuadrón de Cocina no era como el resto de las tropas: podían beber alcohol al mediodía. Aunque técnicamente también debían entrenar, nadie les decía nada si decidían holgazanear. Era el lugar perfecto para perder el tiempo.
Cuando terminaron de comer, un veterano le arrojó un par de guantes de plástico a Bai Xinyu, palmeándole el hombro con una sonrisa.
—La regla aquí es que los novatos lavan los platos. ¿Sabes lavar platos, no? Tienes que dejar limpias todas las ollas, cuencos, cucharas y bandejas.
—¿Yo solo? —preguntó Bai Xinyu, abriendo los ojos de par en par. ¿Pretendían que lavara los utensilios de más de cien personas él solo? Eso lo iba a matar.
—Ay, no es tan difícil. En una tarde terminas de lavarlos. Todos hemos pasado por lo mismo. Ve de una vez o no llegaremos a preparar la cena.
—Cuando agarres experiencia, lo harás muy rápido —rió Cheng Wangwang.
Bai Xinyu agarró los guantes, dio media vuelta y se marchó.
Entró a la cocina, miró los carritos rebosantes de cubiertos y platos apilados, y las lágrimas empezaron a caer a cántaros una vez más. ¿Para qué demonios estaba allí? ¿Acaso sus padres lo habían enviado al ejército solo para que hiciera eso? ¿Qué sentido tenían esas tareas? ¿Podrían forjar su voluntad y convertirlo en un hombre de verdad? ¡Puras estupideces!
Llorando de impotencia, agarró un plato y lo fregó como si estuviera descargando su ira. Todo el trabajo que nunca había hecho, todas las cosas que nunca había experimentado en su vida, las estaba viviendo en el ejército. Solo quería irse a casa.
Pasó toda la tarde solo en la cocina lavando platos y, para cuando llegó la hora de preparar la cena, todavía no había terminado. Los demás del escuadrón, viendo que estaba retrasando todo, le ayudaron a fregar lo que quedaba y luego lo enviaron a hacer otra cosa.
Por la noche, cuando volvió a los dormitorios, Bai Xinyu se acostó en su cama sintiendo que no podía ni moverse. Le pareció el día más agotador desde que había entrado al ejército; no solo estaba exhausto físicamente, sino también mentalmente. Sin embargo, estar tan cansado tenía una ventaja: no fue sino hasta que estuvo tumbado y en calma cuando volvió a pensar en lo que había pasado la noche anterior con Yu Fengcheng.
Si Yu Fengcheng se enteraba de que realmente había terminado en el Escuadrón de Cocina, sin duda usaría su tono burlón para decirle «lo sabía». Yu Fengcheng lo menospreciaba, pero al mismo tiempo se metía con él… ¿Qué eran ellos dos ahora? Solo se habían tocado ahí abajo. Con su personalidad tan abierta, en teoría no debería darle tanta importancia, pero aun así sentía una mezcla de incomodidad y vergüenza, como si hubiera hecho algo indecible, al punto de que solo pensar en cruzarse con Yu Fengcheng lo llenaba de bochorno.
¡Qué fastidio! ¡Absolutamente todo era un maldito fastidio!
Bai Xinyu durmió profundamente porque estaba destrozado. Sin embargo, cuando sonó la diana, se despertó con los demás, ya que todo el Escuadrón de Cocina se levantó de golpe.
—¿No decían que no había que hacer ejercicios matutinos? —preguntó Bai Xinyu, con voz cargada de sufrimiento.
—No hay que hacer ejercicios matutinos, pero tenemos que levantarnos a preparar el desayuno para el resto —respondió Cheng Wangwang, dándole unas palmaditas—. Levántate rápido.
A Bai Xinyu ya no le quedaban fuerzas ni para enojarse. Se levantó aturdido y los siguió a la cocina para ponerse a trabajar.
Después de derramar un cuenco lleno de chiles en el suelo y volverse a cortar el dedo, nadie se atrevió a dejar que siguiera en la cocina. Cheng Wangwang lo llevó al huerto del patio trasero y le ordenó que regara. El terreno no era ni muy grande ni muy pequeño, pero tenía plantados seis o siete tipos de verduras, todos cubiertos por un invernadero improvisado.
Bai Xinyu miró el huerto, deprimido.
—¿No nos dan un presupuesto para la comida? ¿Por qué tenemos que cultivar nosotros mismos?
—Eso no lo entiendes. Nuestro presupuesto para la comida es solo para no morir de hambre. Si queremos comer fruta o beber leche, tenemos que estirarlo al máximo. Si cultivamos nuestras propias verduras, podemos ahorrar y usar ese dinero para darle mejores comidas a nuestros hermanos. Ser soldado en Xinjiang no es fácil, nada fácil.
En ese momento, Bai Xinyu aún no comprendía a qué se refería con que «no era fácil». A su parecer, ser soldado en cualquier parte del mundo era difícil.
Aún no había amanecido. Con la llegada del otoño, las mañanas en Xinjiang eran tan heladas que los dientes castañeteaban. Envuelto en su abrigo de algodón, Bai Xinyu sostenía la manguera temblando mientras regaba la tierra. Se había olvidado de los guantes, así que pronto se le congelaron las manos. Por su falta de experiencia, pisó varias veces el barro empapado, mojándose los zapatos de algodón. Con las manos y los pies helados, temblaba de pies a cabeza.
Cuando los del Escuadrón de Cocina terminaron de preparar el desayuno, Wu Qing llevó a Cheng Wangwang al huerto a «inspeccionar», lo cual en realidad significaba ver si Bai Xinyu había matado las verduras ahogándolas. Al llegar, lo vieron con los zapatos empapados y las manos enrojecidas por el frío. Wu Qing lo sacó del invernadero de un tirón.
—¿Cómo diablos estás regando, mocoso? ¿Apuntando a tus propios zapatos?
—L-los pisé por accidente… —respondió Bai Xinyu con voz temblorosa.
—Vuelve a los dormitorios y cámbiate de zapatos, rápido.
Bai Xinyu sintió que le habían concedido el indulto y salió corriendo hacia los dormitorios. La habitación estaba vacía. Se cambió los zapatos y, como ya había salido el sol y no hacía tanto frío, se dispuso a salir para calentarse bajo sus rayos. Sin embargo, una persona entró de frente por la puerta. Bai Xinyu se sobresaltó y se quedó paralizado.
Yu Fengcheng entró, pateó la puerta para cerrarla, le dio un vistazo a la habitación y finalmente posó sus ojos en Bai Xinyu, sonriendo con sarcasmo.
—¿Qué te dije? Terminaste en el Escuadrón de Cocina, como era de esperarse.
Bai Xinyu lo fulminó con la mirada.
—Venir al Escuadrón de Cocina es exactamente lo que quería. Como bien, bebo bien y puedo holgazanear.
—Sabía que pensarías así —dijo Yu Fengcheng, soltando un bufido—. Esta vez te saliste con la tuya.
Bai Xinyu sintió una punzada de dolor; las burlas de Yu Fengcheng eran letales. Cualquier persona tenía algo de amor propio, y él también deseaba poder levantar la cabeza y demostrarle lo contrario a alguien que lo menospreciaba. Pero, frente a Yu Fengcheng, jamás había tenido éxito. Siempre había sido ese inútil flojo, estúpido y sin ambiciones. Lo que menos entendía era por qué Yu Fengcheng lo despreciaba y, al mismo tiempo, lo provocaba. Aunque él no era ningún niño inocente, al menos tenía el sentido común de saber que el requisito previo para besar y tocar a alguien era que esa persona no te desagradara; ya fuera que tuvieras intenciones románticas a largo plazo o simplemente quisieras un acostón rápido, si alguien te daba asco, ¿de verdad se te podía parar? La actitud que Yu Fengcheng había mostrado hacia él siempre había sido más que evidente, por lo que realmente no sabía qué era lo que buscaba.
Yu Fengcheng se acercó, se inclinó ligeramente y acercó su rostro al de Bai Xinyu.
—¿Y entonces por qué escuché a Qian Liang decir que estuviste llorando? —susurró.
—Te estaba mintiendo —replicó Bai Xinyu—. ¿Cuándo he llorado? Estoy más que feliz de estar aquí. Y si lloré, fue de alegría.
Yu Fengcheng le sujetó la barbilla.
—¿De verdad estás dispuesto a quedarte dos años aquí?
—Sí —respondió Bai Xinyu con dureza—. Pasaré mis dos años sin hacer nada y luego volveré a casa, ¡qué fantástico!
Yu Fengcheng entrecerró los ojos; un destello sombrío cruzó por sus pupilas.
—Realmente… nunca dejas de decepcionarme.
Bai Xinyu apartó su mano de un manotazo.
—¿Estás tan aburrido que te duelen las bolas? Si no vas a descansar, ¿qué diablos haces aquí?
Yu Fengcheng soltó una carcajada burlona y lanzó una mirada ambigua a su entrepierna.
—¿Que me duelen las bolas a mí? ¿A ti no te duelen? Por lo que salió anoche, diría que llevabas bastante tiempo aguantándote.
Mencionar ese tema fue suficiente para que Bai Xinyu se desinflara. Sus ojos comenzaron a esquivarlo.
—Anoche… estábamos borrachos.
—Pero no lo has olvidado, lo que significa que no estabas tan borracho. Ahora sí puedes responder, ¿verdad? ¿Se sintió bien? ¿Eh?
Bai Xinyu se tensó.
—Estuvo… bien. Fue lo que fue.
Yu Fengcheng lo obligó a mirarlo, agarrándolo del rostro.
—Mírame a los ojos y dime la verdad. ¿Se sintió bien anoche?
Bai Xinyu casi no se atrevía a mirarlo. Esos ojos profundos volvían a emitir ese brillo demoníaco y hechizante que confundía la mente de cualquiera. Bajo el escrutinio de esa mirada, sentía que no podía pensar con claridad y que Yu Fengcheng terminaría manipulándolo por completo.
—Dímelo —insistió Yu Fengcheng, con una voz ronca y seductora.
Bai Xinyu, avergonzado y furioso, espetó en voz alta:
—¡Ya te dije que estuvo bien! ¿Qué más quieres? No eres el único con un pito. A cualquiera que le toquen se le para, y si le tocan mucho, se corre. ¿Acaso crees que tienes manos de oro? Solo nos manoseamos un par de veces, no pretenderás que me haga responsable de ti, ¿verdad?
—Sí. —Yu Fengcheng le acarició la mejilla con una sonrisa maliciosa—. Ya estás aquí, y no podrás tocar a una mujer en dos años. Yo estoy igual. Ya que ambos nos sentimos solos y anoche estuvo muy rico, ¿qué tal si nos ayudamos a resolver el problema de vez en cuando?
Por un fugaz instante, Bai Xinyu se sintió tentado, pero enseguida se negó con un tono de rectitud moral: —¡Puras estupideces! Te lo advierto, no importa cuánto… jamás me volveré homosexual. A mí me gustan las mujeres.
—¿Estás seguro? —Los dedos de Yu Fengcheng se deslizaron lentamente hasta sus labios y los acariciaron con suavidad—. Anoche besaste con mucha pasión. No lo habrás olvidado, ¿o sí?
—Eso fue… fue por el alcohol.
Yu Fengcheng soltó una carcajada.
—No estoy tratando de volverte homosexual. Aún es pronto para saber si lo eres o no. Solo vine a recordarte que anoche te pasaste un buen rato besándome y, además, te corriste en mi mano… por segunda vez. —Yu Fengcheng agitó dos dedos en el aire—. Y todavía te crees increíblemente hetero. ¿Acaso no te remuerde la conciencia?
A Bai Xinyu ya le remordía, pero tartamudeó:
—Y-yo no soy…
—No importa si no lo eres. —Yu Fengcheng sonrió, mostrando sus dientes blancos y afilados. Acercó los labios al oído de Bai Xinyu y susurró—: Jugar con hombres heterosexuales es aún más excitante.
El rostro de Bai Xinyu ardió de golpe. La actitud inquebrantable de Yu Fengcheng estaba cargada de agresividad, dándole la sofocante sensación de ser la presa de un cazador. Obligándose a mantener la compostura, soltó una risa fría:
—Lo de ayer fue un accidente por la borrachera, de ninguna manera habrá una próxima vez. Sé que soy guapo, así que si de verdad quieres conquistarme, ve a hacer fila.
Yu Fengcheng rió por lo bajo.
—¿Qué te estás imaginando? Solo quiero cogerte. Después de todo, ¿qué más te queda aparte de ese cuerpo?
Enfurecido, Bai Xinyu lo empujó.
—¡Vete a la mierda!
Yu Fengcheng lo agarró del brazo, lo acorraló contra la puerta y dijo en tono desvergonzado:
—Dame un beso.
—Tú, maldito…
Yu Fengcheng bajó la cabeza, selló los labios de Bai Xinyu sin dudarlo y comenzó a succionarlos con avidez. Cuando introdujo su lengua, Bai Xinyu se la mordió sin piedad. Yu Fengcheng gimió de dolor y lo soltó.
Bai Xinyu lo empujó con todas sus fuerzas, gritando fuera de control:
—¡Lárgate de una puta vez!
Yu Fengcheng se quedó pasmado. Los ojos de Bai Xinyu parecían un poco enrojecidos; no sabía si era su imaginación, pero esa parecía ser la primera vez que el chico mostraba una ira tan intensa. Antes de que pudiera reaccionar, Bai Xinyu abrió la puerta, lo empujó hacia afuera con violencia y cerró de un portazo, poniéndole seguro a la cerradura.
Yu Fengcheng se quedó de pie frente a la puerta, tocándose la punta de la lengua ensangrentada, mientras recordaba la expresión de Bai Xinyu de manera pensativa.
Bai Xinyu se apoyó contra la puerta, temblando de rabia.
«Después de todo, ¿qué más te queda aparte de ese cuerpo?»
¡Maldita sea! ¿Eran esas las palabras que le diría un ser humano? Ya había tenido un día lo bastante miserable, ¿por qué también tenía que soportar el sarcasmo y las burlas de ese demonio de Yu Fengcheng? ¿Acaso le debía algo? ¿Por qué había tenido que entrar al ejército? ¿Por qué al Escuadrón de Cocina? ¿Por qué se había topado con Yu Fengcheng? ¿Y por qué Yu Fengcheng tenía que ser tan…?
De repente, Bai Xinyu se dio cuenta de que le importaba la opinión de Yu Fengcheng más que la de cualquier otra persona. Tal vez era porque el otro lo despreciaba tanto, que sentía el impulso desesperado de demostrar su valor, de conseguir que Yu Fengcheng lo admirara al menos una vez. Era un deseo tan ardiente que su traslado al Escuadrón de Cocina lo hacía sentir profundamente humillado y agraviado. Sin embargo, temía que sin importar qué tipo de logros alcanzara, Yu Fengcheng jamás lo vería con otros ojos. Después de todo, para él, no era más que un inútil que no tenía nada más que su cuerpo para servirle de compañero de cama. ¡Ese bastardo de Yu Fengcheng era un hijo de puta desalmado!
La vida como soldado regular había comenzado de manera oficial.
Bai Xinyu se vio obligado a aceptar su destino en el Escuadrón de Cocina. Todos los días tenía que trabajar alrededor de los fogones o en el huerto, y además debía sacar tiempo para asistir a clases y entrenar. No obstante, en comparación con los demás, sus clases y entrenamientos eran mucho más fáciles. Como casi nadie supervisaba las asistencias, todos holgazaneaban siempre que podían.
Tras una semana entera fregando platos, Bai Xinyu finalmente comenzó a ser capaz de realizar otras tareas en la cocina. Los veteranos dejaron de hacerle la vida imposible y compartieron parte de su carga de trabajo. Poco a poco, descubrió que, efectivamente, la rutina del Escuadrón de Cocina era más relajada que la de los otros soldados; pero, por alguna razón, seguía sin poder alegrarse.
Feng Dongyuan y Qian Liang seguían yendo a visitarlo con frecuencia. Ambos habían empezado a entrenar habilidades de reconocimiento. Los conocimientos que abarcaba y las exigencias sobre la aptitud individual de los soldados eran muy altos. Cada vez que hablaban de lo que habían hecho ese día o de lo que tenían que aprender, sus rostros se iluminaban de entusiasmo. Esa sensación de volverse más fuertes día a día era extremadamente seductora para cualquier hombre.
Durante ese tiempo, Yu Fengcheng casi no había ido a buscarlo. Bai Xinyu creía que, hasta cierto punto, lo había intimidado aquel día. Sin embargo, Feng Dongyuan le contó que Yu Fengcheng había estado invirtiendo casi todo su tiempo en los entrenamientos. Sus resultados en todas las áreas lo posicionaban en el primer o segundo puesto de su generación; sus habilidades individuales ya se equiparaban a las de un soldado veterano, al punto de que el comandante del regimiento había ido a verlo entrenar en persona. Al escuchar eso, Bai Xinyu sintió un nudo en el estómago. Lo envidiaba. Deseaba con todas sus fuerzas ser también ese soldado de élite en ascenso. Sin darse cuenta, había cambiado. Incluso él mismo estaba sorprendido: no se había enamorado de la vida ociosa del Escuadrón de Cocina; por el contrario, empezaba a extrañar la sensación de sostener un arma real y disparar a los blancos. Esa era su única fortaleza, y solo al disparar podía experimentar lo que era ser envidiado y apreciado por los demás. Necesitaba desesperadamente esa sensación. Necesitaba desesperadamente… que alguien lo validara.
Ese día no pudo soportarlo más, así que fue a buscar a Wu Qing y le preguntó si él también podía ir a practicar tiro.
Wu Qing lo miró con sorpresa.
—¿Quieres practicar tiro?
Bai Xinyu asintió.
—¿No se supone que nosotros también podemos entrenar? —Aunque prácticamente no lo habían hecho.
Wu Qing clavó los ojos en él, fumando su cigarrillo en silencio. Cuando Bai Xinyu estaba a punto de perder los nervios por la intensidad de la mirada, el hombre se puso de pie.
—Ven conmigo.
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